11. Reforma integral (de nada)
En dos semanas se establecen las reglas sin que nadie las diga en voz alta, que es como se establecen las reglas de verdad.
Él sube a las nueve. No llama al timbre: da dos golpes con el nudillo en la madera, siempre dos, siempre a la misma altura. Se limpia los zapatos en el felpudo con Pelayo delante, cruza el pasillo y se pone.
Yo trabajo en la mesa camilla con el portátil, porque la mesa camilla es lo único de esta casa que sigue en su sitio. Facturo desde ahí, mando presupuestos desde ahí y desde ahí discuto con Bea, en voz baja, si el cuarto de Vallehermoso se enseña con la cama hecha o sin hacer.
El café es a las once y diez.
Lo hago yo, en la italiana, porque un día lo hice y al día siguiente eran las once y diez y yo estaba de pie en la cocina con la cafetera en la mano sin haberlo decidido.
Él lo toma solo, sin azúcar, apoyado en el marco de la puerta de la habitación en la que esté trabajando, mirando lo que lleva hecho.
No se sienta. Tarda cuatro minutos exactos y devuelve la taza enjuagada, cosa que a mí me parece de una educación casi agresiva.
Y no hablamos mucho, pero hablamos.
—¿Eso qué es?
—Decapante. En gel, para que no chorree.
—Huele a rayos.
—Huele a que funciona.
Las conversaciones son así. Duran cuatro minutos y tratan de lo que hay delante: por qué las puertas antiguas se hinchan en octubre, por qué el enchufe del salón está a esa altura absurda, qué es un rastrel.
Yo he aprendido en dos semanas más vocabulario de casas que en seis años de venderlas, y eso, dicho en voz alta, sonaría mucho peor de lo que ya suena en mi cabeza.
La casa, mientras tanto, va cambiando de una manera que no sale en las fotos.
El suelo del pasillo y de los dos dormitorios está acuchillado y sellado, y ahora, cuando lo pisas descalza a las siete de la mañana, no cruje en el mismo sitio que crujía.
El primer radiador está decapado hasta el hierro y se le ven, debajo de cinco capas de blanco, unas letras en relieve con el nombre de una fundición de Bilbao y un año: 1926.
Manu lo dejó así un día entero, sin pintar, para que yo lo viera.
Y el salón está intacto, con los muebles amontonados en el centro bajo un plástico, porque el salón lo dejamos para el final.
Es el que tiene la tarima en mejor estado y el que más días necesita: hay que vaciarlo entero, acuchillar en tres pasadas y sellar, y no se puede pisar en cuarenta y ocho horas.
Voy tachando líneas en la libreta de los presupuestos y apuntando gastos en la otra columna: 4.
600 pagados a Manu, 320 de la ferretería, 85 de la lija que se acabó antes de tiempo.
Y en la página de al lado sigue la lista de veintiuna líneas que se titula «Ponzano — para vender», que no he tachado, que no he borrado y a la que hace nueve días que no añado nada.
Y luego está lo otro.
Lo otro es que Pelayo, desde que ese hombre entra por la puerta hasta que sale, no se separa de él.
De cuarto en cuarto. A media zancada, a su altura, con la cabeza alta.
Si Manu está en el dormitorio pequeño, Pelayo está en el umbral del dormitorio pequeño.
Si baja a la furgoneta, Pelayo se sienta en el rellano de la ventana y espera.
Si se agacha a lijar un rodapié, Pelayo se sienta a metro y medio y mira el rodapié.
No se toca. No se restriega. No se le sube encima ni una sola vez.
Y Manu no lo mira nunca.
Yo llevo dieciocho días dándole de comer dos veces al día, cepillándole el collar los domingos con un cepillo de cerdas suaves que compré en una tienda de la calle Santa Engracia, poniéndole la aria a las nueve de la mañana como si esto fuera una casa de reposo y limpiándome los pies en mi propio felpudo, descalza, delante de él, todos los días.
Y este señor le pega tres golpes secos a un radiador y tiene escolta.
El miércoles vuelvo de la compra con una bolsa que no le enseño a nadie.
Dentro hay cuatro latas de una marca que se llama algo en francés, de esas que están en el estante de arriba y que tienen la etiqueta color crema y el gramaje escrito en dos idiomas.
Mousse de pato con trufa. Terrina de salmón salvaje al eneldo.
Tres euros con ochenta la lata, ochenta y cinco gramos.
He estado siete minutos delante del lineal comparando composiciones como si fuera a comérmelo yo.
A las ocho y media abro la de pato, en la cocina, como manda la cláusula primera, y la sirvo en el plato de La Cartuja, en el comedor, como manda la cláusula primera.
Y me voy. Sin público.
Cuento hasta veinte contra el mueble alto. Cuento hasta cuarenta. A los sesenta vuelvo.
El plato está exactamente como lo he dejado, con la mousse de pato con trufa formando su cilindro perfecto, y Pelayo está sentado enfrente, a un palmo, con las cuatro patas juntas y la cola alrededor, mirándolo.
Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.
—Son tres ochenta —le digo.
Se levanta y se va al recibidor.
A las nueve y cuarto bajo al súper de la esquina, que cierra a las nueve y media, y compro la lata de siempre. Ochenta y cinco céntimos. Marca del supermercado, con el gato genérico de la etiqueta que no se parece a ningún gato real.
Se la sirvo. Me voy a la cocina. Cuento hasta veinte.
Cuando vuelvo, el plato está limpio y él está en el sillón de orejas, con la pechera intacta, digiriendo.
En la misma bolsa que no le enseño a nadie venía otra cosa: una caña con una pluma en la punta, de las que en la tienda me dijeron que no falla nunca.
La saco esa noche. La muevo por el suelo, en el arco ese que hace todo el mundo, con el sonido de la pluma rozando la tarima recién sellada.
La muevo despacio primero y luego rápido, y luego la escondo detrás de la pata del sillón y la saco de golpe, como hacía yo con el gato de mi prima a los nueve años, y funcionaba siempre.
Pelayo mira la pluma. Después me mira a mí, a la mano, no a la cara: a la mano que sostiene la caña.
Y se va al recibidor a sentarse delante de la puerta.
Guardo la caña en el armario del pasillo, encima de la funda «efecto cuero» de la maleta, que es donde va acumulándose todo lo que compro para esta casa y esta casa no quiere.
Aquí es donde tengo que decir en voz alta una cosa que llevo dos semanas sin decirme, y es que estoy intentando comprar a un gato.
Que he ido a un lineal de supermercado a comparar composiciones para que un animal me tenga en mejor consideración. Que cepillo un collar de terciopelo verde botella los domingos como si eso fuera a computarme en algún sitio. Que la palabra exacta de todo esto no es cariño: es una audición.
Yo llevo toda la vida presentándome a audiciones.
Yo me sé el mecanismo entero, me lo enseñaron en casa antes de saber montar en bici: se entra, se mira qué quiere el otro, se sirve, se sonríe.
Mi padre entraba en las reuniones con la gabardina buena.
Mi madre ponía la panera bonita cuando venía gente.
Yo entro en las casas de los demás con doce cojines y una orquídea de cuarenta euros y les hago la fachada, y después me voy a mi habitación alquilada en Carabanchel y ahí no hay cojines, porque para mí no monto nada.
Y este animal no es que no me acepte. Es que ni siquiera me está evaluando. Yo he traído la mousse de pato y él ni la ha olido.
Ese es el problema. No es que suspenda. Es que aquí no hay examen.
El jueves, mientras Manu monta el plástico para empezar con el segundo radiador, Pelayo se sienta a metro y medio de él, en el sitio de siempre.
—Le caes bien —digo, y me sale con un tono que no había ensayado.
Manu levanta la vista.
—¿A quién?
—Al gato. Que le caes bien.
—Ah. —Vuelve al plástico—. Igual sí.
—Yo llevo dieciocho días con él y le doy de comer, y le pongo la música, y le cepillo el collar los domingos.
—Ya.
—Y a mí ni me mira.
Manu ajusta el plástico con cinta de carrocero en el rodapié, tira, corta con la uña del pulgar, y contesta sin girarse.
—Es que tú quieres algo.
—¿Qué?
—Que quieres algo. —Pega otro trozo—. Yo no quiero nada del gato.
Y se acabó la conversación, porque para él ha sido una frase de las de cuatro minutos, como lo del decapante y lo de los rastreles, y se pone a decapar.
Yo me quedo de pie en el pasillo con una taza vacía en la mano.
Porque lo que ha dicho es que si dejo de intentarlo funcionará, y eso, hasta un gato lo sabe, es exactamente el tipo de cosa que no se puede hacer a propósito.
En el momento en que dejo de intentarlo para conseguir algo, estoy intentándolo otra vez, pero con una capa más de barniz.
Ese hombre acaba de describir, con una cinta de carrocero en la mano, el único juego que yo no sé jugar.
Y hay otra cosa, más pequeña, que no me apetece nada mirar de frente: que cuando ha dicho «tú quieres algo», por dentro me ha dado un tirón raro, porque yo, en esta casa, ahora mismo, quiero muchas cosas y ninguna la he dicho en voz alta.
Quiero que el suelo del salón quede bien.
Quiero que la pareja del viernes ofrezca por encima de precio.
Y quiero, y esto lo pienso con la taza en la mano y a las doce y cuarto de la mañana de un jueves, que sean las once y diez para hacer el café.
Bajo la taza al fregadero. La enjuago. La dejo boca abajo en el escurridor, que es como la deja él.
El viernes a las diez viene una pareja que viene de Chamartín. El plástico del segundo radiador tarda tres días en quitarse. El calendario gris lo tengo mirado cuatro veces.
Y esta noche, a las ocho y media, le pondré la lata de ochenta y cinco céntimos, y me iré a la cocina, y contaré hasta veinte.