CAPÍTULO 25
Kirill
El día después de mi cumpleaños.
El salón del club en la planta baja está impregnado del olor a licor fuerte y ese tufo característico a sudor de hombres.
Todos los presentes son de la Bratva, mi círculo íntimo. Celebramos un trato que acabamos de cerrar y las risas llenan la sala.
Pero no puedo unirme.
Estoy sentado a la cabecera de la mesa, recorriendo distraídamente con los dedos la superficie fría de mi vaso. Tengo la mirada perdida en la distancia, pero solo puedo pensar en Bianca.
Anoche celebró mi cumpleaños conmigo, y cuando llegó la hora de acostarnos, le di la espalda a propósito.
Entonces, de repente, el ruido del salón se corta como con un cuchillo. El silencio cae al instante.
Docenas de cabezas giran hacia la escalera al mismo tiempo.
Sigo su mirada.
Joder.
Se me corta la respiración por un segundo.
Bianca está de pie en lo alto de la escalera que baja desde el apartamento del segundo piso.
Un vestido verde oscuro brilla bajo la tenue iluminación; su resplandor frío atrae todas las miradas de la sala.
Finos tirantes enmarcan sus hombros y la tela abraza cada curva que me vuelve completamente loco. El escote se hunde profundamente y deja al descubierto una generosa extensión de piel cremosa y la curva de sus pechos.
El largo cabello le cae sobre los hombros. Su maquillaje es impecable y, bajo las luces, sus ojos albergan algo que nunca había visto en ellos.
Desafío.
—Buenas noches a todos.
Su voz no es fuerte, pero llega sin esfuerzo a todos los rincones de la sala.
Bianca desciende la escalera con sus tacones, con pasos medidos. Camina directamente hacia la mesa principal, ignorando a todos los demás, con los ojos fijos en mí.
Le sostengo la mirada con frialdad, intentando hacerla retroceder solo con mis ojos.
Vuelve, Bianca.
Ve a tu habitación.
No me hagas perder los estribos delante de todos.
Pero no lo hace.
Camina directamente hacia mí.
Paul retira la silla junto a la mía para ella, pero Bianca ni siquiera la mira.
Entonces, delante de todos, hace algo que casi me para el corazón.
Se sienta directamente en mi regazo.
—Oh...
La sala estalla al instante en silbidos y vítores.
Todo mi cuerpo se tensa como la cuerda de un arco. Su suave trasero se apoya con firmeza contra mis muslos, y su aroma familiar —dulce y cálido, con un leve toque a leche— me llena los pulmones.
—¿Qué estás haciendo? —digo entre dientes, en voz tan baja que solo ella puede oírme—. Levántate.
—No.
Se gira y me dedica una dulce sonrisa.
—Quiero quedarme contigo, esposo.
Se está vengando de mí.
Vengándose por lo frío que fui anoche.
Me obligo a apartar la mirada y me bebo un trago de vodka para sofocar el fuego que arde en mi interior.
Luego me vuelvo hacia mis hombres y retomo la conversación como si no tuviera en el regazo a una mujer tan hermosa que podría volverme completamente loco.
Bebo con mis hombres mientras soporto la exquisita tortura que tengo en los brazos.
Bianca no me lo está poniendo fácil.
Se mueve ligeramente en mi regazo para ajustar su posición. Cada roce de su cuerpo es como gasolina salpicada sobre yesca seca.
Justo cuando creo que he llegado al límite de mi autocontrol, su mano se mueve.
Oculta bajo el mantel, se desliza lenta y deliberadamente por el exterior de mi muslo antes de desviarse hacia dentro.
Se me corta la respiración al instante.
Ese es un lugar muy peligroso.
Sus dedos trazan círculos perezosos sobre la tela de mis pantalones de traje, suben cada vez más, se acercan cada vez más al lugar que ya está duro y palpitante.
Mi mente se queda completamente en blanco.
Hasta el último vestigio de razón se desintegra en un instante.
Extiendo la mano bajo la mesa y le agarro la muñeca para detenerla antes de que pueda ir más lejos.
—No me provoques, Bianca —advierto con la voz áspera, como si hubiera estado tragando arena.
No tiene miedo.
Si acaso, se acerca aún más.
Se inclina hacia mí y acerca los labios a mi oído, casi rozándolo. Su cálido aliento me roza la piel y me provoca un escalofrío.
—Quiero que me folles, Kirill.
Lo dice tan bajo que solo yo puedo oírla. Las palabras son desvergonzadas. Su voz destila provocación, deseo y el tipo de tentación que me haría seguirla directamente al infierno.
—Aquí mismo. Delante de ellos. Quiero que me arranques este vestido y me folles duro.
Bum.
El último hilo de razón que mantenía unido mi cerebro se rompe.
Al diablo con la reunión. Al diablo con el cargamento. Al diablo con la Bratva.
Me pongo de pie de golpe.
La silla chirría contra el suelo antes de caer hacia atrás.
—Izvinite, otluchis' na minutu.
Suelto las cortantes palabras en ruso sin mirar la reacción de nadie.
Al segundo siguiente, me inclino y alzo a Bianca en brazos.
—¡Ah! —grita ella.
—¡Guau! ¡Ese es nuestro jefe!
—¡Ve a por ella, Kirill! ¡Muéstrale quién manda!
Los vítores estallan a mi espalda, uno tras otro, pero ni me digno a reconocerlos. Cruzo el salón a zancadas, cada paso cargado de una rabia y un deseo que apenas logro contener. Joder, prácticamente voy corriendo.
Esta maldita mujer.
¿Quiere locura?
Pues locura tendrá.
La llevo escaleras arriba, por el pasillo, y abro la puerta del dormitorio de una patada.
La pesada puerta de madera golpea la pared con un estruendo antes de rebotar. La cierro de otra patada.
Cruzo la habitación y la deposito sobre la cama.
Tiene el cabello revuelto. El pecho le sube y baja con respiraciones entrecortadas. Me mira con los ojos nublados.
Esa mirada lo dice todo.
Ven a por mí.
Quiero destrozarla.
Quiero hacerla llorar. Quiero hacerla suplicar. Quiero que entienda exactamente lo que pasa cuando provoca a un lobo hambriento.
Ni siquiera me molesto en quitarme la chaqueta antes de subirme encima de ella.
El colchón se hunde bruscamente bajo mi peso.
Me arrodillo entre sus piernas y la atrapo debajo de mí.
No tengo paciencia para cremalleras ocultas ni cierres delicados. Simplemente le subo el vestido.
—Eres preciosa, Bianca —murmuro.
Mi mano envuelve su suave pecho.
Mis dedos se cierran.
—Sss... —aspira bruscamente y arquea la espalda. Pero en lugar de apartarme, aprieta el pecho contra mi mano, entregándose a mi caricia.
Así es.
La suelto y deslizo la mano por la curva de su cintura hasta alcanzar el tobillo.
—Ábrelas.
Es una orden.
Sin darle tiempo a reaccionar, le abro las piernas todo lo que dan de sí.
Una posición humillante que la deja completamente expuesta.
Todo queda al descubierto ante mí.
Intenta cerrar las rodillas, un reflejo instintivo de vergüenza. Me cuelo inmediatamente entre sus muslos, usando mi cuerpo para vencer su resistencia. Los músculos de mis piernas se tensan al mantenerle los muslos separados, sin dejarla moverse.
—Mírame.
Con una mano, me desabrocho el cinturón y bajo la cremallera.
Me libero.
Mi polla, ya dura e hinchada de necesidad, salta libre, palpitante de deseo.
Deslizo un dedo entre sus piernas.
Está empapada.
Su humedad me cubre la yema del dedo.
—Parece que de verdad lo quieres —digo con una sonrisa burlona mientras le acerco el dedo a los labios—. Prueba cuánto me deseas.
Separa los labios y se mete mi dedo en la boca, con los ojos nublados y obscenos.
No me molesto con los preliminares. No hace falta. Ya está lista, y la paciencia que pudiera tener se esfumó hace rato.
Guío mi polla hinchada hasta su entrada húmeda.
Entonces, en lugar de embestir como suelo hacer, elijo el método más tortuoso posible.
Empujo lentamente, centímetro a centímetro.
No es solo un castigo para ella; también es tortura para mí.
Esa sensación apretada y cálida me envuelve poco a poco, me atrae más adentro, me traga entero, como si innumerables bocas diminutas me succionaran. El sudor me perla la frente. Las venas de los brazos se me marcan. Casi pierdo el control, casi me rindo al impulso de embestirla sin freno.
Pero me obligo a detenerme.
Solo para poder mirarla.
Ver cómo frunce el ceño ante la intrusión de algo tan grande. Ver cómo se le separan los labios mientras su cuerpo se estira para recibirme. Ver las lágrimas que se acumulan en las comisuras de sus ojos.
—Kirill... por favor... —suplica con voz temblorosa—. Muévete...
—¿Qué prisa hay? —gruño, saboreando el control que tengo sobre ella—. ¿No es esto exactamente lo que querías?
Sigo empujando hasta enterrarme del todo.
Completamente dentro de ella.
No queda ni una pizca de espacio entre nosotros.
Deja escapar un suspiro satisfecho, me envuelve la cintura con las piernas y empieza a retorcerse debajo de mí, buscando alivio, intentando frotarse contra ese punto sensible.
—Deja de moverte.
Le doy una fuerte nalgada.
—Ahora empieza el juego.
Empiezo a moverme.
Cada embestida trae consigo el impulso de destrozarla. Quiero romperla. Quiero que recuerde este momento para siempre, que recuerde exactamente cómo la hice mía.
Pero recuerdo al niño en su vientre.
No me queda más remedio que ir más despacio.
Eso no me vuelve delicado. Si acaso, paso a algo más profundo, más lento y más deliberado.
Cada vez, me hundo hasta el fondo.
Cada vez, rozo su punto más sensible con precisión despiadada.
Este ritmo lento e implacable basta para volver loco a cualquiera.
—Ah... Kirill... demasiado profundo... ¡ah!
Sus gemidos entrecortados resuenan por la habitación.
Hace demasiado ruido. El aislamiento acústico de esta casa es excelente, pero con los ruidos que hace, los hombres de abajo seguramente la oyen igual.
—Más fuerte —gruño mientras bajo la cabeza para morderle el lóbulo—. Que todos sepan quién te está follando.
Salgo de ella y la volteo boca abajo.
—Ponte a cuatro patas.
Obedece. Se arrodilla en la cama y me ofrece ese trasero firme y respingón.
Desde atrás, puedo ver cada delicada protuberancia de sus vértebras, el surco profundo que recorre su espalda. Una vista perfecta.
Le agarro la estrecha cintura y siento el calor de su piel bajo mis manos.
Y vuelvo a entrar en ella.
Esta vez es más fácil.
Más profundo.
—Oh, Dios...
Hunde el rostro en la almohada. Su voz suena amortiguada, pero cargada de placer.
Sus uñas arañan las sábanas con un sonido rasgado. El sudor gotea de mi cuerpo sobre su espalda y se desliza por la curva de su columna.
Esto es primitivo.
Salvaje.
Cualquier rastro de técnica ha desaparecido. Solo queda el instinto.
Cuando el orgasmo me sacude, no aminoro el ritmo.
En ese momento, me olvido del bebé.
Me olvido del control.
En lugar de eso, la embisto aún más fuerte.
—¡Bianca!
Le clavo las manos en las caderas, sujetándola para que no pueda escapar.
Le gruño al oído mientras me vacío dentro de ella hasta la última gota.
La habitación se llena únicamente del sonido de nuestras respiraciones entrecortadas.
Salgo de ella y me tumbo boca arriba a su lado.
Bianca está completamente laxa, desparramada sobre la cama como un charco de agua, demasiado exhausta para mover siquiera un dedo.
Se queda dormida con el rubor aún en las mejillas. Parece tan frágil. Tan hermosa.
Me levanto y voy hasta un armario cercano, de donde saco una daga.
Luego vuelvo a la cama y me siento en el borde, con la mirada fija en el interior de mi antebrazo izquierdo.
Ya está cubierto de cicatrices.
No dudo.
La punta de la hoja muerde mi piel.
Trazo a trazo, grabo su nombre en el interior de mi brazo.
Bianca.
Lo miro fijamente.
Veo cómo sangra.
Veo cómo se convierte en parte de mí.
Lo único que siento es satisfacción.
Una satisfacción retorcida, enfermiza, depravada.
Justo entonces, el teléfono de la mesita de noche vibra.
El silencio inquietante se quiebra.
Frunzo el ceño y lo cojo.
Un correo electrónico encriptado.
De Moscú.
Mi expresión se vuelve fría al instante.
Pakhan.
Mi padre.
Ese viejo bastardo loco.
Lo abro.
Solo hay unas pocas líneas.
Nueva información sobre la competencia por la herencia.
Y las reglas para la siguiente ronda.
—Si pierdes, o si te niegas a participar en la siguiente ronda del juego, Kirill, el castigo ya no estará dirigido a ti.
—Enviaré a esa mujercita italiana tuya, y al bastardo que lleva en el vientre, a un campo de trabajo. Ya sabes lo desesperados que están los hombres allí.