Comprada por Santa (Obsesiones estacionales nº 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—¿Te importaría explicar ahora? —indaga Jack una vez más mientras sale del coche en su casa.

—Después —respondo cortante, con la mente ya adelantándose.

De vuelta a mi casa, paso más tiempo mirándola por el espejo retrovisor que atendiendo al maldito camino. Por suerte, sigue inconsciente, y ni se mueve cuando la llevo en brazos a través de la puerta principal. Sin dudar, la llevo a mi dormitorio y la acuesto en mi cama.

Me quedo de pie junto a ella, esta mujer que tiene potencial para ser tanto un peón como un premio en mi retorcido juego.

Sigo con la mirada el suave subir y bajar de su pecho mientras duerme, ajena a la tormenta a punto de desatarse sobre su cabeza.

La vulnerabilidad de sus rasgos relajados oculta a la fierecilla que he vislumbrado, una llama que estoy ansioso por avivar.

Los minutos pasan mientras me quedo ahí observándola. Observando el subir y bajar de sus tetas con cada respiración, sus piernas torneadas donde el vestido se le ha subido. Ha perdido uno de los zapatos en algún lugar, y una de las tiras del vestido está rota.

Me lamo los labios y la respiración se me vuelve irregular mientras me siento junto a ella. Le pongo la mano sobre el pecho y siento el latido constante de su corazón. La polla se me agita mientras paso los dedos por su pecho, encontrando el pezón sin dificultad.

Hmm, necesito verla sin ropa. Nunca entro en negocios sin conocer todos los hechos, y esta noche no será diferente. Intento no despertarla mientras le deslizo el tirante del hombro y me muevo para bajarle el vestido por el cuerpo, dejando a la vista su sexy lencería negra.

Sus curvas fluyen con suavidad desde sus pechos llenos y redondeados hasta su cintura esbelta, y de vuelta hacia sus caderas.

Caderas de paridora. Sonrío ante la idea.

Reprimo un gruñido cuando veo un pezón asomando por la copa del sujetador sin tirantes.

La pequeña pícara iba vestida para impresionar, y sí, estoy jodidamente impresionado.

Necesito verla entera, así que la giro de lado y le desabrocho el sujetador. Ya sin importarme despertarla, le arranco el sujetador de un tirón. Sus exuberantes tetas quedan libres.

—Joder —gruño, con la polla palpitándome en los pantalones del traje.

No puedo resistirme a palparlas, a amasar esa carne pesada.

Si... no, cuando me salga con la mía, van a estar preciosas hinchadas de leche.

Su respiración se intensifica, se vuelve agitada, y eso me hace sonreír con suficiencia.

¿Sabe que la estoy tocando? A juzgar por sus pezones endurecidos, le gustan mis caricias.

Me pongo de pie, la tumbo boca arriba y engancho los pulgares en el encaje delicado del tanga.

Deslizo el trozo de tela por sus piernas, le sujeto las pantorrillas y se las separo.

Cuando la entrepierna queda al descubierto, veo que está completamente depilada.

Sus pliegues rosados me llaman, y paso un dedo entre ellos. Joder, está mojada.

—Me pregunto a qué sabrás —digo en voz alta, con la voz ronca de deseo.

Me dejo caer al suelo y la acerco al borde para poder probarla.

Se me hace la boca agua mientras me bajo la falsa barba y saco la lengua para provocar su clítoris.

Luego continúo hacia abajo hasta encontrar su húmeda entrada.

Su sabor me golpea con una fuerza arrolladora.

No puedo resistirme a lamer su sexo, saboreando su excitación mientras con la mano libre me froto por encima de los pantalones del traje.

Justo cuando estoy a punto de correrme, me detengo. No porque mi moral me lo dicte, a la mierda con eso. No soy un buen tipo. Me detengo porque todavía tengo que investigar más. Ahora que sé que su cuerpo está a la altura, puedo pasar a la siguiente fase.

Me levanto del suelo y la subo más en la cama para que su cabeza descanse sobre mi almohada. Luego voy a buscar una de mis camisas de vestir y se la pongo. Es una pena que oculte su delicioso cuerpo, pero la veré desnuda de nuevo muy pronto.

Mientras recojo su ropa del suelo, noto que la etiqueta todavía está puesta en el vestido y la ropa interior. Interesante.

Saco el teléfono y llamo a Marco, el jefe de mi seguridad.

Después de encargarnos del ladrón y de la mayoría de sus cómplices, ordené a mi equipo que regresara aquí, sabiendo que Jack y yo podíamos ocuparnos fácilmente del último.

Justo cuando empiezo a impacientarme porque Marco no contesta, alguien llama a la puerta de mi dormitorio.

Me doy la vuelta y lo encuentro allí de pie.

—¿Señor? —pregunta. Esboza una sonrisa irónica al ver el bolso en mi mano—. El negro te sienta bien. Quizás me lo prestes en mi próxima noche de fiesta.

Suelto una risita y señalo a la mujer dormida.

—Vigílala —ordeno. Asiente con rigidez militar—. Nadie la toca. Y necesito que me avises en cuanto despierte.

Hay que reconocerle a Marco que no hace preguntas.

—Entendido, jefe —dice con voz grave y profunda.

Su cabello rubio se extiende sobre la almohada y la hace parecer un ángel, pero yo sé que no lo es. Los ángeles no sobreviven en mi mundo: son devorados. Y sin embargo, me descubro deseando usar, quizás incluso proteger, a esta mujer.

—Si le pasa algo, me responderás a mí —mi tono no deja lugar a dudas.

—Por supuesto.

Sin decir nada, le aprieto el brazo antes de salir del dormitorio, confiando en que Marco mantendrá a la mujer a buen recaudo mientras investigo sus antecedentes.

Solo en mi despacho, vacío su bolso —o clutch, creo que así lo llama Ruby— sobre el escritorio.

Caen varios objetos: el teléfono, algo de maquillaje, un espejo de bolsillo y tres jodidos condones.

Cojo el envoltorio de aluminio y lo examino a la luz.

Al principio no veo nada, pero al mirarlo más de cerca, noto pequeños agujeros.

Se me dibuja una sonrisa en el rostro al confirmar que los tres condones están pinchados.

Como no cae ningún documento de identidad, miro dentro. Hay una pequeña cremallera en el forro y, al abrirla, veo su carné de conducir escondido. Carolina Sterling. El nombre me rueda en la lengua mientras lo pronuncio en voz alta.

Con el software que usamos para investigar los antecedentes de todos los que se cruzan en nuestro camino, tecleo rápidamente el nombre de Carolina en la barra de búsqueda.

La información fluye por la pantalla. Tiene veintiséis años y vive sola.

Sus finanzas son un desastre; entre líneas se lee la desesperación de quien ya no sabe qué más hacer.

Hmm, teniendo en cuenta que su página de Cam Girl, propiedad de mi familia, parece ser todo un éxito, eso no tiene sentido.

Me permito distraerme lo suficiente para ver todo lo que hace en internet.

Parece que no solo sube vídeos pregrabados de sí misma en la ducha y vistiéndose, sino que también acepta encargos personalizados.

El contenido no es excesivamente sexual, más bien provocador.

Entro en la web con mis credenciales de propietario y reviso toda la información que no está disponible para el público.

Los datos de contacto de Carolina, subastas anteriores de su ropa interior usada e incluso una cita.

El dinero que ha ganado con esto no es poco, así que ¿por qué diablos vive en uno de los peores barrios?

Según profundizo, encuentro la razón de su falta de dinero. Paga mensualmente a una residencia para personas con discapacidad, y parece que su hermana, Willow Sterling, de veinte años, vive allí. Resoplo con desprecio. ¿Qué clase de persona ni siquiera cuida personalmente de su familia?

Por otro lado, una mujer que deja las etiquetas puestas en la ropa y pincha los condones no tiene muchos escrúpulos.

Pero algo no me cuadra. Cuando Carolina mencionó a su hermana, sonaba desesperada, y no solo por salvar su vida.

Había algo más, como si estuviera luchando por su hermana en lugar de usarla como moneda de cambio para conseguir su libertad.

Me recuesto y pienso en la mujer inconsciente que hay en mi cama. Está desesperada, dispuesta a hacer cualquier cosa por su hermana. Eso es algo que puedo aprovechar.

Sigo investigando y descubro que el padre de Carolina, Shaun Sterling, murió en el mismo atropello con fuga que dejó a Willow discapacitada. Su madre, Luna, murió no hace mucho de sobredosis. Parece que Carolina y Willow son todo lo que tienen la una a la otra, lo cual es perfecto.

Carolina tiene fuego, lo vi cuando luchó. Me divierte, me impresiona. Y esas curvas, ese cabello rubio... todo eso es un plus. Necesito un heredero desesperadamente, y ella busca seguridad económica.

Dos pájaros de un tiro. Siento una opresión en el pecho que antes no estaba ahí, una anticipación de lo que está por venir.

Mis labios se curvan en una media sonrisa al pensarlo. Sé que dará una batalla infernal. Ya puedo imaginar el fuego en esos ojos azules cuando despierte aquí, en mi casa. Cómo se arqueará bajo mis caricias, desafiante incluso mientras sucumbe a lo inevitable.

Soy Nicklas Knight. Consigo lo que quiero, y quiero que esta fierecilla lleve a mi heredero.