Con gato incluido 1. Donación en vida
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Con gato incluido

Con gato incluido

Por Paloma Andujar

© inepub.com

1. Donación en vida

La sala de espera de la notaría tiene un suelo laminado «efecto roble» que imita un roble que no ha existido nunca, una orquídea de plástico con tres gotas de rocío pegadas al pétalo y un cuadro de una barca varada que no le hace bien a nadie.

Llevo cuarenta minutos aquí y ya he redecorado la sala dos veces en la cabeza.

Fuera la orquídea. Fuera la barca. Una lámpara de pie en el rincón izquierdo para que la luz caiga en diagonal y el sofá parezca menos lo que es, que es un sofá donde la gente firma cosas que le cambian la vida con la espalda muy recta y las rodillas juntas.

Deformación profesional. Yo no entro en las casas: las tasa sola una parte de mí que no tiene interruptor.

Me pagan por eso. Cuatrocientos veinte euros de media por vivienda, mil doscientos si hay que alquilar mobiliario, y una frase en la web que escribí yo misma hace seis años y que todavía me da vergüenza: «No vendemos pisos, vendemos posibilidades».

—¿Claudia Soto? —dice la gestora—. Pasa, que ya está el notario.

El despacho huele a papel y a aire acondicionado de los que zumban. El notario tiene setenta y tantos, unas gafas colgando de un cordón y la carpeta abierta por la primera página. La gestora se sienta a mi izquierda. Yo me siento donde me señalan.

—Antes de nada —dice él—, quiero asegurarme de que entiende usted la naturaleza del acto. Su tío abuelo, don Fermín Soto Iranzo, le dona en vida el pleno dominio de la vivienda. No es una herencia. Él está vivo.

—Está más vivo que yo —digo.

—Eso no consta.

Empieza a leer. Urbana. Vivienda sita en la calle Ponzano, número 41, planta tercera, izquierda.

Noventa y seis metros cuadrados construidos.

Distrito de Chamberí. Inscrita al tomo tal, libro cual, folio, finca.

Referencia catastral. Le sigo el ritmo con la cabeza como quien escucha una lista de la compra ajena, y por dentro voy montando el anuncio sin permiso: piso señorial reformado en los ochenta con posibilidad de actualización, mucha luz, molduras originales, finca de 1927 con ascensor.

Trescientos setenta mil, calculo. No: en Ponzano y con esos metros, más.

Mucho más. Y esa es exactamente la cifra por la que llevo tres semanas durmiendo mal.

—Los gastos e impuestos derivados de esta donación, incluido el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones —lee el notario—, son asumidos íntegramente por el donante.

Levanto la cabeza.

—¿Perdón?

—Que no le cuesta a usted un euro. Su tío lo dejó pagado en marzo. Fue muy insistente al respecto.

La gestora asiente sin levantar la vista del portátil, como si esto pasara todos los martes.

Mi familia es de las que aparentan. Mi padre tuvo durante veinte años unos negocios que nunca llegaron a ser un negocio, y una gabardina buenísima para ir a hablar de ellos.

En mi casa se compraba el pan de la panadería cara y se pagaba la luz tarde.

De ahí vengo, y de ahí viene, supongo, que me gane la vida colocando cojines para que un piso de sesenta metros parezca de setenta.

Nadie de mi familia ha pagado nunca los impuestos de nadie.

Ni siquiera los suyos, la mayoría de las veces.

—Continúo —dice el notario—. Consta en la nota simple una anotación relativa a la inspección técnica del edificio, con resultado desfavorable, y un acuerdo de la comunidad de propietarios pendiente de ejecución.

—¿Eso qué quiere decir?

—Que hay obra. La comunidad se lo explicará mejor que yo. —Pasa la hoja—. Y luego está esto.

Esto es un fajo de tres folios grapado a la escritura. Grapado. Con grapa, a un documento público, cosa que por la cara del notario deduzco que está entre el sacrilegio y la anécdota de sobremesa.

—El donante insistió también en que se lo entregara con el resto de la documentación —dice—. Le advierto de que carece por completo de eficacia jurídica.

—¿Y por qué está grapado?

—Porque don Fermín lo grapó él mismo aquí, en esta mesa, y me miró mientras lo hacía.

Cojo los folios. Arriba, centrado, en mayúsculas y en una fuente que reconozco de los carteles de las mercerías: PROTOCOLO PELAYO.

Debajo, numeradas, cláusulas. Y abajo del todo, una firma temblona y una mancha de tinta redonda, del tamaño de un botón, puesta a propósito y con un dedo, como una huella.

—Primera —leo en voz alta—. «Comida: lata y pienso de marca de supermercado, jamás gourmet. Servicio a las ocho y media de la mañana y a las ocho y media de la tarde, en el plato de La Cartuja del aparador. La lata se abre en la cocina. Se sirve en el comedor. Sin público.»

El notario junta las manos.

—Hay nueve.

—¿Nueve?

—Nueve.

—¿Y usted las ha leído?

—Yo doy fe de lo que se firma delante de mí —dice—. Del gato no doy fe.

Es la primera vez en la reunión que me entran ganas de reírme, y me aguanto, porque me da la sensación de que en las notarías reírse cuesta dinero. Bajo los ojos al folio otra vez.

—«Segunda. Música: hasta las diez de la mañana, la casa suena a una sola aria o no suena. Ni una nota de nada más.» —Levanto la vista—. ¿Una sola aria?

—Una.

—¿Cuál?

—Eso no viene en el documento —dice el notario—. Me temo que eso lo sabe usted o no lo sabe.

Lo sé. Lo sé desde que tengo doce años y me quedaba a dormir en ese piso los fines de semana en que en mi casa había conversaciones a media voz.

Mi tío la ponía todas las noches, siempre la misma, siempre a un volumen exacto, y luego se quedaba callado hasta el final con las manos encima de la mesa camilla.

Yo creía que era una manía. Todo el mundo en mi familia creía que era una manía.

—«Tercera —sigo leyendo—. Visitas: ninguna pasada las diez.»

—Esa es la que más me llamó la atención —dice él, y se recoloca las gafas—. Por lo tajante.

—¿Y esto tiene algún valor?

—Ninguno.

—¿Ninguno ninguno?

—Ninguno de los que yo puedo certificar —dice, y hace una pausa de notario, que es una pausa que dura exactamente lo que hay que pagar por ella—. Los otros no son de mi competencia.

El móvil me vibra en el bolso. Lo saco por debajo de la mesa, como en el instituto. Es un audio de mi tío abuelo, mandado a las 4:12 de la madrugada de allí, que allí es Bali. Le doy al play con el volumen al mínimo y me lo pego a la oreja.

Se oyen unos bajos. Se oye un vaso. Se oye a alguien gritar «¡Fermín!» a lo lejos, con acento australiano.

«Claudita, hija. —Solo él me llama así y solo a él se lo consiento—.

Que me dice el hombre este que hoy firmas.

Tú firma tranquila, que el papel es el papel y luego está la vida.

Yo no me he ido: me he adelantado. Que la gente dice mucho eso de que a cierta edad ya no se puede, y yo digo que sí se puede, lo que pasa es que hay que…

bueno. A quien madruga… [bajos]. Oye, y el gato es del piso, ¿eh?

Eso apúntatelo. El gato no es mío. El gato es del piso.

Dale un beso a la comunidad de mi parte, que se lo merece toda, y a la Maribel el primero.

Bueno, hija, que me llaman, que hay una cosa aquí de fuego con unos chicos… »

Corte.

Miro el móvil dos segundos de más. Setenta y nueve años tiene el hombre. Setenta y nueve, una hamaca y un problema de fuego con unos chicos.

—¿Todo bien? —pregunta la gestora.

—Perfecto —digo, que es lo que digo siempre.

Firmo. Firmo cuatro veces, con la letra pequeña que me sale cuando me miran, y en la última hoja el bolígrafo del notario deja de pintar y el hombre saca otro de un cajón sin inmutarse, como quien saca pan.

Y entonces, cuando ya está todo, hago lo que hago siempre y que juro por Dios que no sé por qué hago. Doy una palmada seca, una sola, y digo:

—¡Pues ya está!

Y el notario, que lleva treinta años sentado en esa silla y ha visto firmar divorcios, testamentos y compraventas de naves industriales, se levanta.

Se queda de pie un instante con las gafas colgando y una expresión de estar buscando la razón por la que está de pie. La gestora me mira. Yo miro la carpeta.

—Bueno —dice él—. Pues eso. Ya está.

En la calle hace ese sol de septiembre que engaña, que calienta la acera pero ya no las manos.

La gestora me entrega un sobre acolchado con las llaves —dos juegos, uno con una anilla de plástico verde— y una nota escrita a mano en el reverso de un tique del súper.

La letra es la misma de la firma temblona.

«Come a las 8:30. La música, tú ya sabes. Y no le hables como si fuera tonto.»

Antes de guardarme el móvil me entra un mensaje de Bea, de Lares, que es la inmobiliaria que me da la mitad de lo que facturo y el noventa por ciento de mis dolores de cervicales.

«Claudia bonita, ¿me puedes el jueves con el de Vallehermoso? Es un cuarto sin ascensor, pero tiene mucha luz.»

Le contesto que sí antes de leer la segunda frase. Siempre digo que sí antes de leer la segunda frase; es un método.

Hago cuentas en la acera, porque es lo que hago cuando no quiero sentir nada: valor de mercado, comisión de agencia, plusvalía municipal que en este caso no me toca, un mes de trabajo mío para dejarlo presentable.

Sale un número que no me cabe en la boca.

Un número que es un piso pagado en otro sitio, o quince años de dormir bien, o dejar de decirle a mi casera Merche que este mes se lo paso el día 5 sin falta.

Vender. Está clarísimo. Lo raro sería lo otro.

Me guardo el sobre, me guardo el Protocolo doblado por la mitad, y me voy andando hacia Ponzano con las llaves apretadas en la mano como se aprietan las cosas que no son tuyas del todo.

En el sobre, debajo de las llaves, hay una tercera cosa que no veo hasta el semáforo de Ríos Rosas: una copia de la cláusula sexta, recortada con tijeras y subrayada dos veces en rojo.

«Sexta. Don Manuel Prada, del bajo A, conserva juego de llaves y potestad alimentaria en ausencia de la propietaria.»

Estupendo. Yo estrenando propiedad y ya hay un señor en el edificio con llave de mi casa.