Con esta máscara capítulo veinte
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capítulo veinte

La luz de la mañana se cuela por las persianas, proyectando un cálido resplandor por la habitación.

Estoy acurrucada en los brazos de Alec, su respiración constante y reconfortante contra mi cuello.

Es un momento raro de paz, donde mi corazón se siente ligero, casi ingrávido.

Pero a medida que la conciencia se apodera completamente de mí, también lo hace esa incertidumbre que me corroe por dentro sobre lo que vendrá.

—Buenos días —murmura Alec, con la voz ronca por el sueño. Me estrecha con más fuerza, y es casi la mejor sensación del mundo. La intimidad de su piel desnuda contra la mía me provoca un escalofrío que me recorre la espalda.

—Hola —respondo, intentando que no me tiemble la voz. Sus labios buscan los míos en un beso suave y perezoso que me hace querer olvidar el mundo fuera de esta habitación.

—¿Feliz? —pregunta, mientras sus ojos escudriñan los míos en busca de cualquier indicio de duda.

—Más de lo que creía posible —admito, y la verdad se me escapa antes de que pueda morderme la lengua.

—Entonces, ¿a qué viene ese Gran Cañón que tienes entre las cejas? —señala, presionando su dedo entre ellas como para borrar la preocupación.

—Alec, ¿de verdad vas a cortar con tu padre? —pregunto, dando voz a lo que me ronda la cabeza.

—Sí —dice, sin un ápice de duda en su voz—. ¿Por qué?

Apoyo la mejilla contra su bíceps, con todo su brazo sirviéndome de almohada.

—Es que me siento responsable de que tu mundo se haya puesto patas arriba. Estás... estás claramente acostumbrado a cierto estilo de vida, y yo solo...

—¿Te da miedo que ahora vaya a ser pobre, Salem? —pregunta con una sonrisa traviesa—. ¿Miedo de que se acaben los vestidos caros y los paseos en coches de lujo?

Mi expresión preocupada se transforma al instante en una mirada fulminante.

—Sabes que no es eso lo que me preocupaba.

Me acaricia la mejilla con la palma de la mano.

—Lo sé. No pude resistirme. Pero en serio, Salem, no tienes que preocuparte por mis finanzas. Con el lanzamiento de la empresa, las cosas van bien. Muy bien, de verdad. Puedo mantenerme solo, sin problemas. Y a ti también, si me dejaras.

—Eso no va a pasar —gruño.

—Lo sé —dice mientras se inclina y me da un beso en la frente—. Y te quiero aún más por eso.

El corazón se me hincha en el pecho. Joder. Alec Vanderholt me dijo anoche que me quiere. Y yo le dije lo mismo. Y lo dije en serio con cada maldita fibra de mi ser.

Mientras mis ojos se clavan en sus preciosos ojos azules, lo siento todo. Cada momento difícil. Cada palabra hiriente que nos lanzamos. Cada mirada robada. Cada deliciosa sorpresa en el camino.

Ha sido todo.

Me lanzo hacia él, enredando los dedos en su pelo mientras devoro sus labios. Mientras aspiro la esencia de este hombre complicado. Mientras me convenzo de que es mío.

Las manos de Alec se posan en mi cintura mientras paso una pierna por encima de él.

No nos molestamos en vestirnos cuando terminamos anoche.

Dormir desnuda junto al hombre que quiero es ahora posiblemente lo que más me gusta.

Pero esta mañana, lo encuentro duro cuando me siento a horcajadas sobre él.

Sus ojos se oscurecen de deseo e intensidad mientras me coloco, y lentamente, me hundo sobre él, su polla llenándome por completo.

Un suspiro escapa de mis labios mientras echo la cabeza hacia atrás, ya gimiendo de éxtasis. Las manos de Alec me rodean la cintura y, con suavidad, me guía arriba y abajo, marcándome un ritmo constante. Mis dedos se enredan en mi propio pelo y cierro los ojos.

—Joder, eres lo más perfecto que he visto en mi vida, Salem —dice con devoción mientras se incorpora. Su boca atrapa mi pezón, primero con los dientes y luego con la lengua. Me estrecha con más fuerza contra él, hundiéndose más profundo dentro de mí.

—Más —le suplico, notando cómo la oleada empieza a crecer. No hace falta mucho. Estoy bastante segura de que este hombre podría simplemente mirarme desnuda y me correría solo por él.

Y me lo da. Me da cada maldita cosa que necesito.

—¿Podemos... hacer otro vídeo? La pregunta se me escapa antes de poder detenerla, y de repente me entra la timidez y empiezo a juguetear con el dobladillo de mi camiseta.

Pero ya está ahí, flotando entre nosotros como un desafío.

Hemos tenido una mañana tranquila porque es sábado.

Hemos hecho el amor toda la mañana. Luego Alec me recogió y me llevó a su apartamento para prepararme el brunch.

Y ahora que estoy feliz y satisfecha, se me ha soltado la lengua.

—Joder, sí. —La sonrisa que se apodera de su rostro es embriagadora. Se inclina sobre la encimera que acaba de limpiar y me besa—. No sabes cuánto me encanta que te guste grabar conmigo.

—Si hace un año me hubieras dicho que acabaría con un fetiche absoluto por las máscaras, te habría dicho que estabas loco.

—A menos que quieras que te doble sobre esta encimera ahora mismo y te tome para el cuarto asalto, ni una mención más de la palabra fetiche —advierte Alec, arqueando una ceja mientras camina hacia su despacho.

Me muerdo el labio inferior mientras lo veo alejarse, y me pregunto si disfrutaría de unos azotes suaves mientras me inclina sobre la encimera de la cocina.

Siempre me impresiona la creatividad de Alec con sus vídeos.

Es director creativo, cámara, técnico de iluminación y editor.

Me coloca con nada más que una camiseta suya y mi máscara de mariposa frente a una ventana.

Prepara las luces y graba las imágenes de él acercándose a mí entre destellos de color dramático.

Se va quitando ropa con cada destello. Hasta que finalmente, en el último, cuando está justo detrás de mí, solo lleva los vaqueros.

Con esa máscara, cambia el ángulo de la cámara para que quede a nuestro lado. Y mis ojos se cierran con un aleteo, mi cabeza se inclina hacia atrás, mientras él desliza su mano manchada de negro por mi garganta. Y entonces la música estalla, y las luces se apagan.

Alec termina la grabación, pero respiro con dificultad mientras lo observo. Doy un paso adelante y le quito la cámara de las manos.

—Deja la máscara puesta —le ordeno. Y lo hago retroceder por su despacho mientras le desabrocho los pantalones. Se los bajo por los muslos justo antes de empujarlo hasta su silla.

—Como desees, Dora —gruñe, un sonido grave y profundo que le nace del pecho, y siento cada vibración mientras deslizo la mano por su pecho suave y perfecto.

Subo un poco la camiseta mientras consigo hacerme hueco para sentarme a horcajadas sobre él en la silla.

Su respiración se entrecorta ligeramente cuando me hundo sobre él.

Sonrío bajo mi máscara, clavando la mirada en esos ojos azules relucientes rodeados de toda esa pintura negra.

Estaba tan jodidamente sexy mientras se pintaba la cara antes de ponerse la máscara.

No sé cómo definirlo, por qué me excitó.

Quizás porque parecía peligroso. Quizás porque sabía lo que venía.

Sea cual sea la razón psicológica, me encantó...

me encanta. Y cuando se puso esa máscara de calavera…

Cabalgo sobre mi novio. Me lo follo. Y me inclino para susurrarle al oído:

—Quiero que me azotes.

Gruñe al oírlo, aunque una sonrisa se dibuja en esos labios pintados de negro.

—Concedido, mi niña mala.

El impacto de su mano contra mi trasero desnudo no duele. ¿Pero la sensación? Se me escapa un jadeo, seguido de una risa encantada.

Alec azota la otra nalga y obtiene exactamente la misma reacción.

Joder. ¿La libertad de poder pedir exactamente lo que quiero, y el entusiasmo y los elogios que me da?

Lo es todo. Es todo con lo que soñé desde que tuve edad para fantasear.

Estuve tan reprimida durante tantos años.

Nunca pensé que llegaría a este punto. Donde pudiera pedir todo lo que siempre había imaginado.

Donde me lo darían con tanto entusiasmo, sin un comentario condescendiente ni una burla rencorosa.

Solo con Alec. Todo se lo debo a este hombre.

Me pliego sobre él, le rodeo los hombros con los brazos y poso los labios en la curva de su cuello. Embiste dentro de mí con una velocidad y fuerza asombrosas.

—Te quiero, joder —jadeo contra su piel.

—Y yo a ti, joder —gruñe él. De repente, su mano se cuela entre nuestros cuerpos y su pulgar llega hasta mi clítoris. Traza círculos firmes sobre él, sin aminorar el ritmo de sus embestidas.

Y un grito me brota del pecho cuando me arrastra al orgasmo en un instante. Me hago añicos, la respiración aguda, entrecortada, salvaje. Y joder, es real. El líquido brota de mí mientras me corro a chorros.

El rugido de placer de Alec llena la habitación mientras me estrecha entre sus brazos y se estremece dentro de mí una última vez.

Jadeo entrecortadamente contra el cuello de Alec. Todo mi cuerpo tiembla. Me siento completamente agotada, sin un solo músculo que quiera moverse.

—Jodidamente perfecta —murmura Alec.

Veinte minutos después, ya duchados y con varias capas de ropa encima, me tumbo en el sofá de Alec mientras observo sus dedos volar sobre el teclado del portátil como si tocara un maldito piano.

Con cada clic y arrastre, el metraje en bruto que creamos se convierte en arte: nuestra sinfonía secreta.

Tiene los ojos clavados en la pantalla, el ligero ceño fruncido prueba de su dedicación.

Es magnético cómo se vuelca en esto, en nosotros.

No puedo evitar admirarlo: el chico que se esconde tras una máscara ante el mundo, pero se muestra tal cual es conmigo.

—Listo —anuncia con una sonrisa de suficiencia.

Gira el ordenador y me sonrojo al ver lo que acabamos de crear.

Es perfecto. Excitante, tentador. Es hermoso y elegante, pero a la vez una provocación tan grande que estoy tentada de ir a buscar ese consolador de cristal que Alec me regaló para practicar en casa. Aunque tengo algo mucho mejor a mano.

—Es perfecto —lo elogio—. Publícalo.

Pulsa «subir» y cambia el portátil por el móvil mientras se une a mí en el sofá. En sesenta segundos, los likes y luego los comentarios empiezan a llegar como una marea implacable. Nuestras escapadas enmascaradas, una sensación viral. Es emocionante y aterrador a la vez.

—Joder, te adoran —dice con orgullo en la voz.

—No todos —señalo cuando empiezan a llegar los primeros comentarios celosos y crueles.

—Esos no importan —dice, apagando el móvil y dejándolo a un lado—. Tu cuenta con cero publicaciones y trescientos mil seguidores dice que no importan.

Le lanzo una mirada, pero una sonrisa suave la suaviza.

—Bueno —dice Alec mientras me acaricia la mejilla con el pulgar—. Mi padre sale del hospital mañana por la mañana.

—Oh —digo como una tonta, arqueando las cejas.

Él solo asiente.

—Lo que significa que probablemente tengo que resolver algunas cosas de aquí a entonces.

—¿A qué te refieres? —pregunto, cambiando de postura para poder mirarlo.

—Significa que mi padre es el dueño de este apartamento —dice, asintiendo cuando caigo en la cuenta—. No quiero quedarme en ningún sitio donde él tenga control.

—Todavía quedan siete semanas hasta la graduación —señalo—. Es muy poco tiempo para encontrar otro sitio donde quedarse.

—No es lo ideal —reconoce.

Me da vueltas la cabeza, repasando cada posibilidad. Nadie le va a firmar un contrato de alquiler por solo unas semanas. Es demasiado tiempo para quedarse en un hotel.

—¿Y si te mudas a mi residencia conmigo? —suelto de repente. Me río, porque la idea es ridícula. Mi espacio es diminuto. Y es lo más básico que hay. No tiene nada que ver con este precioso apartamento al que Alec está acostumbrado.

—¿Hablas en serio? —pregunta riéndose.

Lo miro a los ojos.

—Sé que es una locura, pero sí, lo digo en serio. Son solo siete semanas. Podríamos cambiar la cama por una más grande. Traemos tu ropa. Podemos apañárnoslas unas semanas, Alec.

La sonrisa en su rostro me revela la diferencia entre nuestras circunstancias. Alec se lo está imaginando. Pero lo imagina desde este apartamento lujoso y enorme en el que lleva viviendo casi cuatro años.

Es como si los dos nos comprometiéramos a vivir solo en su despacho y la mitad de su baño.

—Trato hecho —me sorprende con esas palabras—. Siempre y cuando te mudes conmigo después de la graduación.

Parpadeo y lo miro fijamente.

Y algo surge dentro de mí. Algo que me emociona. Un poco de incertidumbre. Unas ganas inmensas.

—¿Dónde? —pregunto mientras me muerdo el labio inferior.

—Donde tú quieras —dice, y su sonrisa se ensancha por momentos—. Puedo trabajar en cualquier sitio con conexión a internet. Así que dime tú. Siempre que vayamos juntos.

Sonrío como una loca. Ni siquiera le he presentado Alec a mi madre. Apenas sabe que existe. Pero tengo clarísimo que voy a irme a vivir con él cuando nos graduemos. Estoy lista. Jodidamente lista.

—Trato hecho —digo mientras me lanzo sobre él en el sofá y lo beso reclamándolo como mío.