CAPÍTULO 9º
Lorena sube las escaleras de la comisaría. Muchos de los que se cruzan con ella la saludan y la felicitan.
Cuando llega al despacho del jefe, toca la puerta con sus nudillos, espera el permiso de acceso y entra.
—Buenos días, jefe. ¿Quería verme?
—Sí, quiero comentarte dos cosas, la primera que hemos decidido ascenderte a teniente por tus méritos en el caso que llamamos La Fenice, ya que allí empezó todo.
Lo segundo es que en el museo habéis expuesto una serie de monedas de varios períodos de oro y plata, pero quedan como treinta y nueve sacas que evidentemente deben quedar a buen recaudo, hablando con el ministerio se ha decidido que la Banca d’Italia sea la depositaria del tesoro en la bóveda acorazada de su sucursal de Milán y que tú seas la encargada de transportar las sacas hasta allí, dispón todo lo necesario, ten muy en cuenta las posibles filtraciones, mucha discreción.
—Bien, señor. Ahora, ¿dónde están las sacas?
—Aquí, en el sótano de la comisaría.
—Organizaré el transporte. Una pregunta: ¿se sabe algo del fugitivo Flavio Rossi?
—No: ni nosotros, ni la policía de Italia, ni la Interpol.
—En unos días le comentaré el plan.
La recién estrenada teniente Gianotti abandona el despacho. Ya en su mesa, empieza a recopilar datos para llevar a cabo la misión encomendada. Cuando regresa a su casa, comenta el encargo con Pietro. Además, celebran el ascenso.
Los siguientes días, evalúa el material a trasladar, se trata de treinta y nueve sacos de monedas de oro y plata con un peso aproximado de dos mil kilos, lo primero que hay que tener en cuenta es la fragilidad de los sacos, que fácilmente pueden romperse pues la tela tiene varios siglos de antigüedad, por lo que contacta con una empresa de contenedores metálicos de alta resistencia, con cierres de combinación, otra cosa importante es que tengan o se les pueda incorporar un localizador de GPS, en caso de pérdida o sustracción, con estas premisas, contacta con una empresa de transporte con camiones blindados, lo que permitiría hacerlo por carretera, la distancia de Venecia a Milán es de doscientos sesenta y cinco kilómetros, recorrido razonable.
Irían de la comisaría a la sucursal bancaria.
Otra opción sería por tren. La teniente se pone en contacto con Trenitalia, empresa nacional.
La propuesta sería, como no hay trenes blindados, formar un convoy exclusivo para este traslado: un vagón de mercancías con los contenedores y, delante y detrás, vagones plataforma con armamento.
Irían de comisaría a la estación en una embarcación de la policía, en tren de Santa Lucía a Milano Centrale y, de allí, a la sucursal en camión blindado.
La tercera opción sería por aire, Lorena habla con el ministerio de defensa, que le propone, usar un helicóptero de transporte del ejército, AW139 para los contenedores y dos helicópteros de combate AW249 como seguridad añadida.
Irían de la comisaría al aeropuerto de Lido en una embarcación de la policía, en helicóptero hasta el aeródromo de Milán Linate y en blindado hasta la sucursal bancaria.
Han pasado tres días desde que Lorena recibió el encargo. Va al despacho del jefe para comentar el posible plan. Le presenta las tres posibilidades.
—Evidentemente, señor, también necesitaremos un contingente importante de uniformados para controlar los traslados cortos en embarcaciones, camiones, en los momentos de carga y descarga, no solo cerca de la mercancía, sino también en los trayectos y edificios cercanos.
—Teniente, yo añadiría vigilancia aérea en todos los tramos terrestres y marítimos, helicópteros que desde el aire controlen el momento y la distancia. Hay que tener en cuenta que el valor a trasladar supera los doscientos millones de euros. Disponga de todo lo que necesite. ¿Quiere un ayudante?
—No señor.
—Pues, cuando usted considere que está a punto, ponemos en marcha lo que llamaremos “Operación Manin” en honor al último Dux que escondió el tesoro.
—Gracias señor.
Cuando ya de noche llega al palacete, Pietro le tiene preparada una copa de vino, mientras él termina de hacer la cena.
—Una pregunta: de las tres opciones, tú, ¿cuál crees que es la mejor?
—La mejor siempre es la que sale bien, pero solo lo sabes cuando terminas.
Yo lo haría por carretera con un blindado del ejército, dos vehículos delante y dos detrás, también militares, y sobrevolando el convoy en todo momento, dos helicópteros en la vertical y dos más: uno en una posición adelantada, para no tener sorpresa por delante, y otro en posición atrasada, guardando la retaguardia.
La policía, en los lugares de carga y descarga y a lo largo del recorrido en las ciudades: aquí, en Venecia, Padua, Verona y en Milán.
—Creo que tienes razón: cuantos menos cambios, mejor, y el ejército tiene medios más contundentes.
—¡Pues a cenar!
Lorena está concentrada en su despacho ultimando detalles, cuando un apuesto militar llama su atención.
—Perdón, ¿la teniente Gianotti? Soy el capitán Andretti. Me han puesto a mí y a mi equipo a su disposición para llevar a cabo la “Operación Manin”.
—¡Oh! Capitán, pase.
Una larga conversación sirve para concretar todos los detalles. El militar añade un ferry para llevar los blindados hasta el Puente de la Libertad a través del Canal Giudecca, pues cruzar la ciudad por sus calles no es posible: son demasiado estrechas.
—Me parece bien, ¿el ferry será del ejército?
—Sí, disponemos de este material.
—¿Le parece que nos pongamos en marcha en dos días?
—Estaremos preparados.
Son las seis de la mañana, aún es de noche cuando un ferry amarra frente a la comisaría, con cinco vehículos blindados, una dotación de veinte soldados fuertemente armados, comandados por el capitán Andretti, bajan de los coches y forman un cordón hasta la puerta de la central junto con uniformados de la policía, casi al mismo tiempo el ruido característico de los helicópteros sobrevolando la zona se hace evidente.
La detective ya ha colocado los GPS en cada uno de los diez contenedores metálicos, que también están equipados con sensores de impacto, los cierra y empiezan a llevarlos al blindado, una vez todo cargado, el ferry navega hasta la isla de Tronchetto, donde el convoy se incorpora al Puente de la Libertad, rumbo a Padua, Verona y Milán.
La teniente va en el camión junto al capitán. La velocidad de crucero es alta; además, cuando se acercan a las ciudades, la policía local corta los cruces para facilitar el paso del convoy.
—Capitán, creo que vamos bien. ¿Los helicópteros han detectado algún movimiento sospechoso?
—No, tenemos la ruta despejada. Estamos a medio camino; llegaremos a Milán en una hora y media.
Llegando a la ciudad, desde el helicóptero que va por delante, avisan por radio:
—Atención, hay un accidente en la carretera a unos dos kilómetros. Corta parcialmente el tráfico. Avisamos a la policía; ralenticen la marcha.
Pasados unos minutos: —Falsa alarma. La policía ha restablecido la marcha.
Cuando entran en Milán, la policía corta la circulación a medida que el convoy avanza por las calles, hasta llegar a la sucursal bancaria. Frente al banco hay una plaza con aparcamiento, con unas obras.
El capitán Andretti ordena la formación del cordón junto con los uniformados locales para proceder a la descarga de los contenedores, que serán colocados en la bóveda acorazada del banco.
—Capitán, mientras controlas y colocas los contenedores en su sitio, voy a inspeccionar las obras de aquí enfrente.
Lorena se acerca a los trabajos de obra pública, la zona está rodeada por unas vallas para seguridad de los viandantes, observa, al parecer es un trabajo en las alcantarillas, ya que la tapa está marcada con pintura, le llama la atención, que no hay ningún letrero de la empresa que realiza los trabajos, tampoco hay material, ni maquinaria, por lo que decide llamar al ayuntamiento.
—Buenos días. Soy la teniente Gianotti, de la policía. Quisiera saber si están realizando algún tipo de obra en la Plaza de Tommaso Edison, frente al Banca d’Italia.
—Un momento, por favor. —Pasados unos momentos—.
—Teniente, me confirman que actualmente no se está realizando ningún tipo de trabajo en la dirección que usted me indica. Pero hay una obra programada para el próximo lunes: una inspección del alcantarillado.
—Gracias.
Lorena entra en el banco, busca al capitán.
—Andretti, he llamado al ayuntamiento y me confirman que no tienen constancia de trabajos en la plaza. Tienen programada una revisión de las cloacas el lunes próximo. Creo que habrá que estar atentos, ¿te parece?
—Sí, cuando empiecen vigilaremos los trabajos.
—¿Ya están los contenedores todos en su sitio?
—Sí, ¿quieres verlo?
—Claro, además hay que poner en marcha la alarma de impacto y comprobar el GPS.
Una vez todo comprobado, se despiden del director.
—Al parecer, todo ha ido bien. Gracias, capitán.
—Si necesita otra vez de nuestros servicios, ya sabe: a sus órdenes.
Lorena, junto con la dotación de policías de Venecia desplazados, regresa a su ciudad.
Ya en el palacete, Pietro comenta:
—Parece que todo ha ido bien, ahora ya podrás relajarte.
—Eso espero. Fin de semana por delante.
Es viernes, las seis de la tarde, empieza a oscurecer, una furgoneta retira las vallas que impiden el uso del aparcamiento frente al banco, cinco personas con el atuendo de los obreros de la vía pública, descargan maquinaria, levantan la tapa del alcantarillado, colocan la señalización pertinente y cuatro de ellos bajan a las cloacas, uno se queda arriba como apoyo y vigilancia.
Ya en el subsuelo, bajo la plaza, cruzan hasta la calle Cordusio por un colector y giran a la derecha hasta el ramal de la calle Moneta.
El edificio hace esquina; en el ángulo está la tubería de tamaño considerable que da salida a las aguas del banco, que previamente se acumulan en un depósito donde van a desembocar todos los desagües del edificio.
Justo al lado es donde el plano indica que está el suelo de la bóveda.