Con gato incluido 9. Avería urgente
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9. Avería urgente

A las dos y siete de la madrugada me despierta un ruido que no es un ruido: es un cambio de fondo, como cuando en una casa se enciende algo. Me quedo quieta veinte segundos con los ojos abiertos en el dormitorio de mi tío, en la cama que ya es mi cama desde hace nueve días, escuchando.

Agua.

Agua de la que no para.

Salgo descalza al pasillo y piso un centímetro de agua fría en la mitad exacta del recorrido, que es donde el suelo hace una panza que Manu me dijo que hacía y que yo no había notado hasta este momento.

En el baño, el latiguillo del lavabo se ha reventado por la mitad y está soltando agua contra la pared con una fuerza tranquila, constante, muy poco dramática y absolutamente imparable.

La llave de escuadra de debajo del lavabo la giro entera hacia la derecha y no pasa nada.

La giro hacia la izquierda por si acaso y sale más.

Cojo la toalla grande y la pongo debajo, como hace todo el mundo, y no sirve para nada.

Y el suelo. El suelo acuchillado y sellado hace once días, ochenta y nueve metros de tarima de pino melis clavada sobre rastreles en 1927, con dos capas de sellador que se pusieron con el balcón abierto y a las que Manu no dejó pisar durante cuarenta y ocho horas.

Cojo el móvil de la mesilla mojándolo todo y busco su número, que tengo guardado como «Manu bajo A» porque el día que se lo pedí para el presupuesto no supe cómo guardarlo.

Son las dos y once de la madrugada.

Le doy.

Descuelga al segundo tono, sin voz de dormido, con la voz de alguien que ha estado leyendo o que se ha despertado ya despierto.

—Dime.

—Se ha roto el latiguillo del lavabo y no puedo cerrar la escuadra y hay agua en el pasillo.

—¿La general la sabes?

—No sé dónde está.

—Voy.

Cuelga. Yo me quedo con el móvil en la mano y con dos ideas a la vez, y la segunda es que llevo puesto el pijama de la promoción de los caldos, el que era de mi madre, el de la camiseta con el logo de la marca y unos pantalones de cuadros que no le pegan a la camiseta ni a nada.

Tengo cuarenta segundos.

Los uso para meter las toallas de la balda debajo del lavabo, que es lo que había que hacer con esos cuarenta segundos.

Mientras las meto hago la cuenta, porque la hago siempre: un fontanero de urgencias en horario nocturno son ciento cincuenta euros por presentarse, más la pieza, más lo que decida.

Un latiguillo de lavabo cuesta seis euros con noventa en la ferretería de Bravo Murillo.

Yo tengo en la cuenta 3.980 después de pagarle a Manu el cincuenta por ciento del presupuesto, y la primera factura de Lares entra el día 30, si entra.

Y por debajo de esa cuenta va corriendo otra que no quiero mirar: que llevo nueve días viviendo en una casa que estoy arreglando para vender, durmiendo en la cama del hombre que me la dio, con el suelo recién sellado por un tío que cree que lo está sellando para mí.

Sube en tres minutos, con vaqueros, una sudadera puesta al revés —la etiqueta le sale por delante— y una caja de plástico gris con asa.

Se limpia los zapatos en el felpudo. A las dos y cuarto de la madrugada, con el pasillo encharcado, se limpia los zapatos en el felpudo, y Pelayo está sentado delante mirándolo hacerlo, porque a estas alturas ya me ha quedado clarísimo que el felpudo es lo único de esta casa que no admite excepciones.

—Enséñame.

Entramos los dos en el baño. Se agacha, mira la escuadra, la aprieta con la mano, mueve la cabeza.

—Está pasada de rosca. Se ha comido el asiento. —Se levanta—. Hay que cortar la general.

—¿Y dónde está?

—Detrás de esto.

Esto es el mueble bajo de la entrada del baño, de los de aglomerado con espejo, colocado en el noventa y uno delante de un registro que nadie ha vuelto a abrir desde el noventa y uno.

Lo apartamos entre los dos y lo dejamos de canto en el pasillo, donde queda como queda un mueble de aglomerado a la luz de una linterna: mal.

Pelayo, desde el marco de la puerta, mira el mueble apartado durante un rato largo y después se desentiende de él, que es exactamente lo que hace la gente con los muebles que no valen nada.

Detrás del mueble hay una tapa de madera pintada del mismo color de la pared, sin tirador, y detrás de la tapa hay un hueco de cuarenta por cuarenta a la altura de las rodillas, con tres tubos y dos llaves con la maneta oxidada.

—La de la izquierda —dice él—. Sujétame la linterna.

Se arrodilla en el agua. Yo me arrodillo también, porque para meter la linterna en ese hueco hay que meterla desde donde estoy yo, y nos quedamos los dos de rodillas delante de un registro de cuarenta centímetros, hombro con hombro, con el agua empapándome las rodilleras del pijama de los caldos y el pelo cayéndome en la cara.

—Ilumina el fondo, no la mano.

—Perdón.

Prueba con los dedos. La maneta no cede. Saca de la caja una llave inglesa, la ajusta, hace fuerza, y la maneta se mueve un cuarto de vuelta y se para en seco.

—Está agarrotada. Como la fuerce, parto el vástago y entonces esto es una fuga de verdad.

—¿Y qué hacemos?

—Aflojarla poco a poco. Dame la de grifa, la grande, la que tiene el mango rojo.

Meto la mano en la caja. Hay ocho herramientas y tres tienen el mango rojo, y yo tengo treinta y tres años y no sé qué es una llave grifa.

—Esta.

—Esa es de tubo.

—Esta.

—Esa.

Se la doy y le rozo los dedos.

Es un roce de nada: el canto de mi mano contra sus nudillos, medio segundo, con la llave de por medio y los dos mirando dentro de un agujero en la pared. Él tiene las manos frías del agua y yo también.

No pasa nada. Coge la llave, la ajusta a la maneta, dice «ahora sujeta aquí y no la sueltes» y me pone la mano en el tubo de cobre, y yo la dejo ahí, con los cinco dedos alrededor, apretando, mirando muy fijamente ese tubo, y lo que noto contra los dedos es un tubo de cobre frío en una casa a oscuras a las dos y veinte de la madrugada.

Aprieta. La maneta cede media vuelta. Otra media. Y el agua, en el lavabo, se para.

El silencio que queda después es enorme.

—Ya está —dice.

—Ya está.

Nos levantamos. Yo me retiro el pelo de la cara con el dorso de la muñeca, que es lo único que tengo seco, y él recoge la llave y la mete en la caja, en su sitio, y yo aparto la mirada del hueco porque de repente el hueco es un sitio raro para estar mirando.

Y entonces me acuerdo de la pinta que tengo.

—Es de mi madre —digo.

—¿El qué?

—El pijama. Es de una promoción de caldos. Se lo dieron por comprar doce briks.

Manu mira la camiseta. Mira el logo del brik sonriente. Tarda tres segundos.

—Doce briks son muchos briks —dice.

—Eran doce briks al mes, durante seis meses.

—Entonces son setenta y dos.

—Setenta y dos briks de caldo, sí.

—Buen pijama —dice, y coge las toallas del suelo, y esa es exactamente la cantidad de importancia que le da al asunto, que es cero, y es lo mejor que me ha pasado en semanas.

Secamos el pasillo entre los dos a las dos y media de la madrugada, cada uno con una toalla, empujando el agua hacia el sumidero de la galería.

Él lo hace con el pie, apoyando el peso, en pasadas largas.

Yo lo hago de rodillas. Al final del pasillo comprobamos las juntas con la linterna a ras de suelo.

—No ha entrado —dice—. El sellador ha aguantado.

—¿Seguro?

—Mira la veta. Si hubiera entrado, la madera estaría levantada aquí, en el canto. —Pasa dos dedos por la junta—. No está.

Pelayo, mientras tanto, está sentado en el bidé.

En el bidé, encima del bidé, en el borde de porcelana, con las cuatro patas juntas y la pechera intacta, colocado en el sitio exacto desde el que se ve el registro abierto, la caja de herramientas y los dos metros de pasillo mojado.

Lleva ahí desde que hemos apartado el mueble.

No se ha movido ni cuando ha saltado el agua.

—Tu gato está en el bidé —dice Manu, sin levantar la vista de la junta.

—Lleva un rato.

—Ya.

—Está supervisando.

—Ya.

A las dos y cincuenta cierra la caja. Yo me doy cuenta, con el reloj del microondas en la línea de visión, de una cosa que hasta ahora no había tenido ocasión de comprobar.

—Oye. Son las tres menos diez.

—Sí.

—Que hay una norma en esta casa de que no entra nadie después de las diez.

Lo digo medio en broma, con la toalla mojada en la mano y el pijama de los caldos pegado a las rodillas. Lo digo por decir algo mientras se va.

Manu mira a Pelayo, que sigue en el bidé y que lleva cuarenta minutos sin girar la cabeza ni un grado. Que en cuarenta minutos no ha hecho absolutamente nada más que estar ahí.

—Pues no parece que le importe mucho —dice.

—Es que esto no es una visita —digo—. Es servicio.

Se ríe. Se ríe muy poco, medio segundo, una exhalación por la nariz, y coge la caja y dice buenas noches.

Yo me quedo en el recibidor con la puerta cerrada y la casa oliendo a agua, y en la cocina, contra el mueble alto, me digo a mí misma, con toda la naturalidad del mundo, que menos mal que vive abajo, que si no cualquiera arregla eso a las dos de la mañana, y que la próxima vez que llame a alguien a esas horas será a un fontanero de guardia, con su factura y sus ciento ochenta euros, y que esto no se puede repetir porque a la gente hay que pagarle el tiempo.

Que yo mañana le pago las dos horas.

Y que no se las va a cobrar.

Y que eso, exactamente eso, es lo que me tiene despierta a las tres y cuarto de la madrugada mirando el techo del dormitorio de mi tío abuelo. Que no me las va a cobrar.