capítulo diez #3
—Joder, Salem —maldice, sacudiendo la cabeza.
Y todo el ambiente a nuestro alrededor cambia.
Se vuelve más oscuro, más serio. Algo cambia en sus ojos mientras se concentra en mí—.
¿De verdad no lo entiendes? —se inclina más, con los ojos recorriéndome los labios, los ojos, el cuerpo.
Se acerca un poco más, hasta que la distancia entre nuestros cuerpos desaparece—.
Estás en mi cabeza todo el puto tiempo. Y joder, no es solo con tu cuerpo con lo que sueño sin parar; es tu maldita boca, tu incesante cháchara, la forma en que me pones en mi sitio. Me vuelves loco.
—¿Lo dices en serio? —pregunto, porque de verdad no lo sé. Mi tono es cortante, aunque un escalofrío me recorre la espalda ante la crudeza de su confesión.
—Completamente —clava sus ojos en los míos, asegurándose de que entienda la gravedad de sus palabras—. Te deseo, Salem. Te quiero. Mía.
Su confesión remueve algo en lo más profundo de mí. Mía. Joder, ¿por qué me gusta tanto esa palabra en sus labios?
Pero ¿puedo hacerlo? ¿Puedo aceptar todo lo que eso conlleva? ¿Los arrebatos? ¿La posesividad? ¿La amenaza constante de su padre?
—Venga, Alec —digo, intentando que no me tiemble la voz—. No soy una de esas niñas ricas a las que estás acostumbrado. ¿Por qué ibas a quererme?
—Exacto —replica, sin apartar los ojos de los míos—. Eres mejor que cualquiera de ellas. Y no me tienes miedo.
Trago saliva. Tiene razón. No le tengo miedo.
Pero al mirar a mi alrededor y ver todos los ojos que nos observan, sé que hay algo a lo que sí le tengo miedo.
Al resto de ellos.
Alec me pone un dedo bajo la barbilla y me hace mirarlo a los ojos. —Ninguno de ellos tiene por qué saberlo.
—Lo estás haciendo demasiado obvio —digo casi sin aliento, con todo el cuerpo temblando.
Veo cómo su mente trabaja detrás de esos ojos.
—Di que serás mía, Salem —dice en voz baja, y sus palabras son como una caricia íntima—. Di que serás mía y te juro que me encargo del resto.
El corazón me late a mil por hora. Siento que toda mi vida está a punto de cambiar. Y tengo miedo. Y estoy eufórica a la vez, joder.
Aunque sé que no debería, respondo:
—Soy tuya.
Una sonrisa perversa, esa que estoy aprendiendo a amar más que casi nada en el mundo, empieza a dibujarse en sus labios.
—Bien —dice con voz entrecortada, los ojos oscurecidos de deseo—. Ahora, vámonos de aquí antes de que pierda la puta cabeza.
—Pero dijiste que—
—Nos vemos en mi apartamento en veinte minutos. Sígueme el juego —dice en tono sombrío.
Y de repente me empuja hacia atrás, con esa sonrisa burlona que me transporta a la primera semana del semestre.
—Ni en tus sueños, becada.
Joder. Eso duele. Pero lo veo en sus ojos: odia las palabras que salen de su boca.
Así que le suelto un insulto, bien alto para que todos esos idiotas lo oigan. Se ríen de nosotros, pero Alec vuelve con ellos con su chulería de siempre, una mano en el bolsillo. Murmuran gilipolleces, pero me da igual.
—Oye, ¿estás bien? —pregunta Isabella acercándose, con los ojos llenos de preocupación mientras me toca el brazo.
Fuerzo una sonrisa e intento contener el torbellino de emociones que amenaza con estallar en mi interior.
—Uf. Estoy bien —digo con seguridad—. Solo es Alec, metiéndose conmigo otra vez. Pero me he encargado de él.
—Bien —dice, mirando a Alec como si fuera una cucaracha.
Lo cual hace que me ponga un poco a la defensiva. Ese es mi hombre ahora. ¿No?
—Te estaba mirando como si fuera a devorarte entera. Joder, qué intenso es.
—Sí, lo es —coincido, notando cómo me arde la cara—. Oye, voy a tomar el aire. Creo que me voy ya.
—¿Qué? —pregunta, entrando en pánico de repente—. ¡No!
—Cariño, tranquila —le aseguro con una sonrisa—. Ya he tenido suficiente fiesta por hoy. Pásatelo bien con las chicas.
—Vale —dice, haciendo un puchero—. Nos vemos el lunes.
—Gracias —murmuro mientras me dirijo hacia la salida, con la sensación de que unos ojos muy concretos me observan marchar.
Una vez fuera, el aire fresco de la noche apenas consigue calmar mi corazón desbocado.
La cabeza me va a mil con preguntas y dudas: ¿qué estoy haciendo?
Esto no es propio de mí. Aceptar ser la novia secreta de Alec.
Que él acepte mantenerlo entre nosotros por mi bien.
Que él confiese... todo lo que acaba de confesar.
¿Es esto real? ¿Alec de verdad siente esto por mí?
Mientras camino por las calles tranquilas, la anticipación crece en mi interior.
La posibilidad de que nos descubran, el deseo secreto que compartimos: todo hace que se me revuelva el estómago con una mezcla de nervios y emoción.
No puedo evitar preguntarme si esto es lo que se siente al estar realmente viva.
—Contrólate, Salem —me regaño, intentando contener las emociones abrumadoras que amenazan con apoderarse de mí—. No eres una adolescente enamorada.
Pero a medida que me acerco al edificio de Alec, no puedo evitar sentir que he caído en un mundo completamente ajeno a mí. Un mundo donde los ricos y poderosos juegan con sus propias reglas, y donde una chica como yo podría acabar atrapada en el fuego cruzado.
—A la mierda —murmuro, y respiro hondo antes de entrar en el edificio.
Ya no hay vuelta atrás.