Con esta máscara capítulo ocho #3
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capítulo ocho #3

Siento el calor subirme a las mejillas ante sus palabras, pero la calidez de su voz me hace creerle. O sea, creerle de verdad. La gente puede decir lo que quiera, pero eso no significa que te lo creas. Sin embargo, con la combinación de su tacto y sus palabras, le creo a Alec de verdad.

—Gracias —susurro, sin saber qué más decir. He pasado toda la vida luchando por demostrar mi valía en un mundo que parecía empeñado en recordarme mis carencias. Pero con Alec me siento vista, apreciada exactamente como soy.

—Oye —dice, y me levanta la barbilla para que nuestros ojos se encuentren—. No tienes que agradecerme nada. Solo te digo la verdad.

Antes de que pueda responder, alguien llama a la puerta de repente y los dos nos quedamos paralizados. El pánico me invade; bajo de un salto de la isla de la cocina y recojo frenéticamente mi ropa del suelo. Alec tiene los ojos como platos.

—Al dormitorio —susurra con urgencia—. Yo me encargo.

Asiento, aprieto la ropa contra el pecho y corro hacia su habitación. La puerta se cierra detrás de mí con un clic y pego la oreja contra ella para escuchar las voces amortiguadas del otro lado.

—Padre —dice Alec con voz tensa—. ¿Qué te trae por aquí?

Oh, mierda.

—¿Acaso un padre no puede visitar a su hijo? —responde el señor Vanderholt, aunque su tono no es precisamente amistoso.

Me visto rápidamente, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho mientras escucho la conversación entre ellos. Oigo la tensión en la voz de Alec y no puedo evitar preguntarme: ¿cómo habrá sido la vida familiar de Alec?

—Por supuesto —dice Alec, que por fin ha recuperado algo de compostura—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—En realidad —comienza el señor Vanderholt, bajando la voz—, tenemos que hablar de algo.

La puerta del dormitorio de Alec amortigua sus voces, pero aún consigo distinguir a duras penas lo que dicen cuando entran y cierran.

—Como sabes, se acerca la gala benéfica de la universidad —dice su padre, y no sé qué es, pero su voz me pone los pelos de punta. Quizás sea la total frialdad con la que le habla a su hijo—. Tu presencia allí no es negociable. Habrá gente importante, y tienes que dejar bien a nuestra familia.

—Sé lo que se espera de mí —dice Alec con frialdad. La irritación en su voz se percibe incluso a través de la puerta.

—Y espero que le prestes algo de atención a Victoria —dice. Y con esas palabras, se me encoge el estómago.

Victoria. Maldita sea. Solo oír su nombre me revuelve las tripas. El mundo entero sabe que se espera que Alec Vanderholt se case con ella algún día. Sus familias llevan asociadas en los negocios desde tiempos inmemoriales, y lo suyo es prácticamente un matrimonio concertado.

Puede que Alec me haya asegurado que no tiene ningún interés en ella, pero el resto del mundo parece no haberse enterado.

—Parece que te has empeñado en creer que Victoria y yo vamos a enamorarnos por arte de magia, cuando no ha habido ni una chispa en los seis años que llevas intentando encasquetármela —replica Alec con lo que parece ser la mandíbula apretada.

—Nadie ha hablado de amor, hijo —responde el señor Vanderholt con frialdad.

El corazón me late con fuerza.

Alec y yo dijimos que sin ataduras. Esto va de exploración y de dejarnos llevar. No tengo ningún derecho sobre él, y él no tiene ningún derecho sobre mí. Pero ¿la idea de que Alec esté con Victoria? La sangre me hierve.

—Sabes lo que se espera de ti —dice el padre de Alec con calma—. Diviértete mientras puedas, hijo. Todos sabemos lo que hay que hacer tarde o temprano en nombre de los Vanderholt.

—Mira, iré a la gala —dice Alec con brusquedad, intentando cambiar de tema.

—¿Es mucho pedir un poco de entusiasmo? —replica el señor Vanderholt, y casi puedo ver la expresión de exasperación en su rostro—. Esto no va solo de ti, Alec. Es nuestro legado.

«Legado» parece ser la palabra mágica que saca de quicio a Alec, y no puedo evitar sentir un destello de compasión por él. Sé lo que es tener todo tu futuro decidido de antemano, pero al menos yo elegí mi camino. Alec, por lo que parece, no ha tenido mucha elección.

—Lo que sea —murmura, y noto que se está mordiendo la lengua—. ¿Qué más quieres de mí?

—En realidad —dice el señor Vanderholt, con un tono más distendido—, he pensado que podríamos pedir la cena.

—Genial —responde Alec con sequedad—. Justo lo que necesitaba.

Mientras siguen hablando, termino de vestirme y echo un vistazo por la habitación en busca de una salida. No puedo quedarme aquí más tiempo: es cuestión de tiempo que el padre de Alec descubra que estoy aquí, y es un enfrentamiento que prefiero evitar.

Mis ojos se posan en la ventana y, para mi alivio, hay una escalera de incendios que parece resistente. Voy de puntillas, con cuidado de no hacer ruido, y abro la ventana con todo el sigilo que puedo.

Hago una mueca al pisar el metal rugoso. Mis zapatos están junto a la puerta principal, y rezo para que el padre de Alec no los haya visto. Pero eso me obliga a escapar descalza. Vaya paseo de la vergüenza.

Pero mientras me escabullo del apartamento de Alec, no puedo evitar que me invada un subidón de adrenalina. Acabo de tener el mejor orgasmo de mi vida en la isla de cocina de un niño rico, y luego me he escapado por su ventana.

Y adiós a la imagen de Salem Winters como la niñita tímida e inocente.