Con esta máscara
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capítulo uno
El peso de mi mundo está en estos libros, que me pesan en los brazos mientras me abro paso entre el mar de estudiantes. Nuevo semestre, nuevas batallas. Ojalá el último año en la Universidad de Westcroft pasara más rápido, y hoy es solo el primer día.
Veo primero a Josh, con su figura delgada recostada sobre el respaldo de un banco como si fuera suyo. La risa de Isabella resuena, una melodía en el caos. Me abro paso con más fuerza entre la corriente de cuerpos, ansiosa por verlos después de un verano sin mis mejores amigos.
—¡Hola! —mi voz corta el murmullo de conversaciones cuando los alcanzo. Mi pila de libros cae con un golpe sobre el banco entre nosotros.
—Joder, Salem, ¿piensas construir una fortaleza? —Josh sonríe y echa un vistazo a mi carga literaria.
—Más bien conquistar una —respondo mientras observo la hermosa fachada de nuestra escuela—. No me puedo creer que todos hayamos llegado al último año.
Isabella me abraza y huele a verano y optimismo.
—¡Te eché de menos, cariño! ¿Qué tal el verano?
—Yo también te eché de menos —le devuelvo el abrazo; su presencia es un bálsamo para los nervios del primer día que siento en el estómago—. Estuvo bien. Mamá estaba encantada de tenerme en casa un tiempo. Y la boda fue bonita. Danny es un tío majo.
—Si necesitas orientación para lidiar con padrastros, soy tu experto —ofrece Josh con un tono ligeramente molesto—. Pero la verdadera pregunta es: ¿te pasaste el verano estudiando o hiciste algo divertido para variar?
—La diversión es un término relativo —pongo los ojos en blanco—. Estudié, trabajé, planeé la dominación mundial. Lo de siempre.
—Me lo imaginaba —Josh se ríe, pero apenas presta atención. Observa cómo pasa Angel Mahome, prácticamente babeando.
—Déjalo ya, Josh —Isabella pone los ojos en blanco—. Angel antes te daría propina por aparcarle el coche que salir contigo.
—¿Por qué tienes que ser así? —le ladra, molesto.
—Alguien tiene que bajarte de las nubes —dice mientras se levanta, guiñándole un ojo—. Vamos, Salem, tenemos un año que arrasar —Isabella enlaza su brazo con el mío y tira de mí.
—Parece que han terminado la renovación de la biblioteca —observo, estirando el cuello para admirar la fachada cubierta de hiedra. Parece sacada de un folleto, con sus ventanas altas en arco y la promesa de rincones tranquilos llenos de conocimiento.
—Seguro que han añadido otra ala solo para alimentar los egos de los padres de los niños ricos —bromea Josh mientras se apresura a alcanzarnos, con la mirada puesta donde la mía.
Westcroft es famosa. No es grande, no como la mayoría de las universidades.
Ubicada en el interior del estado, está enclavada entre montañas y árboles, y la única razón por la que existe este pueblo es la escuela.
Solo la élite asiste a la Universidad de Westcroft.
Hijos e hijas de presidentes. Herederos de altos ejecutivos.
Hijos de multimillonarios que tuvieron que comprar su entrada a una escuela que impresiona a las masas tras la graduación.
El coste de la matrícula es una locura. Pero es una de las cinco mejores escuelas del país en negocios.
Sueño con venir a Westcroft desde que estaba en primaria y la vi en una película.
Al crecer tan jodidamente pobre, era lo único en lo que podía pensar.
Conseguir una educación que me diera unos ingresos con los que no tuviera que ir sumando la compra en el carrito para asegurarme de que me llegaba el dinero.
El día que recibí la carta de aceptación fue el mejor puto día de mi vida.
El día que llegó mi beca fue el segundo.
Respiro hondo; el aroma del césped recién cortado se mezcla con el calor del verano que empieza a disiparse.
También hay un toque de emoción, eléctrico y vivo.
Este campus es un campo de batalla de cerebros, y estoy armada hasta los dientes.
No solo sobreviviré aquí; voy a triunfar.
Tengo que hacerlo. Porque la alternativa es quedarme atrapada en el mismo ciclo de pobreza que ha sido el legado de mi familia durante generaciones.
—Ahí viene el desfile real —murmura Josh entre dientes.
Levanto la vista y se me encoge el estómago. Vale, esto es la universidad. Vale, todos tenemos ya veintitantos. Pero a veces no es tan diferente del instituto. Sigue habiendo una clase de estudiantes, y luego la otra.
Caminan por el campus como si les perteneciera, porque así es. Las familias de cada uno han donado sumas enormes de dinero. Algunos de los edificios llevan sus nombres. Y cada uno de ellos va vestido con ropa que cuesta más que todo mi armario junto.
Joder, odio que además sean tan guapos. El dinero puede comprarte casi cualquier cosa, por lo visto, incluso el buen aspecto.
—Contemplad el hábitat natural del niño de papá.
La risa de Isabella es un suave tintineo a mi lado.
—No dejes que te afecten, Salem.
—Demasiado tarde para eso —digo, entrecerrando los ojos mientras el grupo de perfección pulida pasa pavoneándose.
Son un borrón de etiquetas de diseñador y sonrisas engreídas, orbitando su propio sol de egocentrismo.
La mayoría de ellos ni siquiera tuvo que ganarse su plaza en esta increíble escuela.
Sus padres solo tuvieron que firmar un cheque, y ¡felicidades! ¡Estás admitido!
—Míralos —susurro, más para mí misma que para Josh o Izzy—. Pavoneándose como si fueran los dueños del lugar.
—Porque básicamente lo son —dice Josh con voz baja y afilada como una navaja. Se yergue un poco más, con los hombros cuadrados frente a las líneas invisibles que nos separan de ellos.
—Déjalos que se pavoneen —dice Isabella, apretándome la mano—. Al menos nosotros estamos aquí por nuestros propios méritos.
—Y tanto —aprieto la mandíbula mientras la determinación me fortalece la columna.
Una risita corta el murmullo, aguda y cruel.
—Pero mira quién está aquí, la brigada de los becados —la voz destila privilegio como una colonia de diseñador que apesta a desdén.
Aprieto los libros con más fuerza y se me ponen los nudillos blancos.
Ahí está él, con su mueca de siempre, rodeado de sus clones: un rey entre bufones.
Chaz Markersfield. Ninguno de ellos es agradable, pero él es el peor idiota de todos.
Es cruel y ruidoso, y todo lo que odio. Y está flanqueado por los que son iguales que él: Charles Whitmore.
Alec Vanderholt. Ava Bradley. Angel Mahome.
El corazón me late como un tambor de guerra contra las costillas.
Cruzo la mirada con Chaz, lista para destrozar su arrogancia.
—¿Perdona? —respondo con voz firme, aunque me hierve la sangre—. ¿Te importaría repetirlo más alto?
Josh aparece a mi lado en un instante, su presencia como un muro sólido. Sus ojos verdes echan chispas. —¿Por qué no te largas a tu club de campo, eh? ¿O es que la teta de mami se está secando y no te queda más remedio que dejarte ver por la escuela?
La cara del niño rico se tiñe de rojo, su séquito ríe con incomodidad. La victoria me arde en el pecho. Las palabras de Josh son como una bofetada a sus caras de suficiencia.
—Que te jodan, muerto de hambre —se burla el mocoso mimado, y se larga con el resto de su séquito detrás.
—Imbéciles —murmuro mientras niego con la cabeza.
—Déjalos hablar —dice Josh, y me aprieta brevemente el hombro.
Isabella suelta una risita, con los ojos brillándole de picardía. —Os juro que esos tipos se pavonean como si tuvieran un palo de oro metido en el culo.
No puedo evitarlo: me río, y la risa disipa mi irritación. Hay algo en la franqueza de Izzy que hace imposible seguir enfadada cuando está cerca.
—Forrados de pasta, y aun así no tienen ni idea —bromeo, negando con la cabeza.
—Ni clase —añade Josh, y nos reímos por lo bajo.
—Vamos, perdedores —sonríe Isabella mientras me engancha del brazo y luego a Josh—. Tenemos que afilar el ingenio y arrasar en clase.
Los pasillos son un mar de cuerpos, todos corriendo en distintas direcciones como corrientes de colores en un río.
Somos salmones nadando a contracorriente: estudiantes becados luchando contra el flujo.
El corazón me late desbocado, pero estoy aquí, estamos aquí, y que me aspen si no llegamos a la meta.
—¿Te acuerdas de cuando este sitio parecía otro planeta? —murmura Josh mientras nos abrimos paso entre la multitud.
—Ahora es como estar en casa —digo, más para mí misma que para ellos.
Es una locura pensar en lo descolocada que me sentí cuando llegué a esta escuela.
Toda mi vida había ido a colegios públicos de barrios pobres.
Mis mentores eran profesores quemados que habían visto y aguantado demasiada mierda, todo ello cobrando una miseria.
Solo había triunfado en los estudios porque me importaban muchísimo.
Así que, al entrar en Westcroft, una universidad de élite, me sentí abrumada, por decirlo suavemente.
Pero de alguna manera, en medio del mar de privilegios, logré encontrar mi sitio.
Luché con uñas y dientes para demostrar mi valía, y joder, gané.
Llevo dos años en lo más alto de mi promoción.
Serían tres, pero el maldito Alec Vanderholt está siempre, siempre pisándome los talones.
Pero me apasionan mis clases, tengo ganas de aprender y crecer.
La idea de sacarme el título en marketing digital me llena de determinación y propósito.
Recuerdo el primer día, plantada en la entrada, con el aroma abrumador de riqueza y privilegio flotando en el aire.
Me sentí como pez fuera del agua, boqueando en aquel ambiente tan ajeno.
El corazón me latía con fuerza, las manos me temblaban mientras agarraba los libros, medio temerosa de que me los arrebataran para usarlos como leña en una hoguera de los desposeídos.
Pero Josh e Isabella, mis compañeros becados, estaban allí para mantenerme con los pies en la tierra, para recordarme que estábamos aquí por méritos propios.