Con esta máscara capítulo doce
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capítulo doce

Cierro la cremallera de mi bolsa de fin de semana con un tirón satisfactorio; las costuras se tensan un poco porque metí un par de vaqueros de más.

Un vistazo rápido a mi reflejo en el espejo —pelo oscuro recogido en una coleta práctica, ojos marrones brillantes de anticipación— y me invade una oleada de nervios mezclados con emoción.

Este viaje con Alec es mi recompensa, una palmadita en la espalda por haber sacado otro semestre con matrícula.

Las notas perfectas no son fáciles de conseguir, pero son como el oxígeno para mí: necesarias.

Al menos, si no puedo ir a casa en las vacaciones de Navidad, tengo un viaje con mi novio.

Me golpea cada vez que esa palabra cruza mi mente.

Novio. Alec es mi novio de verdad, en la vida real.

Un golpe seco en la puerta interrumpe mis pensamientos y mi corazón se acelera. El marco de madera se abre, revelando a Alec con su característica sonrisa ladeada y esos ojos penetrantes que siempre parecen ver demasiado.

En las manos lleva una caja envuelta en papel de regalo navideño.

—Se supone que no debes comprarme cosas —lo acuso, arqueando una ceja.

—Este estaba prometido —dice mientras me lo tiende.

Con desconfianza, lo cojo y arranco el papel. Dentro hay una caja blanca y levanto la tapa.

Ahí dentro hay lo que deben de ser docenas de bragas.

—Por las que te estropeé —dice con una sonrisa lobuna.

—Estás loco —digo riéndome mientras rebusco entre todas. De encaje, de seda, tangas, culottes... hay de todo tipo aquí, todas de mi talla.

—En realidad soy muy listo —señala con esa sonrisa despreocupada—. Es un regalo que nos beneficia a los dos.

—Eso es muy presuntuoso por tu parte —digo, aunque abro la cremallera de mi bolsa y meto todas y cada una de ellas.

Alec se limita a reírse.

—¿Lista para descansar un poco, ratita de biblioteca? —me provoca, cogiendo mi bolsa sin esperar respuesta.

—Como si tú fueras mucho más guay que yo, Vanderholt. He visto tus notas —pongo los ojos en blanco. Sus notas eran iguales a las mías. Con cautela, miro a mi alrededor mientras caminamos hacia el coche. Nadie nos observa de forma evidente, pero en este campus nunca se sabe.

Alec está demasiado ocupado buscando miradas indiscretas como para responderme. Mira a izquierda y derecha mientras abre el maletero. Veo que sus hombros se relajan ligeramente cuando comprueba que nadie está presenciando nuestra huida del campus.

—Tu carroza te espera —dice Alec, cerrando el maletero de un golpe.

—¿Carroza? —me burlo mientras subo al asiento del copiloto—. Más bien una nave espacial comparado con lo que estoy acostumbrada.

—No deberíamos tardar más de tres horas —comenta mientras la enorme pantalla se sincroniza con su móvil.

—¿Tres horas? Más te vale tener una lista de reproducción increíble —lo desafío, necesitando romper la tensión nerviosa antes de que me ahogue. Los viajes de fin de semana con tu pareja son un nivel completamente nuevo que nunca vi venir. Esto se siente... importante.

—Confía en mí, será perfecta para el fin de semana —sonríe con suficiencia mientras sale del aparcamiento y toma la carretera que nos llevará a la cabaña.

La carretera se convierte en un camino de grava, y los árboles dan paso al amplio claro donde la cabaña —no, mansión— domina el paisaje.

Abro los ojos de par en par cuando el coche de Alec se detiene con un crujido.

El lugar es una fortaleza de cristal y acero que rezuma riqueza en sus líneas elegantes.

Decir que está aislado se queda corto; estamos en nuestro propio mundo aquí.

Estoy bastante segura de que ha pasado al menos media hora desde que vi otra casa.

—Guau —exhalo, incapaz de contener el asombro en mi voz mientras salimos del coche.

—No está mal, ¿eh? —las palabras de Alec son ligeras, pero su mirada sobre mí es intensa, buscando una reacción—. Al menos hay algunas ventajas que vienen con el apellido Vanderholt.

—Tu padre será un capullo, pero al menos tiene cosas increíbles —digo con una sonrisa mientras cojo mi bolsa del maletero.

Me pregunto si sin querer he tocado un nervio cuando no me suelta una réplica. Solo traga saliva una vez y mete la mano en el maletero, sacando una bolsa llena de aparatos de grabación y equipo de iluminación que probablemente cuestan más que todo mi fondo universitario.

—¿Piensas montar tu propio estudio o solo documentar nuestro fin de semana para la posteridad? —bromeo, quitándole parte de la carga.

—Quizá un poco de ambas cosas —responde, con una comisura de la boca levantada en una media sonrisa. Llevamos las bolsas dentro antes de volver al coche a por otra carga de comida suficiente para alimentar a un ejército.

Sigo a Alec, entrando en el cavernoso salón, mis zapatillas chirriando contra el suelo de madera pulida.

El lugar grita Vanderholt: inmaculado, caro e intocable.

No puedo evitar pensar en el diminuto apartamento donde crecí, donde cada centímetro era un recordatorio de cuánto teníamos que estirar cada euro.

—Siéntete como en casa —dice Alec, dejando las bolsas en la isla de la cocina. Es fácil para él decirlo, rodeado de todo este lujo. Para mí, es como pisar otro planeta, uno donde no hay preocupaciones por facturas atrasadas ni ropa de segunda mano.

—Claro —respondo, intentando sonar despreocupada—. Porque esto es exactamente como mi casa. Ya sabes, menos unos cuantos cientos de metros cuadrados y la opulencia casual.

—¿Opulencia? —arquea una ceja, apoyándose en la encimera con una sonrisa—. No te tenía por alguien que se impresiona con las cosas brillantes, Winters.

—¿Cosas brillantes? —repito, levantando las manos—. Alec, aquí hay una lámpara de araña que podría haber pagado toda mi matrícula dos veces.

—¿Solo dos veces? —se ríe, y no puedo evitar que una sonrisa tire de mis labios.

—Vamos a instalarnos —sugiere, rompiendo el hechizo mientras se dirige hacia las escaleras—. Y luego puedes ayudarme con el equipo de grabación. Será... divertido.

—Divertido —me digo mientras lo sigo. Sé lo que viene.

Fue idea mía. Pero como siempre, me pregunto si de verdad puedo hacer esto.

Si tengo el valor. Mientras echo un vistazo a la cabaña, que bien podría ser un palacio, no logro quitarme de encima la sensación de que estoy jugando a las casitas en la vida de otra persona.

—¡Vamos, Winters! —grita Alec, salpicándome. Su voz resuena en las paredes de la caseta de la piscina—. ¿Eres de esas chicas que no se mojan el pelo en la piscina?

Entrecierro los ojos un momento, hasta que una sonrisa traviesa se dibuja en mi cara. Retrocedo unos pasos, tomo impulso y salto para hacer una bomba en el agua. Le lanzo una ola gigante a Alec. Su risa sorprendida llena el aire mientras se limpia la cara.

—Joder, Winters —exclama, acercándose a mí—. Te subestimé. Otra vez.

—Un error que estoy segura de que no volverás a cometer —digo con una sonrisa mientras acorta la distancia entre nosotros. Y el corazón se me sube a la garganta cuando me clava esos ojos azules, devorándome con la mirada.

Me rodea la cintura con las manos y, sin ningún esfuerzo, me levanta del suelo. Le rodeo la cintura con las piernas y le enlazo los brazos detrás del cuello, mirándolo fijamente a los ojos.

—Todavía no me creo del todo que esto sea real —confieso mientras lo miro a esos ojos preciosos—. Que tú, Alec Vanderholt, seas la persona con la que más deseo estar. Que tú... de algún modo me desees.

—A mí tampoco me parece del todo real —dice, con un tono más suave de lo que habría esperado—. Eres la primera decisión real que he tomado por mí mismo. No suelo ir a por lo que quiero. Pero eso eres tú, Salem. No lo dudes ni por un segundo.

Me digo que voy a hacer todo lo posible por creerle. Pero es difícil. Lo que no es tan difícil de creer es cómo su agarre se aprieta, cómo lo siento endurecerse donde está presionado entre mis piernas. Cómo siento su boca cuando toma la mía. Cuando su lengua me demuestra cuánto le gusta mi sabor.

Esto es real. Por primera vez desde que Alec y yo irrumpimos en la vida del otro, no me preocupan las miradas vigilantes.

No hay pijos imbéciles esperando para soltar un comentario mordaz.

No tengo miedo de lo que Isabella o Josh vayan a decir.

No hay peligro de que algún medio se entere de que el heredero multimillonario se está tirando a una becada.

Solo está Alec. Solo está Salem.

Y lo demuestro aún más cuando deslizo las manos hacia arriba y, en un movimiento rápido, me impulso y hundo a Alec bajo el agua.

Corremos, nos perseguimos y nos hundimos mutuamente hasta que tenemos las extremidades pesadas de agotamiento y nos duele la cara de tanto sonreír.

Es un lado de Alec que no había visto: juguetón, sin barreras, y es contagioso.

Por un momento, me olvido de las becas y las notas, y me permito simplemente... ser.

Cuando el sol se hunde bajo el horizonte, pintando el cielo de tonos púrpura y naranja, nos dirigimos al patio junto a la caseta de la piscina.

Envueltos en toallas gruesas, nos sentamos junto a la hoguera que Alec ha encendido; el calor nos saca el frío de los huesos.

Hace frío fuera, aunque menos de lo que esperaría para esta época del año.

Pero con el fuego, resulta bastante acogedor.

—Dime una cosa —dice Alec mientras remueve las brasas con un palo—. Siempre estás tan jodidamente concentrada. ¿De dónde sale eso?

—Supervivencia —digo, la primera palabra que me viene a la mente. La palabra queda suspendida entre nosotros, cargada de más verdad de la que pretendía revelar.

—¿Supervivencia? —repite, mirándome con esos ojos azules penetrantes que parecen ver a través de mí.

—Crecer fue bastante duro —admito, mirando las llamas parpadeantes—.

Mi madre se quedó embarazada de mí cuando tenía diecisiete años.

Mis abuelos son muy... tradicionales. Así que cuando su hija se quedó embarazada un mes antes de acabar el instituto, se avergonzaron.

La echaron de casa al día siguiente de graduarse.