Comprada por Santa (Obsesiones estacionales nº 1) Capítulo 31
89%

Capítulo 31

El Papá Noel

No consigo dormir mientras pasan las horas, y aunque siento que debería levantarme y hacer algo, no puedo obligarme a dejar a Carolina. Está profundamente dormida en mis brazos, roncando suavemente.

Al principio, cuando se quedó dormida, se movía inquieta y gimoteaba como si estuviera atrapada en una pesadilla. Pero en las últimas horas su respiración se ha estabilizado y parece en paz.

No es la primera vez que escucho un ruido que parece fuera de lugar, pero cuando reviso el móvil, no hay ninguna actualización de Marco ni de los demás. Probablemente sea solo mi imaginación jugándome una mala pasada.

Por mucho que odie hacerlo, me separo con cuidado de Carolina dormida y me visto. Luego salgo de la habitación en el mayor silencio posible. La necesidad de hacer algo para encontrar a quien realmente está detrás de la muerte de Willow es más fuerte que mis ganas de quedarme con mi fierecilla.

Aunque no le he dicho que sospecho que alguien más está moviendo los hilos, quiero encontrar al maldito titiritero. No solo porque nadie me traiciona y vive para contarlo, sino también porque deseo darle la tranquilidad de saber que todos los cabos están atados.

Mientras camino por los pasillos oscuros de mi casa, me paso la mano por la cara. Como antes, mis pensamientos giran en mil direcciones distintas. Pero ahora todos parten de una misma raíz: no es una coincidencia.

La emboscada a Jack y luego el disparo a Willow...

Una podría ser coincidencia, pero dos forman un patrón.

Los informes en mi estudio no ofrecen más información que antes, pero algo me carcome las entrañas.

Siento que la respuesta está justo delante de mí, pero todavía no consigo verla con claridad.

Con una última mirada a los papeles que no me dan ninguna respuesta, me dirijo a la cocina porque necesito beber algo.

Avanzo en silencio por el pasillo, atravesando las sombras familiares de mi casa.

La cocina está justo delante, con los electrodomésticos brillando tenuemente bajo la luz de la luna que se filtra por las ventanas.

Cojo un vaso y lo lleno con agua de la nevera.

Al darme la vuelta y beber el líquido fresco, mi mundo se tambalea.

Marco, mi mano derecha, yace desparramado sobre las baldosas. Inconsciente o algo peor. El vaso se me escapa de las manos, se estrella contra el suelo y se hace añicos como la calma antes de la tormenta.

—Mierda —mi voz sale como un gruñido.

La adrenalina se dispara mientras me arrodillo junto a él y le busco el pulso.

Está ahí, débil pero constante. No hay tiempo para averiguar qué pasó; solo un pensamiento me consume: Carolina.

Me lanzo de vuelta por los pasillos, cada segundo estirándose hasta la eternidad.

Está sola, desprotegida. El pecho se me oprime, los músculos se me tensan, listos para atacar cualquier cosa que amenace su seguridad.

Irrumpo en la habitación y la escena que me recibe enciende una rabia primitiva en mis venas. Un intruso se cierne sobre la cama matrimonial, una sombra con intenciones maliciosas, mientras mi fierecilla duerme, ajena al peligro que la acecha.

—¡Aléjate de ella! —las palabras salen como un gruñido. Me abalanzo sobre el bastardo y lo derribo en pleno salto. Caemos al suelo, un amasijo de extremidades y furia. Su sorpresa juega a mi favor.

Soy una tormenta oscura de furia mientras inmovilizo al intruso contra el suelo, con las manos ansiosas por acabar con su patética vida. Cada músculo de mi cuerpo clama venganza, pero hay algo que necesito más que su sangre: respuestas.

—¿Quién te envió? —mi voz es una cuchilla, afilada y mortal.

—Nick... —la voz de Carolina tiembla a mi espalda, pero se endurece, se vuelve más fría. No me vuelvo a mirarla; no puedo arriesgarme a perder la concentración con este bastardo bajo mis manos.

—¡Dime! —exijo, presionando el punto bajo su mandíbula con precisión despiadada, una promesa silenciosa de muerte si no obedece.

—¡Vale! ¡Vale! —escupe las palabras con los ojos desorbitados de miedo—. ¡Fue Caspian!

El nombre me atraviesa como el hielo; la traición de mi propia sangre enciende una tormenta de fuego en mi pecho.

—¿Caspian? ¿Mi padre? —gruño. La incredulidad lucha con una rabia que amenaza con consumirlo todo a su paso.

Siento que Carolina se mueve detrás de mí; espero que se esté tapando.

No es que este hijo de puta vaya a sobrevivir la noche, pero eso no significa que quiera que vea lo que es mío.

Eso zanja la cuestión. Aprieto más fuerte alrededor de su garganta y le corto el aire hasta que pierde el conocimiento.

Luego, solo por el gusto de hacerlo, le doy una patada fuerte en el costado y oigo cómo se le rompen una o dos costillas.

Me doy la vuelta y miro al amor de mi vida, que se ha envuelto en la sábana.

—Vístete —ladro. Cuando arquea una ceja, suavizo la voz y añado—: Por favor.

Me quedo maravillado cuando una sonrisa se dibuja en su rostro. Esta mujer ha sido mi roca en el hospital, pasó la prueba familiar con nota, y luego ha ido al infierno y ha vuelto, todo en apenas tres días.

Y aun así, sonríe.

Creía saber lo que era la fuerza antes de conocerla, pero ahora sé que no es así. Ella es la fuerza personificada, y tengo suerte de estar siquiera en su presencia. Mientras le doy vueltas a eso, arrastro al intruso a la cocina, que está más cerca que la habitación que suelo reservar para torturar.

Lo tengo a medio subir sobre la mesa cuando Carolina se une a mí, ahora vestida con unos vaqueros negros, una camiseta negra ajustada de manga larga y botas hasta la rodilla.

Parece más alguien a punto de subir a una pasarela que alguien que va a ver cómo le saco la verdad a un extraño a base de tortura.

—Estoy lista —anuncia mientras termina de trenzarse el pelo. Sus ojos azules brillan con una ira apenas contenida, y me encanta que ya no esté fría y distante.

—¿Lista para qué? —pregunto con una sonrisa irónica—. Sabes que no hay código de vestimenta para la tortura, ¿verdad?

—Sí, pero... —hace una pausa y pone los ojos en blanco—. Pensé que a lo mejor tendríamos que salir para... no sé. ¿Perseguir a alguien? Y quería estar preparada.

Termino de subir al intruso a la mesa.

—Es justo —acepto, y lo es. No solo ha pasado su prueba, sino que ella es a quien intentó atacar. Si mi mujer quiere verlo arder, o perseguirlo solo por diversión, se lo concederé.

—¿Qué puedo hacer para ayudar? —pregunta, y cuando le pido que vaya a mi estudio a por una cuerda, prácticamente sale corriendo.

El hombre sigue fuera de combate cuando ella regresa, y mientras le pido que vaya a ver cómo está Marco, lo ato a la mesa del comedor. No es precisamente lo más elegante, pero me da igual.

En cuanto está bien sujeto, me uno a Carolina, que está ayudando a Marco a incorporarse. Él empieza a reaccionar, y antes siquiera de abrir los ojos, su mano sale disparada hacia ella. —¡Marco! —gruño, apartándole el brazo de un manotazo.

—Hola, grandullón —arrulla ella (joder, le arrulla), ignorando mi intento de protegerla poniéndome delante—. Soy yo. Bueno, nosotros. Nick y yo. —Sigue parloteando, pero parece funcionar.

Marco gruñe y baja la mano. Abre los ojos lentamente, y veo el momento exacto en que se da cuenta de que solo estamos nosotros. —¿Dónde está? —gruñe—. El muy cobarde me atacó por la espalda. —Se frota la nuca.

Carolina sisea: —¿Te atacó por la espalda? —Suena increíblemente indignada, como si la ofensa hubiera sido contra ella.

Mientras ella se levanta y le sirve un vaso de agua a Marco, lo pongo al día de lo que pasó: que estaba en la cocina sirviéndome algo, y que el intruso fue directo a por Carolina. —No entiendo cómo coño entró —concluyo.

Marco niega con la cabeza. —La alarma no saltó, y no usó el ascensor.

Niego con la cabeza mientras repaso las palabras del intruso una y otra vez. Sí, aunque no fuera mi padre, fue alguien de dentro. Una cosa es escalar las putas paredes exteriores y trepar por el edificio sin que te vean, y otra muy distinta es saber dónde están los dormitorios de mi casa.

—Dijo que mi padre está detrás de esto —gruño, paladeando las palabras, y joder si no tiene sentido.

—¿Por qué? —pregunta Marco, cogiendo el vaso que ella le tiende—. ¿Por qué te dejaría al mando solo para...?

Nos interrumpe un gemido del intruso, y los tres nos giramos al unísono para verlo abrir los ojos. Lo que viene después es mi parte favorita: ver cómo la confusión se transforma en miedo cuando se da cuenta de que está bien atado.

Me levanto primero y tiro de Carolina, cogiéndola de la mano mientras nos acercamos a la mesa. Marco nos sigue en silencio con los brazos cruzados sobre el pecho. Se tambalea un poco, pero eso no le quita ni un ápice de fiereza a su expresión sombría.

—Solo un cobarde ataca por la espalda —gruñe con tono amenazador.

Me inclino hacia él, con la voz baja y peligrosa. —Vas a contármelo todo, ¿verdad?

—P-por favor —gimotea el hombre—. Ya te he dicho quién me envió. ¿Q-qué más quieres saber?

Suelto a Carolina y meto la mano bajo la mesa para coger uno de los cuchillos ocultos en la parte de abajo. —Acabo de decírtelo —suspiro, enseñándole el cuchillo—. Quiero saberlo todo.

La respiración del hombre se acelera y sus ojos recorren la habitación buscando una salida. Pero no la hay.

—Solo es cuestión de cuánto dolor quieras aguantar antes de hablar —digo en tono casual, como si estuviéramos hablando del tiempo. Presiono el cuchillo contra su mejilla, lo justo para trazar una fina línea de sangre. Se estremece y un gemido escapa de sus labios.

—Por favor... hablaré —jadea con voz temblorosa—. Fue Caspian... él dio las órdenes.

—Eso ya lo sabemos —sisea mi fierecilla, acercándose un paso—. ¿Cómo entraste?

—Él... él me dijo cómo —tartamudea el intruso con los ojos desorbitados de miedo—. Conocía la distribución, los detalles de seguridad. Todo.

Aprieto el cuchillo con más fuerza mientras la rabia me hierve bajo la piel.

Papá me ha traicionado. Debería haberlo sabido.

Debería haberlo visto venir. Pero no: ha estado conspirando contra mí, moviendo los hilos entre bastidores.

Y este hombre, este pobre diablo que se cree asesino, pensó que podía entrar en mi casa y llevarse lo que es mío.

Hundo el cuchillo más en su cara y le arranco un grito de dolor. —¿Por qué? —exijo con un gruñido gutural—. ¿Por qué haría algo así?

—No lo sé —solloza el intruso—. Solo... solo dijo que había que hacerlo. No nos dio ninguna razón. Lo juro.

—¿Nosotros? —repito. La sangre me hierve y se me hiela a la vez; una furia como jamás había sentido amenaza con consumirme por completo.

—Sí, tío —llora—. No era el único.

Eso ya lo había deducido. —¿Sabes quiénes son los demás? —gruño.

—N-no.

—Llama a los tres —le gruño a Marco—. Los quiero aquí en menos de una hora.

—Ahora mismo —responde Marco.

Mientras hace la llamada, intento controlar mi temperamento con todas mis fuerzas.

Pero a juzgar por los gritos del intruso, no lo estoy consiguiendo.

Cuando bajo la vista, me doy cuenta de que sigo presionando el cuchillo contra su mejilla, y de que a estas alturas he apretado tanto que la piel se le ha abierto del todo.

Retiro la hoja de su piel destrozada y miro a Carolina. Tiene los ojos clavados en el hombre, pero su expresión es indescifrable. Sé que está escuchando, asimilando cada palabra, pero no logro adivinar qué piensa.

Vuelvo a centrarme en el intruso, con la ira bullendo justo bajo la superficie. —Has cometido un grave error —digo con voz mortalmente serena—. Y mi padre también. Los dos habéis cruzado una línea de la que no hay vuelta atrás.

Una vez terminada la llamada, Marco da un paso al frente. —Estarán aquí —confirma—. Y he dispuesto el doble de protección para Jack en el hospital.

Asiento con la cabeza hacia el hombre que siempre está listo cuando lo necesito. —Es todo tuyo —digo, dándole la vuelta al cuchillo para ofrecerle el mango—. Pásatelo bien.

Marco sonríe. Sabe lo que hay que hacer. Aquí no cabe la piedad ni la indulgencia. Este hombre sufrirá, y con su dolor enviaremos un mensaje. Nadie me traiciona y sale ileso.

Mientras Marco se hace cargo, retrocedo y dejo que la realidad de lo ocurrido cale en mí. La traición de papá, la confesión del intruso... todo ha cambiado. Esto ya no va solo de poder. Es personal. Y me aseguraré de que pague por lo que ha hecho.

—¡Espera!

Marco se detiene ante la orden de Carolina.

—¿Caspian convirtió a mi hermana en un objetivo? —pregunta con un tono gélido y cortante.

El intruso gimotea y niega con la cabeza.

—N-no. Eso fue un accidente.

—¿Un accidente? —gruño, sabiendo ya lo que va a decir.

—Nos enviaron allí para matar a Carolina, pero...

Carolina suelta un grito inhumano y le arranca el cuchillo de la mano a Marco. Antes de que pueda reaccionar, lo hunde en la cuenca del ojo del hombre. No se inmuta ante el sonido viscoso ni ante el alarido del intruso.