Comprada por Santa (Obsesiones estacionales nº 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

La Reproductora

El sol temprano, débil y pálido contra el cielo gris de diciembre, apenas logra atravesar las nubes espesas cuando salimos de casa de Caspian.

El aire frío me muerde la piel, pero apenas lo noto.

La mano de Nick aprieta la mía con fuerza; su calor contrasta con el entumecimiento que se ha asentado en lo más hondo de mí.

Me siento desconectada, como si flotara fuera de mi cuerpo, observando cómo todo sucede como si le ocurriera a otra persona.

Nick murmura algo a sus hombres y ellos asienten, entendiendo las órdenes tácitas.

Se quedan atrás para encargarse de las consecuencias: la sangre, los cuerpos, las pruebas de lo que hemos hecho.

Pero Nick no se demora. Ya me guía hacia el coche con el brazo sobre mis hombros, protegiéndome, atrayéndome hacia él.

Noto la tensión en su cuerpo, la ira que bulle bajo la superficie.

Pero lo único que puedo hacer es seguirlo; mis piernas se mueven en piloto automático, mi mente está demasiado abrumada para procesar nada.

Soy una piedra, impasible por fuera, pero por dentro me ahogo.

El shock, el dolor, la culpa: todo choca en una tormenta caótica, cada emoción me araña, amenaza con destrozarme.

Willow se ha ido, y es culpa mía. Las palabras de Caspian resuenan en mi mente, burlándose de mí, recordándome que mi hermana murió por mi culpa.

Esa certeza es como un cuchillo clavado en el corazón, que se retuerce más hondo con cada respiración.

Nick no dice nada mientras volvemos al ático.

El silencio entre nosotros es pesado, sofocante, pero se lo agradezco.

No puedo hablar, ni siquiera pensar con claridad.

La ciudad pasa como un borrón, las luces de Nueva York apagadas por la niebla de mi mente.

Todo parece distante, irreal, como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no logro despertar.

Cuando por fin llegamos al ático, Nick me guía adentro con movimientos suaves pero firmes.

Lo sigo escaleras arriba, apenas consciente de lo que me rodea.

Las paredes parecen cerrarse sobre mí; el espacio familiar se vuelve de pronto extraño y sofocante.

Tiemblo, pero no puedo parar. Las manos me tiemblan sin control y siento que voy a hacerme añicos.

Nick no dice nada mientras abre el grifo de la bañera; el sonido del agua al caer resulta casi reconfortante en el silencio opresivo. Me desviste con una ternura que me parte el corazón, sus dedos rozan mi piel mientras me quita la ropa manchada de sangre.

Siento como si observara todo desde la distancia, desconectada de mi propio cuerpo. Cuando termina, me levanta y me mete en la bañera; el agua tibia me envuelve como un capullo. Me hundo en ella, el calor se filtra hasta mis huesos, pero no logra derretir el frío que llevo dentro.

Se mete detrás de mí, me atrae contra su pecho y me envuelve con los brazos.

Me recuesto en él, con la cabeza apoyada en su hombro, los ojos fijos en el agua mientras se vuelve rosa, luego roja: la sangre de los hombres de Caspian y del corte de Nick se desprende de mi piel.

Esa imagen debería horrorizarme, pero no siento nada.

Estoy demasiado entumecida, demasiado rota.

Pero entonces, lentamente, las lágrimas empiezan a caer.

Al principio es solo un goteo, unas pocas gotas que se deslizan por mis mejillas.

Pero luego la presa se rompe y rompo a sollozar sin control, el cuerpo me tiembla con la fuerza del llanto.

El dolor, la culpa, el sufrimiento: todo sale de mí, en carne viva, sin filtros.

Nick me abraza más fuerte, me acaricia el pelo, me besa la frente en silencioso consuelo.

—Lo siento —susurro con la voz ahogada por las lágrimas—. Lo siento mucho, Nick...

Él no dice nada, solo me sostiene mientras lloro; su presencia me ancla, evita que me hunda del todo en la oscuridad.

El agua se vuelve más oscura; el carmesí se extiende por la bañera como una mancha imposible de borrar.

Pero Nick no se estremece, no se aparta.

Se queda conmigo; su fuerza es mi salvavidas en este mar de desesperación.

Cuando mis sollozos por fin remiten y estoy demasiado exhausta para seguir llorando, vacía la bañera y la vuelve a llenar con agua limpia.

Lava la sangre, la suciedad, los restos de los horrores de la noche, mientras susurra palabras reconfortantes que apenas logro oír.

Me siento hueca, vaciada, pero el entumecimiento ha cedido, sustituido por un agotamiento profundo, que me pesa en los huesos.

Nick me ayuda a salir de la bañera y me seca con una toalla; sus manos se mueven suaves sobre mi piel.

Me lleva a nuestra cama, donde las sábanas suaves me acogen cuando me desplomo sobre ellas.

Me acurruco y tiro de la sábana para taparme, buscando algo de calor, de consuelo.

Nick se desliza a mi lado, su cuerpo pegado al mío, el brazo sobre mi cintura.

Cierro los ojos; el peso del día por fin me arrastra hacia las profundidades.

El sueño me vence, pero ni siquiera en mis sueños logro escapar del recuerdo de los ojos fríos de Caspian, ni de la certeza de que Willow murió por mi culpa.

La oscuridad me rodea, pero la presencia de Nick es una luz tenue que mantiene a raya lo peor.

Pero ¿por cuánto tiempo?