Con esta máscara capítulo once
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capítulo once

Me acerco al lujoso edificio de apartamentos de Alec con el corazón latiéndome como un martillo neumático en el pecho.

Sé que todo está a punto de cambiar, y joder, no me lo puedo creer.

El niño rico que solía sacarme de quicio a diario se ha convertido de alguna manera en la única persona que me muero por ver.

—Tranquila, Salem —me digo mientras respiro hondo y pulso el timbre de su apartamento.

—Sube —la voz de Alec crepita a través del intercomunicador, y juraría que detecto un toque de nerviosismo en su tono. Eso solo hace que el corazón se me acelere aún más.

No me explico cómo ha llegado antes que yo. Salí de la fiesta antes que él. Debe de haber venido corriendo.

Entro en el ascensor y subo al ático con las piernas temblándome como gelatina. Mientras camino por el pasillo, intento controlar la respiración. Alec... Alec acaba de pedirme que sea suya. Suya. Me dijo tantas cosas increíbles. Tuvo la osadía de decirme que ocupo todo el espacio en su cabeza. Yo.

Llamo a la puerta con la mano temblándome ligeramente, y se abre de golpe antes de que me dé tiempo a procesarlo.

Alec está ahí de pie, increíblemente sexy y desaliñado, con el pelo rubio revuelto y los ojos ardiendo de intensidad.

No pierde el tiempo: me agarra por la cintura y me arrastra hacia su apartamento.

—Demasiado tiempo —gruñe antes de estampar sus labios contra los míos en un beso que me deja sin aliento.

Sus manos recorren mi cuerpo con avidez, como si llevara una eternidad esperando este momento.

Ya no puedo seguir mintiéndome: deseo a Alec, no solo por su cuerpo, sino por algo más profundo que nunca pensé que encontraría con alguien como él.

Sé que lo quiero, más allá de la conexión física que compartimos: quiero a la persona que hay debajo de la riqueza y las expectativas familiares.

—Espera —jadeo, separándome de sus labios un segundo—. Alec, ¿estás seguro de que...?

—Estoy seguro —me corta con voz ronca y desesperada.

El calor del cuerpo de Alec se aprieta contra el mío, sus labios devorándome sin dejar lugar a dudas. Sus manos recorren mis curvas, y cada caricia enciende un deseo que nunca había conocido. La sensación de tenerlo así, la intensidad de este momento, me abruma los sentidos.

—Joder, Salem —gime entre besos.

Tiene las manos desesperadas. Sus dedos se clavan en mi vestido, tirando con fuerza del encaje y la pedrería. Me arrastra más cerca, más cerca. No queda ni un centímetro de espacio entre nosotros, y aun así, sigue siendo demasiado.

—Salem, ¿es esto... es esto lo que quieres? —me susurra Alec al oído, con la voz cargada de lujuria y vulnerabilidad.

No dudo, aunque la voz me tiembla a partes iguales de emoción y miedo.

—Sí, Alec. Quiero esto.

Sus ojos se oscurecen de deseo mientras me estudia, buscando cualquier indicio de vacilación. Al no encontrar ninguno, una sonrisa perversa le cruza el rostro.

—Eres jodidamente increíble, ¿lo sabías?

Reprimo una sonrisa mientras me invade una oleada de confianza y quizá incluso un poco de orgullo. A pesar de nuestras diferencias, a pesar del mundo que nos separa, Alec me desea tanto como yo a él. Y por una vez, no tengo miedo de admitirlo.

En un movimiento que me roba el aliento, los brazos de Alec se deslizan bajo mis rodillas y me alza en volandas.

Sin esfuerzo, me lleva hacia su dormitorio.

El corazón me late con anticipación. Sus ojos no se apartan de los míos mientras cruzamos el umbral, y un escalofrío de emoción me recorre la espalda.

—¿Estás lista para esto, Salem? —pregunta con voz baja y autoritaria. La suave dominancia de su tono me hace estremecer, y no puedo evitar morderme el labio.

—Me has hecho esperar demasiado. ¿Por fin vas a follarme, Alec? —lo desafío, mirándolo directamente a esos penetrantes ojos azules.

Una sonrisa perversa se apodera de su boca mientras me baja. Hay algo peligroso en sus ojos, que responden a mi provocación. Algo imprudente y salvaje.

—Con mucho gusto —promete.

Me pasa el pulgar por los labios y bajo la mirada mientras mis dedos suben a los botones de su camisa. Como no me regaña, como no me aparta las manos de un manotazo, empiezo por arriba, uno por uno.

Contiene la respiración, observando mis movimientos. Cuando llego al último botón, le deslizo la camisa por los hombros, fijándome en cada músculo, cada elevación y descenso. Se me corta la respiración ante la vista de su pecho esculpido, cada maldito músculo perfectamente definido.

¿Cómo puede ser tan jodidamente perfecto?

Por fin, la camisa cae al suelo en suaves pliegues.

Con movimientos deliberados, me da la vuelta.

El calor de sus manos me eriza la piel mientras me recoge el pelo sobre el hombro.

Su aliento me quema la piel cuando agarra la cremallera y, lentamente, la desliza hacia abajo, abajo, abajo.

Engancha los pulgares bajo los tirantes y los desliza fuera de mis hombros.

Y entonces el vestido cae de golpe al suelo, amontonándose a mis pies.

—Joder, eres preciosa —susurra mientras se inclina y me besa el hombro, con las manos deslizándose por mi vientre.

El contacto piel con piel casi me deshace.

Echo la cabeza hacia atrás y un gemido se me escapa de los labios.

Sus manos se deslizan a mi espalda y, en un movimiento suave, me desabrocha el sujetador sin tirantes, dejándolo caer al suelo.

Después, sus manos me agarran la ropa interior por las caderas y, de un tirón, me la arranca.

—Te compraré otras —dice con malicia.

—Más te vale —replico, arqueando una ceja.

Me doy la vuelta y mis manos van directas a su cinturón.

Sus labios toman los míos mientras le desabrocho el cinturón y le desabotono los pantalones a toda prisa.

Con avidez, se lo bajo todo y él se libera.

Su miembro erecto salta libre, presionándose entre nosotros mientras me devora la boca con la lengua.

Joder. Tengo a Alec Venderholt, Vice, desnudo. Y su polla es enorme.

La cabeza me da vueltas.

—Dime dónde quieres que te toque —ordena contra mis labios, con voz firme y llena de autoridad.

Por un momento, vacilo, insegura de si tengo el valor de expresar mis deseos. Me parece tan... sucio pedir exactamente lo que quiero. Pero algo en la mirada de Alec me tranquiliza, y me descubro susurrando:

—Te quiero dentro de mí. Ahora mismo.

—Buena chica —me elogia mientras me guía hacia atrás hasta que las rodillas me golpean el borde de la cama.

Me tumbo y voy retrocediendo hasta que la cabeza me encuentra la almohada.

Los ojos ávidos de Alec me devoran centímetro a centímetro.

Y me resulta casi increíble. Que nunca me sienta cohibida con él.

Con parejas anteriores, siempre quería las luces apagadas.

No quería que nadie viera mis partes más íntimas.

Pero ahora simplemente tiemblo de anticipación mientras los ojos de Alec se fijan en mi coño, y entonces su mano me cubre, trazando círculos sobre mi clítoris, calentándome.

Se me escapa un pequeño jadeo ante la presión y los ojos se me van hacia atrás.

Y entonces Alec me toma las piernas, las separa, hasta que quedo completamente abierta. Se arrodilla ante mí y, sin apartar los ojos de los míos, se coloca en mi entrada. Menos mal que el anticonceptivo ya hace efecto. Lentamente, se introduce en mí.

Jadeo ante la sensación, llena. Tan jodidamente llena. Justo cuando creo que no puedo más, él se desliza un poco más dentro de mí, y mi cuerpo se relaja para acogerlo.

Hasta que finalmente está enterrado en mí hasta el fondo.

—Joder, Salem —gruñe mientras entierra el rostro en mi cuello y me muerde suavemente la piel—. Te sientes increíble.

—Muéstrame cuánto te gusta —digo, y me sorprendo de mi propia audacia.

—Confía en mí, lo haré —amenaza. Y lo hace.

El sonido de nuestra respiración llena la habitación mientras nos movemos juntos.

Mientras Alec entra y sale de mí. Mientras gimo.

Las manos de Alec recorren mi piel con una urgencia salvaje y desesperada.

Y mientras nos movemos juntos, Alec me susurra palabras de aliento, sus palabras sucias me vuelven loca.

—Qué bien se siente tenerte así —gruñe, con la voz ronca y posesiva—. Quiero oírte gritar.

—Más rápido —jadeo.

Cambia de posición y me engancha una rodilla sobre el hombro. Me agarra los muslos mientras se hunde en mí con más fuerza, y un grito de éxtasis se me escapa de los labios. Embiste dentro y fuera de mí a una velocidad que me deja sin aliento.

Sus manos recorren mi cuerpo, buscan cada curva y cada hueco, me exploran como si fuera una tierra que está desesperado por conquistar.

Me pellizca el pezón entre los dedos y me arranca un jadeo antes de calmar el escozor con un roce de la lengua.

Baja la cabeza hacia el otro pecho, lo succiona suavemente, y no puedo evitar arquearme hacia él, ansiando más de su atención.

Una mano se desliza entre los muslos, acaricia la carne sensible hasta que estoy casi sollozando de deseo. Y cuando sus dedos por fin encuentran el clítoris y trazan círculos lentos y deliberados a su alrededor, siento que me deshago.

—Joder, Alec, no pares...

—Nunca —promete, con la voz cargada de determinación.

La presión se acumula dentro de mí, una tormenta que se gesta en el centro de mi ser y amenaza con destrozarme. Alec percibe mi clímax inminente y acelera el ritmo de los dedos, me lleva cada vez más cerca del borde.

—Córrete para mí, Salem —ordena, con voz suave pero insistente.

Con esa orden final, me hago añicos. Olas de éxtasis se estrellan sobre mí. Siento todo el cuerpo, desde los dedos de los pies hasta el cuello, tensarse antes de que todo estalle en dicha. Un grito escapa de mis labios, seguido de otro.

Alec deja escapar un rugido de su propia liberación mientras se hunde en mí una última vez.

Cuando ambos nos corremos, es absolutamente devastador.

Alec se desploma en la cama, con todo el cuerpo temblando. Pero me atrae hacia su costado y me acomodo con la cabeza sobre su pecho. El contacto de piel con piel, cuerpo entero contra cuerpo entero, es el paraíso.

El calor del cuerpo de Alec irradia como una llama reconfortante, y no puedo evitar inclinarme para darle otro beso.

Nuestros labios se encuentran, lentos y tiernos esta vez, como si nos estuviéramos redescubriendo a un nivel más profundo.

Con cada latido, soy más consciente de lo bueno que es para mí, de cómo me desafía, me emociona y me hace sentir viva de maneras que nunca creí posibles.

—Joder, Salem —murmura Alec contra mis labios, con el aliento caliente y tentador—. No tienes ni idea de lo que me haces.

—Lo mismo digo —respondo con una sonrisa al ver cómo sus ojos brillan con algo más que deseo.

Mientras me acurruco a su lado, noto algo inquieto en el estómago. Necesito seguridad. Necesito conocer los parámetros exactos de, bueno, todo.

—Alec, ¿lo decías en serio? —pregunto en voz baja—. ¿O fue solo algo que dijiste porque no te gustó verme bailar con Josh?

—¿Qué? —pregunta mientras me mira, aunque yo no levanto la vista para encontrarme con sus ojos—. ¿Cuando te pedí que fueras mía?

Asiento contra su pecho desnudo.

Alec me engancha el dedo bajo la barbilla y me obliga a mirarlo. Sus ojos azules arden con intensidad mientras me mira fijamente.

—Lo decía todo en serio, Salem. Te quiero a ti. Solo a ti. Como mi novia.

Noto que me sonrojo. Y una sonrisa se dibuja en mis labios.

—¿Eso te convierte en mi novio, Alec Vanderholt?

Vaya. Alec tiene una de las mejores sonrisas del planeta. Y es una de mis cosas favoritas cuando aparece. Como ahora mismo.

—Puedes apostar tu perfecto trasero a que sí.

Simplemente me lanzo hacia delante y le presiono los labios contra los suyos.

Es extraño pensar en lo diferentes que somos, en lo opuestos que han sido nuestros mundos hasta ahora.

Alec, el heredero adinerado con recursos y poder infinitos; yo, la estudiante becada y trabajadora que ha tenido que luchar por todo lo que ha querido.

Y sin embargo, a pesar de esas diferencias, o tal vez gracias a ellas, encajamos como dos piezas irregulares de un rompecabezas que por fin encuentran su pareja.

—Gracias por todo esto —digo en voz baja mientras deslizo los dedos por su pecho—. Por ayudarme a explorar este lado de mí misma.

—Creo que debería ser yo quien te diera las gracias después de lo que acabamos de hacer —responde con una risita—. Pero eres increíble, Dora.

Casi pongo los ojos en blanco ante el apodo.

—Eres tan raro a veces.

—¿Me querrías de otra manera? —pregunta mientras me acaricia la mandíbula con el pulgar.

Me tomo un momento para estudiar esos ojos azules. Y ahora lo sé. No lo querría de otra manera. Ni siquiera con todas las pullas que nos lanzamos al principio. Todo eso ha moldeado quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí.

—No.

Y mientras pienso en lo que acabamos de decir, un pensamiento cruza mi mente. De pronto me invaden los nervios y la emoción.

—Oye —digo nerviosa mientras jugueteo con las sábanas—. Se me ha ocurrido una cosa... ¿Y si... y si me ayudaras a hacer contenido con máscara también? No tienes ni idea de lo que has hecho por mi confianza, Alec. Pero quizá...

A Alec se le ilumina la cara como si le hubiera tocado la lotería. Se incorpora, apoyándose en un brazo para mirarme. —Salem, ¡es una idea increíble! ¿Estás... estás segura de que quieres hacer esto? —Su entusiasmo es contagioso, y siento las mariposas en el estómago revoloteando como locas.

—Sí —respondo, intentando sonar más valiente de lo que me siento—. Yo... quiero superar mis límites y ver de qué soy capaz.

—Entonces lo haremos —dice Alec, con voz emocionada—.

Ya tengo algunas ideas para tu máscara. Salem, internet se va a volver loco con esto.

De hecho, iba a invitarte a la cabaña familiar el próximo fin de semana, después de los exámenes finales, solo nosotros dos.

Podríamos empezar a grabar entonces. ¿Qué te parece?

Vaya. ¿Viajes a solas a una cabaña? Eso es de lo más romántico. —Suena perfecto. —El corazón se me acelera mientras imagino lo que nos espera. La emoción de explorar este nuevo lado de mí misma es embriagadora.

Tumbada junto a Alec, no puedo evitar asombrarme de lo lejos que hemos llegado. De enemigos a amantes, nuestro viaje ha sido de todo menos predecible. Y ahora, con esta nueva aventura en el horizonte, estoy deseando ver adónde nos lleva la vida.