Con gato incluido 12. Home staging
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12. Home staging

—Se han ido a Menorca —dice Bea por teléfono—. Diez días. Ella tiene a la madre allí.

—¿Y entonces?

—Entonces nada, que vuelven el veintiuno y lo quieren ver el veintidós.

—Se oye el intermitente del coche—. Pero yo quiero el reportaje bueno hecho ya, Claudia, con Nacho y con luz.

Porque esa pareja lo primero que va a hacer al aterrizar es abrir el correo, y lo que vea ahí decide si vienen con ganas o vienen a mirar.

—El piso está en obra.

—Pues lo que esté hecho, se enseña. —Silencio de dos segundos—. Y lo que no, lo tapas tú, que para eso te pago.

Y tiene razón, y esa es la parte fea.

Nacho llega el martes a las nueve y media con dos maletas, un trípode de carbono y un flash que rebota contra el techo.

Es fotógrafo de inmobiliaria desde hace once años y tiene esa manera de andar por las casas ajenas de quien ya no las ve: entra, mira arriba, dice «tres balcones, esto en veinte minutos» y empieza a montar.

Yo llevo desde las siete.

He vaciado el pasillo entero. He puesto un biombo de cañizo delante de la puerta del dormitorio pequeño, donde está el plástico y el segundo radiador a medio decapar.

He movido el sofá cuarenta centímetros a la derecha para que el gran angular no coja la esquina donde falta el rodapié.

He tapado con una manta doblada el trozo de pared del baño que Manu picó el jueves para ver la humedad, y encima de la manta he puesto una cesta de mimbre con toallas enrolladas, que es el truco más viejo del mundo y funciona el cien por cien de las veces.

He puesto los doce cojines. He puesto el cuenco vacío. He comprado eucalipto en la floristería de Ríos Rosas, once euros, porque el eucalipto en un jarrón alto dice «casa cuidada» sin decir «casa decorada».

A las diez menos cuarto, el piso está espectacular.

Está espectacular como está espectacular un escaparate: hacia delante.

Si te giras, hay un biombo de cañizo tapando una obra.

Yo eso lo he hecho en cuarenta casas de otra gente y nunca me ha parecido nada.

Hoy, mientras coloco la manta y la cesta, me oigo por dentro una frase que dice «esto es un tapón», y me la callo, porque me la digo yo.

Pelayo sale del salón, cruza el pasillo y se para delante del biombo. Se sienta. Mira el cañizo, que cuesta treinta y cuatro euros y se vende como separador de ambientes, y se queda ahí sentado el resto de la mañana, delante de mi tapón, sin moverse ni un centímetro.

—¿Empiezo por el salón? —dice Nacho desde el otro lado—. ¿Y esto?

Esto es Pelayo, tumbado en el centro exacto del sofá, encima del plaid, con la cabeza alta.

—Es el gato.

—Ya, pero ¿se queda?

Llamo a Bea. Bea contesta al primer tono y dice tres frases: que el gato en las fotos de cartera daba calidez, vale, pero que este es el reportaje bueno, y que en el reportaje bueno el piso tiene que salir vacío de vida ajena, porque el comprador tiene que meterse dentro él.

—Claudia, ¿lo puedes quitar una hora?

—Lo intento.

Lo intento.

Lo cojo en brazos y lo llevo al dormitorio grande, que es la única habitación que no se fotografía hasta el final, y cierro la puerta.

A los cuarenta segundos empieza.

No es un maullido. Es un sonido grave, corto, cada seis o siete segundos, exactamente igual cada vez, con la regularidad de un aparato. Se oye en todo el piso. Se oye, calculo, en el rellano.

—¿Eso es el gato? —dice Nacho, montando el trípode.

—Es el gato.

—Es que se mete en el vídeo, si luego hacemos vídeo.

Abro. Sale andando sin correr, cruza el pasillo y se sube otra vez al sofá.

Segundo intento: lo saco al rellano con una toalla vieja doblada en el suelo, junto a la puerta, para que esté cómodo. Le pongo también un cuenco de agua, porque si vas a hacer una cosa mal, hazla con logística. Cierro. Vuelvo al salón.

A los cinco minutos suben unos pasos y llaman con los nudillos, dos golpes que no son los de Manu.

Maribel. Con la carpeta.

—El animal está en el descansillo.

—Lo he sacado yo.

—Ya lo sé que lo has sacado tú, si te he visto sacarlo. —Baja la barbilla hacia la toalla—. Con manta y todo. Y con agua. Eso ya no es ni estancia, Claudia. Eso es instalación.

—Es una hora.

—Es que da igual una hora que tres —dice, y anota algo—. Lo que no puede ser es que un elemento común amanezca amueblado.

Y así es como acabo, a las diez y veinte de la mañana de un martes, recogiendo del rellano una toalla vieja, un cuenco de agua y un gato de siete kilos, mientras un fotógrafo profesional espera con el flash montado y una señora con carpeta anota algo en un separador azul.

Lo entro en brazos. Lo dejo en el suelo del recibidor, y me agacho a coger el cuenco, y al levantarme lo tengo delante, a un metro, sentado con las cuatro patas juntas.

No mira la toalla. No mira el cuenco. No mira el biombo, ni el trípode, ni el eucalipto de once euros.

Me mira a mí.

Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.

Y es la primera vez en tres semanas que eso no va dirigido a una cosa que he comprado.

Me quedo agachada en mi propio recibidor con un cuenco de agua en la mano.

—Ha sido una hora —digo.

Desde el salón, Nacho pregunta si puede empezar ya.

—Déjalo —dice Nacho al final—. Lo saco donde no moleste y en el peor de los casos lo clono en el retoque.

Dispara ochenta y siete fotos.

Trabaja rápido y habla mientras trabaja, que es una combinación que yo agradezco mucho porque me permite no pensar.

—¿Tú esto lo has puesto? —dice, encuadrando el salón.

—Yo.

—Se nota. Normalmente entro y hay un sofá de tres plazas comiéndose la pared y una tele de setenta pulgadas. —Dispara—. Esto está puesto para el gran angular. La gente no sabe que existe el gran angular.

—Ya.

—Oye, ¿y esto es tuyo? ¿La casa?

Y yo, que llevo desde las siete de la mañana montando un decorado, tardo un segundo entero en contestar que sí.

—Qué suerte —dice Nacho—. Yo con lo que vale esto me compraba media Palencia.

Por la tarde me las manda por un enlace y las voy pasando en el portátil, sentada en la mesa camilla, con un café que se me ha enfriado.

El salón sale enorme. La luz de las once entra en diagonal y hace exactamente lo que tiene que hacer.

El biombo de cañizo parece una decisión de estilo. La cesta con las toallas está perfecta.

Y en todas —en todas las del salón, que son cuarenta y una— aparece un gato negro con esmoquin en el sofá, con la cabeza girada exactos cuarenta y cinco grados y los ojos cerrados.

En cuarenta y una fotos, cuarenta y una veces.

Nacho ha escrito debajo del enlace: «Retoco al gato en 12 y 14, que son las de portada. En el resto no me da tiempo, van así».

Miro la número 12, que es la buena, la que va a abrir el reportaje, y sé perfectamente lo que va a pasar: la va a ver una pareja en un aeropuerto de Menorca, va a ver ochenta y nueve metros útiles con molduras de origen y tres balcones a calle, y no va a ver ningún gato, porque el gato lo habrá quitado un señor con una herramienta que se llama tampón de clonar.

Cierro el portátil.

A las siete y diez, dos golpes con el nudillo, a la misma altura de siempre.

Manu se ha dejado la caja de las brocas y viene a por ella. Entra, se limpia los zapatos, y a mitad del pasillo se para.

Mira el biombo de cañizo. Mira el jarrón con el eucalipto. Mira el sofá movido cuarenta centímetros, los doce cojines, el cuenco vacío, la cesta de mimbre delante del trozo picado del baño.

—Has movido el sofá.

—Sí.

—Ahí tapa el enchufe.

—Ya, es que...

Y se para.

Se para porque en el suelo, apoyado contra la pared, sigue el trípode que Nacho se ha dejado hasta mañana, y porque encima de la mesa camilla está mi maleta de trabajo abierta con las fundas de cojín dobladas por colores.

Se gira hacia mí y espera. No pregunta. Solo espera, que es muchísimo peor.

Y aquí está el momento.

Está aquí, servido, con las dos manos libres, a las siete y once de la tarde de un martes, en un pasillo con el suelo recién sellado por él.

Es exactamente el momento tranquilo que llevo dos semanas diciéndome que estoy esperando.

Tengo la frase entera hecha, la tengo desde el jueves, y es de once palabras: «Manu, el piso lo estoy poniendo a punto para venderlo».

Once palabras.

—He tenido una sesión de fotos —digo.

—¿Aquí?

—De trabajo. Es un reportaje.

Y no es mentira. Ni una sola palabra de lo que he dicho es mentira. Ha habido una sesión de fotos, era de trabajo y es un reportaje, y llevo seis años cobrando por hacer exactamente eso en casas de otros, y él lo sabe porque se lo conté yo el segundo día del presupuesto.

Manu asiente despacio.

—Ah, vale. —Coge la caja de las brocas del suelo del pasillo—. Pues ten cuidado con el trípode en el suelo del salón, que la punta de goma marca.

—Lo quito ahora mismo.

—Y el sofá lo dejas donde estaba cuando termines, ¿vale? Que ahí tapa el enchufe y luego se pasa un alargador por debajo y se acaba pisando.

—Vale.

Se va.

Y yo me quedo de pie en el pasillo, en la casa más bonita en la que he estado en mi vida, delante de un biombo de cañizo que tapa una obra, con once palabras dentro de la boca y la puerta ya cerrada.

Voy al salón, quito el trípode, y con las dos manos empujo el sofá cuarenta centímetros a la izquierda, hasta dejarlo exactamente donde estaba, contra la marca que la pata ha ido dejando en la tarima durante cuarenta años.

Encaja sola. Hace un ruidito sordo al entrar en su sitio.

Pelayo, que ha llegado por el pasillo sin que yo lo oiga, se sube y se tumba encima del plaid.

Le mando a Bea las cuarenta y una fotos por el enlace y me contesta a los once minutos con tres mensajes seguidos: «MADRE MÍA», «esto se vende en tres visitas» y «el gato lo quita Nacho, no te preocupes».

Ninguna de esas tres frases me hace ninguna gracia y las tres son buenas noticias, que es una combinación que hasta este mes yo no sabía que existía.

Antes de acostarme abro la libreta de los presupuestos en la página del debe y el haber, porque los números me calman, y apunto lo del día: 11 del eucalipto, 240 de Nacho que paga Lares, 0 de mi tiempo, que es lo que me cobro yo siempre a mí misma.

Y debajo, en la columna donde no va nada, escribo con letra pequeña: «once palabras».

Lo miro un rato y no lo tacho.