Con gato incluido 7. Ley de las diez
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7. Ley de las diez

No es una decisión. Es un gesto de dedo.

A los cuatro minutos me doy cuenta de que Pelayo no está en el marco de la puerta.

Rebobino, porque sí lo he visto. Lo he visto hace tres minutos y medio: ha entrado en la cocina cuando ha entrado el piano electrónico, se ha parado delante del altavoz, ha girado la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y ha cerrado los ojos, y la medalla ha dado su única campanada, y yo, con la moldura de plástico en una mano y el destornillador en la otra, he dicho «es instrumental» y he seguido a lo mío.

Y después se ha ido.

Él está siempre en el marco de la puerta. Siempre, en la habitación en la que yo esté, a dos metros y medio, en el umbral, sentado como un consejero en junta. No es cariño: es supervisión. Lo tengo tan asumido que lo que noto no es su ausencia, sino un espacio raro a la altura de las rodillas.

Quito la música.

—¿Pelayo?

Miro debajo de la cama de mi tío. Miro dentro del armario del pasillo.

Miro detrás del sofá, encima del aparador, dentro de la caja de plátanos que sigue en el suelo del salón con las fotos dentro.

Miro en el cuarto de la lavadora, que es un cuarto de un metro por uno con una lavadora del noventa y siete.

Miro los balcones.

El del salón está abierto. Lo he abierto yo hace veinte minutos para que se fuera el olor a café.

Tiene una barandilla de hierro con los barrotes a doce centímetros y un vuelo con la armadura vista del que habló el hombre en la junta, y estamos en un tercero, y de repente esta casa entera es una lista de sitios por los que un animal de siete kilos puede caerse a la calle.

Me asomo. Miro la acera. Miro el toldo del segundo. Miro las macetas del vecino de enfrente.

Nada.

Vuelvo a entrar y hago la casa otra vez, en el mismo orden, que es lo que hace todo el mundo, como si las habitaciones se recargaran.

Cocina. Pasillo. Dormitorio grande. Dormitorio pequeño.

Baño. Y mientras la hago, en la cabeza, va corriendo sola una lista que no he pedido: que en el Protocolo no hay ninguna cláusula sobre balcones porque a mi tío no le hizo falta escribirla; que llevo once días con este animal y no sé si tiene chip, ni si está esterilizado, ni si va al veterinario de la esquina o a uno de Ríos Rosas; que doña Reme sí lo sabe; que en la nota del tique del súper ponía tres cosas y una era «no le hables como si fuera tonto» y yo llevo once días hablándole exactamente así.

Que si a este gato le pasa algo estando yo, se lo tengo que decir a un señor de setenta y nueve años que está en Bali y que se ha ido tranquilo porque me lo dejó a mí.

Salgo al rellano en calcetines con el corazón haciendo cosas que no me apetece describir, bajo hasta el segundo llamando a un gato por su nombre de señor, «Pelayo, Pelayo», con esa voz aguda y ridícula que sale sola, y en el descansillo del segundo se abre una puerta siete centímetros y luego entera.

—Está abajo —dice doña Reme.

—¿Abajo dónde?

—Abajo. En el bajo A. —Se ajusta la rebeca—. Baja tú, que yo con las rodillas.

—¿Y cómo sabe usted que está abajo?

—Porque son las diez menos veinte —dice, como si eso fuera una respuesta, y a lo mejor lo es.

La puerta del bajo A está entornada y de dentro sale un sonido continuo, áspero, tranquilo, de papel de lija contra madera. Empujo un poco. Digo «¿hola?» sin que se me oiga.

El pasillo de la portería vieja es estrecho y da a un cuarto grande con el techo alto y una ventana a la altura de la acera por la que se ven los pies de la gente pasando.

Hay dos caballetes, una puerta de dos hojas apoyada encima, y un hombre lijando esa puerta con la palma abierta sobre un taco de corcho, adelante y atrás, con el ritmo ese que tienen los trabajos que no se pueden hacer deprisa.

Hay serrín en el aire. Cuando la luz de la ventana lo cruza se ve entero, suspendido, como una cortina fina.

Y encima de un banco, a metro y medio de la puerta, sentado con las patas delanteras juntas y la pechera blanca perfectamente limpia en mitad de todo ese polvo, está Pelayo.

Mirándolo trabajar.

—Perdona —digo.

Manu levanta la cabeza, la vuelve a bajar y da tres pasadas más antes de contestar. No es descortesía. Es que estaba a mitad.

—Buenas.

—Le estaba buscando por toda la casa.

—Ya.

—¿Cómo ha bajado?

—Por la escalera. —Sopla el canto, pasa la mano por él, vuelve a lijar—. La puerta la dejo abierta hasta las diez, que entro y salgo a la furgoneta.

Yo me quedo de pie en el umbral con los calcetines llenos de polvo del portal, sin saber dónde poner las manos.

—¿Y viene mucho?

—Todos los días.

—¿Todos los días?

—Sobre esta hora.

—¿Y usted... —me oigo hablando de usted y me corrijo a mitad, cosa que queda fatal— y tú qué haces?

—Lijar.

—No, digo con él. Si le das de comer o algo.

—No.

—¿Le hablas?

—No.

—¿Le pones música?

Manu para. Se endereza. Se pasa el antebrazo por la frente y me mira por primera vez desde que he entrado, con una cara de no entender absolutamente nada de esta conversación.

—Estoy lijando una puerta —dice.

Y ahí está. Ahí está la cosa entera, dicha por un hombre con un taco de corcho en la mano, sin ninguna intención de decir nada.

Yo llevo diez días quitando fundas de maletas, moviendo plaids, hablándole de notas olfativas a un animal y limpiándome los pies descalza en mi propio felpudo. Y este señor lija una puerta y el gato baja cuatro pisos todos los días a las diez menos veinte para verlo hacerlo.

—Ya —digo—. Vale.

—Es una puerta buena, además. —Da dos golpecitos secos con los nudillos en la madera—. Del veintisiete, como la tuya. La tiró el del quinto a la basura en junio con el marco y todo.

—¿Y la has sacado del contenedor?

—De al lado del contenedor. —Se agacha a por otra hoja de lija—. Nadie tira una puerta de castaño. Lo que pasa es que la gente no sabe lo que tira.

Se le da bien no rellenar los silencios. A mí eso me pone nerviosísima, así que hablo yo.

—Oye, lo de la cerradura funciona perfectamente. Compré el grafito.

—¿El de polvo?

—El de polvo. Cuatro euros, como dijiste.

—Bien.

Y ya está. Ni «me alegro», ni «de nada», ni «cuando quieras». Bien.

Cambia la hoja de lija, la ajusta al taco, comprueba el canto con la yema del pulgar.

—¿Tú te quedas? —dice.

—¿Cómo?

—Que si te quedas en el piso. Lo digo por el agua caliente. El calentador es de gas y en enero, si la casa está vacía, revienta. Si te quedas, en noviembre te lo miro.

Hay una respuesta de una sílaba y hay otra de dos, y a mí, que me gano la vida contestando cosas de este tipo con una sonrisa de tres cuartos, se me quedan las dos atravesadas a la misma altura.

—Todavía estoy viendo qué hago —digo.

—Vale.

Y sigue lijando, y es la conversación más corta que he tenido en meses, y es la primera vez en once días que me oigo mentir sin haber dicho ni una sola cosa que no sea verdad.

Cojo a Pelayo del banco, que se deja coger con la dignidad de un señor al que llevan en volandas a la salida de un restaurante, y me lo pongo contra el hombro.

Manu me alarga un trapo doblado sin decir nada, para el polvo, y yo lo cojo por la otra punta, y en ese medio segundo se me ocurre que hace once días que no toco a nadie.

—Gracias.

—Devuélvemelo cuando bajes.

Subo los cuatro pisos con el gato al hombro y el trapo en la mano.

En casa lo dejo en el suelo del salón y él se va directo al recibidor y se sienta mirando la puerta, cosa que hace ahora, aparentemente, después de bajar a ver lijar a un hombre.

Yo me quedo de pie en la cocina, con la moldura dorada a medio descolgar, y hago algo que llevo diez días sin hacer: cojo el móvil viejo de mi tío del cajón del aparador, ese que tiene la pantalla rajada en una esquina y que se carga con un cable que ya no fabrica nadie, y lo enciendo.

No tiene código. Claro que no tiene código.

Tiene tres aplicaciones, cuarenta y una fotos de un gato y una lista de reproducción guardada que se llama, en mayúsculas: PARA EL GATO.

Las cuarenta y una fotos son todas del mismo animal en el mismo sillón, tomadas a lo largo de años, algunas movidas, algunas con el dedo tapando una esquina. En dos de ellas, al fondo, se ve media mesa camilla y un vaso.

Le doy a la lista.

Es una sola canción, puesta cuarenta veces seguidas. La misma. Cuarenta veces.

Empieza el fagot, y luego el arpa, y luego entra la voz, y es Kraus, y es lo que sonaba en esta casa todas las noches de todos los sábados de mi adolescencia mientras yo hacía como que leía en el sillón de orejas y mi tío se quedaba callado con las manos encima de la mesa camilla.

Yo tenía trece años y creía que era una manía de viejo.

Todos en mi familia creíamos que era una manía de viejo.

Nadie preguntó nunca, en veinte años, por qué siempre esa y por qué siempre a esa hora, y ahora estoy de pie en la cocina con un teléfono roto en la mano y me parece increíble que no preguntara nadie.

Pelayo entra en el salón antes del segundo compás.

Cruza la alfombra, se sube al sillón de orejas —al de mi tío, no al sofá—, se acomoda con las patas debajo del pecho y se queda ahí, con los ojos entrecerrados y la cabeza recta, mirando a la nada exactamente igual que la miraba él.

Son las diez y veinte de la mañana. Estoy infringiendo el horario por cuarenta minutos y no me apetece nada apagarlo.