Complot en la laguna de Venecia CAPÍTULO 8º
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CAPÍTULO 8º

—¿Esta mañana qué harás?

—Yo iré a comisaría para ver si hay alguna novedad; si no hay nada, volveré aquí.

—Yo leeré el libro para saber, ahora que tenemos las tres llaves, adónde nos lleva todo esto.

—De acuerdo, hasta luego.

Lorena abandona el palacete y va andando hasta la central de policía; le apetece pasear y, además, el día soleado y cálido invita a ello. Cuando llega, se reúne con su jefe, que no tiene novedades; ella sí le comenta que…

—Hemos estado con Pietro recorriendo unas pistas que nos ha dado un libro del siglo XIII que ha encontrado entre los papeles que incautamos. Se lo he comentado a él. Creo que nos han estado siguiendo y vigilando un hombre y una mujer; he pensado que no fueran Flavio y Amanda.

—No se sabe nada de estos dos; no han ido por la casa de ninguno de los dos; han desaparecido.

—Bien, seguiremos rastreando las pistas del libro.

—¿De qué va el libro?

—Cuando tengamos algún resultado se lo contaré.

Lorena, mientras desciende las escaleras de la comisaría, va pensando en comprar silicona y hacer unos moldes de las llaves por si hay una pérdida de las originales. Cuando llega al palacete:

—¿Ya estoy aquí, estás en tu rincón?

—Sí, sube. Mira, creo que la última etapa de esta especie de gincana, según el libro, es “Pax catacumbarum divitias Venetiarum sub veste Sancti Judae protegit”, lo que quiere decir que tenemos que ir a una catacumba y allí encontraremos el tesoro protegido por San Judas.

—¿Hay catacumbas en Venecia?

—Sí, solo una, en la cripta de la Iglesia de San Simeón y San Judas, fue construida en 1738 por el arquitecto Giovanni Scalfarotto.

Al parecer allí guardaron las sacas, sucedió seguramente porque acababan de edificarla y no sería raro algún arreglillo de última hora, el hipogeo tiene dos pasillos que se unen en una rotonda hexagonal con un altar en el centro, los pasadizos tienen veintiuna capillas a los lados con enterramientos, ocho de ellas están tapiadas con ladrillos, las otras decoradas con frescos con escenas del Antiguo Testamento y del Vía Crucis, al final de uno de los corredores hay una capilla, con un altar, dedicada a San Judas.

—Parece bastante claro, pero he estado pensando que deberíamos hacer un molde de las llaves, por si sucede algo con las originales, he comprado silicona.

—Me parece buena idea. Lo pondremos en un recipiente de horno.

En una fuente colocan una base de silicona; en ella sumergen las llaves y ponen más material hasta cubrirlas. Cuando está seco, recuperan los originales, lo cubren con papel film y a la nevera.

—Parece pasta de croquetas. Vamos a la iglesia, coge las llaves.

La lancha de Pietro surca los canales hasta llegar al Gran Canal, recorre gran parte del mismo, hasta situarse frente a la estación de trenes de Santa Lucía, amarran, el historiador y la inspectora suben la escalinata que da acceso a la Iglesia, entran en ella y recorren la planta hasta colocarse detrás del altar mayor, allí hay una escalera que conduce hasta la cripta.

—Esto está muy oscuro, es tétrico, da miedo.

—Sí, no hay luz, enciende la linterna del móvil.

Bajan y recorren el corredor hasta el altar situado en la rotonda Hexagonal.

—Dice el libro que San Judas es el protector.

—Al final de este pasillo está la capilla de San Judas, debe ser aquí.

—Podría ser una de estas capillas tapiadas.

—Miremos si tienen dónde poner las llaves.

—No, todo es ladrillo macizo; vamos a ver el altar de la capilla de San Judas.

Cuando se sitúan frente al altar menor.

—Revisemos.

—Esto está muy deteriorado y oscuro.

—Mira, aquí, en el borde del cuadro de San Judas, hay tres agujeros disimulados con temas pictóricos; parecen ojos de cerradura.

—Miremos de insertar las llaves.

Con dificultad introducen las llaves y con fuerza dan media vuelta a las mismas.

—Usando las llaves como manilla, tira con fuerza.

Todo el frontal del altar cede, es una puerta que da paso a una estancia, al iluminarla aparecen a la vista de la pareja unas cuarenta sacas cubiertas de polvo, al tocarlas se aprecia que están llenas, abren una saca y la luz de sus linternas se refleja en el brillo del oro.

—Lo encontramos, cierra, regresemos a casa.

La pareja abandona la cripta, suben a la planta de la iglesia y salen por la puerta, cuando bajan la escalinata. Allí sentados en los peldaños están el hombre y la mujer con gafas de sol, esta vez sus miradas se cruzan.

Pietro y Lorena suben a la lancha y abandonan el lugar. Cuando llegan al palacete:

—Pietro, ¿tienes una radial?

—Sí, abajo en el muelle de entrada hay una caja con herramientas. ¿Para qué quieres el disco?

—Voy a desfigurar los dientes de las llaves; nos han estado siguiendo, vendrán a por nosotros en algún momento.

—¿Estás segura de esto?

—Segurísima.

Son las tres de la madrugada, noche cerrada, una lancha con el motor apagado amarra cerca de la entrada del palacete, dos siluetas con pasamontañas entran desde el canal y se dirigen a la vivienda, suben las escaleras con sumo sigilo, fuerzan la puerta de entrada, llegan hasta la habitación donde están durmiendo, el historiador y la agente, los despiertan con violencia y les exigen las llaves.

Un tanto aturdida, la pareja les indica dónde están; los malhechores las cogen y desaparecen.

—Lo sabía, ¿estás bien? Levantémonos.

—Sí, un poco asustado, ¿qué quieres hacer?

—¿Tienes sombreros o gorros y ropa vieja?

—Sí, aquí en el armario.

Con un atuendo un tanto extravagante, como dos indigentes, abandonan el palacete y navegan hasta la Iglesia de San Simeón Picolo, amarran y se sitúan dentro de una barcaza de carga atracada justo enfrente del portal del templo, allí tumbados observan y esperan la salida del sol y que abran la iglesia.

Cuando la luz ha tomado posesión de la plaza, una lancha se acerca al muelle; de ella descienden un hombre y una mujer con gorra y gafas. Miran el entorno, suben la escalinata del templo y entran.

—Son ellos.

—¿Y ahora qué?

—Vienen a ver la envergadura del botín. Como no podrán usar las llaves porque tuve la brillante idea de estropearlas, volverán a salir; entonces los detendré. Voy a pedir refuerzos.

—Soy la inspectora Gianotti. Necesito refuerzos en la Iglesia de San Simeón Picolo, posible atraco. Vengan de paisano y sin llamar la atención, es urgente.

Pasados unos minutos, un grupo de seis hombres a pie aparece por las calles laterales de la parroquia y toma posiciones en la plaza; con un gesto estipulado, saludan a la inspectora.

La plaza está en silencio, casi desierta; es muy temprano. Solo los encargados de unos bares están colocando las sombrillas, sus mesas y sillas. La tensión es alta. Pasados unos minutos…

La puerta de la casa de Dios se abre y salen los dos malhechores. Cuando están casi al final de la escalinata, Lorena se levanta, pistola en mano, y…

—¡Quietos! Levanten las manos, están arrestados.

El hombre y la mujer abren sus abrigos, sacan armas automáticas y disparan, ella responde y los refuerzos también, en pocos segundos la plaza es un campo de batalla, los asaltantes huyen por una de las calles laterales, mientras corren se van girando y disparando, Lorena se pone con una rodilla en el suelo, por un momento aguanta la respiración y dispara, la mujer cae alcanzada por una bala, el hombre hace un intento de pararse pero sigue corriendo y consigue escapar.

Cuando termina la refriega, se acercan más policías. La inspectora revisa el cadáver: es la mujer.

Otro policía que estaba con ella:

—¿La conoce?

—Sí, es Amanda Pochy —comenta Pietro.

—Vaya, si no me necesitas me voy a casa.

—¿Estás bien?

—Sí, demasiadas emociones de buena mañana, pero bien.

La plaza se llena de más policías, sanitarios, el forense y el juez de guardia; ante la gravedad del tiroteo, también aparece el jefe de policía.

—Veo que tu intuición no te falla, os estaban siguiendo, sí, esta es Amanda, seguro que el que ha huido será Flavio Rossi, me puedes explicar que está pasando.

—Si jefe, vamos a su despacho en comisaría.

Ya en la central.

—¿Me vas a explicar qué es todo esto?

—Como ya le dije, Pietro encontró un libro entre los documentos requisados, hablaba de los Ducados Venecianos, la moneda de oro de la República, durante casi quinientos años, pero cuando Venecia entró en decadencia los Dux empezaron a retirarla y almacenarla en sacos que guardaban en el Palacio Ducal, cuando Napoleón acaba con la República, saquea Venecia, pero Ludovico Manin, anticipándose coloca las monedas de oro en un lugar secreto, el libro contiene las claves para encontrar el tesoro, hemos estado interpretando los enigmas y lo hemos hallado en la cripta de San Simeón Picolo, la mujer y el hombre nos han estado siguiendo, ayer nos asaltaron en casa cogieron las tres llaves y fueron en busca del botín, pero yo había destruido parte del dentado con una radial, con lo cual no pudieron abrir el lugar donde están depositados los sacos, sabía dónde estaban, esperé a que salieran e intenté detenerlos, ya sabe qué pasó.

—Vaya, habrá que informar a Patrimonio Nacional y que se hagan cargo del tesoro.

—Efectivamente. Mañana le traeré el duplicado de las tres llaves.

—¿Muchos sacos?

—A simple vista, unos cuarenta.

—Hablaré con Patrimonio para que ellos organicen el traslado. También dictaré una orden de busca y captura internacional para Flavio Rossi. La tendré informada. Que un uniformado la acompañe a casa.

—Gracias, jefe.

—Mientras descansa, redacte un informe con todo detalle de este embrollo.

—Si señor.

Cuando llega al palacete se abraza a Pietro.

—Parece que hemos terminado, ¿vamos a comer fuera y pasamos la tarde contemplando el mar?

—Interesante propuesta. Podemos ir a la Terrazza M22, en Lido; me conocen, se come bien y podemos ver el mar.

Pasados dos días, Lorena va a la central de policía, entrega el informe que le había pedido su jefe y este le informa de que Patrimonio ha pedido que el doctor Pietro Latte, como experto, y ella, como agente de seguridad, participen en el traslado y estudio de las piezas encontradas.

—Se lo comentaré a Pietro.

El historiador y la inspectora forman un equipo de Patrimonio con restauradores, numismáticos, un historiador que será ayudante de Pietro y unos policías a las órdenes de Lorena, que se encargan de abrir la capilla de San Judas y trasladar, con una barcaza con agentes y rodeada de lanchas de la policía, los sacos hasta el Palacio Ducal, donde, bajo la dirección del doctor Latte, se habilitarán varias salas para exponer monedas, documentos de transacciones comerciales, escritos jurídicos, eventos importantes de la ciudad acaecidos siglos atrás y objetos diversos: todo relacionado con la historia de Venecia desde su fundación en el siglo V d.

C. La exposición permanente se llamará “Historia de Venecia: pasado, presente y futuro”; como no puede ser de otra forma, el doctor Latte será el comisario de la exposición.

Pasados seis meses de intenso trabajo, las salas han sido acondicionadas con expositores especiales para mostrar todo el material. Se han contratado bedeles y personal de seguridad y de mantenimiento; todo está a punto.

En el palacete, Pietro y Lorena se están vistiendo de gala. En un determinado momento, ella se abraza a él, le besa suavemente en los labios…

—Parece que por fin vamos a inaugurar lo que se ha convertido en el sueño de tu vida. ¿Estás contento?

—Sí, pero nervioso.

—Estás muy guapo.

—Tu también.

La fachada del Palacio Ducal que da a la cuenca de San Marcos tiene una de las entradas al edificio.

Frente a la misma se ha habilitado un muelle para que las numerosas embarcaciones que traerán a los invitados al evento puedan realizar el desembarque con facilidad.

Unas vallas protegen de los muchos curiosos a los numerosos e importantes invitados y los conducen hasta la puerta, donde son recibidos por el doctor Latte, la inspectora Gianotti, el alcalde de la ciudad y señora, el ministro de Cultura y señora.

Un amplio despliegue de policía garantiza, tanto en el exterior como en el interior del edificio, la seguridad de los asistentes.

El acto empieza con unas palabras del alcalde para agradecer a todos aquellos que han participado en la creación del nuevo museo y especialmente a los dos descubridores de todo el material expuesto.

La velada transcurre en paz, poniendo una vez más de manifiesto la clase y estilo de los italianos.

Cuando Lorena se despide de su jefe, éste le pide que al día siguiente vaya a la central, pues tiene que comentarle un par de cosas.