Comprada por Santa (Obsesiones estacionales nº 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

El Papá Noel

Camino de un lado a otro frente al hospital, esperando noticias sobre Jack. Podría entrar, pero no dejo de repetirme que es mejor esperar y hablar primero con Sergei.

La ansiedad me oprime el pecho como una soga alrededor del cuello. Incluso desde aquí fuera, el olor estéril de este maldito hospital invade mis sentidos, amplificando mi inquietud. El Rolex me está volviendo loco; juro que puedo oír el incesante tic, tic, tic.

—¡Joder! —rujo, arrancándomelo de la muñeca y estampándolo contra la pared.

Siento la mirada de Carolina clavada en mí, pero no soy capaz de mirarla todavía. Mis miedos, mis vulnerabilidades, están a la vista de todos, y no puedo permitirme mostrar debilidad. No ahora. No delante de ella.

Finalmente, las puertas correderas se abren y resuenan pasos de botas. Giro la cabeza, con el corazón en un puño, y mis ojos se encuentran con los de Sergei.

—¡Nicklas! —exclama Sergei con voz ronca de urgencia y dolor—. Fue una emboscada.

Mi compostura se hace añicos como una copa de vino al caer, y avanzo hacia él a zancadas, con las manos extendidas como si buscara equilibrio. La mano de Carolina en mi brazo es mi salvavidas, su presencia un recordatorio reconfortante.

—¿Qué pasó? —gruño—. Cuéntamelo todo. ¡Ahora!

Sergei respira hondo y hace una mueca de dolor al hablar.

—Estábamos en el almacén… Pensé que era seguro, lo juro. Pero nos estaban esperando. Yo… no sé cómo. Lo siento mucho.

—Concéntrate —ladro con voz áspera—. ¿Cómo está Jack? ¿Está…?

No soy capaz de terminar la pregunta.

—Está vivo… por ahora —Sergei hace una pausa y lanza una mirada fugaz a Carolina antes de volver a mirarme—, le dispararon… varias veces. Nos superaban en número. Logré meterlo en el coche y vine a toda velocidad.

—No es culpa tuya —lo interrumpo mientras me clavo las uñas en la palma con tanta fuerza que creo que me hago sangre—. ¿Cómo de… cómo de grave?

Sergei duda.

—Ha perdido mucha sangre. Eh… le dieron en el pecho y el abdomen. La hemorragia… no sé, tío. Fue grave. Jodidamente grave.

—¿Dónde está? —exijo con un gruñido.

—Dentro con…

—Muéstranos —espeto, ya encaminándome hacia la entrada.

Irrumpo por las puertas correderas del hospital con la mano de Carolina apretada en la mía.

El olor penetrante del desinfectante impregna el aire, pero es el rastro subyacente de hierro —el olor de la sangre— lo que me revuelve el estómago.

No porque sea aprensivo, sino porque podría ser la de mi hermano.

¡Joder!

Sigo a Sergei sin apenas mirar alrededor hasta que diviso a Marco. Es un gigante entre hombres, con sus anchos hombros plantados como una barricada frente al quirófano.

—La sala está asegurada, jefe. Nadie entra ni sale sin nuestro permiso.

Su voz es firme, pero tiene un tono cortante que me dice que está listo para la guerra.

—Bien. Mantenlo así —ordeno mientras me vuelvo hacia Carolina. Es un pilar de fortaleza a mi lado, su determinación evidente incluso en la suave presión que ejerce sobre mi mano: una promesa silenciosa de que está aquí conmigo, en cada respiración, en cada latido de mi corazón desbocado.

El tiempo deja de tener sentido mientras esperamos.

Los médicos y enfermeras se convierten en manchas borrosas de blanco y azul que entran y salen corriendo del quirófano.

Cada vez que la puerta se abre, el corazón me da un vuelco, temiendo lo peor.

El roce de Carolina en mi antebrazo es la única ancla que me mantiene cuerdo.

Las voces son una cacofonía de jerga médica, pero bajo todo eso percibo una corriente de determinación a la que me aferro con todas mis fuerzas.

—Está luchando —oigo decir a una enfermera, y algo dentro de mí se encoge, porque eso es lo que hacemos los Knight. Luchamos.

—Nicklas —susurra Carolina, y su voz atraviesa la neblina de mis pensamientos.

Sus ojos, que suelen brillar tanto, ahora reflejan la tormenta que se gesta dentro de mí.

Pero es su postura inquebrantable, la forma en que planta cara a este caos, lo que alimenta el fuego en mi pecho—. Quizá deberíamos movernos.

—Ni de coña —respondo, dejando que vea la verdad en mis ojos: no pienso moverme de aquí. No cuando la vida de mi hermano pende de un hilo, y menos aún cuando ella está a mi lado, convertida en mi roca justo cuando más la necesito.

—Me refería a allí —dice, señalando una fila de sillas alineadas contra la pared—. Para que les sea más fácil entrar y salir.

Marco asiente con un murmullo, asegurándome que no se moverá de su puesto.

—Bien —gruño, dejando que me lleve hasta las sillas. Elijo la más cercana para poder seguir viendo la puerta que custodia Marco.

Con cada hora que pasa, la tensión aumenta y nos aprieta como un tornillo de banco.

A medida que la noche se alarga, ya no puedo quedarme quieto y me pongo a recorrer el pasillo de un lado a otro. Debo de parecer ridículo caminando hacia atrás, sin apartar los ojos de Carolina. Está desplomada en su silla, con la cabeza apoyada contra la pared, dormitando.

De repente, las puertas se abren de golpe detrás de Marco.

El rostro sombrío del médico es lo primero que veo cuando se acerca, y el corazón me martillea en el pecho. El olor penetrante del antiséptico llena el aire. Se detiene frente a nosotros con expresión indescifrable.

—¿Señor Knight?

Su voz es firme, pero hay un matiz de urgencia que me pone en alerta.

—Dígame —exijo con la garganta atenazada por el pánico. Ante mis palabras, Carolina se despierta sobresaltada. En cuanto me ve, se levanta de un salto y corre a mi lado.

—El estado de Jack es grave —comienza el médico, y la mano de Carolina busca la mía, aferrándose como a un salvavidas—.

Sufrió múltiples heridas de bala. Una de ellas le provocó un paro cardíaco.

Lo perdimos durante un minuto en la mesa de operaciones, pero conseguimos traerlo de vuelta. Ahora está estable, pero crítico.

¡Joder! Muerto, aunque solo fuera un instante... es impensable. La furia y el miedo se agitan dentro de mí, una tormenta a punto de desatarse.

—¿Podemos verlo? —La voz de Carolina atraviesa mi neblina de rabia.

—Síganme —El doctor gira sobre sus talones, su bata blanca un borrón mientras lo seguimos.

La habitación es una cacofonía de máquinas que pitan y monitores parpadeantes, cada uno siguiendo el hilo de vida que aún mantiene a Jack con nosotros. Los tubos serpentean desde su cuerpo, y hay un siseo mecánico con cada respiración trabajosa.

—Jesús, Jack —murmuro con un gruñido ronco. Al ver su rostro pálido, demasiado quieto y silencioso, es como ver un fantasma. Este no es el hermano que conozco, el que siempre rebosa fuego y ganas de pelea.

Siento los ojos de Carolina sobre mí, pero no puedo apartar la mirada de Jack.

—Nicklas, es fuerte. Saldrá de esta —susurra, y su voz es un bálsamo para la herida abierta en mi pecho.

Asiento, pero no me fío de mi propia voz. Mi mente es un campo de batalla donde los pensamientos de venganza luchan contra el pavor frío que se ha instalado en mis huesos.

—Mírame —insiste Carolina, y finalmente me vuelvo hacia ella. Sus ojos azules son feroces, un desafío y una promesa a la vez—. Estamos juntos en esto, ¿recuerdas?

—Para siempre —digo, repitiendo nuestro voto anterior. Ya no se trata solo de mí; se trata de nosotros, de lo que estamos construyendo juntos. Y que me condenen si dejo que alguien destruya eso.

—Bien —dice con firmeza—. Solo tienes que concentrarte en que Jack mejore. Necesita que seamos fuertes por él. Yo me encargaré de todo lo demás.

Tiene razón. Jack necesita que sea la fuerza inamovible que siempre he sido. Pase lo que pase, tengo que protegerlo, protegernos. Y cuando esto termine, Carolina y yo tendremos nuestra familia, nuestro futuro, cueste lo que cueste.

No puedo sentarme. No puedo quedarme quieto.

Todo es demasiado y no es suficiente al mismo tiempo.

La gente —mi gente, ya que hemos cerrado esta ala del hospital propiedad de los Knight— yendo y viniendo por los pasillos me saca de quicio.

La habitación de Jack es una cacofonía de pitidos electrónicos y suspiros de máquinas que lo mantienen vivo. Es demasiado deprimente.

No tengo adónde ir.

Cada vez que salgo de la habitación de Jack, vuelvo a los pocos minutos. Sé que hay cosas que debo hacer, pero no logro concentrarme lo suficiente para hacerlas.

La voz de Carolina me arranca de mis pensamientos. Me levanto de la silla y salgo al pasillo a grandes zancadas.

—Dr. Morris, espero actualizaciones cada hora —Su voz corta el caos, afilada y autoritaria. Miro hacia allá y la veo enfrentarse al médico principal. Es de armas tomar, con su cabello rubio como un halo bajo la dura luz fluorescente, su figura rígida de autoridad.

—Por supuesto, Srta. Sterling —responde el doctor, con los ojos desviándose nerviosamente hacia mí.

—Es Sra. Knight —lo corrige—. Y bien. Quiero una actualización cada hora sobre la transfusión y todo lo demás. Además, ¿tienen suficiente sangre disponible? ¿O necesitamos buscar donantes? —continúa, y su minuciosidad nos sorprende a todos en la sala, yo incluido.

—Por supuesto, Sra. Knight —le asegura el Dr. Morris antes de escabullirse.

En cuanto se va, se vuelve hacia Marco.

—¿Tienes novedades?

¿Qué demonios?

Marco se acerca, su corpulenta figura tensa por las preguntas que no formula.

—Hemos asegurado todas las entradas y salidas. Nadie entra sin autorización.

Asiente y se pone las manos en las caderas.

—Amplía el perímetro. Quiero ojos en cada piso, en cada sala. Si alguien estornuda fuera de lugar, quiero saberlo —ordena con mirada acerada.

—Entendido —asiente Marco, con una leve sonrisa asomando en los labios.

Sergei se apoya contra la pared, el rostro pálido bajo la mugre y la sangre.

—Carolina, yo...

—No, no voy a discutir esto contigo otra vez —lo reprende, señalándolo—. Necesitas que te revisen. Podrías tener balas todavía dentro. Vamos, Sergei.