Con gato incluido 8. Presupuesto sin compromiso
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8. Presupuesto sin compromiso

—Toma.

El trapo va doblado en cuatro y lavado, cosa que me ha parecido exagerada mientras lo doblaba y absolutamente necesaria mientras lo bajaba, miércoles a las ocho y diez de la tarde, cuatro pisos.

—No hacía falta lavarlo.

—Estaba lleno de serrín.

—Es un trapo de serrín —dice, y lo deja encima del banco sin mirarlo.

Detrás de él, la puerta del veintisiete está lijada entera y tiene un color que no tenía el lunes: un castaño claro, cálido, con la veta corriendo a lo largo como si la madera se hubiera despertado. Me quedo mirándola más rato del que corresponde a una puerta.

—Oye —digo—. Quería preguntarte una cosa de trabajo.

Y ahí, en ese punto exacto de la conversación, es donde tengo la ocasión y la boca abierta y las dos manos libres.

—Quiero poner el piso a punto.

—Vale.

—¿Me lo presupuestas?

—Subo mañana a las nueve y lo vemos.

Y ya está. Ni «¿qué tienes pensado?», ni «depende», ni «yo ahora mismo voy muy liado», que es lo que dice todo el mundo en Madrid antes de decir que sí.

—¿No quieres saber qué quiero hacer?

—Mañana lo veo yo.

—Es que igual es mucho.

—Mañana lo veo yo —repite, con la paciencia con la que se repiten las cosas que no se han dicho mal la primera vez.

Subo los cuatro pisos haciendo la cuenta de lo que puedo gastarme: tengo 4.100 en la cuenta y dos facturas pendientes de Lares que llegarán, si llegan como siempre, a sesenta días. La derrama pide su primer plazo cuando la comunidad decida. La habitación de Merche se paga el día 1.

Subo, y sube el gato conmigo, tres escalones por delante.

Sube a las nueve menos dos.

Trae una carpeta de cartón, un metro de los de cinta, una linterna y un lápiz de carpintero de esos planos que van detrás de la oreja. No trae el móvil en la mano. Llevo tanto tiempo hablando con gente que tiene el móvil en la mano que lo primero que noto de él, cada vez, es eso.

Se limpia los zapatos en el felpudo antes de entrar. Pelayo, que está sentado a un metro exacto del umbral, se levanta y se pone a su lado, y ahí se queda toda la mañana: a media zancada, a su altura, de habitación en habitación, como un aparejador que no se fía.

Empezamos por el salón.

Manu levanta la cabeza hacia el techo y se está un rato largo con las manos en los bolsillos, mirando la cenefa de hojas de escayola que recorre los cuatro lados.

—Esto es de origen —dice.

—¿La moldura?

—La moldura y el rosetón. Están enteros, que es lo raro. —Señala con el lápiz, sin tocar—. En esta finca las tiraron casi todas en los ochenta para bajar techos y meter halógenos. En el quinto hay un techo bajado que te come cuarenta centímetros.

—A mí me gustan.

—Pues no las toques.

Sigue por el suelo. Se agacha en el centro del salón, pone dos dedos sobre la tarima, aprieta un poco, arrastra la yema por la junta.

—Esto es de origen.

—Ya me lo imaginaba.

—Es tarima de pino melis. —Da un golpe seco con el nudillo—. Está clavada sobre rastreles, no pegada. Se acuchilla, se sella y te dura otros ochenta años. Lo que no se puede es meterle un laminado encima.

—No pensaba meterle un laminado.

—La gente lo hace.

—Ya sé que la gente lo hace. Yo trabajo con la gente que lo hace.

Levanta la vista desde el suelo, un segundo, y creo que eso ha sido gracia. No hay manera de comprobarlo.

En el pasillo mide. Va cantando números y anotándolos en la carpeta sin mirar lo que escribe.

En el baño abre el grifo, lo deja correr, mete la mano debajo y mira el techo. Luego cierra, se agacha en la esquina de detrás de la puerta y pone la palma entera sobre el rodapié durante unos segundos.

—Aquí hay algo.

—¿Dónde?

—Aquí. —No aparta la mano—. Está frío de otra manera.

Yo me agacho a su lado y toco donde me dice. A mí me parece una pared. Le digo que a mí me parece una pared.

—Ya —dice—. Pero está frío de otra manera.

En la cocina se queda callado bastante rato delante del azulejo marrón, con esa cara de estar sumando.

Y en el dormitorio grande, donde está la cama con la colcha lisa que traje yo, se para delante del radiador de hierro fundido de debajo de la ventana, ese que tiene doce elementos y una capa de pintura blanca sobre otra capa de pintura blanca sobre otra.

Le pone dos dedos encima.

—Esto es de origen.

—Manu, que es un radiador.

—Es un radiador de fundición. Pesa noventa kilos y calienta el doble que lo que te venden ahora.

—Le da un golpecito con el nudillo, y el hierro suena grave, lleno, como una campana enterrada—.

Este radiador ha calentado a tres generaciones de esta casa y va a calentar a las que vengan.

Lo único que hay que hacer es decaparlo y purgarlo.

Yo estoy de pie en la puerta del dormitorio de mi tío abuelo escuchando a un hombre hablar de hierro fundido, y de repente esta casa suena distinta.

No es una manera de hablar: suena distinta.

Los nudillos en la madera, los nudillos en el hierro, el metro de cinta al recogerse, todo el rato pequeños ruidos de cosas que están hechas de algo.

Cuando yo entro en una casa, la casa se calla. Yo la maquillo y ella se deja.

Cuando entra él, la casa contesta.

Nos sentamos en la mesa camilla a las once y veinte. Saca la carpeta, un folio cuadriculado y el lápiz de detrás de la oreja.

—A ver. Hay dos maneras de hacer esto —dice—. Y son dos precios muy distintos.

—Dime.

—Una: lo dejas presentable. Pintura plástica blanca en todo, se tapan las grietas con masilla, se cambian los enchufes, se lima la puerta del baño que roza y el azulejo de la cocina se pinta con esmalte especial.

Queda muy bien en foto y aguanta un año y medio.

Son unos tres mil ochocientos, materiales incluidos.

Tres mil ochocientos. En la cabeza me sale sola la resta contra los quinientos setenta y cinco mil, y me sale también, sin que la llame, la cara de Bea diciendo «esto hay que enseñarlo puesto».

—¿Y la otra?

—La otra es arreglarlo. —Gira el folio y empieza a escribir columnas—.

Se acuchilla y se sella el suelo. Se decapan los cuatro radiadores.

Se sanea la humedad de la esquina del baño, que la tienes, aunque hoy no se vea.

Se pican los azulejos de la cocina y se dejan solo hasta la encimera.

Se recuperan las molduras donde hay pegotes de escayola nueva.

Y las ventanas, que son de las buenas, se ajustan y se les pone burlete en vez de cambiarlas.

—¿Y eso?

—Nueve mil doscientos. En dos meses y medio, trabajando yo solo y por las tardes.

Nueve mil doscientos.

Casi exactamente la derrama. Casi exactamente veintidós casas ajenas con sus cojines.

—La diferencia entre una cosa y otra —dice, y deja el lápiz cruzado encima del folio, en diagonal— es si esto lo quieres para enseñarlo o lo quieres para vivir.

Y me lo pregunta así, sin segundas, mirándome como mira él, a la altura de los ojos, con la carpeta abierta y la mañana entera todavía en las manos.

En la mesa camilla, debajo de la carpeta de cartón, está mi libreta de los presupuestos.

En la última página hay una lista de veintiuna líneas titulada «Ponzano — para vender».

En el bolso, en el forro, hay un orden del día doblado en cuatro con la palabra VENDER subrayada tres veces.

En el correo tengo, desde el lunes, una hoja de encargo en exclusiva por cuatro meses firmada tres veces con letra pequeña.

Y a metro y medio, encima del arcón, hay un gato de esmoquin sentado como un consejero en junta, con la pechera intacta, mirándonos a los dos.

—Para vivir —digo.

Lo digo en un tono normal. No me tiembla nada. Llevo seis años diciéndoles a los compradores «mucha luz» en pasillos que no tienen ventana.

—Vale —dice Manu.

Y escribe arriba del folio, con el lápiz de carpintero, en mayúsculas de carpintero: PONZANO 41, 3.º IZQ.

Y luego, debajo, subrayado: PARA VIVIR.

—Empiezo el lunes por el suelo, que es lo que más molesta —dice—. Vas a tener que dormir dos noches en otro sitio.

—Vale.

—Y el cincuenta por ciento al empezar, que los materiales los pago yo.

—Vale.

—¿Seguro que vale? Son nueve mil doscientos. Piénsatelo esta noche y me dices mañana.

—No hace falta.

—Piénsatelo igual —dice, y recoge el metro y la linterna y el lápiz, y se va.

Me quedo sola en la mesa camilla con el folio cuadriculado delante y las columnas escritas a mano, y la cuenta que hago no es la de los nueve mil doscientos.

La cuenta que hago es esta: cinco mil cuatrocientos euros de diferencia entre lo que necesito y lo que acabo de contratar. Cinco mil cuatrocientos euros por no decir en voz alta una palabra de dos sílabas.

Es el presupuesto más caro que he firmado en mi vida y todavía no lo he firmado.

Le doy la vuelta al folio para no verlo.

Por la tarde, cuando bajo la basura, me cruzo con doña Reme en el portal y me dice que qué bien, que ha visto al Manu subir con el metro, que ya era hora de que alguien le hiciera caso a esta finca. Le digo que sí. Le digo que sí dos veces.

Y por la noche, cuando le pongo la lata en el plato de La Cartuja y me voy a la cocina a contar hasta veinte, me digo que se lo diré. Que se lo digo la semana que viene, cuando empiece el suelo, en cuanto haya un momento tranquilo.

Que lo raro sería no decírselo.

Vuelvo al salón con el vaso de agua y el folio cuadriculado sigue en la mesa camilla, boca abajo como lo dejé, y encima del folio, sentado con las cuatro patas recogidas y la cola alrededor, está Pelayo.

—Es un presupuesto —le digo.

Baja los ojos al papel que tiene debajo. Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.

—Ya —digo—. Ya lo sé.

Y le dejo el folio, que total mañana lo firmo igual.