CAPÍTULO 9º #2
Allí instalan un inhibidor de alarmas y una perforadora con broca en espiral, algo muy efectivo para hacer agujeros sin apenas ruido ni vibraciones.
Cuando llegan al metal usan un soplete de oxiacetíleno.
El resultado final, después de casi dos días de trabajo, es un perfecto agujero en el suelo de la cámara que permite acceder a ella sin que se haya disparado la alarma del banco.
Dos de los intrusos entran en el espacio donde están los contenedores y los van bajando por el orificio.
El inhibidor impide que se disparen los sensores de impacto de las cajas.
Los otros dos las llevan por el colector hasta la salida de la alcantarilla; allí las cargan en un camión recién llegado. Es la noche del domingo al lunes.
Algo que no tenían previsto es que, al alejarse del inhibidor, las alarmas silenciosas de los contenedores se disparan en la central de la policía, desde donde avisan del robo. Además, el GPS señala el lugar exacto donde están.
Al no percatarse de que se han disparado las alarmas, los ladrones recogen el material, retiran las vallas de la calle y ponen la tapa, dejando todo sin signos del robo.
Van a un garaje a las afueras de Milán, dejan la furgoneta y las herramientas. Cuatro irán con un todoterreno y dos en el camión. Su destino: la UBS en Lugano (Suiza).
La policía italiana ya controla sus movimientos e informa a la responsable de la “Operación Manin”.
Son las cuatro de la madrugada cuando suena el teléfono de Lorena.
—Dígame.
—¿Teniente Gianotti?
—Si.
—Soy el inspector Carlo Russo, policía de Milán. Creo que tendría que venir: han robado en el banco los contenedores.
—Voy enseguida.
Pietro se despierta.
—¿Qué pasa?
—Acaban de robar los contenedores del banco de Milán. Me voy.
Lorena llama al aeropuerto de Lido. Estos le envían un helicóptero que la recogerá cerca del palacete. Como no es posible tomar tierra en la ciudad, le mandan un arnés y la izan hasta el aparato, que la llevará a Milán en una hora.
A las seis de la mañana, aún de noche, Lorena llega a la sucursal bancaria. Allí es recibida por el inspector Russo y un enorme despliegue policial.
—Buenos días, teniente, alrededor de las tres y media ha saltado la alarma de los contenedores, con el GPS hemos visto que se movían, los tenemos localizados, hemos venido al banco, la cámara estaba cerrada pero al entrar los contenedores no estaban, en su lugar hay un enorme agujero en el suelo.
—Veamos.
Cuando la teniente entra en la bóveda del banco, enseguida lo relaciona con las obras de la plaza.
—Carlo, vamos a la plaza que hay enfrente.
El aspecto de la calle es absolutamente normal, pero han desaparecido las vallas que había el viernes.
—Carlo, que venga una brigada municipal.
—Si señora.
Cuando llega la brigada. Lorena se equipa.
—Abran la tapa de la alcantarilla, vamos a bajar.
Cuando la inspectora y dos miembros de la cuadrilla descienden, empiezan a recorrer la cloaca. A unos metros empiezan a ver escombros y siguen por el colector y un pasadizo que se adentra hacia la base del banco. Allí encuentran un orificio que comunica con el suelo de la cámara.
—Está claro, el viernes pusieron las vallas para que nadie aparcara en la plazoleta, avisaron al ayuntamiento que el lunes tenían que hacer una revisión, por si alguien preguntaba, viernes noche, sábado y domingo estuvieron trabajando haciendo las perforaciones hasta que accedieron a la bóveda del banco, sacaron las cajas y se fueron, la alarma no saltó porque usaron un inhibidor de señal o algo parecido, solo saltó cuando las cajas se alejaron con el camión pero ya era igual.
Lorena saca su móvil y con la aplicación localiza la señal del GPS.
—Mira, están a unos diez kilómetros en dirección norte. Seguro que van a Suiza, que está a unos sesenta y cinco kilómetros. Avisa de que cierren la frontera con Suiza, por si llegamos tarde.
—Han estado un buen rato en un garaje a las afueras de la ciudad. Diría que no se han percatado ni de la alarma ni del GPS.
—Con el camión deben ir más despacio. Además, el tráfico hasta salir de la ciudad es denso y las carreteras son un tanto reviradas; no se puede ir muy deprisa.
—Carlo, suba al helicóptero conmigo. ¿Lleva su arma reglamentaria?
—Sí, además tengo dos fusiles de asalto en el coche, también reglamentarios. ¿Adónde vamos?
—Cójalos. Si cruzan la frontera con Suiza, no tendremos nada que hacer: perderemos todo. Hay que evitar que crucen la frontera. El piloto comenta:
—Tendremos que acelerar a fondo. Tranquilos, me gusta.
El helicóptero toma rumbo norte a toda velocidad.
—¿Cómo sabremos cuál es el camión que tenemos que interceptar?
—Mira, este punto azul somos nosotros; el rojo son ellos. Cuando coincidan, son los ladrones.
Media hora más tarde, los puntos del GPS coinciden.
—Debe ser este camión con la caja blanca.
—¿A qué distancia estamos de la frontera?
—A unos cinco kilómetros.
—Ponte frente al camión y desciende.
Lorena, por una de las puertas, y Carlo, por la otra del helicóptero, sacan el fusil de asalto y disparan al vehículo, que, sorprendido, realiza una falsa maniobra y se sale de la carretera, volcando estrepitosamente.
Los dos ocupantes quedan heridos. Pero detrás del camión iba un todoterreno del que salen cuatro individuos armados que disparan al helicóptero.
El piloto realiza una maniobra brusca de giro y queda por detrás de ellos, circunstancia que aprovechan los dos inspectores para dispararles y neutralizarlos.
Cuando Lorena y Carlo han salido de la ciudad persiguiendo a los delincuentes, varios coches de la policía los han seguido. Llegan algo más tarde, pero se hacen con la situación y detienen a los ladrones.
Uno de los uniformados:
—Teniente, hemos identificado a los detenidos. Uno de los fallecidos es Flavio Rossi, que estaba en busca y captura. De los demás, hay dos muertos más y tres heridos de diversa consideración; son delincuentes comunes.
Al rato acuden ambulancias, más policía y un convoy del ejército, al frente del cual está el capitán Andretti.
—Hola, capitán. Me alegro de verte, pero llegas un poco tarde.
—Tengo que reconocer que tienes valentía y poder resolutivo. Si no llega a ser por ti, habríamos perdido el tesoro de Venecia.
Traspasan la carga del camión a uno de los blindados y los soldados, especialmente el capitán, se despiden de Lorena.
Ella da las órdenes para terminar la misión, regresa a Milán, habla con el jefe de policía de la ciudad y quedan de acuerdo para que le envíe los informes, después de lo cual, con el helicóptero, vuelve a Venecia.
Ya es de noche cuando abre la puerta del palacete. Allí está Pietro con un Bellini, el cóctel veneciano por excelencia.
—Creo que ahora sí has terminado la tarea encomendada.
—Espero que sí.
Al día siguiente, la teniente se persona en la central. El jefe ya ha sido informado de todo lo acontecido en Milán, por lo que, al verla…
—Es usted el orgullo de los carabinieri, la felicito.
FIN DEL RELATO