Con esta máscara capítulo veintidós
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capítulo veintidós

La fila de birretes y togas avanza poco a poco, y yo me muevo de un pie a otro, con el estómago dando volteretas acrobáticas.

Miro hacia adelante en la fila y diviso a Alec.

Su postura es pura compostura, una estatua; su mandíbula cuadrada, firme en ese gesto de confianza tan suyo.

Pero lo veo: el ligero tic en su pierna, cómo sus dedos tamborilean contra la tela satinada de su toga de graduación.

Ni siquiera el señor Ricachón Vanderholt es inmune a la gravedad de este momento.

Joder. Odio no poder estar justo a su lado ahora mismo. Malditos sean los otros dos apellidos con V y los tres con W que alfabéticamente se interponen entre nosotros.

El auditorio resuena con el murmullo de conversaciones orgullosas, puntuado por estallidos de risa y algún que otro silbido agudo.

Las familias abarrotan los asientos, con los rostros radiantes mientras observan a sus hijos, hermanos y amigos cumplir sus sueños.

Y todos tienen los móviles listos, esperando inmortalizar el momento en que sus hijos, ya adultos, cruzan el escenario.

Recorro la multitud con la mirada, buscando a mi madre y a Danny.

Y ahí están, más o menos a un tercio del fondo, justo en el centro.

Llegaron muy temprano para conseguir esos asientos.

Vuelvo a recorrer la multitud con la mirada, pero no hay ni rastro de William Vanderholt.

Que se joda.

La fila avanza, y mi corazón empieza a latir con fuerza cuando le toca a Alec.

Se levanta, con ese mismo andar arrogante que lleva a todas partes.

Es como si el escenario fuera su derecho de nacimiento, el foco de atención algo que mamó junto con la cuchara de plata.

Su nombre resuena, rebotando en las paredes, y por un momento veo al chico bajo la bravuconería, el peso de las expectativas aplastándole los anchos hombros.

—¡Que quede bonito, Vanderholt! —grito, lo suficientemente fuerte para que me oiga por encima de los aplausos.

Una provocación, pero también... algo más. Un reconocimiento de la batalla que ambos libramos para que nos vean por quienes somos, no solo por lo que dicen nuestros apellidos.

—Observa y aprende, Winters.

Me lanza una sonrisa burlona antes de salir del todo al escenario. Aunque su padre no esté aquí, se arma un caos de vítores y gritos. Y nadie grita ni vitorea más fuerte que yo. Veo cómo mamá prácticamente pierde la cabeza, entre vítores y saludos.

Se conocieron anoche. Pero Alec la tenía comiendo de su mano en cuestión de minutos.

Gajes de ser tan jodidamente encantador.

Alec llega hasta el decano y le estrecha la mano con un apretón firme. No hay vacilación en sus movimientos, ninguna señal de que sea menos que intocable. Pero yo sé más. Veo cómo recorre la multitud con la mirada, buscando una aprobación que no está ahí, al padre que no se molestó en aparecer.

—Felicidades, señor Vanderholt —entona el decano mientras le entrega el diploma.

—Gracias, pero llámeme Alec —corrige. La fachada se agrieta solo una fracción, y ahí está ese orgullo obstinado que lo convierte en algo más que un niño rico más.

Pero aun así, se gira hacia la multitud y saluda, y todos volvemos a perder la cabeza.

Sonrío de oreja a oreja mientras veo a Alec bajar del escenario y llaman al siguiente nombre. El que tengo delante suelta algún comentario mordaz sobre mi entusiasmo, pero me da igual.

Estoy tan jodidamente orgullosa de él.

La fila se acorta y, por fin, espero mi turno detrás de la cortina.

He trabajado muchísimo para esto, joder.

Estudiando durante horas en lugar de ir de fiesta.

Apuntándome a cursos adicionales. Metiéndome en cada actividad extracurricular que pude solo para dejar mi expediente lo más pulido posible.

De pequeña, nunca hubo suficiente de nada excepto amor.

Valoré cada hora que mi madre trabajó para sacarnos adelante.

Pero me juré que yo nunca pasaría tantas estrecheces.

Y ahora no las pasaré. Soy la primera de mi familia en llegar hasta aquí.

—Salem Winters —mi nombre retumba por los altavoces.

Cruzo el escenario con paso firme, cada zancada latiendo al ritmo de mi corazón acelerado.

Cierro el puño, lo abro. Los vítores que recibo no son nada comparados con los de Alec.

Mi madre y mi padrastro. Mis pocos amigos.

Y joder, Alec prácticamente ha perdido la cabeza allá abajo.

Pero es todo lo que importa. Sonrío radiante mientras avanzo.

El decano me espera, mis premios en una mano, mi diploma en la otra, con esa sonrisa ensayada y plastificada pegada en la cara. Pero el peso del papel que me entrega es real, cargado con el esfuerzo de años enterrada en libros mientras otros dormían.

—Felicidades —murmura, pero suena a victoria.

—Gracias —respondo con voz firme, a pesar de la tormenta de emociones que se agita dentro de mí: una tempestad de orgullo, alivio, desafío.

Me he ganado esto, cada jodida letra de mi nombre grabada en ese certificado.

Lo levanto en alto, meneando las caderas un segundo. El destello de las cámaras resulta satisfactorio, al saber que este momento quedará capturado para siempre. Y entonces me voy.

Alec me espera al pie de las escaleras. Y la sonrisa en su rostro podría curar al mundo de la depresión para siempre. Me rodea la cintura con los brazos.

—Estoy tan jodidamente orgulloso de ti, Salem —dice radiante, justo antes de besarme hasta dejarme sin aliento.

Nos quedamos juntos mientras los últimos cuatro estudiantes disfrutan de sus dos segundos de gloria. Por fin llaman al último nombre, entregan el último título. El decano pronuncia unas palabras de cierre, y ya está.

Joder, he terminado la universidad.

A nuestro alrededor, el aire vibra con charlas y el clic de las cámaras. Y solo unos momentos después, un chillido rasga el ambiente.

—¡Felicidades, Salem!

Mamá me envuelve en un abrazo que amenaza con asfixiarme. Danny está justo detrás de ella, con una cálida sonrisa en la cara.

—Estamos muy orgullosos —dice con humildad.

Todavía nos estamos conociendo. Pero que esté aquí significa mucho.

—Deberían estarlo —dice Alec—. Me lo ha puesto jodidamente difícil.

—Esa boca, Alec —le regaña mamá—. Pero gracias.

—Lo siento, Heather —se ríe Alec.

No ha tenido que morderse la lengua delante de nadie en... quizá nunca. Pero mamá nunca ha tolerado las palabrotas.

La vibración del móvil contra la seda de mi toga de graduación me sobresalta. Lo saco del bolsillo, oculto bajo capas de parafernalia académica, y mi pulgar vacila sobre la notificación: una pausa momentánea antes de deslizar.

—¿Estás bien? —la voz de Alec corta el murmullo de la celebración. Sus ojos curiosos, como los de un halcón, no se pierden nada.

—Eh, sí, un segundo. —Mi atención se clava en el brillo del móvil. Es una alerta de correo. El nombre del remitente me acelera el pulso.

Abro el mensaje y mis ojos devoran las palabras que van creciendo dentro de mí como un crescendo. Oferta. Puesto. Salario. Beneficios. Felicidades. Las letras se difuminan en una sinfonía de «joder, por fin».

—Joder —se me escapa antes de poder contenerlo, un tributo instintivo a lo que esto significa.

Alec arquea una ceja, conteniendo una sonrisa.

—Bueno, eso o es catastrófico o es brillante. Contigo, es echar una moneda al aire.

—Brillante —confirmo, casi sin aliento por una alegría feroz—. Estamos dentro, Alec. El trabajo en Italia. ¡Quieren que me mude la semana que viene!

—¡Vamos! —exclama mientras se lanza hacia mí y me envuelve en sus brazos. Me levanta del suelo y nos hace girar.

Después de todo lo duro. Después de todo el trabajo. Después de toda la lucha. Todo sale bien al final. Persigues tu sueño y, al final, lo alcanzas.

La vida es jodidamente buena.

La brisa de la tarde me roza la piel, una caricia reconfortante después del sol abrasador del día.

Mientras volvemos a nuestro diminuto dormitorio, la mano de Alec envuelve la mía.

La emoción de la graduación todavía resuena dentro de mí, una mezcla de entusiasmo y una sensación más profunda de logro.

—¿Alguna vez pensaste que llegaríamos aquí? —pregunto en voz baja, casi ahogada por el sonido de nuestros pasos sobre el pavimento.

—Ni de coña —se ríe Alec—. Pensé que me matarías mientras dormía antes de acabar segundo.

—Sigue siendo una opción —replico con picardía, pero me aferro a él con más fuerza, buscando anclarme en su presencia.

Nuestro edificio se acerca, con su exterior de ladrillo como testigo silencioso de nuestras luchas y pasiones compartidas: horas estudiando o enredados en discusiones acaloradas y abrazos tiernos.

—Oye, deberíamos ir a ver la puesta de sol —sugiere Alec cuando dejamos las togas de graduación en la cama.

—Eso suena increíble —digo, emocionada—. Parece que ha pasado una eternidad desde que tuvimos dos segundos para hacer algo tan simple como ver la puesta de sol.

Alec nos guía hacia las escaleras que suben a la azotea. La ciudad se extiende bajo nosotros como un tapiz de luces y oscuridad. Me apoyo contra el borde y Alec se coloca detrás de mí, rodeándome la cintura con los brazos.

—Mira esta vista —comento mientras apoya la barbilla en mi hombro.

—No puedo. Estoy demasiado ocupado mirándote —dice Alec.

—Eres todo un seductor.

—Solo cuando se trata de ti. —Sus palabras suenan sinceras; con él, las pretensiones caen sin esfuerzo—. ¿Recuerdas cuando no me soportabas? —Hay un tono juguetón en su voz que enmascara una pregunta más profunda.

—¿Porque eras un gilipollas rico? —señalo.

—Como si tú no tuvieras prejuicios —me suelta sin rodeos.

Sonrío y niego con la cabeza. No se equivoca. Juzgué a Alec durante años sin cruzar más que unas pocas palabras con él.

Fijo la mirada en el horizonte. Es como una pintura. El cielo está teñido de un espectáculo dramático de dorados y rojos. La brisa cálida es perfecta. Es la noche perfecta. No sé si es un final o un comienzo. Pero siento que estoy justo donde tengo que estar.

—Gracias —dice Alec en voz baja, con toda la seriedad de vuelta.

—¿Por qué? —pregunto mientras me recuesto más contra él.

—Por verme. Por dejarme ser todo lo que soy. Por amarme aun así.

Las palabras son tan crudas. Tan honestas. Levanto una mano y le acaricio la mejilla.

—Me has quitado las palabras de la boca.

Alec se mueve y siento que saca algo del bolsillo. Bajo la mirada cuando levanta algo y entonces el corazón me estalla en mil mariposas.

—¿Te casas conmigo?

Sostiene una caja negra con un anillo de diamantes en el centro. Es, sin duda, lo más hermoso que he visto en mi vida. Y perfecto. No escandalosamente enorme, al estilo Vanderholt, pero lo bastante grande como para decirle al mundo que tengo dueño.

El anillo brilla entre nosotros, una promesa tangible, y se me corta la respiración.

—Joder, Alec. ¿Esto va en serio?

Me giro en sus brazos, necesito verlo en sus ojos.

—Jodidamente en serio. —Su sonrisa es pura confianza, pero hay un temblor en su mano que me dice que está tan abrumado por este momento como yo. Y lentamente, se arrodilla y sostiene la caja del anillo frente a él—. ¿Qué dices, Salem? ¿Te casarás conmigo?

—¡Joder, sí! —Le echo los brazos al cuello y la caja del anillo queda aplastada entre nuestros cuerpos—. Sí —exhalo contra su cuello mientras la risa brota desde algún lugar profundo dentro de mí. La palabra es como una llave que abre algo inmenso y emocionante—. Sí, me casaré contigo.

Su risa me recorre entera, sus brazos fuertes me atraen hacia él hasta que no queda espacio entre nosotros. Huele a verano y a éxito, un aroma que he llegado a anhelar más que el aire.

—Bien, porque no pensaba aceptar un no por respuesta.

—No esperaba menos de ti, Vanderholt. —Mis palabras suenan amortiguadas contra su camisa, pero sé que percibe el afecto que llevan.

Permanecemos envueltos el uno en el otro, los sonidos de la ciudad convertidos en un zumbido distante comparado con la sinfonía de nuestros corazones acelerados.

Es caótico y perfecto, y no puedo evitar la risa que se me escapa.

Es un sonido lleno de vida, de un futuro lleno de debates nocturnos, mañanas perezosas de domingo enredados en las sábanas y batallas libradas codo con codo.

Suelto a Alec y él saca el anillo de la caja. Sin apartar la mirada de la mía, me lo desliza en el dedo. Me queda perfecto.

—Lo hemos conseguido —exhalo mientras se pone de pie y me toma la cara entre las manos—. ¿Verdad?

—¿Nosotros? Podemos hacer cualquier cosa. —La certeza de Alec me envuelve como una promesa, más fuerte que cualquier juramento.

—¿Incluso aguantar tus ronquidos? —bromeo, alzando la barbilla con gesto desafiante.

—Oye, yo no⁠—

—Claro, claro. —Lo callo con un beso rápido, robándole la indignación y transformándola en algo más suave, más dulce—. Pero tienes razón. Somos jodidamente imparables.

Mientras el sol se hunde bajo el horizonte, tiñendo el cielo de rosa y dorado, una oleada de esperanza crece en mi interior. Avanzamos juntos, dejando atrás los fragmentos de quienes éramos, listos para lanzarnos hacia el infinito de lo que seremos.

—¿Qué te parecería que me convirtiera en el futuro Sr. Winters? —Su voz tiembla al decirlo. Alec siempre es seguro de sí mismo, siempre arrogante. Pero no ahora. No con esta petición.

Mis ojos buscan los suyos, y de repente me siento sobrecogida.

—¿Lo dices en serio? —pregunto.

Alec asiente, y sé que lo decía en serio antes de que lo confirmara. Me lo había dicho una vez, cuando me contó que estaba cortando lazos con su padre, que se desharía del apellido Vanderholt si pudiera.

Y ahora puede.

Adoptando el mío.

—Alec Winters —pronuncio, saboreando el nombre—. Me encanta.

—Bien, porque ya me he hecho a la idea —dice mientras me envuelve en sus brazos una vez más.

—Sabes que en cuanto a relaciones públicas va a ser una pesadilla, ¿verdad? —No puedo evitar picarlo. Es lo nuestro—. O sea, la prensa va a perder la puta cabeza cuando Alec Vanderholt se cambie el apellido.

—Cállate y bésame, prometida —dice con una sonrisa, y me silencia apoderándose de mis labios.

Maldita sea. Se le da demasiado bien.

FIN