14. Visita concertada
—Mientras los de Menorca vuelven, te meto a unos —dice Bea—. Son inversores. Compran, reforman y alquilan.
—¿Por habitaciones?
—Claudia, no me pongas voz.
—No he puesto ninguna voz.
—Has puesto voz. —Se oye cómo aparca—. Pagan al contado y en quince días. Son una visita, no una boda.
Viernes a las diez.
En el calendario gris pone «visita 10:00». En el otro, en el que está a la vista, pone «revisión caldera». Manu descarga material los viernes a las nueve y sube a las once, y yo llevo tres semanas sabiéndome ese horario mejor que el mío.
Lo peor no es tenerlo mirado. Lo peor es lo bien que se me da.
En mi trabajo esto tiene nombre y tiene técnica: se llama coordinar visitas, y consiste en que dos personas que no deben cruzarse no se crucen, y yo lo hago cinco veces por semana con tasadores, fotógrafos y clientes que no quieren que el vecino sepa que venden.
Se deja un colchón de veinte minutos. Se aparca la furgoneta de un lado y el coche del otro.
Se apaga el timbre y se avisa por mensaje.
Lo hago sin esfuerzo. Lo hago mientras pienso en otra cosa. Es un talento, y lo estoy usando en mi propia casa.
Me levanto a las siete. Pongo la aria a las nueve, que ya es lo primero que hago todas las mañanas, no por la cláusula segunda sino porque el silencio de esta casa a esa hora se ha vuelto raro sin ella.
Coloco. Abro los tres balcones diez minutos y los cierro.
A las diez menos cinco el piso huele a nada, que es a lo que tiene que oler un piso que se enseña.
Llegan a las diez y ocho, que es lo que tarda la gente que dice a las diez.
Son dos. Uno de cuarenta y pico con un polo y una carpeta de plástico, y otro más joven con el móvil en la mano y la grabadora de voz abierta. El de la carpeta se llama Óscar y me da la mano mirándome por encima del hombro, hacia el pasillo, calculando ya.
—Bien de metros.
—Noventa y seis construidos.
—Útiles.
—Ochenta y nueve.
—Ochenta y nueve —repite, y el joven lo apunta.
Entran. Y no llegan a dar tres pasos, porque en el recibidor, a un metro exacto del umbral, está Pelayo sentado con las cuatro patas juntas, mirando el felpudo.
No los mira a ellos. Mira el felpudo.
—Anda —dice Óscar.
Se hace un silencio de esos que en las visitas normales duran medio segundo. Este dura cuatro. El joven mira al gato, mira el felpudo, mira al gato.
Y se limpia los zapatos.
—Pero si no llueve —dice Óscar.
—Ya, pero...
El joven señala con la barbilla. Óscar mira a Pelayo, que sigue exactamente igual, sin moverse, con esa quietud suya que no es tensión, es horario de oficina. Y Óscar, que ha entrado en esta casa con la seguridad de quien entra en un producto, se limpia los zapatos.
Tres pasadas cada pie. No he dicho una palabra.
—¿Es tuyo? —dice.
—Va con la casa.
Y ahí es donde debería habérseme ocurrido que acabo de decir eso en voz alta.
Recorren el piso a paso rápido y hablando entre ellos, no conmigo. Yo voy detrás, que es un sitio en el que no había estado nunca en una visita: normalmente la que va delante soy yo, abriendo puertas y diciendo lo de la luz.
—Salón, veintiséis. Aquí caben dos.
—¿Dos qué? —digo.
—Dos habitaciones. Se tabica por aquí —dice Óscar, y hace la línea en el aire con el canto de la mano, a la altura exacta del rosetón de escayola—, se mete un tabique de pladur con aislamiento y te salen dos de trece con ventana cada una, porque tienes tres balcones, que es lo bueno.
—Es que las molduras...
—Las molduras se pierden un poco, sí. —No lo dice con maldad. Lo dice como quien dice que en enero anochece antes—. Total: salón dos, dormitorio grande otras dos, el pequeño una, y el office se queda de cocina común. Cinco.
—Cinco —repite el joven.
—Cinco por seiscientos, seis mil euros a los que hay que quitarles gastos. —Óscar mira el techo—. Y a esto se le baja el techo, que estos tres metros sesenta lo único que hacen es calentarse.
Yo llevo seis años montando pisos para que se vendan.
Yo he trabajado para gente que hace exactamente esto y les he puesto los cojines y les he escrito el anuncio, y les he dicho «esto va a volar» mientras me pagaban la factura.
Yo no tengo absolutamente ningún derecho a la cara que estoy poniendo ahora mismo en mi propio pasillo.
—Aquí falta rodapié —dice el joven.
—Está en obra.
—¿Qué estás haciendo?
—El suelo. Se ha acuchillado y sellado.
Óscar se agacha, mira la tarima, se levanta.
—Eso lo tapamos con vinílico. En un piso de habitaciones te destrozan el suelo en dos años.
—Es tarima de melis del veintisiete —digo—. Está clavada sobre rastreles.
Óscar me mira por primera vez en toda la visita.
—¿Y?
Y no tengo respuesta. No tengo ninguna respuesta, porque hasta hace cinco semanas yo tampoco sabía lo que era un rastrel y me habría parecido igual de irrelevante, y porque la única contestación honesta que se me ocurre es que un hombre le pegó tres golpes con el nudillo y sonó bien.
—Nada —digo—. Que es buena.
El joven abre el balcón, se asoma, mide la barandilla con el móvil y hace una foto de la fachada.
—Esto con la obra de la comunidad se queda nuevo —dice Óscar—. Eso juega a favor. Lo que no juega a favor es que hay que hacerlo todo.
Pasan por delante del radiador de fundición decapado hasta el hierro, con las letras en relieve de la fundición de Bilbao y el año a la vista, y ninguno de los dos lo mira.
Y entonces el joven se gira hacia el pasillo, donde Pelayo ha aparecido en el umbral, y pone esa voz.
—Ay, mira el michi. Michi, michi, michi.
Pelayo se levanta sin prisa, se da la vuelta entera y se sienta mirando la pared, con la espalda perfectamente recta.
—Se ha asustado —dice el joven.
—No —digo yo—. Eso no.
Óscar deja la carpeta de plástico encima de la mesa camilla mientras anota unos metros, y Pelayo, que sigue de espaldas desde lo del michi, no se gira ni cuando la deja ni cuando la recoge.
—Qué gato más raro —dice Óscar, sin levantar la vista.
—Sí.
Bajan al portal a las diez y cuarenta. Yo bajo con ellos porque hay que bajar con ellos, y en el segundo se abre una puerta siete centímetros y luego entera, y doña Reme sale al rellano con la rebeca puesta y sin ningún motivo aparente.
—Buenos días —dice—. ¿Vienen a ver el piso?
—Venimos a verlo, sí.
—Ah. Pues qué bien. —Y se queda ahí, en el rellano, mirándolos bajar, con las manos cruzadas encima del pecho.
En el descansillo del primero está Julián, con la bolsa de tela, esperando el ascensor que él nunca coge.
—¿Compran ustedes?
—Estamos mirando.
—Hay derrama —dice Julián—. Nueve mil cuatrocientos.
—Ya nos lo ha dicho la agencia.
—Y el ascensor. Que es del cincuenta y cuatro y lo tenemos que adecuar. Y la fachada, que se cae. —Cambia la bolsa de mano—. Antes no era así.
Óscar sonríe con la boca cerrada y sigue bajando.
En el portal, con la puerta de la calle ya abierta, hace lo que hacen todos: dar un número por debajo para ver qué cara pones.
—Nosotros nos moveríamos en el entorno de los cuatrocientos noventa.
—Está en quinientos setenta y cinco.
—Ya. —Se encoge de hombros—. Es que el producto tiene mucho que hacerle.
Y en ese momento, desde la acera, entra un hombre con una plancha de madera de dos metros al hombro y un trapo doblado bajo el canto.
Manu se para para dejarlos salir. Se echa a un lado, sujeta la plancha con las dos manos y espera. Óscar le dice «gracias, jefe» al pasar.
Cuando se cierra la puerta del portal, Manu me mira. Yo tengo todavía la sonrisa profesional puesta, la de tres cuartos, esa que no se me cae ni durmiendo, y él tiene una plancha de melamina al hombro, y en la cara le pasa algo durante medio segundo: los ojos, nada más. La boca no se mueve.
—¿Qué? —digo.
—Nada.
—Dime.
—Que se han limpiado los zapatos —dice, y suelta el aire por la nariz, una vez, y sube la plancha dos escalones y se calla.
Y yo me río. Me río fuerte, en el portal, con eco, con esa risa fea de nariz que me sale cuando algo me hace gracia de verdad, y me tengo que apoyar en el buzón de latón, y él sigue subiendo sin decir nada más, que es exactamente lo que hay que hacer.
Arriba, Bea me llama a las once menos cinco.
—Ofrecen cuatrocientos noventa.
—No.
—Ya lo sé que no. Te lo digo por protocolo. —Se oye el intermitente—. Además el veintidós vienen los de Menorca, y esos son otra cosa. Esos vienen a quedarse.
Cuelgo y me planto en el salón, en la casa vacía, con el sofá en su marca de cuarenta años y el gato en el sillón de orejas.
Y me tengo que decir la verdad, aunque sea de pie y en voz baja: que cuando Óscar ha dicho cuatrocientos noventa, lo que he sentido no ha sido decepción.
Ha sido alivio.
Un alivio limpio, entero, físico, de los que se notan en los hombros. Ochenta y cinco mil euros menos y yo aliviada.
Bajo a la ferretería de Bravo Murillo a por cinta de carrocero, que se ha acabado, y de camino hago la cuenta de lo que llevo gastado y de lo que llevo cobrado y del día 30, y no me sale ninguna cifra que justifique un alivio.
Cuatrocientos noventa mil son, después de Lares y de la derrama, unos cuatrocientos cincuenta y nueve limpios.
Quinientos setenta y cinco son quinientos cuarenta y uno.
La diferencia son ochenta y dos mil euros, que es lo que yo facturo, si el año viene bueno, en cuatro años y medio de subirme a taburetes en casas ajenas.
Ochenta y dos mil euros de diferencia y yo aliviada porque no se llevan la casa donde una mujer con rebeca clara se apoyaba en un balcón y donde un hombre bailaba como un armario cuatro minutos todas las noches.
En la ferretería me atienden dos señores que se conocen la finca por el número.
—¿Del cuarenta y uno? —dice el mayor—. ¿La de Fermín?
—Su sobrina nieta.
—Ah. —Me pone la cinta en el mostrador—. Dos veinte. ¿Y el gato bien?
—El gato bien.
—Qué animal —dice, y se ríe él solo mientras me da el cambio, y no explica de qué se ríe, y yo no se lo pregunto porque me da que la respuesta la sé.
Subo los cuatro pisos con la cinta en el bolsillo. En el rellano del segundo, sentado enfrente de la puerta de doña Reme, mirando su felpudo con las cuatro patas juntas, hay un gato de esmoquin.
Paso por su lado y no le digo nada.
Él tampoco.