Capítulo 12
La Reproductora
Lágrimas de felicidad me escuecen en los ojos y el corazón me martillea con fuerza contra las costillas mientras por fin cierro las manos alrededor del elegante dispositivo. Me tiemblan los dedos al deslizar para desbloquear el teléfono.
Puede que solo haya sido una semana, pero el tiempo separada de Willow lo siento en el alma. Ahora, por fin voy a hablar con mi hermana otra vez.
—Recuerda, Gatita —la voz de Nick interrumpe mi expectación, una melodía oscura que me provoca escalofríos—. Estaré escuchando cada palabra.
Asiento, incapaz de confiar en mi voz, muy consciente de su imponente presencia detrás de mí. Su aliento es cálido en mi cuello, un marcado contraste con el frío de la habitación. Saber que va a escuchar nuestra conversación envenena mi emoción. Pero no dejaré que me robe este momento. Este no.
—¿Pero tienes que estar justo ahí? —pregunto, irritada—. Si has clonado mi teléfono, puedes escuchar desde cualquier parte.
Por estúpido que suene, ahora que estoy fuera del dormitorio y en su espaciosa sala de estar, me siento más vulnerable.
No tiene ningún sentido, ya que sigo encerrada.
Pero resulta más intimidante estar en un espacio que no conozco.
Especialmente este. Todo es tan elegante y reluciente que me da miedo romper algo de valor incalculable.
Nicklas se sienta a mi lado en el sofá. Me agarra de la nuca y aprieta hasta que gimo y lo miro.
—¿Puedo confiar en ti? —pregunta con tono amenazador.
Ignorando el escalofrío de miedo que me recorre la espalda, resoplo:
—Dijiste que si la cago, mi hermana pagará el precio, y lo dijiste por algo.
—¿Cuál? —suelta.
—Sabes que haré cualquier cosa por ella —admito—. Así que sabes que no la pondré en peligro.
Un silencio tenso cae sobre nosotros como una manta sofocante, y sé que es porque no he respondido a su pregunta.
—Sí —digo en voz baja—. Puedes confiar en mí.
Las palabras apenas han salido de mi boca cuando él estrella sus labios contra los míos y me besa con brusquedad. La barba incipiente de su rostro me quema la piel, y cada pasada de su lengua me hace contraer el coño.
—Nicklas —gimo.
Noto cómo me relajo mientras nuestros labios y lenguas siguen moviéndose juntos, y antes de saber qué demonios estoy haciendo, me he girado en el sofá y he pasado una pierna sobre las suyas. Con un gruñido, él me suelta la nuca y me agarra las caderas para levantarme sobre su regazo con facilidad.
Mis dedos se deslizan por el frente de su camisa y tiran con ansia de la tela hasta sacarla de sus pantalones de traje.
Luego meto las manos debajo para sentir su piel.
Está caliente y dura. Una oleada de orgullo femenino me recorre cuando sus abdominales se tensan al deslizar las manos sobre ellos.
Me encanta saber que no es indiferente a mi contacto.
Nicklas me enreda los dedos en el pelo y me inclina la cabeza hacia un lado para profundizar el beso. Muevo las caderas y gimo en su boca cuando su miembro erecto me roza el clítoris en el punto exacto.
—¡Dios! —siseo.
Estoy tan perdida en nuestros besos que no puedo concentrarme en nada más que en la necesidad que crece dentro de mí.
Con el agarre en mi pelo, me echa la cabeza hacia atrás y me mira con los ojos entornados.
—Tienes que parar —gruñe, aunque suena como si eso fuera lo último que quiere que haga.
—No quiero —admito. Apenas reconozco mi propia voz. Es ronca y cargada de deseo.
Suelta una risa profunda.
—¿Vas a hacer esperar a tu hermana mientras te follo?
Me arden las mejillas de culpa por haberme permitido olvidar a Willow.
—Eso pensé —dice con una sonrisa mientras me recorre los labios con el pulgar.
Como necesito recomponerme, le pongo las manos en los hombros y me obligo a respirar hondo. No me doy cuenta de que estoy mirando su cicatriz hasta que él me toma la mano y me presiona los dedos contra la carne marcada.
—¿Cómo te la hiciste? —pregunto mientras recorro su longitud con los dedos. De cerca resulta tremendamente intimidante. Revela que alguien se acercó lo suficiente para herirlo, pero él sobrevivió para contarlo.
Me sorprende que responda.
—Digamos que tuve un desacuerdo con alguien a quien consideraba amigo.
No hay ni una pizca de emoción en su tono.
Al mirar fijamente sus ojos oscuros, noto las motas doradas alrededor de sus iris.
Crean un patrón hipnótico y hermoso. Si no lo conociera, casi podría engañarme pensando que se está abriendo conmigo.
Después de todo, se dice que los ojos son la ventana del alma, y si eso es cierto, Nicklas me está dejando ver más que un simple atisbo en este momento.
—No sabía que tenías amigos —bromeo, y rompo nuestro intenso contacto visual.
Se ríe.
—Ya no. Pero hubo un tiempo en que sí, y casi me costó la vida.
Trago con dificultad y, con descaro, le tomo las mejillas. Deslizo los dedos por la aspereza de su barba incipiente y luego por su piel suave.
—Me alegro de que estés vivo —admito.
Nicklas se mueve tan rápido que suelto un grito de sorpresa. Antes de darme cuenta de qué pasa, me empuja fuera de su regazo y se pone de pie.
—Por supuesto que sí.
Su tono es suave, pero su mirada es tan intensa que me encojo por dentro.
—Vas a ganar mucho dinero con nuestro acuerdo, y lo único que tienes que hacer a cambio es abrirme las piernas.
No sé por qué sus frías palabras me sorprenden, pero así es. Joder, hacen más que eso. Me hieren más de lo que me gustaría, y me doy cuenta de que he dejado que este monstruo me cale hondo. Cuadro los hombros y me paso una mano por el pelo distraídamente, peinando los mechones para dominarlos.
Aunque intento con todas mis fuerzas no mirarlo mientras se mete la camisa por dentro de los pantalones, no puedo obligarme a apartar la vista.
Cada minuto en presencia de este hombre es como jugar con fuego.
Él es la proverbial llama, y por mucho que lo intente, yo soy la polilla atraída hacia su propia perdición.
—Quiero un contrato —suelto, sorprendida por mis propias palabras.
—¿Qué? —suelta Nicklas.
Sin dar mi brazo a torcer, me pongo de pie, esperando que no pueda ver cuánto me tiemblan las piernas. —Me has oído —digo, agradecida de que mi voz se mantenga firme—. Quiero un contrato legalmente vinculante entre nosotros.
Para mi sorpresa, Nicklas echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada. —¿Estás segura de que eso es lo que quieres? —Cuando asiento con entusiasmo, sonríe con suficiencia—. Ten cuidado con lo que pides, Fierecilla. Pero me encargaré de ello.
—¿Lo harás? —pregunto, atónita de que ceda tan fácilmente.
—Por supuesto —confirma.
Me muerdo el labio inferior y reflexiono sobre sus palabras. Algo en cómo se cerró en banda de repente y su reacción ahora no me cuadra. Aunque es muy tentador intentar indagar más, no quiero arriesgarme a que me quite el teléfono otra vez.
—Gracias —digo, aunque no estoy segura de que deba agradecérselo—. ¿Puedo llamar a mi hermana ahora?
Sonríe, pero la sonrisa no le llega a los ojos. —Saldré de la habitación mientras hablas con ella —dice—. Pero recuerda, estaré vigilando. Un movimiento en falso, y—
Hago un gesto con la mano en el aire y lo interrumpo.
—Sí, sí. Se lo harás pagar, y me arrepentiré de haber nacido.
Lo entiendo —siseo. Probablemente no sea buena idea hablarle así, pero no soporto escucharlo amenazar a Willow—.
Te dije que puedes confiar en mí, Nicklas. Dame la oportunidad de demostrarlo.
No dice nada más, solo sale de la habitación a grandes zancadas, dejándome sola con mis pensamientos y mi teléfono. Una vez que se ha ido, vuelvo a sentarme en el sofá y desbloqueo el teléfono. Cuando abro el hilo de mensajes entre mi hermana y yo, me quedo desconcertada.
—¿Qué demonios? —murmuro, sintiéndome más violada de lo que puedo expresar con palabras.
Hay mensajes míos que nunca he enviado, y mensajes de Willow que nunca he leído. Claro, sabía que Nicklas había hecho algo así para evitar que mi hermana se diera cuenta de que yo estaba… bueno, no desaparecida… pero… no disponible. Pero verlo es algo completamente diferente.
Me trago las ganas de ir tras él y abofetearlo. Sobre todo porque sé que no puedo hacerlo. Así que antes de que el genio me pueda, pulso el icono de videollamada en el nombre de mi hermana y espero.
Suena una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Entonces la cara radiante de mi hermana aparece en mi pantalla. —¡Caro! —chilla.
—Will —medio sollozo, medio río—. ¿Cómo estás?
—Estoy genial.
Asiento, encantada de escucharla hablar de algo que le apasiona. No creo que se dé cuenta de que prácticamente está gritando y de que sus gestos con los brazos son casi frenéticos. Así es mi hermana: exuberante y apasionada.
—Eso suena genial —me río mientras termina de contarme lo de las cincuenta bolas de Navidad que ha metido en su habitación desde que me fui—. ¿Mantuviste los mismos colores que usamos en el árbol?
—No. Iba a ponerlas azules y blancas, pero mi amiga me convenció de elegir rojo. Ya sabes, es Navidad y esas cosas —se ríe tan fuerte que se le forman lágrimas en los ojos y le ruedan por las mejillas.
La risa de mi hermana es tan contagiosa que me uno a ella aunque no lo entiendo. El rojo es un color tradicional, claro, pero no tiene nada de gracioso, se mire como se mire. —¿Qué pasa? —me río—. Me estoy perdiendo algo, ¿verdad?
Will gira la cabeza y mira algo —o alguien— que no puedo ver. —¿Quieres saludar? —pregunta.
—Claro —dice una mujer.
—Quiero que conozcas a mi nueva amiga —explica Will—. Creo que te caerá bien. —Alarga el brazo fuera de la pantalla, y antes de que pueda decir nada, su amiga aparece en el encuadre.
La mujer desprende una elegancia que parece fuera de lugar.
Su cabello negro azabache está peinado a la perfección, sin un solo pelo fuera de sitio, y sus ojos verde esmeralda brillan con una advertencia tácita.
Quienquiera que sea, es tan hermosa que resulta imposible no sentirse inferior en su presencia, aunque sea a través de una cámara.
—Ruby, esta es mi hermana, Caro. —Las palabras de Willow rebosan orgullo, pero apenas las registro.
—Hola, Caro —dice Ruby con suavidad, su voz teñida de un filo que no coincide con su sonrisa cordial—. He oído hablar mucho de ti. Soy Ruby.
—Ho-hola —tartamudeo, haciendo el ridículo.
La mujer me da mala espina, me hace sentir como si me estuviera evaluando en busca de puntos débiles.
Por el bien de mi hermana, mantengo el rostro neutral y la sonrisa fija, aunque por dentro estoy gritando de alarma—.
Encantada de conocerte —logro mantener un tono ligero.
—Igualmente —responde Ruby, su mirada inflexible, casi desafiante—. Por divertido que sea esto, Willow y yo tenemos que irnos. Vamos a patinar sobre hielo—
—¿Patinar sobre hielo? —balbuceo sorprendida. Mi hermana está en una maldita silla de ruedas.
Ruby arquea una ceja negra y su mirada se vuelve glacial al instante. —Sí, ¿tan difícil es de creer? Tu hermana puede tener ciertas limitaciones físicas, pero eso no significa que no pueda divertirse.
Las palabras me golpean en pleno pecho y hacen que la culpa y la ira cobren vida. Sé muy bien de lo que mi hermana es capaz.
—No lo decía en ese sentido, Ruby —dice Will, defendiéndome—. Solo está siendo sobreprotectora. —Entonces mi hermana se vuelve hacia mí—. Ruby ha conseguido que la pista esté casi vacía para poder empujarme. Venga, no me digas que no puedo ir, Caro.
Abro la boca para responder, pero no me salen las palabras. Me limito a mirar fijamente a las dos mujeres, sin saber qué decir. —Ponte una bufanda —digo, sabiendo perfectamente lo patético que suena—. Y, eh… pásatelo bien.
Cuando mi mirada se posa en Ruby, ella asiente de mala gana.
—Cuidaré bien de tu hermana. Al menos mientras tú cuides de mi hermano.
La advertencia en su tono está tan mal disimulada que me pregunto cómo Will no la oye.
¿Su hermano? Ah, mierda... ahora que lo ha dicho, veo el parecido familiar en los ojos, la barbilla y... el aura.
—Espera, ¿qué? —pregunta Will—. Caro, ¿conoces al hermano de Ruby?
Me aprieto el puente de la nariz.
—Sí —admito—. Mira, te lo contaré otro día. Pero por ahora, las dos deberíais salir a patinar.
Nos despedimos, y en cuanto termino la llamada, me levanto del sofá de un salto.
—¡Nicklas! —grito, importándome una mierda quién pueda oírme mientras voy dando pisotones hacia la puerta por la que desapareció.
Uf, este lugar es tan grande que necesitaré un maldito mapa para orientarme.
Después de abrir la tercera puerta sin encontrarlo, oigo un grito de dolor.
Se me hiela la sangre y considero dar media vuelta, pero como claramente no he aprendido la maldita lección sobre la curiosidad ni siquiera después de meterme en el callejón que me llevó hasta Nicklas, voy a empujar la siguiente puerta, pero antes de que pueda siquiera tocar el pomo, alguien me agarra del hombro y me hace girar.
—No deberías estar aquí.