3. Zonas comunes
La cerradura de abajo aguanta dos días más y se muere el miércoles a las ocho y diez de la tarde, conmigo en el rellano, con cuatro bolsas del súper, un paquete de rollos de papel colgando del meñique y la llave metida hasta el fondo sin girar ni un milímetro en ninguna de las dos direcciones.
La de arriba, que llevaba tres días trabajando por las dos, elige ese momento para solidarizarse.
—Venga —le digo a la puerta.
Muevo la llave arriba. Abajo. La saco, la meto otra vez, la giro empujando la puerta con el hombro, que es lo que hace todo el mundo y no funciona nunca. Dejo las bolsas en el suelo. El paquete de rollos de papel se cae y baja los primeros seis escalones él solo, con dignidad.
Al otro lado de la puerta hay un piso de noventa y seis metros que es mío, con una lata abierta en la nevera, un plato de La Cartuja vacío desde ayer y un gato que come a las ocho y media.
Son las ocho y catorce.
Llamo a un cerrajero de urgencias. Sesenta euros por salir de casa y noventa más si hay que cambiar el bombín, y me dice que puede estar en hora y media, y en el silencio que dejo mientras hago la cuenta él añade que si es una puerta antigua igual son ciento ochenta.
Le digo que ya le llamo. Los ciento ochenta euros son la mitad de un trabajo mío.
La puerta del segundo se abre siete centímetros y luego, esta vez, entera.
—¿Estás cerrada? —dice doña Reme, desde abajo, con la cabeza asomada por el hueco de la escalera.
—Estoy cerrada.
—Anda, llama al del bajo A. Manu. Bajo A, el de la portería vieja. —Y añade, con el mismo tono con el que se avisa de un escalón—: Y no le hables en diminutivo.
—¿Qué?
Pero la puerta del segundo ya se ha cerrado.
Bajo cuatro pisos y llamo al bajo A. Tarda lo suyo.
Abre un tío de metro ochenta y pico con una camiseta gris, las manos limpias y los antebrazos no, y detrás de él, en el pasillo, se ve un banco de trabajo con las herramientas colgadas por tamaños en un panel perforado.
Ordenadísimo. Absurdamente ordenado, con la silueta de cada llave dibujada en el corcho para saber cuál falta.
—Buenas —digo—. Perdona. Soy Claudia, del tercero izquierda. La sobrina de Fermín.
—Ya.
—¿Ya?
—Llevas ocho días —dice.
Tiene una manera de mirar que no es antipática, es directa; mira a la altura de los ojos y no baja a las bolsas ni al pelo ni a nada. Yo, que me gano la vida calculando qué impresión da todo, calculo la que doy yo y prefiero dejarlo.
—Es la cerradura de abajo. No gira. Y ahora tampoco la de arriba.
Coge una linterna pequeña del bolsillo del pantalón, no del panel, del pantalón, y sube las escaleras delante de mí sin decir nada más. Nadie ha dicho todavía si va a cobrarme, ni cuánto, ni si esto es un favor. Yo llevo cuatro bolsas y una conversación entera preparada por si acaso.
Arriba se agacha delante de la puerta, alumbra el bocallave y no toca nada durante unos segundos. Después pone dos dedos sobre el escudo de latón, muy suave, como quien comprueba la fiebre de alguien que duerme.
—Esto es de origen —dice.
—¿La cerradura?
—La cerradura, la puerta y el marco. Del veintisiete. —Alumbra el canto—. La han pintado tres veces, pero es la de origen.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Es una cerradura de gorja. Se limpia y dura otros cien años. —Se levanta, baja, sube otra vez con una caja plana y una bolsita de aceite y unas varillas—. El bombín moderno te lo cambian en veinte minutos y te lo rompen en cinco. Este no.
Trabaja diez minutos en cuclillas. Casi no hace ruido. Yo estoy de pie con las bolsas, sin saber si tengo que hablar o si hablar molesta.
—El del cerrajero me ha dicho ciento ochenta —digo, por decir algo.
—Ya.
—¿Ya?
—Es lo que se cobra. —Gira una varilla, saca un pasador, lo mira a la luz—. Está partido. Le pongo uno de estos, que tengo tres, y te compras un bote de grafito en polvo, que son cuatro euros. Nada de aceite. El aceite se lo carga.
Por la escalera sube un señor de unos setenta con una bolsa de tela y las llaves en la mano, se para en nuestro escalón y nos mira trabajar un rato largo, con la calma del que no tiene ninguna intención de seguir subiendo.
—Estas puertas antes se abrían con dar un empujón —dice—. Antes no era así.
—Buenas, Julián —dice Manu.
—Es que ahora todo son bombines. Y la luz de la escalera, que antes duraba lo que uno tardaba en subir, y ahora subes y a la mitad te quedas a oscuras como un pasmarote. —Cambia la bolsa de mano—. Oye, Manolito, una cosita.
Manu deja la varilla en el suelo, muy despacio.
—Dime.
—El grifo de la cocina, que gotea. Es una cosita de nada, un minuto.
—Ciento veinte.
—¿Ciento veinte por una gomita?
—Doscientos cuarenta —dice Manu.
Julián se queda con la boca a medio abrir, mirándolo, mirándome a mí, buscando en mi cara la confirmación de que aquí acaba de pasar algo que no comprende. Yo bajo los ojos a las bolsas del súper con una atención repentina y absoluta por el paquete de arroz.
—Pues nada —dice Julián—. Ya lo miro yo.
—Como quieras.
Sube. En el descansillo de arriba se le oye seguir hablando solo, para nadie, y de todo lo que dice solo se entiende la palabra «gomita».
Manu vuelve a la cerradura como si no hubiera pasado nada. Yo espero tres escalones de silencio antes de preguntar.
—¿Le has doblado el precio por decirte «Manolito»?
—Le he doblado el precio por lo de la cosita —dice—. Lo otro va aparte.
—¿Y a mí me lo vas a doblar?
—Tú todavía no has dicho nada.
Se me ocurren cuatro respuestas y me guardo las cuatro, que es una cifra alta para mí.
—¿Cuánto te debo?
—Veinte.
—Eso no es nada.
—Es un pasador y quince minutos —dice, sin levantar la vista, y le da a la llave media vuelta y la cerradura hace un chasquido limpio, entero, de aparato bien hecho, un ruido que no sabía que me hacía falta hasta que lo he oído.
Abre la puerta. Y ahí está Pelayo, sentado en el recibidor a un metro exacto del umbral, con la pechera intacta.
—Este es Pelayo —digo, porque me sale.
Manu no lo mira.
Recoge las varillas, mete el pasador roto en un trapo, se guarda el trapo, se pasa la mano por la rodilla del pantalón.
No lo mira ni una vez. No le habla, no chasquea la lengua, no hace ese ruidito que hacemos todos los seres humanos delante de un gato.
Nada. Es como si en el recibidor hubiera un paragüero.
Y Pelayo se levanta y se le pone al lado.
Le acompaña hasta el descansillo. Le acompaña, no le sigue: va a su altura, a media zancada, con la cabeza alta y el paso ese de andén.
Cuando Manu empieza a bajar, el gato baja tres escalones con él y se sienta en el rellano intermedio, debajo de la ventana, y se queda ahí mirándolo hasta que dobla el rellano del segundo.
A mí no me ha mirado. En toda la operación, ni una vez.
—El grafito en polvo —dice Manu desde abajo, sin asomarse—. En la ferretería de Bravo Murillo.
Y ya está. No dice adiós. No dice hasta luego, ni cualquier cosa me avisas, ni nada de lo que dice la gente cuando termina de estar en un sitio. Se oye la puerta del bajo A y se acabó.
Entro con mis bolsas. Dejo la compra en la encimera de formica.
Doy de comer al gato a las ocho y treinta y ocho, con ocho minutos de retraso, y mientras la lata cae en el plato de La Cartuja hago la cuenta del día, que es una costumbre que tengo desde los veinticinco: sesenta euros de compra, veinte de la cerradura, cuatro del grafito que compraré mañana, ciento sesenta que me he ahorrado del cerrajero.
En la libreta de los presupuestos, en la última página, hay una lista que empecé el lunes y que se titula «Ponzano — para vender» y que ya tiene once líneas.
La duodécima la apunto ahora: «grafito, no aceite».
Me voy a la cocina a contar hasta veinte contra el mueble alto, y desde ahí, mirando la pared de azulejo marrón, me digo lo siguiente:
Que me da exactamente igual.
Que faltaría más, que un gato tiene sus preferencias como todo el mundo, y que además es lógico, porque ese hombre lleva viviendo en esta finca toda la vida y yo llevo ocho días, y porque los animales van a lo suyo, y porque yo no he venido aquí a caerle bien a nadie, y menos a un animal de siete kilos con collar, y porque de aquí a dos meses esto estará vendido y el gato será un problema logístico y no un problema mío, y porque, sinceramente, tampoco es que yo lo haya intentado.
Yo lo que he hecho ha sido decirle hola. Y presentárselo. Y quitarle la funda a la maleta.
Vale.
Me asomo al pasillo con el vaso de agua en la mano. Pelayo ha vuelto y está sentado en el recibidor, encima del felpudo esta vez, mirando la puerta cerrada con la misma cara con la que se mira un sitio del que va a volver alguien.
En la mesa camilla tengo la vela de tres mechas que traje de mi habitación de Carabanchel, la de setenta euros que huele a higuera y que en las sesiones de fotos vale por diez cojines. La enciendo. Es un gesto mío de final del día, mío desde hace años, y hoy me apetece especialmente.
Pelayo cruza el pasillo, se para a un metro de la mesa camilla y se queda mirando la llama sin acercarse más.
—Es higuera —le digo—. Es una nota muy limpia.
Se lo digo a un gato. En voz alta, con la voz que se pone para explicar cosas caras. Y sé perfectamente que el que está haciendo el paripé, en este salón, esta noche, soy yo.
Soplo la vela.