Con gato incluido 13. Audio Bali n.º 1
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13. Audio Bali n.º 1

tío, he encontrado tu móvil viejo en el cajón del aparador

la lista PARA EL GATO

¿por qué esa canción?

[bajos, muy lejos] [alguien se ríe] [un vaso]

«Claudita. Hija. Son las cuatro y pico y me acabo de despertar, que aquí uno se despierta cuando se despierta, y me encuentro tu mensaje.

Pues mira, esa canción.

Es de una ópera que se llama El elixir de amor , que va de un tonto que se compra una botella de vino creyéndose que es un filtro mágico y de una señorita que sabe perfectamente que es vino y le deja creérselo.

Y en mitad de todo eso el tonto la ve llorar un momento y canta eso, «una furtiva lagrima», que quiere decir una lágrima a escondidas. Una lágrima que no le tocaba a él ver.

Bueno. Que me lío.

Yo esa canción la puse por primera vez en el cincuenta y nueve, en el comedor de casa de mi suegra, porque Rosario me dijo que le gustaba y yo me fui a Preciados y me gasté lo que no tenía en un disco.

Y no lo pusimos ese día, que había gente.

Lo pusimos por la noche, cuando se fueron todos, con la luz apagada porque no había otra manera de estar solos en aquella casa.

Y desde entonces, todas las noches, hija. Cuarenta y un años.

[una moto, o algo así]

Yo llegaba de la fábrica y ella tenía la cena hecha y yo ponía el disco, y bailábamos ahí, entre la mesa camilla y el aparador, que no cabe nadie, dos personas y media como mucho.

Ella decía que yo bailaba como un armario.

Y era verdad. Pero la cosa no era bailar bien, ¿me entiendes?

La cosa era que se acabara el día y todavía nos diera para eso.

Y luego se murió, y yo seguí poniéndola. No por pena, que la gente se piensa. La ponía porque era la hora. Igual que uno cierra con llave o apaga el gas.

Y el gato llegó en el… espera. En el dos mil doce, por ahí.

Se metió por el patio, flaquísimo, con esa cara de estar de vuelta de todo, y se quedó.

Y a la primera noche, cuando puse el disco, se subió al sillón y se estuvo quieto los cuatro minutos.

Y a la tercera ya subía él antes que yo, antes de que sonara nada, porque sabía la hora.

Yo no le enseñé nada. Yo lo único que hice fue no cambiar la costumbre.

Así que no es que al gato le guste la ópera, que a mí me dice eso alguien y me da la risa. Es que en esa casa, a esa hora, sonaba eso. Y él aprendió lo que suena en esa casa igual que aprendió dónde está el plato.

[silencio, cuatro segundos]

Ah, y por eso te digo yo lo del piso.

El gato no es mío, Claudia. Yo no lo compré, ni lo elegí, ni lo puse ahí. El gato es del piso. Y el piso ahora es tuyo, y por eso también es tuyo lo de las diez y lo de la lata y lo del plato, que ya sé que te parecerá una tontería de viejo.

Pero fíjate que las costumbres no son de nadie, hija. Son del sitio. Uno las pone y luego se muere y ahí se quedan, funcionando solas, como el reloj de casa de mi madre, que dio las horas ocho años después de que se muriera todo el mundo en esa casa.

Bueno. Que me voy a dormir, que aquí hay una chica que toca el ukelele fatal y estamos todos muy contentos.

Un beso, hija. Y ponle la canción, aunque sea de noche. De noche es cuando toca.»

[corte]

Audio de Fermín, 4:26

[olas] [alguien grita «¡Fermín!»] [muy cerca del micrófono]

«Ah, y otra cosa. No le pongas la de Pavarotti. Pavarotti es un señor que canta muy bien. Kraus es otra cosa. Kraus canta como si se le fuera algo en ello.

Ya está. Ahora sí.»

[corte]

Son las doce menos veinte de la noche en Madrid.

Escucho el primer audio entero, de pie en la cocina, con el abrigo todavía puesto. Después lo escucho otra vez.

En la segunda escucha me siento en el suelo, con la espalda contra el mueble bajo, y llego a la parte de la mesa camilla y el aparador, dos personas y media como mucho, y me acuerdo de esa distancia exactamente, porque es la que medí con un metro de cinta hace tres semanas para colocar un jarrón con eucalipto.

En la caja de plátanos del salón, debajo de la etiqueta que pone PASILLO, hay una fotografía de una mujer con una rebeca clara apoyada en la barandilla de ese balcón, envuelta en dos capas de burbujas en vez de en una.

No la saco.

Cojo el móvil de la pantalla rajada y pongo la canción. Es la segunda vez que esta casa está fuera de horario desde que vivo en ella, y esta vez es a propósito.

Pelayo entra antes del segundo compás y se sube al sillón de orejas.

Yo me quedo de pie en el hueco donde no cabe nadie, dos personas y media como mucho.

Los cuatro minutos enteros.