6. Luminoso y con posibilidades
Un piso se despersonaliza en cuatro horas si vas con método, y yo voy con método.
Empiezo por el pasillo, que es donde está lo peor: veintidós fotografías enmarcadas colgadas a distintas alturas, sin criterio, en marcos que no combinan entre sí y que nunca han tenido intención de hacerlo.
Una comunión. Un banquete de los sesenta con las mujeres a un lado.
Mi tío abuelo con veinte años y la boca abierta en mitad de una frase.
Mi padre, joven, delgadísimo, con una gabardina que no le conocía y que evidentemente ya entonces era buenísima.
Las descuelgo todas. Las envuelvo en papel de burbujas de dos en dos, las meto en una caja de plátanos que he cogido del súper y escribo en el lateral, con rotulador: PASILLO.
En la venta de una casa las fotos son lo primero que se quita, siempre. El comprador tiene que poder imaginarse a sí mismo dentro, y no puede si hay veintidós desconocidos mirándole desde la pared. Esto se lo he explicado a cuarenta clientes. Lo digo con mucha soltura.
Cuando llego al último marco, que es una foto en blanco y negro de una mujer con una rebeca clara y el pelo recogido, apoyada en la barandilla de un balcón que es este balcón, me entretengo un rato de más.
Detrás, con lápiz, pone: «Rosario, 1971».
La envuelvo en dos capas de burbujas en vez de una. Eso es todo lo que hago. La caja se cierra igual.
Sigo. Quito la colcha de ganchillo y pongo una colcha lisa gris perla que traigo de mi propio armario.
Quito los tapetes. Meto el frutero de cristal y la sopera en el aparador, cierro y dejo encima tres libros de tapa dura y un cuenco de cerámica vacío.
Un cuenco vacío en una mesa dice «gente con tiempo». Nadie sabe por qué. Funciona.
Traigo del coche mi maleta de trabajo: doce cojines en fundas neutras, dos plaids, una vela sin encender, tres jarrones, una bandeja de madera, dos plantas de verdad y una orquídea de plástico buenísima, de las que cuestan cuarenta euros y engañan a cualquiera, incluido yo el día que la compré.
El plaid grande lo doblo en diagonal sobre el brazo del sofá, con el pico cayendo dos palmos. Es de mezcla de lino con viscosa y en la etiqueta pone «efecto lino natural», que es la manera que tiene la industria de decir que no es lino.
A las once y media el piso ya no es de nadie. Está precioso.
Menos la cocina, que no hay staging que la salve.
El azulejo marrón llega hasta el techo, la encimera de formica imita un mármol que no existe y el mueble alto tiene una moldura de plástico dorado pegada con silicona en el noventa y uno.
Aquí no valen cojines. Aquí hace falta un presupuesto y un hombre con un martillo.
Lo apunto en la lista de «Ponzano — para vender», línea decimoséptima: «cocina, mirar coste».
Pelayo entra en el salón a las once y treinta y cinco, mira el conjunto entero desde la puerta, cruza la alfombra, se sube al sofá y se tumba encima del plaid.
No al lado. Encima. Exactamente en el centro del pico que cae dos palmos, con las patas cruzadas y la cabeza alta, deshaciendo con siete kilos de peso un pliegue que me ha costado cuatro intentos.
—Ahí no.
Nada.
Le paso la mano por debajo y lo muevo quince centímetros a la izquierda. Vuelvo a hacer el pliegue. Me separo tres pasos para comprobar la caída.
Pelayo se levanta, da dos pasos a la derecha y se tumba otra vez encima.
Lo intento cuatro veces más. En la cuarta le pongo el plaid doblado en el respaldo, fuera de su alcance, y él se sube al respaldo.
En la quinta lo dejo en el suelo, plegado en un cubo perfecto, para ver qué hace, y lo que hace es sentarse encima con las cuatro patas recogidas, como quien se sienta en su propia maleta en un andén.
En la sexta ya no lo intento: le hago una foto, porque la pechera blanca contra el gris del plaid queda, objetivamente, espectacular.
Bea y Álvaro llegan a la una menos cuarto. Bea entra hablando, como siempre, con el móvil en una mano y las gafas de sol subidas a la cabeza; Álvaro es nuevo, tiene veintiséis años, un cuaderno con la esquina doblada y un medidor láser que saca del bolsillo como quien saca un arma reglamentaria.
—Ay, qué bonito —dice Bea—. Qué bonito. Claudia, esto es otra cosa.
—Está sin tocar. Es todo original.
—Ya lo veo, ya. —Va directa al balcón, abre, mira arriba, mira abajo, cierra—. ¿La fachada es la de la derrama?
—Esa.
—Bueno. Eso se dice, se descuenta y se acabó. —Se gira hacia el salón entero—. Álvaro, mide.
Álvaro mide. Va soltando números en voz baja y anotándolos, y yo voy detrás de los dos con las manos en los bolsillos de atrás, en mi propia casa, en la postura exacta que tienen los clientes cuando les enseño su propia casa arreglada por mí.
—Noventa y seis útiles no, ochenta y nueve —dice Álvaro—. Los noventa y seis son construidos.
—Da igual, se anuncian los construidos —dice Bea.
Hacen la valoración en la mesa camilla, con la calculadora del móvil y la cara de póker que se les enseña en el máster.
—Zona alta de Chamberí, finca del veintisiete rehabilitada, tercero con ascensor, tres balcones a calle, orientación este —dice Bea—. Testigos de la calle: hay uno cerrado en agosto en 6.100 el metro y otro que lleva desde marzo pidiendo 6.600 y ahí sigue.
—¿Y?
—Quinientos setenta y cinco.
Lo dice sin subrayarlo. Quinientos setenta y cinco mil euros, dicho como quien da una hora.
Yo asiento con la boca cerrada y hago la cuenta por dentro, porque hacer la cuenta por dentro es lo único que sé hacer con las cifras grandes: menos el tres por ciento más IVA de Lares, que son 20.
872; menos la derrama, que me tocará pagar entera antes de escriturar; menos lo que cueste dejar esto presentable de verdad; menos la plusvalía, que en una donación reciente tiene su cosa y que me tiene que mirar Lore.
Sale una cifra que no cabe en la libreta de los presupuestos. Sale una cifra que es, básicamente, otra vida: la del piso propio en un barrio que sí puedo sostener, la de no mirar el saldo antes de hacer la compra grande, la de decirle a Merche que este mes es el último y decirlo el día 1.
—¿Estás bien? —dice Bea.
—Estoy perfecta.
Que es lo que digo siempre.
—Fotos —dice Bea—. Y antes, firma.
Saca de la carpeta la hoja de encargo y la pone encima de la mesa camilla, girada hacia mí, con el bolígrafo cruzado encima en diagonal, que es un gesto que hacemos todos los que vivimos de que la gente firme cosas.
Cuatro meses en exclusiva. Tres por ciento más IVA. Fuera de portales.
—¿Sin cartel? —pregunto.
—Sin cartel, sin anuncio y sin fotos circulando.
Cartera privada. —Bea se sienta en el brazo del sillón de orejas, cosa que en cualquier otra casa me habría parecido mal—.
En esta zona, si el piso sale a portales, en tres días lo tienes en cuatro páginas y con el precio comentado en el bar.
Así lo enseñas tú, a quien yo te diga, y punto.
—Vale.
—Y otra cosa —dice, y baja el móvil—. El gato.
—¿Qué pasa con el gato?
—Que cuando esto se cierre, el gato no puede estar. Los compradores firman una casa, no una casa con inquilino de siete kilos. —Se ríe de su propio chiste, y es un chiste bueno—. ¿Tú te lo llevas a Carabanchel?
En la habitación que alquilo hay tres normas colgadas con imán en la nevera y la segunda dice «no animales». La escribió Merche en 2019 con un rotulador rojo.
—Eso ya lo veré —digo.
—Eso ya lo verás.
—Que sí, Bea.
—Que sí, Claudia. —Me pasa el bolígrafo—. Firma aquí, aquí y en la última.
Firmo tres veces, con la letra pequeña que me sale cuando me miran, y noto perfectamente el momento exacto en que esta casa deja de ser una casa y se convierte en un producto de cartera privada con testigos de calle a 6.100 el metro. Es un momento tranquilo. No pasa nada. Es un bolígrafo.
Álvaro monta el trípode en la esquina del salón, que es donde se monta siempre, y encuadra los tres balcones. Yo me pongo detrás de él para ver la pantalla, que es una costumbre fea que tengo.
En el encuadre, en el centro exacto del sofá, está Pelayo, tumbado sobre el plaid con la cabeza levantada, mirando al objetivo por encima del hombro.
—Uy —dice Álvaro—. ¿Lo quito?
—Déjalo, déjalo —dice Bea—. El gato da calidez.
—El gato da calidez —repito.
—Los pisos con animal se venden antes. Está estudiado. —Bea se acerca a la pantalla—. Además mira qué elegante. Parece de anuncio.
Álvaro dispara. Diecisiete fotos del salón.
En dieciséis de las diecisiete, Pelayo aparece con la cabeza girada exactos cuarenta y cinco grados y los ojos cerrados, en el mismo instante en que salta el flash. En la diecisiete sale bien, mirando de frente, pero está desenfocado.
—Este gato tiene un problema con la cámara —dice Álvaro.
—Este gato no tiene ningún problema —digo yo, y me sale con un tono raro, un tono defensivo que no tenía pensado usar y que hace que Bea levante la cabeza del móvil medio segundo.
Se van a las tres. Recojo el trípode que Álvaro se ha dejado apoyado en el balcón y, al asomarme para meterlo, veo abajo, en la acera, una furgoneta blanca con las puertas traseras abiertas y a un hombre sacando planchas de madera de dos metros y apoyándolas contra la pared, una a una, con cuidado, poniendo un trapo doblado debajo de cada canto para que no se astillen contra el bordillo.
Me quedo mirando hasta que mete la última.
Luego cierro el balcón, me giro hacia mi salón perfecto, mi salón sin fotos, con su cuenco vacío y su orquídea de cuarenta euros que engaña a cualquiera, y me encuentro a Pelayo sentado delante de la orquídea, a un palmo, mirándola fijamente.
Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.
—Ya —le digo—. Ya lo sé.
La quito y la meto en la caja de los plátanos, encima de Rosario.