Capítulo 25
El Reproductor
¿Qué? Definitivamente no es la reacción que esperaba.
—Tu placer me corresponde dártelo —dice con tono posesivo.
Y entonces se sube a la cama, colocándose entre mis muslos.
—¿Quieres que te llene algo más que juguetes?
—¡Sí! —Es un grito, una confirmación, una rendición.
Una mano me agarra las caderas mientras la otra se sumerge entre mis piernas, retirando rápidamente el vibrador.
La punta de su erección roza mi entrada, y no puedo evitar frotarme contra él.
Si no fuera por sus dos manos que ahora me mantienen firme sujetándome las caderas con un agarre que deja marcas, estoy segura de que me caería.
Entonces entra en mí; una embestida poderosa que me llena hasta un punto de plenitud exquisita. Nos movemos juntos.
—¡Dios mío! —grito, sintiéndome tan... todo. Lo siento todo. Desde las pinzas que tiran de mis pezones con cada movimiento, hasta su enorme polla llegando hasta el fondo dentro de mí.
—Mía —gruñe, cada embestida una declaración de posesión—. Dilo, Carolina. Di que eres mía.
—Tuya —jadeo, el mundo reduciéndose solo a él, solo a este momento—. Dios, Nicklas, tuya.
—Sí, joder, lo eres.
¡Embestida!
—Mía para preñar.
¡Embestida!
—Mía para usar.
¡Embestida!
—Mía para amar, joder.
¡Embestida!
Su voz es una melodía de oscuridad y deseo, y me aferro a ella, dejando que me lleve a través de las olas de placer que me inundan.
—Por favor —gimoteo, tan cerca del borde, del precipicio de la liberación.
—Córrete para mí, Carolina. Ahora —ordena, y me hago pedazos, mi clímax atravesándome con la fuerza de una tormenta invernal, sin dejar nada intacto.
—¡Nicklas! —grito su nombre.
Mi visión se distorsiona, círculos negros bailando en los bordes mientras todo mi cuerpo se tensa, apretándose tan fuerte que se me forman lágrimas tras los párpados cerrados.
Es como si flotara, como si... joder, no puedo dejar de correrme.
Mi orgasmo continúa mientras él embiste dentro de mí una y otra vez, gruñidos guturales y salvajes escapando de sus labios.
Intento alcanzarlo, necesito tocarlo. Pero claro, no puedo. Las malditas cuerdas que amaba hace poco son ahora un obstáculo, impidiéndome lo que quiero.
—P-por favor, libérame las manos —suplico.
—Dame... joder. Tu coño me aprieta tan fuerte —gime.
Cuando abro los ojos de nuevo, miro los suyos, y están casi completamente negros. Todo lo que veo en ellos es la profundidad de sus sentimientos por mí, y los míos reflejados de vuelta. Es tan hermoso que se me hace un nudo en la garganta.
Aún con su polla dentro de mí, Nick me mueve hacia un lado. Luego estira el brazo por encima de mí, su mano desapareciendo bajo la almohada. Estoy a punto de preguntarle qué busca cuando lo veo: la navaja que debió esconder ahí antes de que me levantara.
Intento no hacer una mueca mientras corta las cuerdas, pero sus movimientos son bruscos y apresurados.
Más de una vez, me hace un pequeño corte en la piel.
Quiero preguntarle si no podría simplemente tirar de una de las cuerdas para soltar todos los nudos, pero la expresión de su cara es tan intensa que decido que no importa.
Una vez que las cuerdas desaparecen, me quita las pinzas de los pezones, haciéndome gritar de dolor cuando la sangre finalmente vuelve a fluir.
—¡Ay! —Nunca pensé que esa sería la parte que dolería.
—¿Estás cómoda? —Su voz oscura me recuerda que tengo los brazos libres, y me apresuro a alcanzarlo. Mis dedos recorren su cara, como si estuviera ciega y necesitara memorizar sus rasgos con las manos.
Todo se siente más intenso mientras paso los dedos por sus cejas, bajo sus mejillas, sobre su cicatriz, y por último, toco sus labios suaves.
—Bésame —exijo con voz ronca.
Sin necesidad de que se lo digan dos veces, se inclina y reclama mis labios en un beso que llega hasta el alma; uno que me hace encoger los dedos de los pies con cada caricia de su lengua.
Mientras nos besamos, me coloca boca arriba, y yo enredo los brazos alrededor de su cuello con ansia, aferrándome a él.
Cuando intenta apartarse, le clavo las uñas en el cuello en señal de desaprobación. Me siento poseída, como si al soltarme dejara de respirar. Sé que no es racional en absoluto, pero es lo que siento. Y aún no estoy lista para dejar de respirar.
Nick empieza a follarme de nuevo, con embestidas lentas y largas. Cada vez que llega hasta el fondo dentro de mí, toca ese punto glorioso que hace que mi respiración se entrecorte y se acelere al mismo tiempo.
Cada minuto con él está lleno de contradicciones, pero abrazo cada una de ellas. Si pudiera, me metería dentro de él y me quedaría ahí para siempre.
—Carolina —murmura cuando finalmente le dejo romper el beso—. Te quiero muchísimo, joder.
—Y yo te quiero a ti, Nicklas Knight —susurro, preocupada de que vaya a interrumpirme otra vez. Cuando no lo hace, repito las palabras más alto—. Te quiero, Nicklas. Eres mi todo.
—Para siempre —promete.
—¡Para siempre!
Parpadeo cuando levanta la navaja, dejándola danzar sobre mi piel antes de llevarla al punto justo encima de su corazón.
—Siempre serás parte de mí —gruñe.
—¿Qué estás...? —Me interrumpo. Los ojos se me abren de par en par y las fosas nasales se me dilatan mientras clava la punta en su carne, mis iniciales tomando forma con cada movimiento preciso.
Es aterrador y excitante a la vez verlo marcarse por mí—.
Nick... —empiezo, sin aliento, sin saber si suplicar o alabar.
Pero la visión de mi nombre grabado en su carne me roba las palabras de la boca.
—Carolina —dice, capturando mi mirada con determinación inquebrantable—. Eres mía, para siempre. Y ahora, cualquiera que vea esto lo sabrá.
—¿Por qué iba a verte alguien sin camiseta? —siseo, nada contenta con esa perspectiva.
Incluso con la sangre goteando de sus cortes, se ríe. —Buen punto.
Me incorporo y le tomo el rostro entre las manos, girándoselo para que no tenga más remedio que mirarme a los ojos. —Nadie va a ver eso. Júramelo.
—Te lo prometo —dice con voz ronca—. Nadie más que tú. No si puedo evitarlo.
Por mucho que me gustaría oírle corregir esa última parte, agradezco que no me esté mintiendo. La verdad es que no hay forma de saber si alguien lo verá alguna vez, así que sus palabras me bastan y me sobran.
Aparto la mirada y bajo la boca hasta su corte, sellándola sobre la C y la K mientras paso la lengua por las heridas abiertas. Su polla se sacude dentro de mí, recordándome que sigue ahí, tan caliente y dura como siempre.
Carolina Knight... puede que técnicamente aún no sean mis iniciales, pero lo serán muy pronto.
—¡Joder! —gruñe mientras me agarra de la nuca para sujetarme contra él—. Bebe mi sangre, fierecilla.
Y maldita sea, lo hago. Bueno, no la bebo exactamente, la lamo. Después levanto la cabeza y reclamo sus labios para que él también pueda saborear su sangre.
—Dilo otra vez —ordena mientras vuelve a follarme.
No necesito que me lo aclare; sé lo que quiere oír. —Te amo, Nicklas.
Mi voz es apenas un susurro, pero en el silencio que sigue suena como un grito.
—Joder —gruñe, y sella la declaración con un beso que lo consume todo, que devora cualquier duda persistente. Nuestra conexión se profundiza con la mezcla de sangre y pasión en nuestros labios, un vínculo forjado en nuestro oscuro deseo mutuo.
Nick me empuja hacia abajo y me echa las piernas sobre los hombros mientras me folla con embestidas duras y castigadoras. Dios, así llega tan profundo, justo al punto perfecto dentro de mí. No tarda mucho en hacerme temblar con otro orgasmo.
—Sí. Nick... ¡joder! ¡Sí! ¡Sí! —grito mientras él también se corre, derramándose caliente y profundo dentro de mí.
Nos derrumbamos en una maraña de extremidades y cuerdas, jadeando. Después, nuestras miradas se encuentran, y lo veo: la confianza, la conexión que se ha fortalecido con cada secreto compartido, cada perversión explorada.
El timbre de su teléfono rompe el momento, una intrusión brusca. Nick se aparta, los ojos oscuros nublados de ira por la interrupción. Agarra el dispositivo del suelo y se tensa mientras escucha la voz urgente al otro lado.
—¿Estás seguro? ¿Está muerto? —pregunta. Se le demuda el rostro bajo la dura luz de la habitación. Los dedos se le clavan en el teléfono, los nudillos blancos, en marcado contraste con la confianza que normalmente irradia como el calor de una llama.
Intento escuchar, pero solo oigo su voz. —Nick, ¿qué pasa?
Mi voz apenas supera el susurro, pero atraviesa la tensión y lo alcanza.
—Voy para allá —espeta antes de colgar.
No me mira mientras coge su ropa y se viste a toda prisa. —¿Qué ha pasado? —pregunto con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
—Han herido a Jack —espeta, y las palabras me golpean como un puñetazo que me deja sin aire—. Hubo... se puso feo. Tengo que ir con él.
Asiento, consciente de la gravedad de un Knight herido. No, es más que eso. Jack es su hermano. —¿Está...?
No puedo terminar la pregunta.
—Vivo, sí. Pero es grave. Tengo que arreglar esto.
Su voz es hielo sobre acero; el hombre dominante que conozco se reafirma sobre la preocupación que había agrietado su fachada.
—De acuerdo.
Es todo lo que puedo decir, una simple aceptación de la tormenta que está a punto de desatarse sobre nosotros.
No hay lugar para la vacilación, no cuando la familia, cuando la sangre, está en juego.
Especialmente para un hombre como Nicklas, que quemaría el mundo entero antes de permitir que le hicieran daño a los suyos.
Me bajo de la cama a toda prisa y me envuelvo en la sábana.
Luego corro al vestidor y agarro la primera ropa que encuentro en el armario: un traje pantalón sin mangas gris oscuro.
Me encantaría darme una ducha, pero no hay tiempo.
Así que me conformo con lavarme la cara y echarme pasta de dientes en la boca con una mano mientras me visto con la otra.
Mientras busco una goma del pelo en uno de los cajones del baño, me encuentro con las pruebas de embarazo y los tapones de repuesto.
Por un segundo considero coger uno de los tapones para retener la semilla de Nick dentro de mí, pero al final decido no hacerlo.
Por un lado, a estas alturas, la mayor parte seguramente ya se habrá escurrido.
Y por otro, no quiero que el día en que hospitalizaron a su hermano sea el día en que concibamos.
Además, no llevar uno desde que me folló sobre la mesa de su sala de reuniones anoche ha sido casi liberador.
Después de recogerme el pelo en un moño desordenado en lo alto de la cabeza, encuentro unos botines. Estoy subiéndome la cremallera cuando Nick aparece. —No vas a venir —gruñe.
—¿Qué demonios? —exclamo mientras niego con la cabeza—. Voy a ir, Nick. Quiero estar ahí para ti.
—No es seguro —insiste, y ese tono dominante que ambos anhelamos se desliza en su voz a pesar de la situación. Pero esta vez no despierta deseo, sino desafío.
—Tampoco lo fue dejar que me compraras, pero lo hice, y lo haría de nuevo —contraataco con una voz más firme de lo que me siento por dentro. Su contacto ha despertado partes de mí que no sabía que existían, y ahora no puedo simplemente apagar la intensidad de lo que pulsa entre nosotros.
—Maldita sea, Carolina —gruñe mientras se aleja. Cada paso que da rebosa la gracia de un depredador, pero también una desesperación que no puedo ignorar.
—Nicklas —digo mientras lo sigo—. Grabaste mi nombre en tu piel. Me ataste a ti. Ahora déjame demostrarte que soy digna de eso. Puedo con lo que sea si eso significa apoyarte.
Se detiene, la tensión emana de él en oleadas. Lo veo entonces: cómo lucha por equilibrar su necesidad de protegerme con el respeto que siente por la mujer en la que me estoy convirtiendo, la mujer en la que él me está moldeando.
—Por favor. —Mi súplica es queda pero ferviente.
—Joder —maldice de nuevo y se pellizca el puente de la nariz.
Se vuelve hacia mí con la decisión ya clara en la mirada, incluso antes de hablar.
Sus manos son sorprendentemente suaves al acunar mi rostro, un marcado contraste con el amante posesivo y arrollador de hace un momento—.
Iremos juntos. Pero te quedas cerca de mí, ¿entendido? Si algo sucede...
—No pasará nada —interrumpo con una convicción que tomo prestada en parte de él—. Porque juntos somos imparables.
Mientras nos preparamos para salir, siento cada centímetro de mi cuerpo; cada lugar que él ha tocado todavía hormiguea con su recuerdo. Es un recordatorio de que, sin importar lo que el mundo exterior nos depare, entre nosotros hemos creado algo intocable.