capítulo seis
—¡Eh, Vanderholt! —grito, más fuerte de lo necesario, atravesando el bullicio del campus. Pero Alec ni se inmuta. Tiene los hombros cuadrados, rígidos; su paso no vacila. Es como si yo fuera un susurro más del viento, intrascendente, fácil de ignorar.
—Imbécil —murmuro entre dientes, con los puños apretados. Cada día que pasa, su frialdad erosiona mi determinación. El desprecio es casi palpable, como una escarcha que se posa sobre mí cada vez que está cerca, pero siempre lo bastante lejos para dejarme anhelando un calor que no existe.
Al día siguiente de descubrir el secreto de Alec, fui a clase. Llevaba un discurso preparado, promesas de guardar silencio.
Pero Alec me cerró todas las puertas.
Me senté a su lado en clase. Empecé a hablar. Pero era como si yo fuera invisible y muda. No giró la cabeza. No murmuró una palabra. Solo silencio absoluto y gélido.
Llevo dos largas semanas así, hablándole a una pared.
No soy de las que se acobardan o se encogen, pero con Alec es diferente.
Hay algo en la forma en que me atraviesa con la mirada, como si yo fuera de cristal —transparente y frágil—, que me retuerce las entrañas.
Odio que tenga este efecto en mí, que su mera presencia pueda convertir mi columna en una ramita quebradiza a punto de partirse.
—¿Puedes creerlo? —le gruño a Josh mientras veo a Alec alejarse sin más—. Ni siquiera me mira, y ya no digamos hablar del maldito proyecto.
—Quizás le intimide tu cerebro privilegiado —responde Josh, pero apenas me presta atención. Está mirando a una chica en el otro extremo del patio. Ella levanta la vista y le sonríe. Bien. Lleva dos años sin salir con nadie y le vendría bien una buena mujer que lo ponga en su sitio de vez en cuando.
—¿No deberías estar en clase ahora mismo? —le señalo.
—Mierda —maldice Josh, y se levanta de un salto para salir disparado sin decir otra palabra.
Irritada, me dirijo a mi siguiente clase y me obligo a concentrarme en cualquier cosa que no sea Alec jodido Vanderholt. Alias Vice.
Pero esa tarde, al salir de la ducha, el móvil me avisa con una notificación.
Es una nueva publicación de Vice.
El cerebro se me acelera y el pulso me martillea mientras miro la notificación.
No debería mirarla. Debería dejar de seguirlo. Debería olvidar que esa cuenta existe.
Pero no puedo evitarlo: hago clic y el vídeo se abre.
La última publicación de Vice es una obra de arte provocativa con transiciones impecables y la banda sonora perfecta.
Mantengo el dedo suspendido sobre la pantalla; una parte de mí quiere cerrar la aplicación, enterrar el móvil debajo de la cama, fingir que no me ha absorbido este agujero negro digital.
—Mierda —murmuro entre dientes, con las mejillas ardiendo de vergüenza y algo más: ¿curiosidad? No, es más bien... envidia. Observo hipnotizada cómo Vice —Alec— se mueve con una confianza que jamás he conocido. ¿Qué se sentirá ser tan libre, tan descaradamente fiel a tus propios deseos?
Se me escapa un suspiro y me dejo caer de espaldas en la cama, mirando el techo.
La idea me carcome, insistente y persistente.
¿Podría yo alguna vez ser tan audaz? ¿Exponerme así, no sentir vergüenza al actuar de forma provocativa, sin importarme un carajo lo que piensen los demás?
La idea es aterradora y estimulante a la vez.
Me giro de lado y vuelvo a levantar el móvil. Con toda mi alma, odio no poder evitar seguir indagando.
Hay otra publicación, una serie de fotos que me dispara el pulso como a un conejo asustado.
Alec está ahí, pero no el Alec que conozco.
Esta versión de él va sin camiseta, los contornos de su cuerpo atlético capturados con una iluminación perfecta, la máscara de calavera ocultándole el rostro.
Sus ojos, sin embargo, son inconfundiblemente suyos: azul penetrante, ardiendo a través de la pantalla.
—Joder, Vanderholt —exhalo, con las mejillas encendiéndose a pesar del frescor de mi cuarto. El tío tiene agallas, publicar fotos así mientras pasea por el campus como si fuera intocable. Y sin embargo aquí está, expuesto ante el mundo entero.
Es listo. No tiene nada que lo identifique en el cuerpo, aparte de ser perfecto. Ni tatuajes. Ni marcas de nacimiento visibles. Solo un cuerpo impecable en una pantalla. Y así mantiene el anonimato.
El corazón me golpea contra las costillas mientras paso más fotos y vídeos, cada uno más provocativo que el anterior.
Hay un arte en ellos que no esperaba de Alec.
Aunque, por otra parte, ya me ha sorprendido con su creatividad en nuestro proyecto.
Sus publicaciones, sus vídeos, no son solo anzuelos para calenturientos; son un grito silencioso contra la jaula dorada en la que vive.
Cada imagen y vídeo susurra secretos y me atrae, tirando de algo en lo más profundo de mí que no logro nombrar.
—Quién iba a decir que el rey del hielo podía derretir objetivos —bromeo en voz alta, a la habitación vacía.
Una punzada de algo parecido al respeto se mezcla con el calor que me arremolina en el vientre.
Alec Vanderholt es más que una cara bonita con una fortuna heredada.
Es un rebelde con causa, aunque esa causa sea simplemente que lo vean como quien es: no el heredero, no el legado, sino el hombre detrás de la máscara.
Está ahí, medio desnudo, puras líneas duras y sombras danzando sobre su forma musculosa como una sinfonía en blanco y negro.
La máscara oculta lo justo para hacerte desear conocer al hombre que hay detrás, pero revela lo suficiente para que yo confirme que es él: el corte afilado de su mandíbula, los inconfundibles mechones dorados despeinados con ese descuido estudiado.
Y luego sus manos. Esas jodidas manos. El corazón me golpea contra las costillas como si quisiera escapar, cada latido sincronizado con el parpadeo de la pantalla.
—Contrólate —me regaño, intentando sacudirme la niebla de deseo que me nubla los pensamientos. Pero se aferra, persistente e implacable, prueba del efecto que Alec Vanderholt tiene en mí, con máscara o sin ella.
El móvil vibra y casi se me cae del susto.
El calor me inunda las mejillas, tiñéndolas de vergüenza como si me hubieran pillado haciendo algo malo, aunque no hay nadie más aquí.
Es un recordatorio: la fecha límite de nuestro proyecto se acerca, y Alec sigue siendo un monumental imbécil evasivo. Ya basta.
—Se acabó esta mierda —declaro al aire, y me levanto de la cama. Con pasos rápidos y decididos, me dirijo al campus.
¿Dónde? ¿Dónde estará Alec Vanderholt a estas horas?
En clase no. Es demasiado tarde para eso. Pero tampoco tan tarde como para que esté ya en su apartamento.
Siguiendo mi instinto, voy a la biblioteca. Busco entre las estanterías. Recorro con la mirada las mesas de estudio. Y luego enfilo el pasillo hacia las salas privadas.
Y ahí es donde lo encuentro.
Su figura se recorta contra la ventana que tiene detrás, la luz del sol poniente lo envuelve en un halo dorado que contrasta tanto con su actitud gélida.
—Hola —digo, con la voz firme a pesar del martilleo de mi corazón—. Tenemos que hablar.
Alec se gira con expresión indescifrable.
—¿Qué haces aquí, Salem?
—Rompiendo el hielo —respondo, acercándome un paso—. Mira, sé que nunca quisiste que yo viera… lo que vi. No pretendía husmear. Sé que llevamos años a la gresca, pero Alec, no voy a contarle a nadie lo de Vice, ¿vale? Eso es cosa tuya.
Alec se apoya en la mesa, con los brazos cruzados y un músculo que le palpita en la mandíbula.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué debería confiar en ti?
—Porque necesito aprobar esta clase más de lo que disfruto chantajeando a la gente —no aparto la mirada y sostengo sus fríos ojos azules—. Y porque los dos somos adultos capaces de guardar secretos.
Me mira fijamente, y puedo ver en sus ojos una vulnerabilidad que nunca había estado ahí. Está oculta tras una gruesa capa de hielo. Pero tiene miedo. Lo veo.
Vice significa algo para él. Algo importante.
Y tiene miedo de que se lo arrebate.
—Te lo prometo, Alec —digo con suavidad, dejándome mostrar vulnerable por primera vez ante él—. No voy a contárselo a nadie. Pero quiero saber por qué. ¿Por qué lo haces?
Sus ojos se abren casi imperceptiblemente. Respira hondo, tembloroso. Por un momento, temo que vaya a derrumbarse o a echarme. Pero entonces algo cambia en su postura, una sutil relajación de la tensión.
—Libertad —dice al fin, en voz baja—. Cuando soy Vice, nadie me conoce. Sin prejuicios, sin la mierda del legado. No ven el apellido Vanderholt, ven… ven a un tío. Solo un tío. Nadie quiere nada de mí.
La vulnerabilidad de su confesión me pilla desprevenida. Nunca lo había visto de otra forma que no fuera sereno, intocable. Pero aquí, ahora, vislumbro algo en carne viva bajo la superficie.
—Abrí la cuenta… La verdad, estaba furioso con mi padre. Acabábamos de tener una bronca monumental por las expectativas y lo de guardar las apariencias. Yo… no pensé que se haría tan grande.
—Ya te digo —suelto una risa burlona—. Tienes a medio internet babeando por ti.
Me fulmina con la mirada. Se da la vuelta y se pasa los dedos por ese pelo rubio. Y tengo una vista jodidamente buena de su silueta recortada contra el atardecer de la ventana.
—Joder, Salem —la voz de Alec rompe el silencio, ronca y temblorosa. No es el tono frío y sereno al que estoy acostumbrada—. No era por dinero ni por fama. Era solo…
Se calla, como si las palabras se le atascaran en la garganta.
—Tiene que ser jodidamente liberador —reflexiono, sin poder evitarlo—. Yo…
Alec me mira por encima del hombro, con una ceja arqueada de curiosidad.
Trago saliva, intentando deshacer el nudo que se me forma en la garganta. Mi propia confesión me pesa como plomo en la lengua, pero si Alec puede abrirse un poco, quizá le deba a esta extraña tregua hacer lo mismo.
—Joder, yo… —empiezo, y las palabras se me traban—. Siempre he querido… ya sabes, explorar. Descubrir a qué viene tanto revuelo —me arden las mejillas al decirlo—. Pero soy demasiado… controlada. No diría que soy especialmente tímida, pero cuando se trata de… eso…
Los labios de Alec se curvan, un amago de sonrisa que no le llega a los ojos.
—¿Salem Winters tiene deseos? Vaya, qué sorpresa.
—Capullo —replico automáticamente, pero la tensión entre nosotros cambia, se convierte en algo cargado y frágil a la vez. Como si los dos camináramos por la cuerda floja entre la enemistad y algo más, algo que ninguno habría esperado jamás.
—Explorar no es ningún crimen —dice, con la voz más suave que le he oído nunca—. Puedes querer cosas, Salem.
—Claro —resoplo, apartando la calidez repentina que sus palabras me encienden en el pecho—. Siempre que sea discreto, apropiado y no levante olas, ¿no?
—Que le den a lo «apropiado» —dice, y vuelve a sorprenderme. Lo miro, y no puedo creer la sinceridad que arde en esos ojos azules. Tiene la mandíbula tensa, los hombros cuadrados—. Haz lo que quieras. Sé quien quieras ser. Nadie más tiene voz ni voto.
—Se dice fácil, pero hacerlo es otra cosa —murmuro, aunque la semilla ya está plantada y crece salvaje e indómita en la boca del estómago. ¿Cómo sería librarme de las expectativas, de la imagen de niña buena, y simplemente… ser?
Alec me observa, y puedo sentir el desafío tácito que flota en el aire. Sin saberlo, ha lanzado otro guante, uno que me tienta con el fruto prohibido de la libertad: una muestra de lo que podría significar descubrirme de verdad a mí misma, lejos de susurros y juicios.
Sus ojos me estudian. De verdad me estudian. De arriba abajo, de un modo que me deja sonrojada de pies a cabeza.
—Confiaré en que cumplas tu palabra, Winters —dice, recuperando de golpe su actitud profesional. Recoge sus cosas y las mete en la mochila—. Terminaremos el proyecto. Nos vemos mañana para trabajar en él.
Y sale de la sala sin más, como si nada serio, profundo e íntimo acabara de pasar, dejándome con la boca abierta como una maldita idiota.