Con gato incluido 2. Con gato incluido
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2. Con gato incluido

Subo andando por no estrenarme forzando nada.

En el segundo, una puerta se abre siete centímetros y vuelve a cerrarse. Siete. Los he contado.

El tercero izquierda tiene una puerta de castaño con dos cerraduras y un felpudo de esparto gastado en el centro, con la forma exacta de los pies de mi tío abuelo.

Meto la llave del llavero verde. La cerradura de arriba entra suave; la de abajo se queda a mitad de vuelta, hace un ruido de hueso y se para.

Insisto tres veces. A la cuarta pruebo con la de arriba sola y la puerta se abre entera, así que ya sé dos cosas de esta casa: que hay una cerradura estropeada y que llevo veinte minutos siendo propietaria y ya tengo una avería.

Dentro, la luz entra por tres balcones a la calle y cae en diagonal sobre el parquet, y yo, que llevo seis años vendiendo la palabra «luminoso», me quedo un segundo en el recibidor sin decir nada, con la maleta detrás.

Molduras de escayola en el techo, originales, con una cenefa de hojas.

Suelo de tarima ancha, de la de verdad, oscurecida por los bordes.

Puertas de dos hojas con manillas de porcelana.

Y encima de todo eso, cuarenta años de otra cosa: papel pintado de flores en el pasillo, una lámpara de forja del ochenta y tres, una cocina con azulejo marrón y una encimera de formica que imita el mármol y no engaña ni de lejos.

Trescientos metros de posibilidades y ninguna gana de tenerlas, pienso, y me sale con la voz de la web.

Entonces oigo un tintineo.

Está en el aparador del comedor, entre una sopera y un frutero de cristal, tumbado con las patas delanteras cruzadas y la cabeza alta, mirándome por encima del hombro como quien te ha visto entrar y ha decidido esperar a que digas algo primero.

Es un gato negro con esmoquin, y lo digo sin cariño y sin adorno, porque es literalmente lo que es.

El manto negro entero, brillante, sin una sola mancha fuera de sitio.

La pechera blanca abierta en triángulo desde la barbilla, tan ancha y tan limpia que parece almidonada.

Los guantes blancos en las cuatro patas, los de delante largos hasta media caña, los de detrás cortos como calcetines de vestir.

El hocico y la barbilla blancos también, y la nariz de un gris oscuro, y unos bigotes blancos larguísimos, tan largos que se le ven contra el mueble oscuro como tres rayas de tiza.

Es grande. No gordo: grande, con esa complexión rotunda de mueble de caoba, de cosa que ya estaba aquí cuando trajeron el resto.

Los ojos son verde oliva claro, casi amarillos, y no parpadean.

Lleva un collar de terciopelo verde botella con una medalla dorada, redonda, del tamaño de una moneda de dos euros, con una sola palabra grabada en versales gastadas: PELAYO.

—Hola —digo.

Nada.

—Soy Claudia.

Nada. Sostiene la mirada como si me estuviera esperando desde un asunto anterior que yo he olvidado.

Suelto la maleta en el suelo del recibidor y ahí es donde la cosa se tuerce, porque la maleta lleva una funda «efecto cuero» que compré en una tienda de aeropuerto por sesenta y ocho euros y que en la foto del catálogo salía preciosa.

Pelayo baja los ojos hacia ella. Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.

Y ya está. No bufa, no maúlla, no se va. Se queda ahí, con los ojos cerrados y la cara girada hacia la pared, en la postura exacta de un señor que ha decidido no mirar.

—Es una funda —le digo—. Protege.

Silencio de aparador.

Me agacho, le quito la funda a la maleta, la doblo y la meto en el armario del recibidor. Después me pongo de pie en mi propio recibidor preguntándome qué acabo de hacer y por qué lo he hecho tan deprisa.

A las ocho y veinticinco, Pelayo baja del aparador, cruza el pasillo con paso de andén y se sienta delante del aparador otra vez, mirando el plato. Un plato hondo de La Cartuja, blanco con el filo verde y el escudito, de los que en mi casa se sacaban en Nochebuena. Ahí come el gato.

Abro la lata en la cocina, como manda la cláusula primera, y la sirvo en el comedor, como manda la cláusula primera, y lo miro con los brazos cruzados, como se mira a alguien a quien le das de comer por primera vez. Él se sienta con la cola alrededor de las patas y espera.

Espera.

Sigue esperando.

Sin público. Sin público, joder.

Me voy a la cocina, me apoyo en la formica que imita el mármol y cuento hasta veinte. Cuando vuelvo, la mitad del plato está vacía y el gato tiene la pechera intacta, sin una gota, blanca como una servilleta de restaurante que todavía no ha llegado a la mesa.

A las nueve menos cuarto llaman al timbre. Tres timbrazos cortos, de los que avisan de que quien llama tiene derecho.

Es una señora de metro cincuenta con una rebeca de punto y un tupper de cristal entre las manos, y detrás de ella, en el rellano, está el olor de un guiso que lleva tres horas hecho.

—Tú eres Claudia. Reme, del segundo A. —Entra sin que yo la invite, que es una habilidad que se tiene o no se tiene—. Te he traído lentejas. No es por nada, es que hago de más.

—No hacía falta, de verdad.

—Ya. —Deja el tupper en la mesa camilla, mira el sofá con la manta encima y no dice nada del sofá con la manta encima, que es la manera más elocuente que existe de decir algo del sofá con la manta encima—. Tu tío está bien, ¿no? Me mandó una foto en una moto.

—Está estupendo.

—A su edad, una moto. —Se santigua a medias, más por gesto que por fe—. Oye, el jueves hay junta. Extraordinaria. Que lo sepas, que ahora te toca a ti ir.

—¿Junta de qué?

—De lo de la fachada —dice, y baja la voz por primera vez—. Tú ve pronto y siéntate al lado de la ventana.

Y entonces ve a Pelayo, que está en el aparador con las patas cruzadas, y pone esa voz.

—¡Ay, y aquí está el michi! ¿Quién es el michi guapo?

Pelayo se levanta sin prisa, se da la vuelta entera y se sienta mirando la pared, con la espalda perfectamente recta y la cola enroscada alrededor de las patas.

—Se ha ido a dormir el pobre —dice doña Reme.

—Sí —digo yo—. Eso será.

Se queda once minutos más. En esos once minutos me entero de que en el quinto hay obras sin permiso, de que la presidenta se llama Maribel y lleva una carpeta con separadores, y de que al del bajo A hay que avisarle con tiempo porque siempre está liado.

Cuando se va, Pelayo sigue mirando la pared.

Sigue mirándola hasta que la puerta de abajo se cierra del todo.

Duermo en el sofá del salón porque la habitación de mi tío tiene la cama hecha con la colcha de ganchillo y no me atrevo.

A las dos y media me despierto con esa desorientación de las casas nuevas y me llevo el móvil y los tres folios grapados al sillón de orejas, que es lo único de esta casa donde uno se sienta como es debido.

Leo el Protocolo entero por primera vez.

La primera ya me la sé. La segunda es la de la música.

La tercera, la de las visitas: ninguna pasada las diez.

La cuarta dice: «Diminutivos: la infracción no se sanciona.

Se ignora.» La quinta, que el felpudo se pisa limpio, «con supervisión presencial».

La sexta es la del señor del bajo A con llaves de mi casa, y la leo dos veces con la mandíbula un poco apretada.

La séptima: «La medalla no se quita. El collar se cepilla los domingos.

» La octava: «Pelayo duerme donde Pelayo decida. »

Y la novena.

«Novena. Pelayo no se vende, no se dona y no se traslada: se queda. Quien compre el piso, compra con gato.»

Me río.

Me río yo sola a las dos y media de la madrugada, en un salón de noventa y seis metros que huele a cera, con las piernas cruzadas debajo del cuerpo y los folios en la mano, con esa risa fea de nariz que me sale cuando algo me hace gracia de verdad y no hay nadie delante para quien montarla.

Porque es buenísimo. Porque es exactamente él, el hombre que a los setenta y nueve años se ha ido a Bali con una hamaca y un problema de fuego con unos chicos, dejando grapada a una escritura pública una cláusula que le dice a un notario que un gato es un bien inmueble.

Porque me lo imagino en esa mesa, con las tijeras, subrayando en rojo la sexta, mirando fijamente al hombre mientras grapaba.

Y porque no vale nada, claro. Ninguno de los que yo puedo certificar, dijo el notario. Yo el jueves llamo a Bea, en dos semanas tengo tasación, y quien compre esta casa comprará noventa y seis metros en Chamberí y ni un gramo de gato.

Dejo los folios en la mesa camilla, boca abajo, que es como se dejan las cosas que uno no quiere volver a leer esa noche.

Cuando me levanto a por agua, Pelayo está sentado en el recibidor, delante del felpudo, mirándolo fijamente. No me mira a mí: mira el felpudo. Yo tengo los pies descalzos y la casa es mía desde esta mañana a las once y cuarto.

Me limpio los pies en el felpudo.

Descalza.

Vuelvo al sofá sin decir una palabra, porque hay cosas que si te las dices en voz alta ya no hay manera de deshacerlas, y en la oscuridad del pasillo oigo, una sola vez, el tintineo de la medalla.