Comprada por Santa (Obsesiones estacionales nº 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

El Santa

El silencio que nos envuelve mientras guío a mi fierecilla hacia el interior del apartamento es una presencia viva, palpitante de pena. Ella no habla; sus ojos son esferas vidriosas, atormentadas. Puedo ver el peso del duelo aplastándole los hombros.

—Vamos a la cama —murmuro con la voz enronquecida por la emoción del día.

Es una orden tácita, y ella se limita a asentir, dejando que la guíe a nuestra habitación.

La llevo hasta la cama, donde se sienta obediente. Mientras la desvisto, mira al frente; no a mí ni a nada en concreto. Tengo la sensación de que ni siquiera ve lo que tiene delante.

Mientras la desvisto, levanta los brazos cuando se lo pido, las caderas cuando necesito bajarle los pantalones. Pero aparte de eso, está completamente inmóvil. Verla así me rompe el maldito corazón. Esta no es la Carolina que he llegado a conocer y amar, esto… esto es una impostora; su sombra.

Una vez arropada bajo el edredón, con la respiración acompasándose en la luz tenue, me aparto de su lado.

La necesidad de actuar, de hacer algo, me quema las venas.

Se suponía que la cremación de Willow traería paz, pero en cambio ha abierto una herida supurante.

Aunque, ¿quién puede encontrar consuelo en apenas unas horas?

¡Mierda!

Mi estudio me espera, envuelto en sombras.

No me molesto en encender las luces. Dejo que la oscuridad me envuelva, un espejo del tumulto que se agita en mi interior.

Los informes yacen esparcidos por el escritorio y los reviso con fría precisión; la luz que entra por las ventanas me permite leer cada papel con detenimiento.

Mi mente se acelera; cada escenario que conjura es más brutal que el anterior. Alguien se atrevió a apuntar contra mi círculo íntimo, contra mi familia. Se arrepentirán.

Camino de un lado a otro del estudio, un depredador enjaulado por su propia furia, cuando Marco se desliza por la puerta, un espectro entre las sombras. Su presencia es tanto un bálsamo como un irritante para mis nervios destrozados.

—Nicklas —comienza, con la voz tan firme como siempre—, nos hemos encargado de los cabos sueltos.

Enciendo la luz y espeto:

—Quiero detalles.

Tengo los ojos fijos en las luces de la ciudad, que se atreven a centellear como si se burlaran de mí.

—La policía ya está en nuestro bolsillo, así que sabemos que no investigarán a fondo.

Al personal del restaurante ya lo hemos controlado: recuerdos borrados a golpe de billetes.

Cámaras, teléfonos, cualquier cosa que pudiera haber captado algo, todo es ceniza ahora —informa Marco con metódica precisión.

—Bien.

Se me tensa la mandíbula, la ira hirviente amenaza con desbordarse. Confío en Marco, pero la confianza no basta. No esta vez.

Willow era la inocencia personificada, y su muerte clama venganza. Carolina la querrá, la exigirá. Y yo, bueno, quiero darle todo lo que desee su corazón, ahora manchado.

—Averigua quién hizo esto —ordeno, con voz baja, letal—. No me importa hasta dónde tengas que llegar ni cuánta sangre haya que derramar. Se llevaron a uno de los míos. Quiero que me los traigan.

Marco asiente una vez; el fantasma de una sonrisa sombría le roza los labios. Lo sabe. No hay línea que no esté dispuesto a cruzar, ya no.

—Daré la orden —dice antes de deslizarse de vuelta a la noche de donde vino.

—Y llama a los tres —le grito.

No pasa mucho tiempo antes de que entren mis hombres de mayor confianza: Lee, Dominic y Sergei. Tienen rostros de piedra, listos para la guerra y hambrientos de venganza. El aire crepita de tensión mientras esperan mi orden.

—Alguien cometió el error de pensar que puede tocar lo que es mío —comienzo, con voz helada, cada palabra un cuchillo afilado—. La muerte de Willow Sterling no fue solo una tragedia; fue un mensaje. Y pienso responder de la misma manera.

Permanecen rígidos; su silencio es testimonio de que están preparados.

—Cobrad todos los favores. Desenterrad todos los secretos. Sin piedad. Encontrad a quién está detrás de esto y acabamos con ellos —continúo, con una resolución dura como el acero—. Pero los quiero vivos.

—Entendido —dice Lee, con la mano ya en el arma.

—Nadie se mete con los Knight —añade Dominic; sus ojos oscuros brillan de furia.

—La sangre responderá con sangre —jura Sergei, con el acento ruso espesando cada palabra.

—Poneos a trabajar —los despido, y cada uno se desvanece como un espectro en una misión de muerte.

En cuanto me quedo solo, me permito una sola respiración y dejo que la bestia de la rabia descanse, pero solo por un latido. El rostro de Carolina destella en mi mente, sus ojos afligidos avivan mi determinación. Quien hizo esto no solo apuntó a Willow. Nos apuntó a todos.

Me acerco a la ventana y contemplo la ciudad que se extiende ante mí, una red de sombras y secretos que me pertenecen. Es un tablero de ajedrez, y yo soy el rey —Knight— preparado para un juego mortal.

Mis dedos tamborilean contra el cristal, tan frío e inflexible como mi determinación. Se me escapa algo, lo sé. Hay más en todo esto, puedo sentirlo en la médula. Es como un rompecabezas en el que sabes qué pieza falta, incluso dónde encaja. Pero no sabes exactamente qué hay en ella.

¿Qué demonios se me escapa?

Cuanto más intento pensar en ello, más se dispersan mis pensamientos. Me asaltan imágenes de sangre y balas, pero cuanto más intento aferrarme a cada pensamiento, más lejos parece quedar.

El rostro de Carolina destella en mi mente, sus ojos atormentados por un dolor que corta más hondo que cualquier cuchilla que posea. Ese dolor —su dolor— aviva las llamas de mi rabia y enciende una oscura promesa en mi interior.

Arrasaré cada callejón, cada rascacielos, cada rincón oculto hasta desenterrar al bastardo que se atrevió a destrozar su mundo.

Mis pensamientos son un torbellino, pero de repente se detienen en seco: la necesito. La necesidad de verla, de asegurarme de que está a salvo, aquí, y es mía, me saca de la habitación, y me descubro recorriendo el apartamento con determinación.

La puerta del dormitorio cruje al abrirse, y es como entrar en un vacío. Vacía. No está. El pánico me araña el pecho; un gruñido feroz crece dentro de mí. Voy de habitación en habitación, el corazón atronándome en los oídos, hasta que la encuentro.

Me río para mis adentros cuando por fin la encuentro; está tumbada desnuda en la cama de matrimonio, una figura etérea bañada por la tenue luz.

Se me corta la respiración; es tan vulnerable, tan hermosa que duele mirarla.

Su cabello rubio se extiende sobre la almohada como un halo, sus suaves curvas iluminadas por la luz de la luna que se cuela por las ventanas.

No puedo moverme, no puedo pensar. Lo único que puedo hacer es observarla dormir, sentir cómo ese impulso posesivo me oprime el alma. Mi mirada recorre su cuerpo, los instintos protectores en guerra con un anhelo más oscuro, más obsesivo.

Joder, estoy dividido entre el impulso de protegerla del mundo y el deseo de reclamar cada centímetro de ella.

—Mía —susurro al silencio, un juramento que es tanto promesa como maldición.

Una maldición porque sospecho que su hermana está muerta por mi culpa, porque la obligué a entrar en mi vida.

Y aun así, no me arrepiento de nada. ¿Eso me convierte en un cabrón frío?

Quizás. ¿En un caballero despiadado? Sin duda.

Pero soy su Caballero, y llevo con orgullo las cicatrices en el pecho para demostrarlo.

Carolina se remueve, y un suave suspiro escapa de sus labios.

Me doy cuenta de que este momento es una encrucijada entre la locura y la salvación.

La elegiré a ella siempre, aunque eso signifique teñir Nueva York de rojo con mi venganza.

Porque ella es el faro que me guía en la oscuridad, la razón por la que mi mundo aún conserva algo de luz.

—¿Nick? —Su voz es un susurro en la oscuridad, cargada de necesidad. Ya está despierta, con la mirada soñolienta pero clavada en mí con una intensidad que hace arder mi determinación.

—Vuelve a dormir —digo, intentando mantener el control sobre mis impulsos, pero mi tono tiene el filo peligroso de un hombre al límite—. Estoy aquí.

—Hazme sentir, Nick. Por favor. —Su súplica araña mi autocontrol. Su tono es pura desesperación, cruda y dolorosa.

Salvo la distancia entre nosotros en dos zancadas y enmarco su rostro con las manos.

—¿Quieres ahogar el dolor? —pregunto, buscando en sus ojos cualquier señal de duda.

—Necesito que me hagas sentir —repite, y estoy perdido.

Me deshago de la ropa lo más rápido posible antes de unirme a ella en la cama. Me atrae hacia sí, y nuestros labios se encuentran en un choque de agonía compartida y anhelo.

Sus dedos trazan fuego sobre mi piel tatuada y me arrastran a las profundidades donde solo existimos ella y yo. Gimo cuando empieza a acariciar mi polla rígida, masturbándome con fuerza y rapidez.

—¡Carolina!

—Tócame —suplica—. Por favor, Nick. Necesito... necesito sentir algo.

Profundizo el beso y deslizo la mano entre sus piernas para ahuecársela sobre el coño. Todavía no está húmeda, lo que me dice mejor que nada lo jodida que debe tener la cabeza. Froto su clítoris lentamente con dos dedos, y noto el momento exacto en que se excita.

Echa la cabeza hacia atrás y gime con fuerza mientras sus caderas persiguen mi mano cuando la retiro.

—No pares —dice haciendo un puchero.

—Nunca —prometo mientras voy besando su cuerpo, prodigando cada teta con mordiscos, lametones y chupetones antes de continuar mi viaje hacia el sur.

No me detengo hasta que inhalo su excitación y su pequeña franja de vello me roza la nariz. Se le entrecorta la respiración de anticipación. Quiero tomarme mi tiempo con ella, hacer que esto sea más que algo puramente físico. Mi fierecilla quiere sentir, y quiero que me sienta en todas partes.

Mientras entierro la cabeza en su coño y succiono su clítoris entre los dientes, siento la tensión en su cuerpo, cómo se aferra a algo, y sé que es más que simple dolor. Es todo: todo lo que ha pasado, todo lo que está sintiendo o se impide sentir.