capítulo cinco
El zumbido del intercomunicador rompe la quietud, y presiono el botón con más fuerza de la necesaria.
—Soy yo —digo, con la voz firme a pesar del latido acelerado de mi corazón.
—Sube, quinto piso, apartamento A.
La voz de Alec, distante como siempre, crepita por el altavoz.
Me preparo mentalmente mientras entro al edificio. Al instante, me siento como pez fuera del agua. Todo es completamente nuevo, cada superficie pulida. Cada detalle de la decoración grita dinero.
Este edificio se terminó hace solo tres años, y ahora caigo en que probablemente no es coincidencia que se terminara justo antes de que Alec empezara su primer año, siendo su padre dueño de casi toda la ciudad.
Todos los niños ricos de la universidad viven aquí, si es que sus papaítos y mamaítas no tienen mansiones cerca del campus.
El viaje en ascensor es un ascenso silencioso, un capullo que me acerca a lo que quiera que esta reunión depare.
Los números de los pisos parpadean en sucesión —mi pulso marca el compás con ellos— hasta que las puertas se abren con un suave tintineo.
Estoy frente a su puerta antes de darme cuenta, con la mano levantada para llamar.
Pero antes de que mis nudillos toquen la madera, la puerta se abre hacia dentro.
Alec aparece en el umbral, su cabello rubio como un halo bajo la luz del pasillo, su cuerpo ocupando todo el marco.
Pura elegancia desenfadada, un marcado contraste con el manojo de nervios en el que me he convertido.
—Winters.
Su asentimiento es seco, sus ojos recorriéndome de arriba abajo, como si intentara descifrar qué me trae aquí más allá de nuestro duelo intelectual programado.
—Vanderholt.
Mi respuesta es igual de cortante; el nombre me sabe a cobre en la lengua.
—Entra —dice, haciéndose a un lado, la orden envuelta en una invitación—. Dame unos minutos. Estoy terminando algo.
Entro, y no puedo evitar negar con la cabeza.
Su salón es más grande que la mayoría de los apartamentos en los que viví de pequeña.
Todo son líneas modernas y elegantes, superficies mullidas.
Casi no me atrevo a respirar por miedo a estropear el suelo pulido…
la cocina… las mesas. Todo el lugar grita dinero.
Veo a Alec desaparecer en una habitación junto al salón, dejando la puerta entreabierta. El silencio pesa en el aire, roto solo por el suave roce de mis pies en calcetines contra el suelo de mármol mientras deambulo por su espacio.
El salón no parece cómodo en lo más mínimo con sus muebles modernos. El comedor es una mesa de cristal con sillas negras y austeras. La cocina parece el sueño húmedo de cualquier chef. Hay una puerta que da al interior del apartamento, y noto que me arde la cara cuando veo la cama enorme de Alec.
Pero me aclaro la garganta mientras camino hacia la puerta lateral por la que desapareció Alec. Al asomarme, descubro que es un despacho. Mi mirada recorre la habitación, un espacio que rezuma sofisticación y poder. No esperaría menos del heredero de Diamantes Vanderholt.
Alec está encorvado sobre el escritorio, los dedos volando sobre el teclado con una velocidad que iguala la intensidad de su mirada.
El resplandor de la pantalla del ordenador proyecta una luz etérea sobre sus rasgos, acentuando las líneas duras de su mandíbula y el surco de concentración entre las cejas.
Me quedo junto a la puerta, contemplándolo en su elemento. Imagino que este es el espacio donde ha pasado los últimos tres años y pico trabajando duro, plantándome cara en la universidad. Tres años llevamos ya siendo rivales. El único en Westcroft capaz de arrebatarme el primer puesto.
Hay algo hipnótico en ver a Alec tan absorto, tan diferente de la fachada distante que suele llevar como armadura. Un destello de admiración brota en mi interior, pero lo sofoco de inmediato.
—¿Es este el proyecto del que tanto misterio hacías? —me atrevo a preguntar, sabiendo perfectamente que estoy buscándole las cosquillas.
Gruñe afirmativamente sin dejar de teclear con furia.
Vuelvo al salón y me quito la chaqueta, fingiendo que estar en casa de Alec Vanderholt no me alborota la sangre.
Entrar en el apartamento de Alec es como entrar en una sala de exposición, una que jamás podría permitirme ni con cien becas. Las superficies pulidas me devuelven mi reflejo: pelo oscuro, ojos marrones, una cierva deslumbrada por la iluminación arquitectónica.
—Bonito lugar —digo en voz alta, aunque suena más como una acusación que como un cumplido.
—Está bien.
Alec reaparece del despacho, las manos metiéndose en los bolsillos mientras me observa en su territorio. Joder. ¿Por qué tiene que estar tan bueno apoyado en el marco de la puerta? ¿Y por qué habla como si comentara el tiempo, y no el tipo de lujo con el que la mayoría de la gente solo puede soñar?
—Para un rey, quizá.
Mis palabras son púas, pero no parecen hacer mella.
—Qué… acogedor —añado con sarcasmo evidente mientras recorro con la mirada la decoración minimalista; de acogedor, nada. Este lugar grita Alec Vanderholt, desde la tecnología cara que adorna el mueble del televisor hasta el arte abstracto que parece la rabieta millonaria de alguien sobre un lienzo.
—Ponte cómoda —dice, pero es una burla, no una invitación.
—Claro, solo me quitaré los zapatos y me acurrucaré en tu… ¿Qué es eso? ¿Un sofá o una pieza de arte moderno? —bromeo, con las manos en las caderas, contemplando la monstruosidad de cuero negro y cromo.
—Touché, Winters.
Suelta una risa seca y me hace un gesto con la cabeza para que lo siga al despacho.
—He añadido algunas cosas a la presentación —digo mientras entro y dejo caer el bolso al suelo.
Y me doy cuenta de que esto podría ser un problema cuando inspiro y me envuelve por completo el aroma cálido e inconfundible de Alec.
Se me cierran los ojos un instante mientras la imagen de deslizar la punta de mi nariz por su cuello me secuestra el pensamiento.
¿Qué. Demonios?
¿De dónde demonios ha salido ese pensamiento, Salem?
—Te lo he enviado por correo —me recompongo antes de que la pausa se vuelva incómoda y demasiado evidente.
—Veamos los destrozos —dice con tono neutro mientras vuelve a acomodarse en el escritorio y abre el correo. Me siento en la otra silla, la del rincón, un artilugio moderno que no tiene pinta de ser cómodo, pero para mi fastidio lo es.
—Me gusta lo que has hecho en la diapositiva tres —comenta Alec mientras lo revisa todo—. ¿Y si profundizamos en la estructura de costes y añadimos otra diapositiva?
Tira y afloja. La tensión crepita entre nosotros como electricidad estática mientras él empuja y yo resisto, él cuestiona y yo pregunto aún más.
Nos sumergimos en el trabajo, cada uno concentrado y decidido a su manera.
La creatividad siempre sorprendente de Alec complementa mi naturaleza metódica, encajando a la perfección pese a nuestras personalidades opuestas.
Mientras Alec se ocupa del ordenador, absorto en terminar un segmento de nuestro trabajo, aprovecho para estudiar su despacho.
Recorro con la mirada el mobiliario elegante, los caros aparatos que adornan su escritorio, el arte austero de las paredes.
Todo le pega bastante. Paso a examinar su estantería con la esperanza de descubrir algo interesante sobre Alec Vanderholt.
La gran mayoría son libros de texto. Algunos adornos.
Una colección completa de Frank Herbert, aunque ninguno parece haber sido leído de verdad. Un globo terráqueo brillante y dorado.
Algo en lo alto capta mi atención. Solo alcanzo a ver el borde, como si lo hubieran colocado ahí para ocultarlo. Es blanco, eso es todo lo que distingo.
—Ahora vuelvo —dice Alec mientras se levanta—. Tengo que ir al baño.
—Vale —murmuro, y vuelvo a centrarme en mis apuntes.
Sale del despacho y escucho sus pasos alejándose por el pasillo.
¿Quién podría resistirse? ¿Una oportunidad de husmear en el territorio de Alec Vanderholt sin que nadie me vigile?
Me levanto y alcanzo el estante superior. Mis dedos atrapan lo que ha intentado ocultar.
La sangre se me congela durante dos segundos antes de volverse hirviente. Me quedo boquiabierta y aprieto los dedos en torno al objeto.
Es una máscara. Una máscara de calavera inconfundible. De una calidad absurdamente buena. Está hecha al estilo de calavera pintada, tan perfecta que casi parece que sostengo un maquillaje facial en tres dimensiones.
Al darle la vuelta, encuentro manchas de pintura negra en el interior, la parte que se apoya contra la cara.
Un escalofrío me recorre la espalda mientras aprieto los dedos a su alrededor. La reconozco de golpe, como si me estallaran fuegos artificiales en la cabeza.
Echo un vistazo a la puerta por si Alec vuelve y devuelvo la máscara al estante superior a toda prisa, con cuidado de dejarla exactamente como estaba.
Asomo la cabeza por la puerta y, al ver que no hay moros en la costa, me dejo caer en mi asiento y saco el móvil.
Con unos cuantos toques rápidos, abro el último vídeo y se me salen los ojos de las órbitas.
Ahí, en la pantalla, aparece el cuerpo de infarto de un hombre con una máscara de calavera.
La misma máscara que descansa en el estante superior de Alec Vanderholt.
Y ahora lo veo. En los vídeos lleva el pelo alborotado de la manera más sexy posible.
Le cae sobre los bordes de la máscara, apunta en todas direcciones.
Pero es el mismo tono rubio. Solo parece distinto del peinado de niño rico que lleva en persona.
Y nunca he visto a Alec Vanderholt sin camiseta en persona, pero el físico encaja.
Alec está cachas. Musculado. Se nota en cómo le sienta toda esa ropa perfectamente ajustada.
¿Alec es...?
—¿Qué estás viendo?
Levanto la cabeza de golpe y probablemente no podría parecer más culpable aunque lo intentara.
Alec está en la puerta de su despacho, con una expresión cautelosa de inquietud que intenta disimular sin éxito.
—Yo... —las palabras se me mueren en la boca.
—Salem —dice en tono de advertencia mientras entra un paso.
—¿Eres Vice? —Las palabras me salen de la boca antes de que pueda siquiera procesarlas; la acusación queda suspendida en el aire.
Los rasgos de Alec se tensan, sus ojos se entrecierran como si intentara descifrar mis intenciones. —¿De qué coño estás hablando? —Su voz es grave, con un filo peligroso más oscuro que cualquier cosa que me haya dicho antes.
Trago saliva con dificultad. De repente siento que he cruzado una línea de la que no hay vuelta atrás. —Tú eres... —tartamudeo en apenas un susurro. El calor me enciende la piel—. Joder, eres él.
Su mirada se desvía hacia la estantería y, por una fracción de segundo, algo indescifrable le cruza el rostro antes de que una frialdad lo oculte. —Lárgate —ordena con tono cortante y definitivo.
La confusión se mezcla con el dolor en mi pecho; la tensión crepita entre nosotros como electricidad. —Alec, yo solo...—
—He dicho que te largues de una puta vez —espeta, cada palabra afilada como una cuchilla—. No tienes ni puta idea de lo que dices. Y nadie creería jamás las gilipolleces que salen de tu boca. Vete, Salem.
—Alec, yo...—
Arranca mis cosas de su escritorio y me las estampa contra el pecho. Con hielo en esos ojos azules, me clava la mirada. —Vete.
Me tiemblan las manos. Siento la sangre como si fuera de plomo.
Con la lengua pastosa por el shock y quizás un poco de miedo, trago saliva.
Y entonces me convierto en un torbellino: recojo el resto de mis cosas, las meto en la mochila y salgo corriendo hacia la puerta.
Se cierra a mi espalda con un golpe sordo.
Joder.
Joder.
Alec Vanderholt, heredero de una empresa multimillonaria, gilipollas frío y arrogante, es Vice.
Un tío que lleva una máscara y publica vídeos provocativos increíblemente editados en internet.
Y tiene... saco el móvil mientras bajo en el ascensor...
dos millones y medio de seguidores. Cada uno de sus vídeos consigue casi un millón de visualizaciones, cientos de miles de me gusta, miles de comentarios. Todo el mundo sabe quién es Vice.
Y es el puto Alec Vanderholt.
Me quedo boquiabierta al salir del ascensor y casi tropiezo cruzando la puerta hacia la acera, pero no es el suelo lo que veo.
Alec ya era cruel antes. Frío. Mi némesis académico. Y acabo de descubrir su identidad secreta en internet.
Mierda, Salem, pienso mientras acelero el paso. Acabas de conseguir que tu enemigo te odie todavía más.
Más te vale vigilarte la espalda.