Capítulo 32
El Papá Noel
El descenso en ascensor hasta el garaje está cargado de tensión, un silencio tan denso que casi asfixia.
Agarro el volante con fuerza, los nudillos blancos contra el cuero, mientras con la otra mano sostengo la de Carolina.
Sus dedos tiemblan ligeramente, pero no me suelta.
Marco, Sergei, Lee y Dominic mantienen el rostro impasible, la mirada al frente, la mente puesta en lo que nos espera.
Esto no es solo una misión. Es personal.
Mientras conducimos por las calles oscuras, la ciudad se difumina a nuestro paso; el único sonido es el zumbido grave del motor. Siento la furia bullendo en mi interior, una calma mortal antes de la tormenta. Papá va a pagar por su traición.
Cuando por fin llegamos a la finca, el aire parece más pesado, cargado con la promesa de violencia.
En cuanto el coche se detiene, salimos con las armas desenfundadas.
Carolina está justo a mi lado, los ojos muy abiertos por el miedo, pero resuelta.
No es una luchadora, no como el resto de nosotros, pero sostiene el arma con un agarre que delata su determinación. Está asustada, pero está aquí. Conmigo.
Derribamos la puerta principal de una patada y el infierno estalla a nuestro alrededor.
Estallan los disparos, el chasquido agudo de las balas que rasgan el aire.
Los hombres se abalanzan sobre nosotros desde cada rincón, los soldados de papá, desesperados por proteger a su jefe.
Pero no son rival para nosotros. Nos movemos como una máquina bien engrasada, cada acción precisa, cada disparo letal.
Marco es una fuerza de la naturaleza; su cuchillo destella mientras derriba a dos hombres con brutal eficiencia.
Sergei y Lee cubren nuestros flancos, una combinación mortal de puños y balas que deja un rastro de cuerpos a su paso.
Dominic va justo detrás de ellos, sus disparos precisos, cada apretón del gatillo es una sentencia de muerte.
Estoy en el centro de todo; el caos alimenta mi rabia, me empuja hacia adelante.
Un hombre se abalanza sobre mí, pero soy más rápido.
Bloqueo su ataque, le clavo el codo en la garganta y lo estrello contra la pared.
Se desploma, y ya estoy avanzando, concentrado en la siguiente amenaza.
Carolina se mantiene cerca, con la respiración entrecortada, los ojos yendo de un lado a otro mientras intenta seguir el ritmo.
A pesar del miedo en sus ojos, no aparta la mirada. Sus ojos azules recorren la habitación, captan cada movimiento mientras sostiene el arma en la mano, los nudillos pálidos, pero está lista para hacer lo que sea necesario.
Hago todo lo posible por protegerla, por asegurarme de que no necesite usarla. Me niego a dejar que mi mundo manche su hermosa alma más de lo que ya lo ha hecho.
Nos abrimos paso luchando por la mansión, cada habitación es un campo de batalla. El sonido de los disparos y los gritos reverbera por los pasillos, el hedor de la sangre y el sudor llena el aire. Es una zona de guerra, pero prosperamos en este caos. Nacimos para esto.
Un hombre carga contra Carolina, su cuchillo brilla bajo las luces tenues.
Ella se queda paralizada, los ojos muy abiertos, y mi corazón da un vuelco.
Pero antes de que pueda alcanzarla, estoy allí.
Lo agarro y lo hago girar. El cabrón es rápido, y antes de que pueda inmovilizarle el brazo, siento el cuchillo deslizarse por la parte superior del brazo.
Rujo de ira más que de dolor, le agarro el brazo y se lo retuerzo hasta que oigo el crujido satisfactorio del hueso; luego lo estrello contra el suelo. No se levanta.
Carolina envuelve sus delicados dedos alrededor del corte.
—Nick… ¡Dios mío! ¿Estás bien?
Ya sé que es superficial.
—Estoy bien —le prometo. Al mirarla, asiente—. Solo un rasguño.
Seguimos avanzando, la oposición disminuye mientras atravesamos a los hombres de papá. Finalmente, llegamos a la puerta del sótano, reforzada pero no lo suficiente para detenernos. La abro de una patada, la madera se astilla bajo la fuerza, y descendemos a la oscuridad.
El sótano es más frío, el aire húmedo y viciado. Las sombras se aferran a las paredes, pero la figura al fondo es inconfundible. Papá. Está de pie de espaldas a nosotros, las manos entrelazadas detrás, como si hubiera estado esperando, como si hubiera anticipado esta confrontación.
La habitación está en silencio, el caos de arriba se desvanece en un zumbido distante. Siento la tensión que emana de mis hombres, sus ojos fijos en él, a la espera de mi señal.
—Papá —digo, y mi voz resuena en el espacio en penumbra.
Se gira lentamente, una sonrisa cruel en los labios, como si todo esto fuera un juego retorcido.
—Nicklas —responde con tono casi burlón—. Sabía que vendrías, hijo.
Verlo, al hombre que ha causado tanto dolor, enciende un fuego en mí, más ardiente que antes. Esto es todo. La confrontación final. Carolina se acerca, su mano roza la mía, un recordatorio silencioso de que estamos juntos en esto.
Papá la mira y su sonrisa se ensancha.
—Ah, la encantadora Carolina. Veo que también la has arrastrado a esto. Qué predecible.
La Reproductora
Los ojos de Caspian se posan en mí, y cómo sus labios se curvan en una mueca de desprecio hace que se me erice la piel.
Su voz destila desdén al decir mi nombre, como si incluso reconocerme estuviera por debajo de él.
No puedo evitarlo: siseo con disgusto, el sonido escapa antes de que pueda detenerlo.
Mi odio por este hombre, por todo lo que ha hecho, arde con fuerza dentro de mí, casi me ahoga con su intensidad.
—¿Por qué? —exijo con voz cortante que atraviesa el aire denso del sótano—. ¿Por qué mandaste matar a Willow?
Aunque el tipo del ático juró que la muerte de mi hermana fue un accidente, necesito oírlo de boca de Caspian.
Inclina la cabeza ligeramente, como si estuviera pensando en la mejor forma de retorcer el cuchillo.
—¿Willow? —repite con sorna—. Oh, eso fue un desafortunado error. El golpe no iba dirigido a tu querida hermana, Carolina. Iba dirigido a ti.
Las palabras me golpean como un puñetazo en el pecho y me dejan sin aliento. Me tambaleo hacia atrás, la mano agarra instintivamente el corazón como si pudiera mantenerlo físicamente unido. Mi mente da vueltas, lucha por procesar lo que está diciendo.
Will… murió por mi culpa. Porque alguien pensó que era yo. La habitación da vueltas y siento que caigo, que me hundo en un pozo de desesperación.
Caspian me observa, y veo un destello de algo oscuro y cruel en sus ojos: una satisfacción retorcida ante mi dolor.
—Llevabas ese ridículo gorro que te ocultaba el cabello —continúa con tono frío y desprovisto de cualquier remordimiento—. Mis hombres estaban confundidos. Pensaron que eras tú. Idiotas, todos ellos.
Sus palabras son como fragmentos de vidrio que me cortan, que me dejan en carne viva y sangrando. El rostro de Will destella en mi mente, su sonrisa, su risa: recuerdos que ahora están manchados por saber que murió por mi culpa.
Mi hermana, que era todo lo bueno y puro en mi vida, me fue arrebatada porque no quise lavarme el pelo. La culpa es abrumadora, un peso sofocante que me aplasta por dentro. No puedo respirar, no puedo pensar, no puedo hacer nada más que ahogarme en este mar de dolor y culpa.
—Pero en realidad, Nicklas, todo esto es culpa tuya —la voz de Caspian me arrastra de vuelta al presente, y me obligo a concentrarme en el hombre que tengo delante, el responsable de todo este dolor—. Has estado descuidando tus deberes. Te has vuelto débil, un calzonazos.
Escupe las últimas palabras como si fueran una maldición.
Giro la cabeza bruscamente hacia Nicklas, pero no debería haberme preocupado. Su rostro muestra menos emoción que una piedra. Supongo que las palabras de su padre no están surtiendo el efecto que pretendía.
—Al principio, pensé que era influencia de tu hermano. Así que, naturalmente, intenté eliminarlo. Pero como la maldita plaga que es, resultó más difícil de matar de lo que había previsto.
—¿Qué coño? —ruge Nick.
Caspian asiente.
—Primero tuve que encontrar a alguien que sirviera de chivo expiatorio para el robo. Pero cuando insististe en ir con Jack, tuve que dar contraorden a mis mejores hombres. No podía arriesgarme a perder a mi único heredero digno.
Suelta una risa mordaz.
—Si hubiera sabido lo indigno que eras en realidad, no me habría molestado.
Miro a Nick, y la expresión de su rostro me dice que sabe exactamente de qué habla Caspian.
—Traicionaste a Jack y a Sergei —dice Nick con tono gélido.
—En efecto —responde Caspian con soltura—. Bueno, traición es una palabra muy fea. Hice lo que tenía que hacer.
—¿Por qué? —pregunto al ver que Nick parece paralizado, incapaz de seguir preguntando—. ¿Por qué querrías matar a Jack?
Caspian se encoge de hombros como si no tuviera importancia.
—Es un inútil, indigno del apellido familiar. Cuando Nicklas fue con Jack a atrapar al ladrón, pensé que me descubrirían. Por suerte, ninguno de los que contraté se fue de la lengua. Supongo que eso significa que no eran del todo inútiles.
Joder.
No sé si el padre de Nick puede ver la confusión en mi rostro o si simplemente le gusta oírse hablar. Sea como sea, continúa.
—Después de que te fueras de mi casa con tu inútil hermano, tuve que improvisar.
El tipo que había contratado para eliminar a Jack ofreció a uno de sus hombres como chivo expiatorio.
Ese fue al que torturaste para sacarle información, hijo.
Y debo decir que me impresionó tu técnica cuando vi el cuerpo...
—¿Por qué coño harías todo esto? —ruge Nick.
Cuando Caspian se acerca un paso, Nick se mueve para interponerse entre nosotros. Los ojos de su padre se entrecierran mientras me mira con puro desprecio.
—Todo es culpa tuya, Carolina. No eres más que una distracción, una cosita bonita que desvió a mi hijo del camino. Tenía tantas esperanzas puestas en él, pero lo ha tirado todo por la borda por ti.
Suspira profundamente.
Cuando deja de hablar, se hace el silencio. Lo único que se oye es el roce de los pies contra el suelo y nuestra respiración.
—Preguntas por qué, Nicklas. Pero no hay un porqué, solo lo que había que hacer.
Como ya he dicho, estabas descuidando tus deberes.
Demasiado ocupado jugando a las casitas para tomarte en serio el negocio de los Knight.
Joder, ni siquiera te diste cuenta del espía ruso que planté en tu territorio.
Fue uno de tus hombres quien lo descubrió.
Respira hondo, se yergue cuan alto es y separa las piernas para adoptar una postura más imponente.
—Le confiaste a tu inútil hermano trabajos de los que ni siquiera debería haber tenido conocimiento.
Caspian clava de nuevo en mí sus fríos ojos.
—Y por tus decisiones, tu hermana acabó siendo un daño colateral.
Sus palabras son venenosas; cada una golpea con precisión mortal. Las siento clavarse en mi piel, llenándome de dudas y desesperación.
Nick suelta un gruñido feroz.
—No te dirijas a ella —advierte.
Me toma la mano y la aprieta, y creo que me enamoro aún más de él por esa muestra de apoyo.
El corazón se me rompe de nuevo, haciéndose añicos en mil pedazos. El dolor es insoportable, pero no puedo dejar que se note. No aquí, no delante de este hombre. Me obligo a mantenerme erguida, a que mi voz suene firme mientras digo:
—Te equivocas. Nick es más fuerte de lo que jamás sabrás. Y no te pertenece para que lo controles.
La risa de Caspian es fría y hueca, y resuena en las paredes del sótano.
—¿Crees que lo conoces, niña? No lo conoces. Solo eres una distracción temporal, algo que tirará a la basura cuando dejes de serle útil.
Me muerdo el labio para contener el temblor que amenaza con delatar mi miedo. Las palabras de Caspian pretenden herirme, destrozarme, pero me niego a dejar que gane.
—El débil eres tú, Caspian —escupo con la voz temblorosa por la emoción contenida.
Por muy tentada que esté de arremeter, de mencionar algunas de las cosas que leí sobre este hombre en el diario de Sienna, mantengo la boca cerrada.
Su expresión se ensombrece y, por un momento, veo un destello de rabia en sus ojos. Pero enseguida desaparece, sustituido por esa misma fría indiferencia.
—Cree lo que quieras —dice con desdén—. No cambiará nada. Nicklas pronto se dará cuenta de que no eres más que un lastre.
Aprieto los puños: con una mano estrujo la de Nick con más fuerza, mientras con la otra me clavo las uñas en la palma, luchando contra el impulso de soltar unas cuantas verdades.
Pero antes de que pueda decir nada, Nick da un paso adelante.
Tiene los ojos fijos en su padre, y en ellos se está gestando una tormenta.
—Di lo que quieras de mí, papá —escupe—. Pero intentar matar a tu propio hijo es de lo más ruin.
Caspian se limita a encogerse de hombros.
—Él también es débil. Todos mis hijos han resultado ser una decepción.
—Si todas las manzanas están podridas, quizá el problema sea el árbol —replica Nick con voz baja y peligrosa—. Aunque ya da igual. Se acabó.
No hay vacilación, ni rastro de duda. Ha tomado su decisión.
Una mueca tuerce los labios de Caspian.
—¿Por fin estás listo para hacer lo que hay que hacer, hijo?
Nick no responde. Levanta el arma con mano firme y apunta. Por un momento, el tiempo parece detenerse. El aire está cargado de tensión, el silencio es ensordecedor. No puedo respirar, no puedo moverme, mientras observo al hombre que amo prepararse para apretar el gatillo.
Caspian esboza una sonrisa de suficiencia, con los ojos brillándole de un orgullo retorcido. —Adelante, entonces. Hazlo.
Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, todo termina. El sonido del disparo resuena en la habitación, fuerte y definitivo. Caspian se desploma y su cuerpo sin vida golpea el hormigón frío con un ruido sordo.
El silencio que sigue es sofocante, cargado con el peso de lo que acaba de suceder. El corazón me late con fuerza en el pecho y respiro con jadeos entrecortados. No puedo apartar los ojos de su cuerpo, no puedo quitarme de encima la sensación de que algo dentro de mí ha cambiado para siempre.
Nicklas baja el arma con la mano ligeramente temblorosa. ¿Está mal que cuando se vuelve hacia mí, espere ver el mismo dolor y tormento que siento reflejados en su mirada?
Pero no está ahí. Lo único que encuentro en lo profundo de los ojos de Nick es una fría determinación.
Me derrumbo contra él y hundo el rostro en su pecho, dejando por fin que caigan las lágrimas que he estado conteniendo. Willow se ha ido, y nada la traerá de vuelta. Pero Caspian también se ha ido, silenciado para siempre. Y tal vez, solo tal vez, podamos empezar a sanar.