capítulo uno #2
La puerta del aula aparece ante mí, y respiro hondo, inhalando el aroma de madera pulida y libros viejos: un perfume de posibilidades. Los nervios me asaltan, agudos y repentinos, pero también hay emoción, un cosquilleo eléctrico bajo la piel.
—Allá vamos —susurro, más como una promesa que como una simple afirmación.
—Rómpela, Salem —dice Josh, y chocamos los puños.
—Tomad nota, chicos —respondo, con una sonrisa asomándome a los labios.
El aula magna se alza ante mí, grandiosa, imponente, un coliseo donde las mentes chocan y los egos se magullan.
Agarro el pomo de metal frío y tiro. El murmullo de las conversaciones previas me envuelve como una segunda piel, pero me la quito con facilidad.
La sala está llena, así que me apresuro a coger el primer asiento libre que encuentro.
—Ese asiento estaba guardado, pero bueno, tú misma.
Se me hiela la sangre al oír la voz que suena a mi lado.
Me giro lentamente y me encuentro cara a cara con el maldito Alec Vanderholt.
Nuestras miradas se cruzan, fugaz como un disparo.
Sus ojos azules son un océano en el que no debería meterme: profundo, peligroso, capaz de arrastrarte al fondo si no tienes cuidado.
Cada centímetro de él rezuma riqueza y privilegio.
Desde los zapatos relucientes hasta la ropa perfectamente entallada, pasando por esa mandíbula cincelada y el pelo rubio de niño bien.
Su familia es prácticamente dueña de este pueblo, y todo el mundo lo sabe.
Puede que no sea el más escandaloso ni el más cruel de los niños ricos, pero es de sobra conocido que es, con diferencia, el más rico.
—¿Lista para tomar apuntes, o solo has venido a mirar? —pregunta mientras vuelve la vista al frente, justo cuando el profesor entra y se instala en la tarima.
—Las dos cosas —respondo con sarcasmo—. La multitarea es mi especialidad.
—Pensaba que era «Caridad» —replica, con un tic cruel en la comisura de los labios.
—¿Cómo lo has adivinado? —pregunto con fingido asombro, aunque enseguida pongo los ojos en blanco.
La puerta se cierra a nuestra espalda cuando los últimos estudiantes se apresuran a entrar. El profesor, un hombre enjuto con mirada de halcón, abre el libro de texto con un chasquido ensayado. Va al grano, sin gilipolleces, y eso me gusta.
—Buenas tardes —retumba su voz, rebotando en las paredes—. Si consultáis el aula virtual, encontraréis el programa y el baremo de notas. La lista de lecturas también está ahí. Ahora que hemos despachado la burocracia de mierda, entremos en materia.
Se me escapa una sonrisa. Será brusco, pero me gusta su estilo directo.
Saco el portátil del bolso, barato pero funcional. Los dedos me flotan sobre las teclas. Vivo para esto: la chispa del conocimiento nuevo, la emoción del descubrimiento. El corazón me late al ritmo de las páginas que paso y los apuntes que garabateo.
—Hoy diseccionamos las complejidades del comportamiento humano y cómo se traduce en hábitos de compra y gasto —anuncia el profesor, y sus palabras me resuenan dentro. Por eso estoy aquí: para ir más allá de la superficie, para entender qué mueve a la gente.
El repiqueteo de Alec en su portátil, mucho más cara que la mía, me hace fijarme en sus manos. Joder, ¿por qué tiene unas manos tan bonitas? Se le marcan las venas. Gruesas. Y tiene una cicatriz en un nudillo. Y no son manos suaves.
Me yergo en el asiento de golpe. ¿Pero qué coño ha sido eso? ¿Desde cuándo me fijo en las manos de un tío?
Pero no puedo evitar que mis ojos vuelvan a desviarse, fijándose en la vena que se marca bajo su piel y asciende hasta la muñeca.
—Comencemos con el experimento de Milgram —continúa el profesor, y es como un electroshock. Poder. Autoridad. Obediencia ciega. Jodidamente fascinante.
—¿Quién puede decirme la importancia de este estudio? —pregunta, recorriendo el aula con la mirada. El silencio se hace denso hasta que una mano se levanta con despreocupación a mi lado.
—¿Señor Vanderholt?
—Demuestra hasta dónde llega la gente cuando obedece órdenes. Aunque eso implique hacer daño a otros —dice Alec, y su voz suena rotunda. Algo oscuro cruza su rostro, como si hablara desde la experiencia.
—Correcto —asiente el profesor mientras escribe términos clave en la pizarra con trazos rápidos—. Bastante perturbador, ¿verdad?
—Perturbador, sí. Pero no sorprendente —suelto, incapaz de contenerme. Me niego a que Alec empiece el año como el alumno estrella. Todas las cabezas se vuelven hacia mí. Incluida la del profesor.
—Explíquese —me pide el profesor, intrigado.
—A la gente le encanta eludir responsabilidades. Escudarse en las órdenes es solo una excusa para hacer lo que en el fondo desean. —Mis palabras quedan flotando entre nosotros, desafiantes, como un guante lanzado al suelo.
—Perspectiva interesante —reflexiona el profesor—. Mantenga ese espíritu crítico.
Sonrío, aunque intento contenerme, y me esfuerzo por no sonrojarme ante el halago.
—Seguro que te pone llevar la contraria —me susurra Alec, lo justo para que solo yo lo oiga, cuando el profesor se da la vuelta.
—Solo cuando cabrea a imbéciles con privilegios —le respondo en un susurro, sin perder el ritmo.
—Al menos el profesor ya sabe mi nombre —dice Alec, rezumando privilegio—. Se olvidará de ti antes de que acabe la clase.
—Lo dudo —le espeto, decidida a poner a este idiota en su sitio—. Suerte encontrando a alguien en esta clase con mejor expediente que el mío.
—Está claro que nunca has visto mi expediente —replica con una sonrisa de suficiencia—. Puede que sea un heredero, pero entré en Westcroft por méritos propios. Así que bájate del pedestal.
—¿Hay algo que quieran compartir con la clase? —La voz del profesor suena de pronto cortante y directa. Nos mira fijamente a Alec y a mí.
—No, profesor —responde Alec con voz suave—. La señorita Winters solo necesitaba que le explicaran cómo funcionan las cosas aquí en Westcroft.
—Muy amable de su parte, señor Vanderholt. Pero a menos que quiera dar la clase usted para que yo pueda irme antes al club de striptease, cierre el pico —dice, sin el menor atisbo de vergüenza.
Toda la clase se ríe de su descarada confesión sobre sus planes vespertinos. Me dan ganas de chocarle los cinco por poner a Alec en su sitio.
Pero hay un detalle que me impide saborear del todo el momento. ¿Cómo demonios sabe Alec Vanderholt mi nombre?