Capítulo 30 #2
Levanta las caderas para instarme a continuar, pero voy a hacer esto a mi ritmo. Así que coloco la mano sobre su hueso púbico y presiono hacia abajo para que no pueda moverse.
—Siénteme —digo con voz ronca—. Siente lo que te hago.
Inhalo profundamente, absorbiendo su tenue aroma, algo únicamente suyo, algo que siempre me vuelve loco.
Aplano la lengua y lamo ávidamente todo su coño, saboreando sus jugos. Luego la endurezco y me concentro en su botón necesitado mientras meto dos dedos en su canal resbaladizo, moviéndolos dentro y fuera tan lentamente que sé que la estoy volviendo loca.
—¡Nick! —se queja mientras enreda los dedos en mi pelo, y noto el cambio en ella, cómo se deja ir, cómo se entrega al momento.
Me concentro en ella por completo: en cómo sabe, en cómo se mueve, en cada pequeño sonido que hace. Quiero que se libere de los pensamientos oscuros que tiene en la cabeza, aunque solo sea por un rato.
—Córrete para mí, fierecilla —digo con voz ronca mientras muevo los dedos dentro y fuera de ella más rápido y aumento la presión sobre su botón.
Clava los pies en el colchón y me agarra el pelo con más fuerza, atrayéndome hacia su abertura.
—Más —exige—. Necesito... necesito... ¡Oh, joder! ¡Nick!
Sigo lamiéndola y penetrándola con los dedos durante su orgasmo, curvándolos dentro de ella para dar en el punto que la hace gemir incoherentemente. No me detengo hasta que sus temblores y gemidos disminuyen, y entonces meto la lengua ávidamente en su abertura para beber su néctar.
—Joder —maldigo mientras me froto contra el colchón como un animal salvaje. Noto la mancha húmeda debajo de mí, pero me importa una mierda. No cuando tengo la boca en su sexo y la lengua dentro de su coño.
Mientras jadea e intenta controlar la respiración, le lamo el bonito coño una vez más antes de subir por su cuerpo. Le muerdo cada pezón antes de tumbarme a su lado y reclamar sus labios.
Me encanta saber que se está saboreando a sí misma, así que acaricio su lengua con más fuerza, más rápido. El beso es abrasador. Le agarro el muslo y lo lanzo sobre mi cadera, colocándome para que la punta de mi polla se frote entre sus pliegues empapados.
—¿Estás lista para mí? —gruño.
—¡Sí! —gime—. Lléname con tu polla enorme, Nick.
Entro en ella, lento y profundo, y observo cómo se deshace ante mí. Se le escapa un jadeo, y es el sonido más hermoso que he oído en mi vida. Mi nombre cae de sus labios como una bendición, alimentando mi deseo de adorarla.
Una vez que estoy completamente dentro de ella, me quedo ahí un momento, sin moverme hasta que esté lista. O al menos esa era mi intención. Pero mi fierecilla me clava las uñas en la espalda para que me mueva, y obedezco con un hambre que iguala la suya.
Ella mueve las caderas, saliendo al encuentro de cada embestida. Estoy tan dentro de ella que apenas puedo soportarlo. Tengo la cabeza apoyada en el hueco de su cuello y no puedo resistirme a morderle la piel suave, arrancándole un gemido gutural.
—¡Sí! Eso es... hazme daño —gime.
Sigo follándola mientras echo la cabeza hacia atrás para mirarla a los ojos azules.
—¿Qué quieres que te haga? —pregunto—. Usa tus palabras, Carolina. No hay nada que no hiciera por ti. Solo tienes que pedírmelo.
Abre los ojos ligeramente.
—Creo que... —Se interrumpe y se lame los labios—. Quiero que me cortes.
No me lo esperaba, pero no soy tan estúpido como para cuestionarla.
Si esto es lo que quiere, soy el tío más afortunado del puto mundo.
No hay nada que desee más que ver a mi fierecilla sangrar por mí.
Como si quisiera darme la razón, mi polla se sacude y se pone imposiblemente más dura dentro de ella.
—Mírame —ordeno. Sus ojos se clavan en los míos y hay un intercambio silencioso de votos en esa mirada. Normalmente no hacen falta palabras cuando nuestros cuerpos hablan por sí solos, pero necesito asegurarme de que sabe lo que me está pidiendo—. ¿Cómo quieres que te corte?
Frunce el ceño, formando un pequeño surco entre las cejas mientras lo piensa.
—Quiero... eh, no lo sé. Solo... vine aquí porque estaba soñando con eso cuando estaba sola en nuestra cama, y me desperté tan mojada que quería probarlo de verdad.
Antes de que pueda decir nada, mete la mano debajo de la almohada y saca el cuchillo que usé para tallar sus iniciales en mi pecho. Debe de haberlo encontrado en el cajón donde lo escondí después de limpiarlo.
—Y quiero que uses esto.
Le cojo el cuchillo y lo sostengo en alto para que la hoja brille con la luz.
—¿Estás segura? —pregunto mientras la embisto de nuevo.
—Sí —suspira con necesidad—. Más que segura.
—¿Dónde quieres que te corte? —gruño. Dejo que la punta del cuchillo se deslice sobre la curva de su teta—. ¿Aquí? —Lo muevo hacia el escote—. ¿O aquí? —Luego lo arrastro por su cuerpo hasta justo encima del hueso de la cadera—. ¿O te lo imaginabas más bien aquí?
El sonido que hace es como un ronroneo, y me recuerda por qué todos mis apodos para ella tienen que ver con los felinos.
—Sí. Ahí. —Menea las caderas y empuja contra el cuchillo.
Hago el primer corte. Es superficial, más simbólico que otra cosa, pero le arranca una inspiración brusca. La visión del carmesí sobre su piel de porcelana es embriagadora y me empuja a ir más allá. La corto en el otro lado.
—¿Estás sintiendo esto? —gruño, y hago una pausa para embestirla una, dos... cinco veces.
—Mhmm —confirma con un gemido—. Te siento en todas partes.
Sin salir de ella, nos giro para que quede de espaldas y yo me coloque entre sus piernas abiertas, cerniéndome sobre ella.
—¿Quieres más? —pregunto con voz ronca.
Enrolla las piernas a mi alrededor y me clava los talones en el culo para meterme más hondo en su coño ávido.
—Quiero todo lo que tengas que darme —jadea. Gira las caderas y se arquea, follándose con mi polla.
Agarro el cuchillo con más fuerza y dejo que la punta roce el espacio entre sus tetas antes de añadir más presión, mientras observo cómo la sangre sube a la superficie de su piel partida.
Necesito probar esa esencia roja, así que me inclino y lamo todo el corte.
Gimo; es un sonido gutural cuando el sabor cobrizo me explota en la lengua.
—¡Joder! —Tiro el cuchillo a un lado y lo oigo golpear el suelo—. Necesito follarte. Duro.
Tiene los ojos aturdidos mientras me mira. Levanta la mano y me pasa el pulgar por los labios, y cuando bajo la vista, hay una gota de sangre en la punta. Me meto el dedo en la boca mientras la embisto sin piedad y le muerdo la piel suave.
Luego reclamo sus labios; su lengua se sumerge en mi boca y nuestra saliva se mezcla con su sangre.
El sabor es intensamente delicioso y me espolea aún más.
Me siento como un hombre poseído mientras muevo las caderas como un pistón.
El único sonido en la habitación es nuestra respiración pesada y el golpeteo de nuestra piel una y otra puta vez.
—Fierecilla —gruño al sentir la espiral familiar de calor en el abdomen. Acelero el ritmo, persiguiendo el clímax con ella—. Mi polla es jodidamente perfecta para preñarte. ¿Sientes lo gruesa e hinchada que está? Solo. Para. Ti.
—Nick... Estoy...
Le presiono los muslos hasta los hombros y la follo aún más profundo que antes. Sus gemidos se intensifican mientras se aprieta a mi alrededor. Me echo hacia atrás y admiro la visión de mi dureza entrando y saliendo de su calor apretado.
—Córrete en mi polla —ordeno, y lo hace; su cuerpo se rinde al asalto del placer. Se corre tan fuerte, chorreando, que parece como si su cuerpo intentara expulsarme y succionarme más adentro al mismo tiempo.
—Oh, Fierecilla, eres tan jodidamente perfecta. Tu coño está hecho para mí —gruño, disfrutando de la sensación de toda la humedad que expulsa—. ¿Estás lista para mi semen?
—¡Sí! —grita, todavía contrayéndose a mi alrededor.
Llego al clímax tan fuerte que se me distorsiona la visión. Mi semen inunda su canal empapado y mantengo la polla bien hundida dentro de ella para asegurarme de que no se derrame ni una gota.
Somos una maraña de extremidades y sábanas empapadas, con el aroma cobrizo de la sangre flotando en el aire. En este momento, los límites dejan de existir. Somos uno, unidos por cicatrices compartidas y un amor forjado en los rincones más oscuros de nuestras almas.