capítulo nueve
El sol de la mañana entra a raudales por las ventanas del aula, proyectando un cálido resplandor sobre los pupitres vacíos. Por una vez he llegado temprano, decidida a avanzar con nuestro proyecto.
—Hola —dice una voz familiar, sacándome de mis pensamientos.
Levanto la vista y veo a Alec de pie en la puerta, con un par de zapatos colgando de la mano. Mis zapatos. Los que tuve que abandonar en su apartamento cuando me escapé por la ventana anoche.
—Pensé que querrías recuperarlos —dice con una sonrisa burlona, dejándolos sobre la mesa junto a mí—. Siento que tuvieras que hacer de ladrona.
—Está bien —respondo, intentando sonar despreocupada—. En realidad me gustó.
—¿En serio? —Alec arquea una ceja, sin borrar esa sonrisa burlona—. Estás llena de sorpresas, Winters.
—Igualmente, Vanderholt —le dedico una sonrisa provocadora—. Luego estuve dándole vueltas y me pregunté: ¿qué hiciste con mi… regalo? Me di cuenta de que no lo tenía cuando me escondí en tu habitación.
Alec se lame los labios y sonríe.
—Lo encontré tirado en el suelo, justo debajo de donde te hice correrte sobre mi encimera. Si mi padre lo vio, no dijo nada.
—No estarás hablando en serio —digo mientras noto cómo palidezco.
Alec parece encantado mientras asiente.
—Completamente en serio. Fue la primera vez que tuve que esconder un consolador con disimulo. Lo lavé y lo envolví bien para ti. Lo necesitarás para practicar más tarde.
Su mirada se desvía hacia mis zapatos, y me pongo roja como un tomate al ver algo largo y cilíndrico metido en uno de ellos.
—Alec —me quedo boquiabierta y me tapo la boca con la mano, notando el calor en las mejillas.
Él se ríe entre dientes y yo agarro los zapatos de la mesa y los escondo debajo de mí.
Sacudo la cabeza con incredulidad, pero como el tiempo apremia, sé que tenemos que concentrarnos.
—Vas a ser la muerte de mi nota.
—No te hacía tan fácil de distraer —se burla, mientras saca sus propios materiales.
—La próxima vez no traigas un consolador a clase —le suelto con sarcasmo, aunque me cuesta contener una sonrisa.
—No prometo nada.
Nos sumergimos en el proyecto, con las cabezas muy juntas mientras repasamos la presentación. Es extraño lo fácil que resulta trabajar con él ahora, a pesar de lo mucho que solíamos chocar. Hay un entendimiento tácito entre nosotros, un respeto mutuo que antes no existía.
Los dedos de Alec rozan los míos cuando los dos alcanzamos los mismos papeles, y no puedo evitar lanzarle una mirada furtiva.
Su cabello rubio le cae sobre la frente, enmarcando esos intensos ojos azules que parecen ver a través de mí.
Por un momento, tengo que luchar contra el impulso de inclinarme y probar sus labios, de sentir el calor de su cuerpo pegado al mío.
Pero ese no es el acuerdo. Aparto el pensamiento y me recuerdo que estamos aquí para trabajar, no para entregarnos a fantasías.
—¿Estás bien? —pregunta Alec, al notar mi distracción.
—Bien —miento, forzando una sonrisa—. Solo me quedé pensando un momento.
—¿En el proyecto? —insiste, con un brillo divertido en los ojos.
—Por supuesto —respondo a la defensiva—. ¿En qué otra cosa iba a ser?
—En nada —dice, levantando las manos en señal de rendición—. Simple curiosidad.
Volvemos al trabajo, el aire entre nosotros cargado de tensión contenida.
Para cuando los estudiantes empiezan a entrar y el profesor nos honra con su presencia, hemos terminado.
El proyecto está pulido y listo para presentarlo en unos días.
Sentimos una satisfacción compartida mientras guardamos nuestras cosas, ambos conscientes de que hemos creado algo impresionante.
¿Quién habría imaginado que Salem Winters y Alec Vanderholt podrían crear juntos un proyecto tan potente?
Más tarde ese día, mi teléfono vibra con una invitación de Isabella y Josh para salir por la noche.
No puedo evitar sentir una punzada de culpa mientras invento una excusa de que tengo que estudiar.
La verdad es que voy al apartamento de Alec, y la emoción que recorre mi cuerpo me impide plantearme otros planes.
Lo siento, chicos. Tengo que empollar. ¿Lo dejamos para otro día?
Claro. Buena suerte con el estudio.
Gracias, nos vemos mañana.
Pulso enviar y vuelvo a guardar el teléfono en el bolsillo, con la promesa silenciosa de compensarlos pronto.
Joder, ¿qué estoy haciendo?
Mientras me acerco al edificio de Alec, el corazón se me acelera de anticipación.
El olor familiar de la ciudad me llena las fosas nasales, mezclándose con el tenue rastro de su colonia que todavía persiste en mi piel solo por haberme sentado a su lado en clase. Es embriagador y enloquecedor a la vez.
—¡Pasa! —grita Alec cuando llamo a su puerta.
Me tiembla la mano mientras giro el pomo y entro.
El salón y la cocina están vacíos cuando entro.
Sigo el sonido de las teclas hasta encontrarlo en su despacho.
Verlo encorvado sobre el escritorio, trabajando con intensidad, me provoca un escalofrío.
Hay algo innegablemente sexy en cómo frunce el ceño concentrado, en sus dedos fuertes volando sobre el teclado.
—Hola —lo saludo, intentando sonar casual—. ¿En qué trabajas?
Levanta la vista, y un destello de sorpresa le cruza el rostro antes de recomponerse.
—Solo… cosas de negocios.
—¿Cosas de negocios? —arqueo una ceja mientras cruzo la alfombra mullida para colocarme detrás de él—. ¿Es ese proyecto ultrasecreto?
—Algo así.
Observo los dedos de Alec volar sobre el teclado y no puedo evitar sentir una punzada de curiosidad.
—Venga —insisto, apoyándome en su escritorio—. Creo que a estas alturas ya sabes que puedes confiar en mí. ¿Cuál es ese gran proyecto en el que llevas trabajando?
Duda un momento, con la mirada clavada en la mía, como buscando algo. Luego, con un suspiro, cierra el portátil y se recuesta en la silla. —De acuerdo —dice, con un destello de vulnerabilidad—. ¿Los vídeos que publico? ¿Los… enmascarados?
—Sí —lo animo a continuar, mientras una sonrisa se dibuja en mis labios.
—Bueno —comienza, frotándose la nuca—, en realidad llevo un tiempo trabajando en una aplicación que se sincroniza con la plataforma que uso para publicarlos. Me ayuda a crear esas transiciones suaves, y lleva ya un tiempo en fase beta.
—¿Una aplicación? —parpadeo sorprendida, realmente impresionada—. Espera, ¿estás hablando de esta? —toco la pantalla del móvil y se lo enseño a Alec.
Por primera vez, su sonrisa es tímida. Asiente sin decir nada.
—¡Alec, eso es increíble! —exclamo, completamente atónita—. O sea, todo el mundo la usa para editar.
—Gracias —murmura, con la mirada en el suelo—. Pienso lanzarla en cosa de un mes, y si todo sigue así… quizá no tenga que formar parte de la empresa de mi padre nunca más.
—Vaya —respiro, con el corazón henchido de orgullo—. Alec, eso es increíble. Estoy muy orgullosa de ti.
Me mira con cara de sorpresa. —¿Lo estás?
—¡Pues claro! —exclamo, negando con la cabeza, incrédula—. ¿Nadie… nadie te lo ha dicho antes?
—No —admite en voz baja, con la mirada dulcificándose—. La verdad es que no.
—Entonces son todos unos idiotas —me acerco un paso y le pongo la mano en el hombro—. Porque lo que estás haciendo es valiente y ambicioso, y sé que vas a triunfar.
—Gracias, Salem —susurra, con los ojos brillantes de gratitud.
Y entonces, con un movimiento fluido, me atrae hacia su regazo y me rodea con sus fuertes brazos.
Siento el calor de su cuerpo contra el mío y el corazón se me acelera al darme cuenta de lo cerca que estamos.
La tensión entre nosotros es palpable, una corriente eléctrica que amenaza con consumirnos a ambos.
Pero por una vez, en lugar de apartarme o soltar un comentario sarcástico para romper el hechizo, me dejo llevar y dejo que el momento se desarrolle como quiera.
El calor del pecho de Alec contra el mío se intensifica mientras me atrae más hacia él, hasta envolvernos en un capullo de secretos compartidos y deseo.
Sus dedos se deslizan suavemente por mi pelo y me provocan escalofríos.
No puedo evitar perderme en el momento; mis pensamientos se alejan como humo en el viento.
—Créeme, no deseo nada más que quedarme aquí, pero tengo que irme en unos minutos —se disculpa Alec con suavidad, su aliento cálido rozándome el cuello.
—¿Adónde vas? —pregunto, picada por la curiosidad.
—Un rollo familiar —suspira, estrechándome un poco más—. Pero preferiría estar aquí contigo.
—Pues quédate —digo, acurrucándome contra él—. Nadie te obliga a ir.
—Créeme, si pudiera, lo haría —me besa la mejilla con ternura, demorando los labios un instante más de lo necesario—. ¿Te veré en la gala este fin de semana?
Una punzada de anhelo me atraviesa y hago una mueca. —No puedo permitirme un vestido, Alec —confieso, intentando que no se me note la amargura—. Las galas no son lo mío, de todos modos.
—Déjame encargarme de eso —ofrece sin dudarlo, y casi puedo adivinar la sonrisa en su voz.
—Ni se te ocurra —le advierto, girándome para mirarlo a los ojos—. No necesito tu caridad.
—No es caridad —replica—. Me harías un favor alimentando mi banco de fantasías sobre Salem. ¿Tú con un vestido ceñido? —se besa las yemas de los dedos.
—Alec —le advierto, fulminándolo con la mirada porque no ha dicho que no vaya a sacar la tarjeta de crédito.
—Bésame de una vez, joder —exige mientras me atrae hacia él de nuevo.
Nuestro tiempo juntos es breve, pero intenso: un momento robado de pasión y ternura en medio del caos de nuestras vidas.
Nos exploramos solo con los labios, saboreando cada caricia, cada jadeo y suspiro.
Siento cómo mis muros se desmoronan, ladrillo a ladrillo, mientras Alec me abre a un mundo de posibilidades con las que nunca me atreví a soñar.
El móvil de Alec suena y sé que nuestro tiempo se ha acabado.
—¿Me acompañas abajo? —pregunto mientras me bajo de su regazo.
—Por supuesto —dice con una sonrisa pícara mientras se levanta.
Recoge sus cosas y salimos. Una vez solos en el ascensor, me empuja contra la pared y me besa hasta dejarme aturdida.
Pero en cuanto suena el ascensor, nos separamos de un salto. Y al salir por las puertas principales, ninguno mira al otro; cada uno se va por su lado.
Alec Vanderholt es mi secretito inconfesable. Y no tengo ningún problema en guardármelo para mí.