Con esta máscara capítulo diecisiete
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capítulo diecisiete

Hago mi maldita diligencia debida. Por ahí empiezo.

Fue una conversación incómoda con mamá, intentando averiguar quién tiene su hipoteca sin contarle por qué necesitaba saberlo.

Pero consigo la información. Descubro que la familia Harding es efectivamente dueña de ese banco.

Después investigo los recursos de los Vanderholt.

Parece que tienen de sobra para hundir el proyecto de Alec.

Mierda.

Evito las llamadas de Alec esa noche. Lo esquivo en los pasillos. Me refugio en mi pequeña habitación de la residencia y paso toda la noche tumbada en la cama mirando el techo. Las palabras de William resuenan en mi cabeza, una y otra vez.

¿Tenemos Alec y yo alguna posibilidad de durar a largo plazo?

En realidad, no hemos hablado del futuro.

¿Qué viene después de la graduación? ¿Cuando cada uno tome su camino y encuentre su carrera?

¿Qué pasará cuando se dé cuenta de que no soy precisamente de clase alta, mientras que él se ha criado como un niño rico toda su vida y está acostumbrado a comportarse de cierta manera cuando está en el punto de mira?

¿Tenemos de verdad alguna oportunidad de que esto sea para siempre?

¿Cómo no le va a afectar a largo plazo cuando se entere de que su padre ha hundido su nueva empresa por mi culpa? ¿Cómo no va a acabar guardándome rencor por ello?

¿Y cómo podría elegir a Alec y dejar que mi madre pierda su casa?

Finalmente, sobre las tres de la madrugada, las lágrimas me queman los ojos y caen sin control sobre mi almohada.

Tengo los ojos inyectados en sangre e hinchados cuando llego a clase por la mañana. Al cruzar las puertas, encuentro a Alec esperándome con expresión preocupada.

—¿Qué pasa? —pregunta, y me acaricia la cara—. Parece que has estado despierta toda la noche.

—Así es —admito, conteniendo las lágrimas ante su caricia. Pero me inclino hacia él, diciéndome que disfrute de cada roce, sabiendo que estoy a punto de perderlos para siempre—. ¿Puedo ir a tu casa esta noche? Tenemos que hablar.

Alec se queda paralizado ante esas cuatro palabras. Nunca ha pasado nada bueno en una relación cuando se pronuncian esas cuatro palabras.

—¿Qué está pasando? —exige, mientras el color abandona su rostro.

Niego con la cabeza. No puedo hacer esto ahora. No pienso hacerlo aquí, en público.

—Te veo esta noche.

Alec se queda blanco como la cera mientras me doy la vuelta y me dirijo a mi primera clase.

El dorado bruñido del sol de la tarde se refleja en la fachada elegante y moderna del edificio de Alec mientras empujo la puerta.

Subo en el ascensor al quinto piso con el corazón martilleándome frenético contra las costillas.

El aroma a madera pulida y limpiador caro que parece impregnar cada centímetro del lugar no consigue calmarme los nervios.

Cuando las puertas se abren, respiro hondo, intentando prepararme para lo que viene.

Cada paso hacia su puerta me pesa más que el anterior, con las zapatillas silenciosas sobre la alfombra mullida.

Cuando por fin llego a su apartamento, levanto la mano para llamar pero me detengo, con los nudillos suspendidos a centímetros de la madera oscura.

No puedo evitar pensar que esta va a ser la última vez que esté aquí.

Algunos de mis mejores recuerdos nacieron en este apartamento.

Descubrí tanto sobre mí misma entre estas paredes.

Aquí encontré a alguien que se convirtió en mi otra mitad.

Con una exhalación temblorosa, llamo a la puerta con decisión, intentando que no me tiemble la mano.

—Hola —es todo lo que logro decir cuando abre la puerta. Tiene el pelo rubio despeinado, como si se hubiera pasado las manos por él cien veces hoy, y sus ojos azules me recorren el rostro con una intensidad que me eriza la piel.

—Joder, Salem —dice, con la voz cargada de ansiedad—. ¿Sabes lo que me has hecho pasar hoy?

Se hace a un lado para dejarme entrar, y cruzo el umbral hacia el espacio familiar, sintiéndome como si fuera camino del patíbulo.

—Tenemos que hablar —digo, luchando contra el pánico que siento por estar rebasando el plazo de veinticuatro horas de William.

Mi voz está cargada de tensión, delatando la tormenta de emociones que se agita dentro de mí.

No lo miro a los ojos mientras paso junto a él hacia el salón, hiperconsciente de cómo la luz del atardecer alarga su sombra por el suelo.

—Salem —dice simplemente, mi nombre convertido en advertencia en sus labios. Odio estar a punto de destrozar la frágil paz que hemos encontrado juntos. Pero mientras lo miro, sé que tengo que hacer esto. Por él. Y sobre todo por mi madre.

—Mira, Alec... —empiezo, obligándome a mirarlo a la cara. Tengo la boca seca, y necesito toda mi fuerza de voluntad para que no me tiemble la voz—. Esto... lo nuestro... Tiene que terminar.

Frunce el ceño y veo cómo se le tensan los músculos de la mandíbula.

—¿De qué coño estás hablando, Salem?

Niego con la cabeza, luchando contra el impulso de echarme atrás.

—Somos un desastre, Alec —me duele el corazón al admitirlo, pero aparto el dolor.

Tengo que hacer esto. Por el bien de los dos—.

Cómo nos peleamos. La mierda que nos decimos.

Tener que escondernos. Los celos enfermizos de Victoria y que nos haya expuesto.

La mitad de nuestros amigos ya no nos hablan.

—Me estás asustando de verdad —interrumpe Alec, pasándose una mano por el pelo rubio, un gesto de inquietud bajo su exterior normalmente imperturbable—. ¿Qué pasa de verdad?

Me froto los dedos, buscando calor contra un frío que no tiene nada que ver con la temperatura de su apartamento impecable. Su mirada me pesa encima, cargada de preguntas sin formular y de un temor palpable.

—Mira —la voz me tiembla un poco antes de volver a controlarla—, he estado pensando...

—¿Pensando? —la palabra queda suspendida entre nosotros, envuelta en un escepticismo que me revuelve el estómago.

Pero sigo adelante, acercándome más, lo suficiente para captar el aroma de su colonia, un recordatorio de demasiadas noches enredados en sus sábanas cuando deberíamos haber estado a mundos de distancia.

—Sí, pensando. Sobre nosotros —se me cierra la garganta—. No podemos seguir así, Alec. Tenemos que acabar con esto.

Parpadea una vez, dos veces, como si mis palabras fueran un idioma extranjero que le cuesta traducir. Entonces sus rasgos se contraen, y la incredulidad se transforma en algo más agudo, más herido.

—¿Terminar? ¿Me estás tomando el pelo? Tú y yo somos perfectos.

—Créeme, ojalá lo fuera. —El corazón me martillea en el pecho, cada latido un eco del dolor que estoy causando—. Pero es lo mejor.

—¿Lo mejor para quién, exactamente? —Su voz se quiebra como el hielo, fría y frágil—. Porque esto, desde luego, no es lo que yo quiero.

Trago saliva, enfrentando la tormenta que se gesta en esos ojos en los que me he perdido más veces de las que quiero reconocer. —No siempre se trata de lo que queremos, Alec. Se trata de lo correcto.

—¿Correcto? —se burla, dando un paso adelante, cerrando la distancia que yo había puesto entre nosotros—. ¿Desde cuándo decides tú lo que es correcto para los dos?

—¡Desde que nuestra relación empezó a parecer una bomba de relojería, Alec!

—Mi estallido reverbera entre las paredes y, por un momento, me quedo sin aliento, atrapada en la estela de mis propias palabras.

El silencio se apodera de la habitación, y me preparo para su réplica, para los argumentos que sé que brotarán de sus labios.

Pero no llegan, todavía no. Solo se oye nuestra respiración, irregular y desacompasada, prueba del abismo que se ha abierto entre nosotros.

Me muero por alargar la mano, por tocarlo, por anclarme de nuevo a la realidad que tanto nos costó construir.

Pero no puedo. Tengo que ser convincente.

—Por favor, escúchame —suplico, con la voz frágil como el hielo fino.

Las palabras salen en tropel, cada una impregnada de la angustia de una decisión tomada a contracorriente del deseo—.

Para mí tampoco es fácil, pero... somos un desastre, lo sabes.

Estoy agradecida, tremendamente agradecida por todo.

Pero esto... —hago un gesto entre nosotros— es demasiado complicado.

—¿Complicado? —La palabra corta el aire, afilada e incrédula. Y de repente se le enrojecen los ojos mientras las lágrimas se acumulan en ellos—. ¿Qué demonios significa eso, Salem? Estábamos bien, más que bien, hasta que decidiste soltar esta bomba. ¿Desde cuándo te echas atrás ante un reto?

Su ira es algo vivo que crepita entre nosotros como un cable de alta tensión caído.

Me estremezco por dentro, pero no cedo terreno.

—¿Bien? —me burlo, y el sonido me resulta amargo hasta a mí—.

Míranos, Alec. Ha sido un desafío tras otro.

Y no se trata solo de nosotros. Hay consecuencias, expectativas...

El rostro de Alec se congela de repente. Su mirada busca la mía. —¿Qué quieres decir, Salem?

Y sé que la he cagado. No debería haber dicho eso último.

—¿Crees que estar contigo no ha tenido consecuencias? —digo con frialdad, intentando tapar mi error—. Tenía las prácticas perfectas. Pero con toda la atención que hemos atraído, no creo que las consiga. Y hay muchas más repercusiones por estar juntos. Lo sabes, Alec.

—¡Al diablo con las repercusiones! —estalla, y las palabras brotan de él con la fuerza de un trueno. Cierra los puños a los costados—. No me creo ni una maldita palabra de lo que acabas de decir. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué ahora? ¿Hay alguien más?

—¿Alguien más? —Mi risa es un eco hueco, sin rastro de humor—. Eso es ridículo y lo sabes.

—¡Entonces dame una respuesta directa, Salem! ¿Por qué me alejas? —Su voz retumba en el espacio, con la frustración a punto de desbordarse.

—Porque tengo que hacerlo —susurro, mientras la verdad me araña la garganta—. No podemos ignorar el mundo fuera de este piso, Alec. Es asfixiante, y no puedo respirar.

—¿No puedes respirar? —Su tono se suaviza, apenas un poco, pero basta para que mi determinación flaquee—. Salem, háblame. Háblame de verdad. Podemos resolver esto juntos.

—¿Podemos? —Mi pregunta queda suspendida en el aire, pesada y cargada. Pero en el fondo sé que la respuesta está enterrada bajo capas de diferencias, oculta bajo la superficie de discusiones en susurros y momentos robados.

—¡Maldita sea, sí! —Da un paso hacia mí, pero me aparto, volviendo a poner distancia entre nosotros—. No te alejes de mí, de nosotros, sin darnos una oportunidad de verdad.

—Quizá alejarme sea la verdadera oportunidad, Alec. —Es un golpe bajo, y veo cómo da en el blanco, veo el dolor cruzar su rostro antes de que logre ocultarlo tras la irritación—. Quizá sea la única manera de salvar lo poco que aún no hemos destrozado.

—¿Salvar? —Sacude la cabeza, con la incredulidad grabada en el rostro—. No salvas nada huyendo.

—¿Quién dice que estoy huyendo? —replico, pero incluso mientras lo digo, sé que hay verdad en su acusación. Quizá parte de mí esté huyendo a toda velocidad de lo que podríamos haber llegado a ser—. Solo intento ser realista.

—Realista —repite, con una risa vacía de humor—. ¿Desde cuándo te escondes detrás de esa excusa?

—No me escondo —insisto, pero mi voz carece de convicción.

—Pues lo disimulas muy bien —murmura, sin apartar la mirada de la mía, como si intentara descifrar los códigos escritos en mi alma—. Lo disimulas de puta madre, Salem.

Cierro los puños a los costados, las uñas clavándose en las palmas y dejando medias lunas. Es un intento débil de evitar que las lágrimas se derramen, todo el cuerpo en tensión por el esfuerzo de contenerme.

—Debería haberlo sabido —logro decir, apenas un susurro entrecortado. Las palabras saben a ceniza, cargadas de falsedad—. Nosotros... nosotros solo... Míranos, Alec. Siempre estamos a la yugular del otro.

Hay un momento en el que solo nuestra respiración llena el espacio, un sonido áspero en un aire cargado de cosas sin decir. Cosas que no puedo permitirme pronunciar.

—El hecho de que tú no te eches atrás y yo no me rinda es lo que nos hace funcionar.

—Su voz es peligrosamente baja, como una olla a presión a punto de estallar.

Da un paso deliberado hacia mí, su altura y su presencia invadiendo el poco espacio que queda entre nosotros—. Eso es mentira, Salem, y lo sabes.

Me estremezco, con la mentira suspendida entre nosotros. Pero no puedo decirle la verdad; no puedo dejar al descubierto mi punto más vulnerable.

—Joder, Salem... —se le quiebra la voz y da otro paso hacia mí, sin apartar la mirada, buscando algo en mis ojos—. Solo... dame la verdad. Por favor.

Me doy la vuelta bruscamente, con una tormenta de dolor a punto de desbordarse de mis ojos.

—No puedo seguir con esto —murmuro—. No hay nada más que decir.

—¿Nada más...? —se le quiebra la voz, cargada de incredulidad.

La habitación se ha convertido en un vacío donde cada segundo se estira, colmado únicamente por el sonido de nuestras respiraciones. Mis dedos rozan el metal frío del pomo, y ese frío me cala hasta los huesos, como un reflejo del hueco que siento en el pecho.

—Adiós, Alec.

La palabra «adiós» me resulta extraña, como si mi boca no estuviera hecha para pronunciar algo tan definitivo, tan pesado. Pero es lo único que me queda por ofrecer.

—Espera, Salem... —empieza a decir, pero el silencio engulle el resto de su súplica.

Respiro hondo, aunque no consigo calmarme del todo, y abro la puerta. El clic del pestillo resuena como un disparo en la habitación silenciosa, rotundo y letal.

Una lágrima solitaria me resbala por la mejilla mientras cruzo el umbral. Cierro la puerta tras de mí y otra lágrima la sigue.

Avanzo a paso rápido por el pasillo mientras un sollozo escapa de mis labios. Otro me atraviesa el pecho con un dolor punzante, y me abrazo la cintura, intentando no desmoronarme.

Oigo una puerta abrirse a mi espalda mientras me lanzo pasillo adelante y otro sollozo me desgarra por dentro. Pero no hay pasos que me sigan cuando doblo la esquina y pulso el botón del ascensor. Por suerte, las puertas se abren de inmediato.

Las lágrimas me nublan la vista de los números fríos que se iluminan sobre las puertas del ascensor. Caen calientes y rápidas por mis mejillas, y las dejo correr. Siento que me muero. Como si me estuviera partiendo en dos.

Y cuando me veo reflejada en las puertas, me desmorono por completo.