CAPÍTULO 5
Kirill
—Yob tvoyu mat.
La luz de la mañana es de una claridad obscena.
Me incorporo del sofá con la espalda agarrotada.
Una noche entera en este trasto, y tengo el cuello como si alguien me lo hubiera arrancado y atornillado de nuevo del revés.
Podría haberle hecho cualquier cosa anoche. Y no lo hice. ¿He perdido la puta cabeza?
Esa irritabilidad matutina tan familiar me hierve en la sangre. Y montada sobre ella viene otra cosa, primitiva e imposible de apagar.
Una erección matutina.
Se marca contra la tela de mis bóxers mal ajustados como un arma cargada.
Me quito la manta de lana que alguien me echó encima y no me molesto en tapar nada. Desnudo de cintura para arriba, y debajo, nada más que unos bóxers negros holgados que no hacen absolutamente nada por disimular lo que se tensa contra ellos.
En cuanto me pongo de pie, mis instintos captan un par de ojos.
Giro la cabeza.
Bianca está despierta.
Está encaramada en esa enorme cama nupcial, con la espalda tiesa como un palo, tensa como un animalillo listo para saltar o huir en cualquier momento.
Ya no lleva el vestido de novia —gracias a Dios; anoche casi esperaba que durmiera con esa cosa puesta.
Ahora lleva un camisón blanco, el pelo suelto sobre los hombros, algunos mechones rubios pegados a la mejilla, y eso la hace parecer casi frágil.
Y tiene la mirada clavada justo entre mis piernas.
—Buenos días, esposa.
Al oír mi voz se sobresalta como si la hubieran despertado de golpe, y aparta el rostro, turbada.
El rubor le sube por las mejillas.
Un picor perverso se enciende en mí, instantáneo.
Me levanto y cruzo hacia la cama, descalzo, paso a paso, despacio.
Lo alargo a propósito. Me gusta el proceso: ver temblar a mi presa. Es uno de los pocos placeres que me quedan.
Me detengo al borde de la cama, tan cerca que no tiene más remedio que mirar de frente lo que no estoy ocultando.
Bianca intenta levantarse y escabullirse, pero le pongo una mano en el hombro y la obligo a sentarse de nuevo.
—¡Suéltame! —me fulmina con la mirada, la furia chispeando en sus ojos.
Me inclino.
Nuestros rostros quedan a centímetros.
—¿Quieres tocarlo, zhena? —mi voz destila burla.
Incluso le cojo la mano y empiezo a bajarla.
Justo cuando estoy a punto de guiar su palma contra esa fina capa de tela, ella habla.
—Si te lo arrancara de cuajo por accidente, ¿llorarías, Kirill?
Su voz es ligera, suave, como si me estuviera dando los buenos días.
Me quedo helado.
La miro fijamente.
Ella me sostiene la mirada. Ni un destello de lujuria en esos ojos.
Entonces la punta rosada de su lengua asoma.
Lenta y húmeda, se la pasa por los labios secos.
Eso no es solo seducción.
Eso es desprecio.
El aire se congela.
Y esa erección —la que empezó como un simple reflejo matutino— se transforma en algo completamente distinto en ese mismo instante.
Ya no es una mera reacción física.
Se agudiza hasta convertirse en un hambre violenta, una necesidad de destrozarla, de tragarla entera, de poseer hasta el último centímetro de ella.
El calor me sube disparado por la columna hasta lo alto del cráneo, tensando cada músculo.
Joder.
¿Tiene esta mujer idea de lo que está haciendo?
La pequeña novia llorosa y temblorosa de anoche —la del pacto matrimonial, la que intentó resistirse— bien podría ser otra persona. ¿Es esta que tengo delante la verdadera?
Un pensamiento detona en mi cabeza, absurdo y sin embargo perfectamente, terriblemente lógico.
Los rumores. La Viuda Negra.
Todos los informes calificaron esas muertes de accidentes. O de algún tipo de maldición que pesaba sobre el linaje Messina.
Quizás nunca fue solo mala suerte.
Esos tres prometidos que murieron antes de tiempo... quizás no cayeron en sus tumbas por accidente. Quizás los mandó directos al infierno la mano de esta mujer que parece tan delicada, tan inofensiva, como una muñeca de porcelana.
Quizás ella nunca fue la víctima.
Quizás es la cazadora, que actúa desde las sombras.
—Parece que tenemos muchos secretos que desenterrar, zhena —digo en voz baja.
—Entonces excava con cuidado, Kirill.
Su respuesta es suave, sin un temblor, nada más que esa calma escalofriante.
—No querrás enterrarte tú en el proceso.
Las palabras me golpean como una descarga eléctrica en el pecho.
—Bianca Messina.
Saboreo el nombre en mi boca.
Tenemos muchos días por delante.
Nos tomaremos nuestro tiempo.