capítulo dos
—No puedo creer que os haya dejado convencerme de esto —digo mientras aliso mi vestido de verano una última vez frente al espejo.
Isabella y Josh ya me esperan junto a la puerta.
Siento una punzada de envidia al verlos tan emocionados y despreocupados.
Solo pensar en tomarme una noche libre me estresa.
—Vamos, Salem, ¡será divertido! No puedes esconderte en tu habitación toda la noche —dice Isabella, dando saltitos de emoción—. ¡Por fin es viernes, chica!
—No me estoy escondiendo —protesto, aunque hasta yo noto la falta de convicción en mi voz.
Josh pone los ojos en blanco.
—Ya sabes a qué se refiere. Llevas toda la semana encerrada en esa biblioteca. Necesitas desconectar un poco.
Suspiro, sabiendo que tienen razón. Ha sido una semana larga de clases y estudio, y me vendría bien un descanso. Así que, armándome de valor para una noche mucho más social de lo que me apetece, sigo a mis mejores amigos hacia el campus.
Veinte minutos después, empujamos las pulidas puertas de roble del centro estudiantil, y el clamor del evento me engulle por completo.
El aire vibra con anticipación, como un cable eléctrico que chisporrotea de pared a pared.
El ritmo de alguna banda indie retumba bajo mis pies, sacudiéndome hasta los huesos.
Los colores giran mientras los estudiantes bailan, ríen y gritan por encima de la música.
Son un borrón de privilegio, un mar de alegría despreocupada en el que no puedo permitirme ahogarme.
No cuando cada libro de texto, cada crédito, cada maldita marca de lápiz en un examen significa más de lo que ellos podrían imaginar.
Isabella me agarra de la mano y me arrastra al torbellino de cuerpos que pulsan con el ritmo de la música. El olor a sudor y cerveza derramada flota en el aire. Nos adentramos más y más en la multitud, y siento el bajo profundo de la música en cada fibra de mi cuerpo.
Con cada minuto que pasa, me obligo a relajarme. Tengo veintidós años, joder. Se supone que debería estar viviendo la vida, cometiendo errores y creando recuerdos.
Así que dejo que la música me envuelva.
Giro y me balanceo. Bailo con mis amigos. Me río.
Por un rato soy solo Salem, la mujer, no la estudiante agotada de tanto esfuerzo.
La risa me brota desde lo más profundo cuando Isabella intenta un movimiento atrevido que acaba en un enredo de extremidades en la pista de baile. Josh no tarda en unirse, añadiendo sus propios pasos en falso hilarantes a nuestra rutina improvisada.
El mundo se reduce a este instante, en el que aparto mis preocupaciones de siempre, y por una vez, vivo el presente.
Cuando la música cambia, giro, y con el impulso, mi espalda choca de lleno contra algo sólido y enorme.
—Lo siento mucho... —comienzo a disculparme, pero las palabras se me mueren en la boca cuando una melena rubia se gira y me encuentro cara a cara con los fríos ojos azules de Alec Vanderholt.
Su pelo rubio atrapa las luces estroboscópicas mientras arquea una ceja con perfecta y ensayada condescendencia.
—Winters —dice con suavidad, cortante como una cuchilla.
No es amistoso. Nunca lo es con los de su clase.
El niño de oro de la Universidad de Westcroft se queda ahí plantado mientras su séquito se despliega a su alrededor como pavos reales exhibiendo sus plumas: vaqueros de diseñador, relojes que cuestan más que mi matrícula.
Y, por supuesto, a su lado, Victoria Harding se aferra a él como si fuera su único ancla a la realidad.
Todo el mundo sabe que son prácticamente un matrimonio concertado.
—Vanderholt —le respondo con acero en la voz. Lo enfrento sin apartar la mirada, negándome a ser la primera en pestañear. El corazón me martillea, pero he aprendido a mantener la calma... más o menos—. ¿Disfrutando de la fiesta?
—Lo estaría —arrastra las palabras, con una sonrisa arrogante bailándole en los labios—, si los casos de caridad supieran caminar. O vestirse, ya puestos.
Victoria se ríe, y la odio con todo mi ser.
El calor me estalla en el pecho, la ira enroscándose con fuerza. Me encanta este vestido. Puede que sea de una tienda de segunda mano, pero me siento increíblemente bien con él. Así que me niego a dejar que me afecte.
—Bueno, Vanderholt, a diferencia de ti, no he venido por las vistas. He venido a, ya sabes, aprender algo.
—¿Aprender? —se burla, con los ojos brillantes—. ¿El qué? ¿A colarte en un evento que te queda grande?
—Mejor eso que aprender a tirar el dinero de papi.
Mis palabras son una daga apuntando directo a su ego. Los espectadores sueltan un «ohhh» ante mi golpe.
—Cuidado, Winters —advierte, inclinándose para que solo yo pueda oír el veneno en su voz—. No querrás morder la mano que te da de comer. ¿Sabías que mi familia cubre el treinta por ciento de las becas de esta universidad?
—Que te jodan, Vanderholt.
Mis palabras son una hoja afilada y certera.
—Yo trabajo el doble por todo mientras tú te paseas por la vida con tu encanto y tu cuenta bancaria.
—¿Encanto? —finge estar herido—. ¿Crees que tengo encanto?
—Tanto encanto como una serpiente —digo, apretando los puños a los costados—. Y eres igual de peligroso.
—Oh, qué daño.
Se lleva una mano al corazón con gesto burlón.
—Y yo que pensaba que estábamos teniendo un momento. Dime —dice con frialdad mientras da un paso hacia mí, inclinándose hasta susurrarme al oído—: ¿No te cansas de intentar estar a la altura de gente que simplemente nació siendo mejor?
—¿Mejor? —me burlo—. Lo único con lo que naciste es con una cuchara de plata metida en el culo.
Mis ojos se clavan en los suyos, desafiantes.
—Vale, vale, ya basta.
La voz de Josh corta nuestra pelea. Se mete entre nosotros, con los ojos verdes encendidos de fuego protector.
—Esto no ayuda a nadie.
—No te metas, Carter.
Alec no aparta la mirada de mí.
—Los dos, basta.
Isabella me agarra del brazo y me clava los dedos.
—No merece la pena, Salem.
—¿No? —espeto, zafándome de ella—. Tiene que aprender que no puede pisotear a la gente.
—¿Como si tú fueras mejor? —replica Alec—. Siempre tan rápida para juzgar, pero no sabes una mierda de mí.
—¡Chicos! —Josh alza la voz con un deje de desesperación—. ¡Esto es ridículo!
—¿Ridículo? —repito con una risa cortante como cristales rotos—. No, lo ridículo es que él crea que es mejor que...
—¿Llamamos a la policía ya, o esta noche toca encubrir un asesinato? —interviene Charles desde su séquito, y las risas brotan a nuestro alrededor. Está claro que disfrutan del espectáculo. Reprimo las ganas de poner los ojos en blanco. En lugar de eso, clavo la mirada en Alec, sin ceder.
—Te ahorraré la molestia. No vaya a ser que esas manitas tan bonitas se ensucien.
Giro sobre mis talones y lo dejo cociéndose en su traje de diseñador. El pulso se me acelera, pero no puedo evitar que una sonrisa me asome a los labios. Esto no es solo una fiesta. Es un campo de batalla. Y que me aspen si no salgo victoriosa.
—Necesito un minuto —les digo a Isabella y Josh mientras me alejo. Se miran entre ellos, pero ninguno hace ademán de seguirme cuando cruzo las puertas.
Fuera, el aire fresco de la noche me golpea la cara, un contraste brutal con el intercambio acalorado de dentro.
Aspiro hondo, con el pecho todavía tenso por la adrenalina.
El cielo se extiende sobre mí, oscuro e infinito, y por un momento parece un reflejo de lo que me espera: vasto e impredecible.
La gente va y viene a mi alrededor, entrando y saliendo de la fiesta.
Y noto cómo un peso se asienta en el estómago mientras pienso en lo que acaba de pasar ahí dentro.
Tanta gente fue testigo de esa explosión entre Alec y yo.
Todo el campus sabe quién es Alec. No soy la única que procura evitarlo.
Pero prácticamente acabo de escupirle en la cara.
Mierda.
Nunca he sido de las que buscan ser el centro de atención. Pero con esa pelea, es justo lo que acabo de hacer.
¿Para qué?
Apenas conozco a Alec Vanderholt más allá de que siempre me pisa los talones por las mejores notas. Él tampoco me conoce a mí. ¿Cómo… cómo he llegado hasta aquí de repente? ¿Cuándo se echó la gasolina? ¿Cómo se encendió siquiera la cerilla?
—Vaya forma de empezar el año, Salem —murmuro para mis adentros.
Mañana será otro día en Westcroft, y quién sabe lo que traerá. Pero una cosa es segura: Salem Winters no se echa atrás. Ni ante sus objetivos. Ni ante un desafío. Y desde luego, ni ante Alec Vanderholt.