Capítulo 5
El Santa
El frío de la noche de diciembre no me molesta.
No cuando hay trabajo que hacer. Me ajusto la barba postiza, un accesorio ridículo pero necesario.
Jack está a mi lado con sus propios accesorios de Santa, igual de ridículos en su imponente figura; ambos ocultos a plena vista.
No llevamos esta mierda para difundir alegría navideña, sino para que nadie nos vea la cara.
Jack suelta una risa grave, gutural.
—Deberíamos haber traído elfos para completar el cuadro.
Resoplo, concentrado en la tarea que tenemos entre manos. El ladrón pensó que podía robar a la familia Knight y vivir para contarlo. Estaba equivocado.
Este es el último cómplice de la rata que matamos en el almacén hace un rato, y está a punto de aprender la misma lección.
El patético hijo de puta traicionero tiembla como una hoja.
Suplica, solloza, pero su destino está sellado.
Siento una oscura satisfacción en las entrañas.
El miedo es una herramienta, y la manejo con maestría.
—Por favor... no sabía de quién era el dinero. Tienen que creerme —gimotea.
—Una excusa tan delgada como el hielo sobre el que patinas —replico con una voz capaz de congelar el infierno. Casi puedo saborear su pavor. Me alimenta.
—Acabemos con esto. Tengo cosas que hacer —dice Jack, con impaciencia asomando en su tono habitualmente relajado.
—Paciencia, hermano —me acerco más al hombre llorón, saboreando el poder que tengo sobre la vida y la muerte—. Asegurémonos de que entienda las consecuencias de cruzarse con nosotros.
—Entendido, entendido. Por favor... —sus palabras se disuelven en otra ronda de súplicas inútiles.
—¡Silencio! —mi orden resuena en las paredes de ladrillo que nos rodean. El hombre cierra la boca de golpe, el cuerpo tembloroso—. Tu cooperación ahora no sirve de nada. Ya elegiste tu bando.
—Dios, por favor...
—Dios no puede ayudarte aquí —me río.
El callejón apesta a miedo, un hedor casi dulce para mis sentidos.
—Por favor —lo intenta de nuevo, mirándome con los ojos muy abiertos, como un ciervo deslumbrado por los faros. Patético.
—¿Por favor? —repito con un tono rebosante de falsa compasión. Me vuelvo hacia mi hermano y pregunto—: ¿Crees que merece piedad?
Jack se ríe, una risa profunda y amenazante.
—¿Después de hacernos perder el tiempo rastreándolo? Ni de coña.
Las palabras de Jack despiertan algo en mi mente. Esto no ha sido una pérdida de tiempo. Joder, ni siquiera se ha alargado. Me rasco distraídamente la mejilla bajo la barba.
—¿Qué pasa? —pregunta Jack, como si pudiera notar que mi cerebro está intentando encajar las piezas.
El caso es que no estoy seguro de que haya nada raro. Ahora mismo es solo una sensación... joder, apenas. Media sensación como mucho. Simplemente parece demasiado... fácil.
Primero el ladrón nos llevó a un cómplice, y este nos condujo directamente al siguiente. Ninguno de los hombres que hemos cazado necesitó mucha persuasión, y la persona que delataron estaba exactamente donde dijeron. Joder, no solo eso. Estaban... solos e indefensos.
No puede ser tan fácil.
Sacudo la cabeza y vuelvo a centrarme en el hombre que tengo delante.
—¿Últimas palabras? —pregunto mientras el metal frío de mi arma le presiona la sien.
Balbucea, suplica, pero todo es ruido de fondo—.
Última oportunidad de ponerte de pie y morir como un hombre en lugar de de rodillas como la basura que eres —mis palabras son crueles, pero no tengo compasión por los parásitos desleales.
Y menos aún por los que huyen y se arrodillan, demasiado débiles para afrontar las consecuencias de sus actos como hombres.
Un solo disparo rompe el silencio. Su cuerpo se desploma, sin vida.
—Joder —se queja Jack—. ¿No podías haberle disparado en cualquier otra parte? Los de la limpieza no van a estar contentos con este desastre —el labio superior de mi hermano se curva con asco mientras observa la sangre, el cráneo destrozado y los sesos.
—Que ellos...
Me interrumpe un grito; un sonido agudo, gutural, que rasga el silencio. Giro la cabeza hacia el sonido.
—Mierda, ¿quién...? —empieza Jack, ya moviéndose hacia el origen del grito.
Me giro bruscamente y la veo: una mujer con los ojos desorbitados de terror.
Es hermosa, incluso aterrorizada. Melena rubia cayendo en desorden, curvas ceñidas por un vestido fino a pesar del frío de diciembre.
Hmm, debe de haber estado en alguno de los clubes de por aquí.
Su pecho sube y baja con respiración agitada, los ojos azules muy abiertos y clavados en el cadáver.
—Mía —gruño, reclamando el derecho a ocuparme yo mismo de esta complicación inesperada. Sin apartar los ojos de ella, avanzo con pasos medidos, depredadores. Su terror es palpable, y algo se agita dentro de mí, un impulso primitivo que no había sentido en años.
—¿Quién eres? —exige, intentando disimular el miedo con bravuconería.
Dejo escapar una risa oscura.
—Pregunta equivocada, gatita —respondo, acercándome más mientras la veo retroceder por instinto—. Lo que deberías preguntarte es qué voy a hacer contigo ahora.
—Por favor, no diré nada, ¡lo juro! —grita mientras acorto la distancia entre nosotros.
—Lo sé —sonrío con suficiencia.
Mi mano sale disparada, rápida como un látigo, y le rodea la garganta.
Jadea y deja caer el bolso mientras aprieto lo justo para demostrarle que tengo el control, que cada bocanada de aire depende de mi voluntad.
Su pulso late desbocado bajo mis dedos, como un pájaro atrapado, frenético por escapar.
Se revuelve contra mí, toda uñas y fuego.
Una patada me alcanza la espinilla, sorprendentemente fuerte.
Me arranca una carcajada desde lo más hondo.
Impresionante. La mayoría se derrumba de miedo; ella lucha como una gata salvaje, y joder si no me pone.
No, es más que eso. Su instinto de supervivencia es fuerte, y me tiene jodidamente fascinado.
—Fogosa, ¿eh? —comento, disfrutando del destello de desafío en sus ojos.
—¡Suéltame!
Sus uñas me arañan la piel, y bajo la mirada para ver pequeñas gotas de sangre donde me clava las garras.
Una sonrisa siniestra se dibuja en mis labios.
Su espíritu, aunque inútil, me impresiona; hace mucho que nadie se atreve a desafiarme.
Sin soltar su garganta, la empujo hacia atrás hasta que su espalda choca contra la pared.
Aflojo el agarre mientras su forcejeo se debilita, y la confusión cruza fugaz por su rostro. Intenta entender qué pretendo, por qué no la he eliminado como a su compañero del callejón. Bien. Que le dé vueltas la cabeza. Miedo mezclado con curiosidad: un cóctel potente.
—¿Quién eres? —pregunta de nuevo.
Abre los ojos de par en par cuando me inclino tan cerca que mi aliento le roza el rostro, mientras aprieto la mano en torno a su garganta.
—Tu peor pesadilla o tu sueño más dulce —respondo—. Depende de cómo juegues tus cartas.
Ante mis palabras, vuelve a forcejear, intentando liberarse. Pero nada de lo que hace surte efecto en mí.
—Deja de luchar —gruño mientras aprieto más fuerte. Su vida pende de un hilo, de mi hilo. Sus ojos suplican, una plegaria silenciosa de misericordia que solo me hace querer apretar aún más.
—Mátala y sigamos adelante —insta Jack, pero aún no he terminado con ella.
—Silencio —espeto. He tomado mi decisión en un abrir y cerrar de ojos. Ya es más que una simple testigo. El corazón me late desbocado ante las posibilidades mientras su consciencia se desvanece y su cuerpo se queda laxo en mis brazos.
—Por favor —jadea, con lágrimas a punto de caer—. Yo... tengo una hermana...
Casi me echo a reír. Una hermana. Un ancla a este mundo. Una baza.
—No deberías haberme dicho eso —digo con una sonrisa. Mi pulgar presiona más fuerte contra su tráquea, no para acabar con su vida, sino para dejarla inconsciente.
Su pecho se agita en busca de un aire que no llegará, y sus ojos van perdiendo el fuego, con el destello de comprensión de que su vida descansa en mis manos.
Puedo ver el momento exacto en que lo entiende: ahora es mía.
Su cuerpo se desploma, entregándose a la oscuridad que araña los bordes de su visión.
—Joder, Nick, ¿qué estás haciendo? —la voz de Jack es un eco distante.
—Confía en mí —es lo único que digo mientras observo el último rastro de consciencia desvanecerse de su rostro. No soy de los que apuestan. Pero esta mujer es una apuesta que estoy dispuesto a hacer.
—Más te vale tener una buena razón para esto, joder —refunfuña Jack detrás de mí.
—Vámonos —ordeno, agarrando el bolso que dejó caer antes de levantarla en brazos. Su cabeza cae laxa contra mi brazo. Ella es suave donde yo soy duro, luz donde yo soy oscuridad.
Esta no es una mujer cualquiera. Es una luchadora, una superviviente; la mismísima respuesta a una plegaria que nunca hice.
Caminamos de vuelta al coche, con el aire frío de la noche contra mi piel.
Su calidez se filtra en mí. La coloco con cuidado en el asiento trasero y le meto el bolso bajo el brazo.
—Tengo al equipo de limpieza en la línea —murmura Jack, con el teléfono en la oreja.
—Bien —mi respuesta es escueta, toda mi atención puesta en la mujer inconsciente detrás de mí. Su cabello rubio se despliega en abanico sobre el asiento, un halo de inocencia en un mundo que es todo menos eso—. Asegúrate de que lo recojan todo.
Jack se sube al coche, y en cuanto la puerta se cierra y arrancamos, se gira hacia mí.
—¿Quién es, Nick? —pregunta Jack, observando a la mujer con una mezcla de curiosidad y cautela.
—El futuro —respondo, con la mente ya disparada entre planes y posibilidades.
El trayecto a casa de Jack es tenso, su confusión evidente.
Quiere respuestas, pero no estoy dispuesto a compartir mis pensamientos.
No hasta que sepa exactamente cómo encaja esta intrigante desconocida en mi mundo, el mundo donde yo mando, donde todos se doblegan a mi voluntad. Excepto ella. Todavía no.