4. Comunidad de propietarios
La junta se hace en el local del bajo B, que fue carbonería hasta el sesenta y ocho y ahora es un cuarto con doce sillas plegables, una mesa camilla sin faldón, un calendario de una empresa de calderas y una bombilla desnuda que le hace un flaco favor a todo el mundo, incluida yo.
Llego a las siete y cinco y me siento al lado de la ventana, porque me lo dijeron y porque a mí me pueden decir cosas.
A las siete y diez entiendo por qué.
—Buenas tardes a todos —dice Maribel, del primero D, que se sienta detrás de la mesa camilla con una carpeta de anillas de esas con separadores de colores, y cada separador tiene una etiqueta impresa, y las etiquetas están en un tipo de letra que ha elegido alguien—. Empezamos, que hay mucho.
A su lado hay una mujer de unos cuarenta con un portátil y cara de tener otras cuatro juntas esta semana.
Es la administradora de Gestifinca. En el orden del día que nos han pasado en un folio impreso a doble cara hay siete puntos, y ya en el primero, «Lectura y aprobación, si procede, del acta anterior», Maribel se detiene once minutos, porque el acta anterior recoge que el vecino del quinto dijo una cosa y el vecino del quinto sostiene que dijo otra.
Yo, mientras tanto, hago lo que hago siempre en los sitios: taso el local. Techo de tres cuarenta. Una ventana alta. Con suelo continuo, luz cálida y quitando el calendario de calderas, esto es un estudio de yoga y una lista de espera.
—Antes de nada —dice Maribel a mitad del punto uno—, damos la bienvenida a la nueva propietaria del tercero izquierda, que es sobrina de Fermín.
Once caras se giran. Yo hago lo que hago en las visitas: sonrisa de tres cuartos, hombros abajo, mano corta.
—Sobrina nieta —digo—. Encantada.
—¿Y Fermín cómo está?
—En Bali.
—Ya, pero cómo está.
—En Bali —repito, y a la del cuarto le hace gracia, y a Maribel no, y con eso ya tengo el mapa de la finca hecho en doce segundos.
—Que conste en acta la incorporación —dice Maribel—. Y que se le facilite el correo electrónico a la administradora, que aquí luego hay gente a la que no le llega nada y después dice que no le llega nada.
—Punto tres —dice por fin Maribel—. Informe de la ITE.
La administradora gira el portátil hacia nosotros aunque desde la tercera fila no se ve nada.
—La inspección técnica del edificio ha salido desfavorable. Hay dos actuaciones obligatorias con plazo: fachada, por desprendimientos en los vuelos de los balcones, y ascensor, por normativa. La fachada tiene requerimiento del Ayuntamiento. No es opcional y no es aplazable.
—¿Y eso cuánto es? —dice alguien del fondo.
—Con los tres presupuestos que hemos pedido, la actuación completa sale a ciento doce mil ochocientos euros —dice ella—. El reparto por coeficientes da una media de nueve mil cuatrocientos por vivienda.
En el local del bajo B se hace un silencio que no se parece a ningún otro silencio que yo haya oído nunca. Es un silencio con doce cabezas haciendo la misma multiplicación.
—Nueve mil cuatrocientos —repite Julián.
—De media.
—Y a mí, ¿cuánto?
—Nueve mil ciento veinte, Julián.
—Antes no era así —dice él, y en esta ocasión no le lleva la contraria nadie, ni siquiera con la cara.
Maribel levanta un dedo.
—Quiero recordar que esto viene del artículo siete punto dos de la Ley de Propiedad Horizontal. O del nueve. De uno de los dos. Las obras necesarias son obligatorias aunque uno no esté de acuerdo, y quien no esté de acuerdo puede constar en acta que no está de acuerdo, y pagar igual.
—¿Y no se puede pedir una ayuda de esas? —dice la del cuarto.
—Se ha pedido —dice la administradora—. Estamos a la espera. La rehabilitación de fachada entra, pero no cubre el cien por cien y no cubre el ascensor.
Entonces habla, por primera vez, el hombre que está de pie junto a la puerta con las manos en los bolsillos y que no se ha sentado en toda la junta porque no es propietario, es el mantenimiento.
—El vuelo del segundo derecha tiene la armadura vista —dice Manu—. Yo hace dos años puse una malla ahí abajo por mi cuenta y ya está para cambiarla. Si esperáis a la primavera, se cae un cascote a la acera y entonces no es una derrama, es otra cosa.
Nadie contesta a eso.
—Se somete a votación la aprobación de la obra —dice la administradora.
Levanto la mano con los demás, y mientras la tengo levantada pienso una frase entera que no me gusta nada: que yo estoy votando una obra que no voy a ver terminada.
Se aprueba por unanimidad. Los plazos de pago se dejan para la ordinaria de octubre, porque Julián pide plazos, y la del cuarto pide más plazos, y el del quinto dice que él lo paga de una vez pero que quiere que conste que lo paga de una vez.
Yo, en el margen del orden del día, con el bolígrafo de la carpeta de Maribel que me ha prestado ella misma, hago mis cuentas.
Comunidad, 205 al mes. IBI, 780 al año, que son 65. Luz, gas y agua de una casa de noventa y seis metros con tres balcones a la calle y ventanas de las de antes: 130, siendo optimista. Y ahora esto: 9.400.
Sumo. Me sale una casa que cuesta más de novecientos euros al mes sin tener hipoteca, y una facturación mía que el mes pasado fue de 1.640 euros y el anterior de 1.410, y una habitación en Carabanchel por la que pago 560 y en la que llevo cuatro años diciendo que estoy de paso.
Escribo VENDER en el margen, en mayúsculas, y lo subrayo dos veces.
Lo miro. Lo subrayo una tercera.
Y luego, porque el bolígrafo sigue en la mano y porque llevo una semana escuchando cómo suena el suelo cuando lo pisas descalza, escribo debajo, mucho más pequeño y en minúscula, «¿y si no?
», y lo tacho enseguida con dos rayas cruzadas, con la misma energía con la que se borran las cosas de la pizarra de un bar.
Nueve mil cuatrocientos euros son veintidós trabajos míos. Veintidós casas ajenas colocadas para que parezcan mejores de lo que son, veintidós juegos de cojines, veintidós veces bajando a las nueve de la noche a devolver un jarrón alquilado. Eso, solo la fachada. Sin contar el ascensor.
La casa no me ha costado un euro. Está saliendo carísima.
—Punto siete —dice Maribel—. Ruegos y preguntas.
Ruegos y preguntas dura veinticinco minutos y en ellos se tratan: las bicicletas del portal, el olor del cuarto de basuras, el hijo de la del cuarto y su patinete, la puerta del ascensor, que Julián no fuerza pero forzará, y una bolsa de escombros que lleva en el patio desde julio y de la que nadie se hace responsable.
Cuando ya estamos todos recogiendo la chaqueta del respaldo, Maribel abre el último separador de la carpeta. Es azul. Pone «OTROS».
—Y una última cosa, ya para terminar. El gato.
Me quedo con la chaqueta a medio poner.
—¿Perdón?
—El animal del tercero izquierda —dice, muy amable, hablándome a mí como quien le explica a una recién llegada dónde está el interruptor— viene realizando una ocupación de zonas comunes. Se sienta en el descansillo del segundo. Y en el del tercero. Y a veces en el rellano de la ventana.
—Es que vive ahí —digo.
—Vive en su piso. El descansillo es de todos.
—¿Y qué hace?
—Sentarse —dice Maribel—. Y mirar.
—¿A quién?
—A los felpudos.
—A los felpudos —repito.
—A los felpudos de los demás —matiza Maribel—. El martes pasado subí con la compra y estaba sentado enfrente de mi puerta, mirando el mío. Yo me limpié los zapatos.
—¿Y por qué se limpió los zapatos?
—Porque estaba mirando —dice, y el tono con el que lo dice, que es un tono de persona que se ha oído a sí misma, es lo único de toda la junta que me da verdadera pena.
Miro alrededor buscando a alguien que se ría. No se ríe nadie. Doña Reme asiente despacio, como quien confirma un dato meteorológico. El del quinto saca el móvil.
—Yo lo que digo —continúa Maribel, y consulta el separador azul— es que consta en el acta de 2011 que no se pueden tener animales sueltos en las zonas comunes, y ese gato va suelto.
—Ese gato va con collar.
—El collar no es una correa.
—Fermín lo tenía igual quince años —dice doña Reme.
—Y a Fermín se le dijo.
Manu, desde la puerta, mira el reloj de la pared.
—Maribel, ¿el punto de la fachada está cerrado?
—Está cerrado.
—Pues me voy, que mañana entro a las siete.
Se va. Y en el hueco que deja la puerta al abrirse hacia dentro aparece, en el umbral del local del bajo B, sentado con las patas delanteras juntas, la pechera blanca perfectamente limpia y la cola enroscada alrededor de las patas, Pelayo.
Doce personas se giran a la vez.
Nadie dice nada durante unos segundos larguísimos. La bombilla desnuda zumba. Pelayo levanta la cabeza y mira la mesa camilla, la carpeta de anillas abierta por el separador azul y a la señora que está detrás.
Gira la cabeza exactos cuarenta y cinco grados y cierra los ojos. La medalla da su única campanada.
—¿Habéis visto? —dice Maribel—. ¿Lo habéis visto?
—Yo he visto un gato —dice el del quinto, con el móvil ya en alto.
—Pues eso es lo que hace. Eso, todo el rato.
—Maribel, que son las nueve menos veinte —dice la administradora, que lleva media hora con el portátil cerrado encima de las rodillas.
—Yo solo quiero que quede recogido.
—¿Qué quiere que recoja exactamente?
Maribel abre la boca. La cierra. Mira el separador azul, luego el umbral, donde ya no hay nadie porque el gato se ha levantado y se ha ido por el pasillo del portal sin esperar el final del punto.
—Que el animal estuvo presente —dice.
—¿En la junta?
—En la junta.
La administradora teclea seis palabras y no teclea ni una más, y yo daría los novecientos euros de este mes por leer esas seis palabras.
Salgo del local con el orden del día doblado en cuatro dentro del bolso, la palabra VENDER subrayada tres veces contra el forro, y el gato subiendo las escaleras delante de mí, sin volverse ni una vez a comprobar si le sigo, con esa seguridad tan suya de que la casa está arriba y que arriba se llega andando.