Con gato incluido 10. Expediente sancionador
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10. Expediente sancionador

Mi nombre viene escrito a mano en el sobre, porque en la base de datos de Gestifinca todavía no lo tienen.

Lo abro de pie en el recibidor, un martes por la mañana, con el membrete delante y el papel doblado en tres.

GESTIFINCA S.L. — ADMINISTRACIÓN DE FINCAS

Por acuerdo de la Presidencia, y a los efectos previstos en los estatutos de esta comunidad, se le comunica la apertura de expediente por ocupación de zonas comunes por parte del animal doméstico de su propiedad, conforme a los siguientes hechos:

1.º Que el animal permanece de forma habitual y prolongada en descansillos y rellanos de escalera, que son elementos comunes.

2.º Que dicha permanencia no responde a tránsito, sino a estancia.

3.º Que se han recibido manifestaciones de al menos dos propietarios en el sentido de que el animal «observa» al vecindario.

Se le comunica asimismo la imposición de la sanción prevista de TREINTA EUROS (30,00 €) , que le será girada en el recibo del mes siguiente.

Dispone de un plazo de diez días naturales para formular alegaciones.

Leo lo de «no responde a tránsito, sino a estancia» tres veces.

Pelayo entra en el recibidor, se sienta a un metro y mira el sobre abierto que tengo en la mano. Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.

—Ya, pero es que va a tu nombre —le digo—. Bueno. Al mío.

Le hago una foto y se la mando a Lore, que contesta en cuatro minutos, cosa que en Lore es inmediato.

—A ver, cariño —dice cuando la llamo—. Esto es precioso.

—Es una multa a un gato.

—Es una multa a un gato con considerandos. —Se oye cómo bebe algo—. ¿Los estatutos de tu comunidad los has leído?

—No.

—Pídeselos a la administradora. Porque si los estatutos no recogen expresamente un régimen sancionador, y te digo yo que no lo recogen, porque son del sesenta y ocho y en el sesenta y ocho no se sancionaba a nadie, esa señora te puede notificar lo que quiera, pero girarte treinta euros en el recibo no.

—Entonces no la pago y ya.

—No, no, no. —Ahí es donde Lore cambia de voz—. Tú alegas.

—¿Para qué voy a alegar? Si tú misma dices que no vale.

—Claudia, mi vida. Precisamente por eso.

Me redacta las alegaciones esa misma noche, gratis, en un PDF con encabezado y con los párrafos numerados, y me las manda a las 00:41 con un mensaje que dice: «Me he divertido más que en todo octubre».

Ocupan tres páginas. En el punto segundo sostiene que el concepto de «estancia» aplicado a un animal doméstico carece de definición estatutaria, y en el tercero solicita que se aclare, «a efectos de futuras notificaciones», qué duración exacta de permanencia distingue el tránsito de la estancia.

Las imprimo en el locutorio de Bravo Murillo, veinte céntimos la página, y las meto en el buzón de Gestifinca.

Y ahí es donde la finca se levanta.

Yo pensaba que no pasaría nada. Yo pensaba que esto era un asunto entre una señora con carpeta, un gato y yo.

Pero resulta que en un edificio de doce viviendas todo lo que se mete por debajo de una puerta se mete por debajo de doce, y a las siete de la tarde del jueves me llega una solicitud para entrar en un grupo de WhatsApp que se llama, textualmente:

Ponzano 41 (el bueno)

Lo ha creado el del quinto A. En la descripción del grupo ha escrito: «Este es como el otro pero sin Maribel».

PONZANO 41 (EL BUENO) · 9 participantes

Quinto A , 19:12

Bienvenida Claudia del tercero

Quinto A , 19:12

Aquí somos gente normal

Cuarto D , 19:14

¿Es verdad lo de los 30 euros?

Claudia , 19:20

sí

Cuarto D , 19:20

😳

Cuarto D , 19:21

¿Y qué ha hecho?

Claudia , 19:22

sentarse

Quinto A , 19:23

JAJAJAJAJA

Quinto A , 19:23

sentarse

Quinto A , 19:24

lo van a meter en el registro de morosos por sentarse

Segundo A , 19:40

Buenas tardes a todos. Yo lo que digo es que Fermín lo tenía igual quince años y nadie se murió.

Cuarto D , 19:41

Doña Reme tiene razón

Segundo A , 19:42

Y otra cosa. A mí me mira el felpudo y yo se lo agradezco. Lo tenía hecho una pena.

Quinto A , 19:44

[Imagen]

Quinto A , 19:44

Esta se la hice el martes en el rellano del segundo

Cuarto D , 19:45

madre mía la pose

Cuarto D , 19:45

parece que te va a pedir la documentación

Tercero B (Julián) , 20:02

Antes en esta finca no se multaba a nadie.

Quinto A , 20:03

Julián está en el grupo bueno señores

Quinto A , 20:03

esto es histórico

Cuarto D , 20:05

Oye, ¿y si pagamos los 30 entre todos?

Quinto A , 20:06

YO PONGO 5

Segundo A , 20:11

Yo pongo lo que haga falta pero que conste que yo esa multa no la he pedido.

Claudia , 20:15

os lo agradezco muchísimo pero he presentado alegaciones

Quinto A , 20:15

ALEGACIONES

Quinto A , 20:16

el gato ha presentado alegaciones

Quinto A , 20:16

me voy a la cama, esto no lo mejora nadie

En el grupo hay nueve personas de doce. No está Maribel, evidentemente. No está el cuarto B, que no está en nada. Y no está Manu, y eso lo compruebo dos veces, deslizando la lista de participantes hacia arriba y hacia abajo con el pulgar, como una idiota, a las ocho y cuarto de la tarde.

Al día siguiente, mientras coloca las juntas del rodapié del dormitorio pequeño, se lo digo.

—Han hecho un grupo.

—Ya.

—¿Ya?

—Me lo dijo el del quinto en el portal. —Mete una punta, la clava en tres golpes—. Le dije que no.

—¿Por qué?

—Porque yo trabajo aquí.

Lo dice sin darle importancia, con las rodillas en el suelo y la boca llena de puntas, y a mí me llega media hora después, mientras hago la compra en el súper de la esquina, con una claridad desagradable: que en esta finca hay doce propietarios y un hombre que arregla las cosas de los doce, y que en el grupo donde se ríen de las multas están los doce y no está él.

Vuelvo con las bolsas y me lo encuentro recogiendo.

Está el suelo del pasillo terminado, los dos dormitorios terminados y el salón intacto, con los muebles amontonados en el centro bajo un plástico, porque el salón lo dejamos para el final: es el que tiene la tarima en mejor estado y el que más días necesita.

—Oye, ¿tú por qué no cobras las urgencias de noche?

—Porque eran dos horas.

—Ya, pero eran dos horas de las tres de la mañana.

—Bueno.

—Manu.

—Que era un latiguillo de seis euros —dice, y cierra la caja—. Si te cobro ciento cincuenta por eso, me tengo que mirar a la cara mañana en el portal.

Y se va, y yo me quedo con dos bolsas y un pensamiento que no me gusta nada, que es que ese hombre lleva toda la vida en un edificio donde todo el mundo le llama por su nombre y nadie le ha metido nunca en un grupo.

El sábado por la mañana Maribel me para en el portal con la carpeta de anillas contra el pecho.

—He recibido tus alegaciones.

—Las hizo una amiga.

—Ya. —Sube la barbilla—. Tres páginas.

—Es que le gustan mucho estas cosas.

—Yo solo quiero decirte una cosa, Claudia.

—Y ahí baja la voz, y la baja de verdad, no como quien va a decir un secreto sino como quien lleva tiempo con una piedra en el zapato—.

Yo llevo catorce años de presidenta porque no se presenta nadie.

Catorce. Y este año me toca a mí pagar nueve mil trescientos euros igual que a todos.

No sé qué contestar a eso.

—Y de mí se ríen en un grupo —dice—. Que yo sé que hay un grupo.

Sube las escaleras con la carpeta. Yo me quedo en el portal mirando los buzones de latón con los pósits encima.

Por la tarde, en el rellano del segundo, Pelayo está sentado enfrente de la puerta de doña Reme, mirando su felpudo con las cuatro patas juntas. Lleva ahí, según el reloj de mi móvil, veintiséis minutos.

Estancia. No tránsito.

Vuelvo a subir y le pongo la lata a las ocho y media, y a las ocho y cuarenta y uno me entra el correo.

De: Beatriz Ordóñez — LARES INMOBILIARIA

Asunto: Ponzano 41 — INTERESADOS

Claudia!!

Tengo pareja. Buenísimos. Vienen de vender un piso en Chamartín, tienen la financiación resuelta y llevan ocho meses buscando en Chamberí exactamente esto: finca antigua, techos altos, algo para reformar a su gusto.

Le he enseñado las fotos y me han pedido verlo esta semana.

Una cosa: van a querer entrar con su arquitecto más adelante. Tú tranquila, eso es señal buenísima.

¿El jueves a las 12?

Un beso,

Bea

El jueves a las doce. El jueves a las doce Manu está en mi casa decapando el primer radiador.

Miro la pantalla un rato largo, con el gato comiendo detrás de mí en el plato de La Cartuja, y hago la cuenta que hago siempre, que hoy me sale así: quinientos setenta y cinco mil menos veinte mil ochocientos setenta y dos de Lares, menos nueve mil cuatrocientos de derrama, menos nueve mil doscientos de un presupuesto que firmé para vivir en una casa que estoy vendiendo.

Y una pareja que viene de Chamartín con la financiación resuelta.

Y entre esa cifra y yo, una franja horaria.

Abro el calendario del móvil. Los martes y jueves Manu sube por las mañanas, porque por las tardes tiene obra fuera. Los lunes y miércoles viene a partir de las seis. Los viernes descarga material a las nueve y sube a las once.

Viernes a las diez.

Viernes a las diez hay una hora exacta en la que en esta casa no hay nadie más que yo.

Lo miro. Es un calendario. Es una aplicación gris con cuadraditos y yo la uso todos los días de mi vida para no cruzar dos visitas de dos clientes distintos, que es literalmente mi trabajo.

Escribo: «El jueves a las 12 no puedo. ¿El viernes a las 10?»

Y le doy a enviar.

Luego, antes de dejar el móvil en la mesa camilla, hago una cosa que no había hecho nunca: creo un calendario nuevo, en gris claro, sin notificaciones, y lo llamo «Personal».

Meto ahí la visita del viernes.

Y en el otro, en el de siempre, en el que está a la vista, escribo en esa misma casilla: «revisión caldera».