Capítulo 3 #2
Ambos sabemos que esta noche nunca tuvo nada que ver con el placer.
Sin esperar respuesta, salgo de la habitación con paso firme y me reúno con mi hermano en el coche. Mientras nos dirigimos al garaje, el aire frío de la noche neoyorquina me muerde la piel, pero no es nada comparado con el fuego que arde en mi interior.
—¿Cómo lo pillaste? —le pregunto a mi hermano.
Suelta una risa sombría.
—Después de revisar las cuentas, noté que una pequeña cantidad desaparecía en torno al tercer miércoles de cada mes. La cuenta offshore a la que iba pertenece a una de nuestras empresas fantasma...
—No me jodas.
¿Quién coño se atrevería no solo a robarnos, sino a ser tan imprudente y rematadamente estúpido?
Jack niega con la cabeza.
—El caso es que... no creo que a quien pillé sea el verdadero ladrón. Creo que es un chivo expiatorio.
Medito sus palabras durante unos instantes, y cuanto más lo pienso, más factible me parece.
Esta traición es personal. Un ataque a los Knight, al imperio por el que mi madre murió hace exactamente veintiocho años, a todo lo que he jurado defender y expandir. Es un puto insulto lo personal que resulta.
La ciudad pasa velozmente en un borrón de luces y sombras, pero apenas me doy cuenta. Solo puedo pensar en lo que tenemos por delante.
—¿Quién crees que mueve los hilos? —gruño con todos los músculos en tensión, listo para matar.
—Podría ser cualquiera, desde los rusos hasta los italianos. Joder, incluso podría ser alguien de nuestro círculo interno —responde Jack con voz firme pero sombría—. Pero quienquiera que sea, tiene contactos. Esto no es un robo de poca monta.
—Conexiones que podrían hacernos daño.
No es una pregunta. Solo pensar en la vulnerabilidad de mi imperio me hace hervir la sangre, un calor peligroso que me abrasa bajo la piel.
—Contactaré con los tres. Haré que muevan sus contactos.
Los tres... bueno, no es su título oficial ni nada por el estilo. Son simplemente los tres capos del crimen más importantes que trabajan para mí: Dominic, Lee y Sergei, tres hombres que se han ganado mi confianza y mi lealtad.
—Sí, buena idea.
Jack hace una pausa y luego añade:
—Tenemos que enviar un mensaje, Nick. Nadie traiciona a los Knight y vive para contarlo.
—Joder, claro que sí.
Una determinación gélida me envuelve como una armadura. Mi mente repasa los registros de inventario, los informes financieros, los rostros de cada persona que alguna vez me ha jurado lealtad. Un traidor acecha entre ellos, y esta noche aprenderá lo que significa cruzarse conmigo.
—¿Crees que podría ser...?
Levanto la mano para silenciar a Jack antes de que termine la frase.
—No es Sergei, Lee ni Dominic. Cualquiera menos ellos tres.
Jack lo deja estar y revisa el espejo retrovisor en busca de perseguidores.
—Los muelles del Este están cerca.
—Reduce la velocidad cuando doblemos la esquina. Quiero que nos acerquemos en silencio. Asegúrate de que tu arma esté lista.
Noto el peso de mi propia pistola contra la cadera; a estas alturas, es como una extensión de mí mismo. Nunca voy a ninguna parte sin ella, ni siquiera a cenar a casa de mi padre.
—Siempre lo está.
Jack se toca la funda bajo la chaqueta; el clic sutil del seguro es una promesa siniestra.
—Recuerda: entramos, encontramos al topo y damos ejemplo. Sin vacilaciones.
El tono acerado de mi voz refleja mi voluntad de hierro. No puede haber debilidad, no con tanto en juego.
—Entendido —confirma Jack. Su determinación es palpable en el espacio reducido del coche.
Respiro hondo y dejo que el aire helado agudice mis sentidos mientras la adrenalina me recorre las venas. Conforme nos acercamos a los muelles, el olor a agua salada y combustible diésel me asalta las fosas nasales, un recordatorio acre del trabajo sucio que nos espera.
—Apaga las luces —ordeno mientras nos deslizamos en el manto de oscuridad que envuelve los muelles. Jack obedece sin decir palabra, y avanzamos como depredadores que acechan a su presa.
—Aparquemos aquí, fuera de la vista.
Señalo un rincón en sombras entre dos almacenes, el lugar perfecto para nuestra emboscada.
Jack maniobra el coche con soltura y apaga el motor mientras nos acomodamos en posición.
—Revisa tu equipo. Una vez que salgamos de este coche, no hay vuelta atrás.
Me palpo el equipo para asegurarme de que todo está en su lugar: los cuchillos, la pistola, las esposas. Herramientas de persuasión para hacer cantar a una rata.
—Listo.
La respuesta de Jack es cortante, reflejo de mi propia determinación inquebrantable.
Asiento con brusquedad y abro la puerta para salir a la noche. Cada célula de mi cuerpo vibra con la necesidad de retribución, de control, de la certeza absoluta de que después de esta noche, el nombre Knight será sinónimo de intocable.
Juntos avanzamos hacia la oscuridad, hacia el ajuste de cuentas que nos espera.
Jack a mi flanco, silencioso como la muerte.
El viento helado del puerto es cortante y trae consigo el hedor de la decadencia y los viejos secretos.
Nos acercamos a la unidad de almacenamiento destartalada donde nuestro topo —un traidor a la familia— espera atado y amordazado.
Aunque el tipo resulte ser solo un títere, esta noche lo pagará con su vida.
—Nick, recuerda que lo necesitamos hablando —murmura Jack, con la voz apenas un susurro contra el viento aullante.
—Hablar es lo fácil.
Mis labios se curvan en una sonrisa sombría. Que sobreviva a lo que viene después... eso es lo complicado.
Llegamos a la puerta y la empujo con fuerza medida.
Dentro, una luz tenue parpadea desde una bombilla que se balancea y proyecta sombras inquietantes en las paredes.
El topo, un teniente que alguna vez fue de confianza llamado George, se retuerce en una silla de metal, con cinta adhesiva cruzándole la boca y las muñecas aseguradas a la espalda.
Mi corazón retumba, un redoble rítmico que anuncia la violencia inminente. Doy un paso adelante y le arranco la cinta; sus súplicas se derraman, desesperadas e ininteligibles.
—Por favor, Nicklas, yo no...
—Guárdatelo para alguien a quien le importe una mierda —espeto, y lo corto en seco.
Mis manos están firmes mientras selecciono un cuchillo de mi equipo, con la hoja brillando de forma ominosa—.
¿Quién más está involucrado? —exijo mientras presiono el acero frío contra su garganta, lo justo para ver brotar una gota de sangre.
—Nadie, lo juro —jadea, pero el temblor de su voz delata la mentira.
—Respuesta incorrecta.
Presiono más fuerte y dejo que el miedo se le filtre hasta los huesos. Todo es cuestión de control: hacerle entender que cada respiración es un privilegio que yo le concedo.
—¡Está bien! ¡Está bien!
Se le abren los ojos desmesuradamente, desorbitados de pánico—. Hay otros... pero no sé nombres. Me contactaron de forma anónima.
Resoplo con desdén, sin creerme ni por un segundo que la maldita rata no sepa más. Al darme cuenta de que necesita más convencimiento, le arranco la camisa del torso y le clavo el cuchillo en el hombro, con un placer enfermizo ante sus aullidos y gritos de dolor.
—¿Eso es todo lo que sabes? —pregunto mientras extraigo el cuchillo, despacio, para que sienta cada centímetro.
Tiene la respiración entrecortada y, a pesar del frío helado, le perla el sudor la frente.
—Reuniones... eran de noche, siempre en lugares diferentes. Mensajes encriptados —suelta atropelladamente.
Le doy unas palmaditas condescendientes en la mejilla.
—¿Ves? No ha sido tan difícil, ¿verdad?
—¿Cuántos? —pregunta Jack a mi espalda.
—Yo... yo...
Al notar que George está a punto de mentir de nuevo, lo interrumpo.
—No le mientas a mi hermano —gruño—. Que tenga otros sitios donde estar esta noche no significa que no vaya a mantenerte vivo hasta que tenga más tiempo para hacerte arrepentir de haberme traicionado.
—¡Por favor! —grita con los ojos desorbitados—. Yo... no sé nada...
—¿Conoces las ubicaciones? —interrumpe Jack. La forma en que George desvía la mirada lo dice todo—. Dámelas.
—Un bar viejo, The Filthy Oar. Un parking en West End...
—continúa George con voz vacilante.
Los dedos de Jack vuelan sobre una tableta y lo anota todo con eficiencia despiadada.
Estoy bastante seguro de que George nos ha dicho todo lo que sabe, así que murmuro:
—Buen chico.
Vacilo lo justo para ver la esperanza florecer en su rostro, y entonces le clavo el cuchillo en el estómago y corto hacia abajo para que las tripas se le derramen en el suelo.
—¿Era realmente necesario? —pregunta Jack con sequedad—. Ahora toca llamar al equipo de limpieza.
Me encojo de hombros.
—De todos modos íbamos a necesitarlo. Mándales un correo y vámonos.
—Ya estoy en ello, hermano.
La respuesta de Jack es cortante, cargada de la misma urgencia que me corre por las venas.
Salimos a la noche; el aire está cargado con la promesa de una tormenta que se avecina. Siento el peso del apellido familiar sobre mis hombros, un manto forjado en sangre y secretos. Jack teclea en la tableta mientras nos dirigimos de vuelta al coche.
Al deslizarnos en los asientos, el motor cobra vida con un rugido que refleja la agitación que llevo dentro. Los muelles se desvanecen a nuestra espalda, pero la oscuridad persiste y susurra traiciones aún por descubrir.
—¿Y ahora qué? —pregunta Jack.
—Cazaremos hasta la última de estas ratas —gruño.