Con esta máscara capítulo tres
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capítulo tres

La puerta del aula se cierra detrás de mí con un suave clic.

Recorro la sala con la mirada, y ahí está: la última isla en un mar de escritorios ocupados.

Justo al lado de Alec Vanderholt otra vez.

Mierda. Por un segundo, considero quedarme de pie durante toda la clase, pero eso solo atraería más atención. Así que tomo aire y empiezo a caminar.

—Miren quién nos honra con su presencia. La mayor némesis de Vanderholt —murmura alguien. No miro en su dirección, no les doy esa satisfacción.

Los ojos de Alec se encuentran con los míos mientras me acerco, azul hielo y nada acogedores. Desplaza su musculoso cuerpo y la silla junto a él parece aún menos acogedora. Dudo, solo por un momento, bajo el peso de cada mirada en la sala. Pero rendirme no va conmigo.

—Disculpa —digo con voz firme mientras me deslizo en el asiento. El espacio personal se convierte en un lujo que, por lo visto, no podemos permitirnos.

—Por supuesto —dice con voz cargada de sarcasmo, sin molestarse en disimular su fastidio—. Siéntate junto a esta serpiente, si te atreves.

Me acomodo en mi sitio y rozo accidentalmente su brazo con el mío. El contacto enciende una línea de calor en un intercambio por lo demás gélido.

—Nunca dije que les tuviera miedo a las serpientes —respondo, igualando su tono. Mi mirada se clava en la suya, desafiante, feroz.

—No te tomaba por el tipo masoquista —bromea, con una sonrisa burlona bailándole en los labios—, al elegir sentarte a mi lado.

—Siempre supe que eras de los que se halagan a sí mismos —le devuelvo—. Echa un vistazo alrededor y dime qué otras opciones tenía.

Su risa, baja e inesperada, me pilla desprevenida. Hay algo frío y siniestro en ella, como si fuera un desafío.

La voz del profesor corta el murmullo del aula y me devuelve a la realidad.

—Hoy daremos inicio al proyecto del semestre, que se extenderá durante todo el curso. Como todos saben, será una parte crucial de su calificación final, ya que representará el cincuenta y cinco por ciento —anuncia el profesor Harlow con voz autoritaria—. Hoy asignaré las parejas.

—¿Disculpe, profesor? —Mi mano se levanta antes de que siquiera sea consciente del impulso.

—Ah, señorita Winters —dice, enarcando las cejas mientras me cede la palabra.

—¿No sería más práctico elegir nuestras propias parejas según habilidades complementarias? —pregunto, con confianza y desesperación nerviosa entrelazadas en cada palabra.

—Punto interesante, Salem —dice el profesor, aunque su tono implica todo lo contrario—. Sin embargo, este trabajo trata tanto de adaptarse a diferentes estilos de trabajo como del contenido en sí.

—Adaptarse es una cosa, señor —contraataco—, pero la eficiencia es otra. Podríamos maximizar la productividad...

—Señorita Winters, siempre tan ansiosa por optimizar —interrumpe Alec con voz suave como el whisky pero igual de potente—. ¿Temes no poder con un poco de imprevisibilidad?

Mi mirada se clava en él y noto cómo me hierve la sangre.

—Me las apaño perfectamente —le devuelvo—. Algunos estamos aquí para destacar, no para vivir del apellido.

—Ay —dice, fingiendo estar herido, sin que esa sonrisa burlona abandone su rostro—. Y yo que pensaba que disfrutabas de un buen desafío.

—Desafíos, sí. ¿Pérdidas de tiempo? No tanto.

—Es suficiente —interviene el profesor. Pero no lo miro a él; tengo los ojos clavados en Alec, que se recuesta en su silla, pura arrogancia despreocupada. El aire entre nosotros chisporrotea, y juro que, si las miradas mataran, uno de nosotros saldría de aquí con los pies por delante.

—Las parejas quedan asignadas —concluye el profesor. Decisión final. Sin lugar a discusión—. Quien esté sentado a su lado, enhorabuena. Ya tienen pareja para el proyecto.

—Fantástico —murmuro entre dientes, consciente de que voy a necesitar todo mi autocontrol para no desatar la Tercera Guerra Mundial en la Universidad de Westcroft con Alec Vanderholt. El destino tiene un sentido del humor muy retorcido.

—Estoy deseando verte hacerte la simpática —susurra Alec, lo bastante bajo para que solo yo lo oiga.

—Hacerse la simpática está sobrevalorado —le susurro, clavando mis ojos encendidos en los suyos, azul hielo—. Los desafíos son solo oportunidades disfrazadas —añado, y mi voz corta la creciente tensión. El resto de la clase es ruido blanco de fondo para la batalla que se libra entre nosotros.

—Hablas como alguien que nunca ha enfrentado uno de verdad —replica Alec, con los ojos brillantes de provocación, lo que me pone los nervios de punta.

—Créeme, Vanderholt, toda mi vida ha sido una carrera de obstáculos. ¿Este proyecto? Es solo un obstáculo más.

—¿Ah, sí? —Se inclina hacia delante, con los brazos cruzados sobre el escritorio, y los músculos se le marcan bajo la camisa impecable. Mierda. Odio que siquiera me fije—. Veamos si puedes seguirme el ritmo.

—¿Seguirte el ritmo? —Mi risa es aguda, amarga.

Me inclino yo también, lo cual es un error, porque de repente estoy tan cerca que capto un rastro de su colonia: un aroma sutil y caro que me nubla el cerebro.

Mierda. ¿Por qué huele tan jodidamente bien?

Que me esté afectando así me enfurece todavía más—. Intenta no frenarme.

—¡Maduren y aprendan a aguantarse, señor Vanderholt y señorita Winters! —La voz del profesor Harlow retumba sobre las nuestras y el aula cae en silencio. Todas las miradas sobre nosotros, pero es la de Alec la que me quema—. Esto no es un ring de boxeo.

—Pues no lo parece —murmuro. Creía haberlo dicho en voz baja, pero una ola de risas recorre el aula.

—Les guste o no, ustedes dos son pareja para este trabajo —dice el profesor Harlow en un tono que no admite discusión—. Les sugiero que aprendan a cooperar o suspenderán.

—Sí, profesor —respondo de inmediato, irguiéndome en el asiento. Haré casi cualquier cosa por mantener mis notas perfectas. Incluso fingir que me cae bien el maldito Alec Vanderholt.

—Eso me parecía —dice el profesor con tono seco, paseando la mirada entre nosotros con una advertencia clara—. Considérenlo parte de la experiencia de aprendizaje.

—No me lo jodas —murmura Alec en voz baja.

Tengo una réplica en la punta de la lengua, pero la mirada del profesor vuelve a posarse sobre mí.

—Su tarea es venderle a la clase algo indeseable —explica, desviando la mirada.

Su ayudante se pone de pie y entrega a los estudiantes de la primera fila una bolsa de papel.

—Sacarán el tema que les toque. Usted y su compañero elaborarán un esquema para su presentación. Debe durar veinte minutos. Y si consiguen convencer al cincuenta y cinco por ciento de la clase de comprarlo, aprueban.

Interesante. Observo con entusiasmo mientras la primera fila saca los papelitos. Las parejas se acercan y susurran, poniéndose ya manos a la obra.

Por fin la bolsa llega hasta nosotros y la acepto. Miro a Alec con una ceja arqueada y se la ofrezco, obligándolo a ser él quien elija lo que vamos a tener que vender.

Me sostiene la mirada mientras mete la mano. Revuelve los papeles como si pudiera intuir cuál es el perfecto. Finalmente, saca la mano.

Un terreno pantanoso de diez acres en Florida infestado de pitones y algún que otro caimán.

—Joder —murmura Alec mientras lo lee.

Paso la bolsa a la siguiente mesa. El ayudante va detrás, apuntando nombres y temas de proyectos.

—Esto va a ser genial —digo con tono plano mientras aprieto el bolígrafo con tanta fuerza que es un milagro que no se parta en dos.

A la noche siguiente, me dirijo a la mesa del patio donde Alec ya está desparramado como si fuera el dueño del lugar, con los materiales del curso formando una fortaleza ordenada frente a él. Arrojo mis notas con más fuerza de la estrictamente necesaria; los papeles revolotean como pájaros heridos.

—Mueve tu imperio, Vanderholt. Necesitamos espacio para trabajar —espeto.

Se mueve y clava en mí esos penetrantes ojos azules, con un destello de diversión en ellos.

—Tus cosas pueden caber en la esquina, Winters. No querría que se perdieran en la vastedad de mi... «imperio».

—Ja, ja —digo con tono monótono. Me dejo caer a su lado, lo bastante cerca como para sentir el calor que irradia su cuerpo. Demasiado cerca. Me aparto unos centímetros.

—Empecemos con esta mierda —digo mientras abro la carpeta—. Necesitamos un plan.

—Ya tengo uno —responde, dando golpecitos con el dedo sobre un cronograma con códigos de colores.

—Genial —murmuro—, un plan sin ninguna aportación de la mitad del equipo. Qué colaborativo.

—Siéntete libre de sugerir cambios, Salem —dice, con esa maldita sonrisa asomando en sus labios—. Si es que puedes mejorar la perfección.

—Desafío aceptado.

Le arrebato el cronograma y lo examino con ojo crítico.

—Bien, estos plazos son demasiado holgados. Tenemos que acelerar las cosas —afirmo mientras miro el calendario.

—Tengo muchas cosas en marcha, Salem. No puedo apresurarme con todo —se defiende Alec, con un tono ligeramente molesto.

—Nos jugamos la nota —insisto—. Es nuestro último año. ¿Qué puede ser más importante?

—Oh, no sé. El resto de nuestras clases. La familia. El trabajo. Proyectos personales —responde con condescendencia.

Lo estudio un momento, tratando de descifrar si de verdad está agobiado.

Es fácil juzgar, pero si lo pienso con calma dos segundos, probablemente sí tiene mucho encima.

O sea, es el heredero de la mayor empresa de diamantes del país.

Además, es el único estudiante de Westcroft capaz de seguirme el ritmo.

Eso no se consigue con un horario relajado.

Aun así, no quiero sentir ninguna simpatía por el cabrón.

—Tenemos que ajustarlo, al menos un poco —insisto con firmeza, buscando un punto medio.

Suspira con cansancio y se revuelve el pelo rubio con frustración, un gesto que, para mi fastidio, le queda bien.

—Podría adelantarlo una semana, pero eso es todo.

—Vaya, ceder. ¿Te duele mucho? —bromeo con una sonrisa sarcástica.

—Absolutamente insoportable —dice con tono monótono, pero hay un destello en sus ojos que delata que le divierte el tira y afloja.

—Entonces, ¿qué sugieres para vender este lodazal de mierda que nos ha tocado? —pregunto, entrando en materia.

Y para mi gran fastidio, presenta exactamente la misma idea que yo tenía.

¿Será que las grandes mentes piensan igual?

Las grandes mentes podrían matarse entre sí.