Comprada por Santa (Obsesiones estacionales nº 1) Capítulo 2
3%

Capítulo 2

La Reproductora

Los alegres acordes de «Jingle Bells» me llegan antes siquiera de empujar la puerta principal de Ability Acres, la residencia donde vive mi hermana. Es como entrar en otro mundo, uno donde el peso de mis problemas no me alcanza. Al menos, eso es lo que me repito.

—¡Hola, Carolina! —me saluda Nancy en recepción, con los ojos arrugados en una sonrisa cálida y genuina. Es una de las razones por las que venir aquí no se me hace tan difícil. Le devuelvo la sonrisa, conteniendo la ansiedad constante que amenaza con treparme por la garganta.

—Hola, Nancy —digo, con la voz un poco más entrecortada de lo que quisiera—. ¿Cómo está hoy?

—Willow ha estado emocionadísima toda la mañana, cariño. Ya sabes cuánto le encanta este día.

Asiento, y el corazón me da un vuelco porque sí lo sé, lo sé demasiado bien. El treinta de noviembre no es solo el día en que decoramos para Navidad; es nuestro momento de alegría compartida al que me aferro año tras año.

Recorro el pasillo, pasando junto a empleados con gorros de Papá Noel, sus sonrisas tan brillantes como el espumillón que adorna las paredes. El aroma a canela llega desde la cocina, y por un momento me dejo llevar por el ambiente festivo.

Al abrir la puerta de su habitación, ya está lista, esperándome con esa sonrisa radiante que eclipsa las lucecitas baratas y parpadeantes que rodean su cama. Sus ojos, del color de la tierra fresca tras la lluvia, se iluminan al verme.

—¡Caro! —exclama.

—Hola, Will —digo, acercándome a ella con pasos rápidos.

Mi hermana, físicamente, es casi mi gemela, salvo que su pelo es prácticamente blanco, mientras que el mío es rubio. Está junto a la ventana en su silla de ruedas, con una manta sobre las piernas.

El accidente, un recuerdo grabado a fuego en el lienzo de nuestras vidas, no solo se llevó la vida de nuestro padre, sino también el uso de esas piernas cuando ella apenas tenía doce años.

Papá la acompañaba al colegio cuando un tipo perdió el control del coche, demasiado ocupado con el móvil.

Heroicamente, nuestro padre empujó a Willow para apartarla y recibió él todo el impacto.

Murió en el acto, y mi vibrante hermana quedó confinada a una silla de ruedas.

Pero nunca dejó que eso apagara su espíritu.

La voz de mi hermana me arranca de ese viaje sombrío por los recuerdos.

—¿Lista para dejar el árbol precioso? —pregunta, señalando con entusiasmo el pequeño árbol de Navidad artificial que descansa sobre una mesa junto a ella.

—Siempre —respondo, y las comisuras de mis labios se elevan en una sonrisa genuina mientras saco la caja de adornos del armario—. ¿Y no has vuelto a cambiar de opinión sobre la combinación de colores?

Se ríe.

—No, y prometo que no lo haré. Al menos no este año —bromea.

Trabajamos juntas: Willow se encarga de las delicadas bolas y me las pasa con cuidado. Yo me estiro para colgarlas, las entrelazo entre las ramas sintéticas y lleno los huecos con rojos y dorados relucientes.

—¡Más arriba, Caro! Tiene que quedar perfecto —ordena, con una risa que suena como campanillas en el aire fresco del invierno. Y a pesar de todo —el peso aplastante de la responsabilidad, el miedo corrosivo al mañana— me descubro riendo también, atrapada en la magia que estamos creando.

Enrollo una guirnalda plateada en la copa del árbol de Navidad, pero mi mente está más enredada que estos adornos.

El dinero —o la falta de él— me araña como una bestia implacable de apetito insaciable.

Empujo esos pensamientos hasta el fondo, los entierro bajo tierra de alegría forzada.

Will no necesita ver lo profundas que son las raíces de mi miedo.

—¿Te acuerdas de cuando papá intentó hacer ponche de huevo aquel año? —la voz de Will, siempre tan llena de vida, rompe el silencio como una campana en la noche.

Me río, y una chispa genuina se enciende dentro de mí.

—¿Intentó? ¿Te refieres a cuando casi nos quitó las ganas de Navidad a todos con aquella monstruosidad?

—¡Exacto! —se ríe, con los ojos brillando tanto como las luces que acabamos de colgar. Por un momento, el peso en mi pecho se alivia y puedo respirar de nuevo—. Estaba tan orgulloso, además. No paraba de decir que era una receta familiar de los Sterling.

—Más bien un desastre familiar de los Sterling —mi respuesta es juguetona, pero una punzada de dolor acompaña el recuerdo.

Una expresión melancólica, casi triste, cruza el hermoso rostro de mi hermana.

—A mamá le habría encantado este árbol —dice Willow en voz baja, con la mirada fija en el angelito que corona el abeto.

Es imposible no sentir nuestra orfandad con más fuerza en Navidad. Mientras que papá tuvo una muerte heroica, la de mamá fue todo lo contrario. Después de perderlo, recurrió a las drogas y al alcohol, renunciando por completo a ser madre.

El accidente ocurrió justo antes de cumplir los dieciocho, en mi último año de instituto.

Pero cuando mamá se desentendió de sus obligaciones, tuve que dar un paso al frente.

Dejé los estudios y acepté cualquier trabajo que pudiera encontrar para mantenernos a Will y a mí.

Mamá usó el poco dinero que nos dejaron papá y el seguro para alimentar sus nuevos vicios, así que de mí dependía conseguir el dinero para pagar los tratamientos de Will y encontrar un centro donde pudiera vivir.

Me duele en lo más profundo no poder vivir con mi hermana, pero ninguno de los sitios que puedo permitirme es accesible para sillas de ruedas.

Créeme, lo he investigado a fondo. Pero por mucho que busqué y supliqué a la calculadora que me diera los resultados que quería, no había manera de pagar sus facturas médicas, una vivienda adecuada y alimentarnos a las dos.

Así que una residencia fue la única solución asequible.

Al mirar a mi hermana, está claro que echa de menos a nuestros padres. Siempre he hecho todo lo posible por protegerla de lo cruel que se volvió nuestra madre.

—Venga, no te pongas tan triste, Will —digo con voz cantarina, forzando mi tono para que suene más alegre de lo normal—. Le encanta. Sabes que están aquí con nosotras, en espíritu —es una frase que he recitado cada Navidad desde el accidente, un mantra para calmar el dolor de la ausencia.

—A veces casi puedo oírla cantando villancicos —susurra Willow, con la sonrisa teñida de nostalgia. Extiende la mano y sus dedos danzan sobre una bola roja adornada con copos de nieve brillantes, un vestigio de las Navidades de la infancia que de algún modo sobrevivió al paso de los años.

—Bueno —digo, vacilante, tomando la mano de mi hermana—. Podemos ir a cantar villancicos si quieres.

Will arruga la cara.

—Ja, ja, sabes que no tengo oído. Tú eres la que lleva el nombre de la tradición, así que deberías hacerlo tú.

No se equivoca. A mamá se le rompió aguas mientras ella y papá cantaban villancicos el trece de diciembre, hace casi veintisiete años, y así es como conseguí mi nombre.

La mayoría de la gente piensa que es porque fui concebida en uno de los estados de Carolina, pero no.

Por suerte, esa no es la historia detrás de mi nombre.

La habitación parece contener la respiración, el aire cargado de palabras no dichas y recuerdos que se adhieren como telarañas. Somos las últimas Sterling, aferrándonos la una a la otra en un mundo que no ha sido nada amable con nosotras.

—Caro, ¿me prometes algo? —Los ojos marrones de Willow se clavan en los míos, serios e inquisitivos.

—Lo que sea, Will.

—Prométeme que siempre encontraremos la manera de mantener vivas nuestras tradiciones. Pase lo que pase.

Se me encoge el corazón, como si una prensa de responsabilidad lo apretara. La idea de fallarle, de ver cómo la luz de sus ojos se apaga porque no fui capaz de mantener nuestro mundo a flote, me aterroriza más que nada.

—Siempre —digo, y lo digo con cada fibra de mi ser. Porque, al final, no es el dinero ni la desesperación lo que nos define. Es el amor entre dos hermanas que luchan contra la crueldad de la vida.

Aunque nos lleva casi toda la tarde, porque Will me ha hecho cambiar la colocación de todo mil veces, por fin coloco el último adorno. Una bola roja brillante que atrapa el suave resplandor de las lucecitas.

Retrocedo un paso y el aroma de pino y canela me envuelve como un abrazo cálido. Las luces parpadeantes proyectan sombras danzantes en el rostro de Willow e iluminan su amplia sonrisa, tan reconfortante como desgarradora.

—Queda perfecto —murmuro, mientras el pecho se me hincha de un orgullo que alivia por un momento la ansiedad que me roe las entrañas.

—Mejor que perfecto: mágico —insiste, con una voz que rebosa alegría y contradice su confinamiento en la silla de ruedas. El accidente puede haberle robado la movilidad, pero no el espíritu.

Me agacho y enchufo el pequeño hervidor eléctrico junto a su cama.

—¿Chocolate caliente? —ofrezco, aunque es más una afirmación que una pregunta. La tradición lo dicta, y bien sabe Dios que nos aferramos a ellas.

—Sí, por favor —responde con una anticipación palpable mientras mezclo el cacao en polvo y las nubes en el agua humeante. Sorbemos nuestras bebidas; la dulzura del chocolate y el calor abrasador contrastan con el frío que se cuela por el cristal de la ventana.

—Caro... —empieza Willow, y su tono cambia—. Volverás pronto, ¿verdad?

—Por supuesto —respondo demasiado rápido; la mentira me sabe amarga en la lengua. Cada visita cuesta algo que apenas puedo permitirme: tiempo, dinero, esperanza. Pero lo aparto y me concentro en el calor que se extiende por mis dedos desde la taza de cerámica.

—Bien. Es que no es lo mismo sin ti —dice en voz baja, y me agarra la mano.

—No me lo perdería por nada del mundo, Will —digo con la voz ronca de lágrimas contenidas.

Terminamos el chocolate caliente y recojo todo, sin dejar rastro de nuestra pequeña celebración salvo el aroma persistente del cacao—.

Pero oye, ya estás lista para el uno de diciembre. A lo mejor este año te visita Santa.

Cuando éramos niñas, siempre decorábamos el árbol de Navidad el uno de diciembre; era la tradición de la familia Sterling. Pero ahora lo hemos adelantado al último día de noviembre. Willow insiste en que tiene más sentido, y la verdad es que estoy bastante de acuerdo.

—Te quiero, Caro —me dice Willow mientras me dirijo a la puerta, y el apodo me llega al alma.

—Yo te quiero más —respondo con una media sonrisa y salgo al frío.

De vuelta en el silencio de mi pequeño estudio, los villancicos navideños que antes sonaban alegres ahora suenan burlones.

Las facturas están esparcidas por la mesa de la cocina como una baraja repartida por el destino: una mano perdedora.

Me siento, aplastada por el peso de los números y los avisos de impago.

Cierro los ojos y me permito este momento de vulnerabilidad. Se me entrecorta la respiración; el miedo y el pánico me arañan las entrañas. ¿Cuánto tiempo más puedo aguantar así? ¿Cuánto falta para que todo se derrumbe?

La habitación es sofocante, las paredes se cierran sobre mí, cargadas con los fantasmas de nuestros padres y la presión implacable de mantener a Willow. De darle la vida que merece, una que no termine entre las cuatro paredes de una residencia.

Dejo escapar un suspiro tembloroso e intento trazar un plan, cualquier plan, que no implique vender pedazos de mi alma ni agujerear preservativos en vanos intentos de encontrar un ancla en esta tormenta.

Pero, como siempre, no se me ocurre nada.

Soy una desertora del instituto, sin estudios ni cualificaciones.

Solo tengo una cosa que ofrecer: mi cuerpo.

Estoy de pie en medio de mi estrecho estudio, con los ojos cerrados, pintando la fantasía una vez más: grandes salones de baile, vestidos de seda, una vida en la que Willow ríe sin preocupaciones.

Es un sueño nacido de la desesperación, tejido con hilos de esperanza y anhelo.

Las yemas de mis dedos rozan el cristal frío de la ventana, imaginando que es el mármol pulido de alguna mansión opulenta.

El contacto helado me recorre la espalda con un escalofrío, pero no es por el frío.

—Carolina Sterling, serás la reina de todos los bailes —murmuro; las palabras son un juramento a la noche—. Encontrarás ese billete dorado.

Abro los ojos de golpe y la realidad del papel pintado descascarado y las sombras amenazantes me golpea de nuevo. La fantasía se desvanece, pero deja tras de sí una feroz determinación. Basta de lágrimas, decido. No resuelven nada. Lo que hace falta ahora es acción: engañosa, astuta, desesperada.

Voy hacia el armario y rebusco entre las perchas hasta encontrar el vestido. Rojo, atrevido, un susurro de tela que promete pecado y salvación a la vez. Una herramienta, nada más, pese a su atractivo. Inspecciono las etiquetas, aún bien sujetas, y una sonrisa ladina se me dibuja en los labios.

—Solo una noche —me recuerdo—. Póntelo, encántalos, devuélvelo.

Es un riesgo calculado, una inversión en un futuro al que me aferro con uñas y dientes. Cada vez que juego a este juego, las apuestas suben y la caída está más cerca. Pero no hay lugar para la duda.

—Mañana solo verán lo que quieras que vean —digo, practicando el tono de una mujer que jamás ha conocido el abrazo asfixiante de la pobreza, una mujer que no existe.

Extiendo el vestido y me vuelvo hacia el espejo para estudiar mi reflejo. El pelo rubio, las curvas: son mis armas en esta mascarada. Practico sonrisas, inclinaciones de cabeza, risas suaves. Una máscara de seducción sobre el acero de la determinación.

No puedo permitirme un desliz, no puedo dejar que el brillo de mis ojos se apague y revele el terror que escondo. Debo ser puro encanto, pura gracia. Porque en algún lugar de esa multitud hay un hombre con los bolsillos bien llenos, capaz de sacarnos de este lodazal. Y lo encontraré.

Después de colgar el vestido en el armario, cojo el portátil y lo enciendo. Es hora de ganar dinero.