Con esta máscara capítulo veintiuno
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capítulo veintiuno

Suspiro al salir de mi penúltima clase del día.

Solo quedan dos semanas para la graduación, y ojalá pasaran volando.

El estrés se dispara ahora que empiezo a estudiar para los exámenes finales.

Tengo tres ofertas de trabajo sobre la mesa y debo elegir una en la próxima semana.

Una es en Seattle, otra en Miami, y la otra en la puñetera Italia. Y no tengo ni idea de cuál aceptar.

Como necesito diez minutos para desestresarme, busco un rincón apartado. Tengo veinte minutos hasta que empiece mi próxima clase. Un poco de desconexión mental me viene de perlas.

Saco el móvil y se me dibuja una sonrisa traviesa en la cara al ver que Alec ha publicado un vídeo nuevo. Pulso en él y me acomodo para disfrutar de algo espectacular.

La canción lleva semanas siendo viral. Ya he visto una docena de vídeos con ella.

Es algo sensual y profundo, sobre las locuras que harías para declarar tu amor.

Alec aparece de pie con su máscara puesta, frente a un espejo.

Y ahí está mi máscara, apoyada en la encimera del diminuto baño de nuestra residencia.

Alarga la mano hacia ella mientras la música alcanza el crescendo.

Cierra los ojos con anhelo, la recoge y se la lleva al pecho.

La música para en seco. Las luces se apagan.

Y entonces todo destella en rojo. Y de repente Alec aparece sin camiseta.

Joder.

Tiene un tatuaje de una mariposa en el pecho, justo encima del corazón. Una que coincide exactamente con el diseño de mi máscara.

Alec no tiene ningún tatuaje. O al menos no tenía hasta ahora.

Y es de mi máscara. De mi mariposa.

Alec se inclina hacia el espejo con la mano apoyada en el cristal. Y lentamente, una sonrisa perversa se dibuja en esos labios pintados.

El pie de foto dice: «Tengo una sorpresa para ti cuando llegues a casa».

El corazón me martillea en el pecho.

Joder.

Alec se ha hecho un tatuaje. De… mí, básicamente. Para que lo vean todos sus seguidores, para siempre.

Mis ojos devoran el diseño, recorren las líneas y curvas que ahora marcan su piel. Es una marca, una declaración silenciosa del compromiso que hemos sellado.

—¿Te gusta lo que ves? —ronronea a través de la pantalla. Guiña un ojo a los espectadores y el vídeo vuelve a empezar.

—Qué perverso eres —digo sonriendo mientras niego con la cabeza y entro en los comentarios.

Es un torrente de emojis y exclamaciones; cada usuario da su opinión sobre el nuevo tatuaje de Vice.

Más pillado imposible.

Más le vale que ella haya dicho que sí.

Yo ya me voy a tirar por un puente.

¡Me encantan él y Mariposa juntos!

Por fin algo positivo.

Mirad lo feliz que está ahora. Mirad sus vídeos antiguos, antes de Mariposa. Es como si fuera otro hombre.

Estoy a punto de buscar sus vídeos antiguos para ver si tienen razón, pero alguien grita mi nombre. Levanto la vista y veo a Jess haciéndome señas.

—¿Vienes?

—Ahora voy —digo a regañadientes mientras me levanto y la sigo.

El día se hace eterno. Me cuesta horrores concentrarme con el vídeo de Alec y la revelación de su nuevo tatuaje dándome vueltas en la cabeza. Pero por fin termina mi última clase. Con paso acelerado, me dirijo a las puertas y de ahí a la residencia.

Me abro paso entre la multitud de estudiantes con el corazón desbocado. La necesidad se enrosca en mi interior, aguda y exigente, y cada paso se acelera hasta que prácticamente voy corriendo.

Cuando entro de golpe, el aire cambia, cargado de anticipación y con un aroma eléctrico, como a ozono antes de una tormenta.

Alec está tumbado en nuestra cama, la que tenemos encajada en la esquina de nuestro diminuto espacio.

Todavía tiene la cara manchada de negro, con pequeñas líneas que marcan donde los bordes de la máscara le tocan la piel.

Tiene los brazos cruzados sobre la cabeza y los tobillos cruzados.

Por supuesto que está sin camiseta. Y por supuesto que ha dejado encendidas sus famosas luces rojas, que bañan todo el cuarto en un resplandor lujurioso escarlata.

—Déjame verlo —digo con las palabras quemándome por dentro.

Una sonrisa perversa se dibuja en los labios de Alec.

Dejo caer la mochila junto a la puerta, la cierro de un empujón y cruzo la habitación en tres zancadas.

Me subo a la cama, una rodilla a cada lado de Alec.

Deslizo la mano por su estómago mientras mis ojos recorren cada detalle, cada valle.

Hasta que, finalmente, se detienen en la tinta fresca que marca su piel.

Es exactamente igual que mi máscara. Cada curva, cada línea. Es mi máscara.

—Ha sido un movimiento muy atrevido —digo mientras arqueo una ceja—. Internet está flipando.

—Bien —dice mientras me agarra de las muñecas, soporta mi peso y me baja hasta que mis labios encuentran los suyos. Su lengua es exigente, su beso desesperado, como si hubieran pasado semanas desde la última vez que me vio en lugar de horas. Pero mira lo que ha hecho en esas horas—. ¿Te gusta?

Me echo hacia atrás y vuelvo a mirar el tatuaje. Me arde la cara y el estómago me da un vuelco.

—Casi no me creo que lo hayas hecho.

—Pero ¿te gusta? —insiste arqueando una ceja, exigiéndome una respuesta.

Me muerdo el labio inferior para contener la sonrisa tonta que amenaza con apoderarse de mi cara, y asiento.

—¿Sí? —pregunta de nuevo, no del todo convencido.

—Sí, yo… Me encanta, Alec —digo con la voz más suave.

Sonríe, algo salvaje, un poco torcido y atrevido. Joder. Me encanta su sonrisa. Me encanta todo de este hombre. Su mente brillante. Su creatividad. Su lengua afilada. Sus manos perversas. Su polla perfecta. Cómo me hace sentir. Cómo me anima y me guía. Es mi pareja perfecta.

—¿Qué estás pensando? —pregunta mientras me pone la mano en el cuello. Me acaricia la mandíbula con el pulgar.

—En lo mucho que te quiero —confieso, optando por ser sincera.

Me inclina hacia él y me besa.

—Yo también te quiero, Salem Winters.

¿Quién habría imaginado que construiríamos juntos esta pequeña vida tan bonita?

¿Que Alec Vanderholt, criado viajando por el mundo, heredero de la industria del diamante, con un ejército de niñeras y tutores, se adaptaría sin problemas a una diminuta habitación de residencia de tres por cuatro metros?

Se ha integrado perfectamente en mi vida.

Estamos apretados aquí, pero es temporal.

Dos semanas más y nos mudaremos adonde yo decida aceptar trabajo.

—Estoy pensando en Italia —digo mirándolo—. ¿Crees que podrías arreglártelas allí?

La sonrisa de Alec se ensancha aún más.

—Esperaba que eligieras Italia. Te va a encantar.

Pongo los ojos en blanco, porque por supuesto que ya ha estado allí. Alec se limita a reírse.

—Pero sí, respondiendo a tu pregunta, puedo apañármelas allí. Siempre voy a trabajar en remoto con LenseClip. Y puedo contratar a más empleados a distancia.

Ya ha contratado a cuatro empleados en las últimas tres semanas. LenseClip está creciendo a un ritmo increíble. Casi parece absurdo que Alec técnicamente siga siendo universitario dos semanas más.

—Eres increíble, ¿lo sabías? —le digo mientras le paso un dedo por el pecho, en el lado opuesto al tatuaje reciente.

Todavía me rompe el corazón que Alec nunca oyera esas palabras de boca de su padre.

No han hablado desde que Alec le dio una paliza.

No ha aceptado ni un céntimo del dinero de su padre.

—Gracias por verlo en mí —dice con ternura. Se nota cuánto lo dice en serio—. Gracias por aguantar mi fase de imbécil y darme una oportunidad.

Tres años y medio aguantando la fase de imbécil de Alec. Aunque yo también fui bastante imbécil.

En lugar de responder, cojo lo que hay en la mesita de noche y me pongo la máscara. Alec coge la suya de la cama y se la pone.

—Vamos a enseñarles a los fans cuánto me gusta tu nuevo tatuaje.