Complot en la laguna de Venecia CAPÍTULO 7º
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CAPÍTULO 7º

Entre las rendijas de las contraventanas de la habitación de Pietro empiezan a colarse unos rayos de luz.

—Voy a hacer café.

Cuando el olor del café recién hecho impregna toda la estancia, ella se levanta y, siguiendo el rastro del aroma, va a la cocina; allí le besa suavemente en la boca y, con sus tazas humeantes, suben a la buhardilla.

—¿Es el Dux que ordenó su fabricación aquí en Venecia?

—Así es. Los sucesivos Dux fueron haciendo varias acuñaciones que están anotadas en el libro.

La moneda se convirtió en referente para las transacciones comerciales de la República de Venecia durante casi cinco siglos, pero, a principios del siglo XVIII, el Dux Giovanni II Cornado (1709), consciente de que la República entra en decadencia, empieza a retirar y atesorar las monedas de oro; sus sucesores también lo hacen y, según el libro, las sacas son almacenadas en una estancia secreta del Palacio Ducal.

—¿Sabemos dónde?

—Sí, en el libro está anotado dónde se almacenaban.

Pero en 1797 cae la república, Ludovico Manin, el último Dux, es obligado a abdicar por Napoleón Bonaparte, antes de que esto suceda retira las sacas y las esconde en un lugar secreto fuera del Palacio, para que no caigan en manos de los vencedores, con la esperanza de recuperarlas en tiempos mejores.

En el libro se describe toda una ruta con mensajes ocultos en pinturas, iglesias y otros lugares que nos conducirán hasta el tesoro.

—¿Qué quieres hacer?

—Primero estudiaremos el libro y miraremos de descubrir todos los acertijos posibles; después iremos a los lugares que se describen con una hoja de ruta.

—Pues empecemos.

—Lo primero será ir al Palacio Ducal, descubrir dónde almacenaban las sacas y, a partir de aquí, ir descubriendo el recorrido hasta encontrar el lugar donde se depositaron.

—Me parece bien.

—Vamos.

Cuando llegan al patio del Palacio Ducal, en uno de sus extremos hay una puerta de madera muy pequeña, que da paso a un pasillo mezquino con varias cancelas, que no son más que pequeñas y húmedas celdas, las Pozzi, para los enemigos de la república, al final del pasadizo hay una escalera muy estrecha que conduce a dos habitaciones para funcionarios importantes, el Notario Ducal y el Diputado del Consejo Secreto de los Diez, siguen por otros angostos peldaños y llegan a la Oficina del Gran Canciller, al lado está la Sala de la Cancillería Secreta, una estancia enorme llena de armarios que guardan los registros públicos, es como el archivo general, pues uno de estos armarios es la puerta de una habitación secreta donde se guardaban las sacas de oro, podemos localizar la puerta del armario porque en su dintel está escrita la frase “Hic divitiae Venetiarum servantur” en su ángulo superior derecho hay un pomo rojo que al apretarlo se suelta el pestillo interior y se abre la puerta.

Después del recorrido y de seguir las instrucciones, consiguen abrir el armario, que es la entrada a una estancia de unos cuatro por ocho metros, con una altura de un metro y medio, totalmente vacía.

—Bueno, aquí no hay nada.

—¿Qué miras?

—Me ha parecido ver que una mujer con gafas oscuras nos mira con insistencia, durante todo el trayecto ha estado más o menos cerca de nosotros.

—Hay muchos turistas.

—Mira, en la pared hay una inscripción: “Per Variscum traseas donec transitum Madonnae invenias”.

—Nos indica que vayamos por la calle Varisco, es la calle más estrecha de Venecia, también llamada calle de los asesinos, nadie quería pasar por allí, sin duda era el lugar más peligroso de la ciudad, pero podías llegar al Soportego della Madonna, un pasadizo tenebroso y sombrío, de un edificio de la calle del Perdón.

Siguen por los pasillos del Palacio hasta salir a la Plaza San Marcos y dirigirse a la calle de los asesinos y al sottoportego.

—¿Nos sigue alguien?

—Espera, detente en esta esquina. Mira, la señora de las gafas no parece una turista.

—Sigamos.

Una vez en el lúgubre pasaje.

—Aquí solo hay una inscripción en el travesaño de la entrada, aunque esto está muy oscuro, dice que si rezas un padre nuestro y un ave maría, te serán perdonados todos tus pecados, por gracia del Papa Alejandro III que durmió aquí expulsado de Roma, pero esto pasó en 1158, lo que buscamos fue posterior, veamos el libro.

—Esto es muy siniestro. Dirás que estoy obsesionada, pero estoy segura de que alguien nos sigue; me ha parecido ver a alguien escondiéndose en la penumbra del pasillo.

—Aquí dice que la calle del Perdón tiene en sus paredes varias cruces templarias, “Preme secundam crucem rubram prope Mariae” , tenemos que encontrar una imagen de la Virgen María, cerca de ella hay una cruz templaria roja, apretarla no sé dónde.

Lorena y Pietro recorren la calle, al principio hay una cruz de piedra labrada en la pared, más hacia el interior y al lado de una ventana con una reja, detrás de ella, hay una estatua del Papa durmiente, encuentran una hornacina con una imagen de la Virgen con niño en su interior.

—Mira, aquí, debajo de la reja, hay una cruz roja. Es la segunda que vemos; la primera está en la entrada de la calle.

—¿Dónde aprieto?

—Apriétala toda y suéltala.

La cruz se despega de su inserción dejando un hueco; al mirar en su interior, descubren una llave.

—Mira, cógela y coloca otra vez la cruz en su sitio. Sigamos.

—¿Adónde ahora?

—Al Palacio Ca’ d’Oro, está cerca. El libro dice “Puer ex Palatio aureo clavem tenet”.

El historiador y la inspectora siguen andando por las sinuosas calles venecianas hasta llegar al Gran Canal.

Allí está el Palacio llamado Ca’ d’Oro porque originalmente, en el siglo XV, en su decoración, tanto de la fachada como en el interior, abundaba el pan de oro.

Actualmente es el Museo Giorgio Franchetti.

—Pietro, sé que no me crees, pero ahora, durante todo el camino, nos sigue un hombre con gafas oscuras y sombrero. Cuando me he girado, él disimulaba, pero estoy segura de que alguien nos vigila; aquí hay pocos turistas.

—Estaremos atentos. Entremos en el Palacio.

La entrada desde la calle seca da a una amplia sala con un embarcadero en su parte central, que es la entrada desde el canal, al fondo encuentran un patio con el brocal de un pozo y una amplia escalera que conduce el primer y segundo pisos donde se encuentran expuestas las obras pictóricas y esculturas que forman parte del museo.

—Demos una vuelta por las salas.

Cuando llegan al primer rellano.

—Espera, escóndete un poco.

Un hombre aparece y sube las escaleras guardando una cierta distancia.

—Este es el que nos sigue. Dejemos que se acerque.

—Hagámonos un selfi y procura que salga en la foto. Le haré un reconocimiento facial.

La pareja recorre las diferentes salas del museo: pinturas de Tiziano, Guardi y Mantegna en el primer piso; en el segundo, esculturas de Giovanni Cristóforo Romano.

—Quédate detrás de una de las figuras.

Pasan unos instantes hasta que aparece el hombre que supuestamente les sigue.

—¿Ves lo que te digo? Nos vigila.

Al no verlos, el hombre, un tanto sorprendido, da media vuelta y regresa al piso inferior.

—Busca un niño, que es lo que dice el libro. Abajo no hay ninguna pintura con niños, ¿y aquí?

—Mira, busto de niño.

—Es una escultura de mármol, de Cristóforo.

—Mira la peana.

—No veo nada. Espera, ahora que no nos ve nadie, levanto la figura. Mira la base.

—Espera, hay una placa de madera que se mueve.

Al sacar la tapa, hay un agujero y, dentro, una llave similar a la que encontraron en el sottoportego.

—Otra llave, vámonos.

Al salir encuentran apoyado en el pozo del patio el hombre en cuestión, mirando el móvil.

—¿Me crees ahora?

—Tendré que creerte; tu olfato de policía puede tener razón.

—Pues vámonos a casa. Mañana seguiremos y repasaremos el libro.

Cuando llegan al palacete de Pietro, es casi de noche. Mientras, esta vez, ella hace la cena y él repasa el libro rojo.

—Mañana iremos a Murano, a la Basílica de Santa María y Donato.

El libro dice: “Donatus dracones interficit”.

Es una construcción del siglo VII, del obispo Mauro, que la dedicó a Santa María.

En el siglo XII, el Dux Doménico Micheli conquistó Tiro y la isla de Cefalonia, donde estaba el cuerpo de San Donato, obispo de Evorea, que, según dice la leyenda, mató al dragón que hacía la vida imposible a los habitantes.

El Dux se trajo el cuerpo del santo y unos huesos del dragón que había matado; los donó a la basílica de Santa María, que a partir de entonces fue de Santa María y San Donato.

Sus restos se depositaron en una caja de cristal en el altar mayor y los restos del dragón, detrás de este, colgados con alambres del techo: unas costillas y un diente.

—¿Estás seguro de que tenemos que ir?

—Es el único sitio de Venecia donde hay restos de un dragón y de San Donato.

Después de la ceremonia del café, Pietro comenta:

—Hoy iremos a Murano con mi lancha.

—Primero vamos a la comisaría; quiero pasar la foto que hicimos ayer del hombre que nos seguía por reconocimiento facial.

Cuando llegan a la central, amarran en el muelle y Lorena se dirige a identificaciones mientras Pietro espera en la embarcación. Pasada una hora, la agente se reúne de nuevo con el historiador.

—No se han podido obtener resultados; el sombrero y las gafas imposibilitan el reconocimiento.

—Pues vamos a Murano.

La lancha pone rumbo a la isla de San Michele, la sobrepasa y sigue hasta la isla de San Pietro, entra por el canal que separa esta isla y la de Murano y cuando llega a la bifurcación coge el canal de la derecha hasta llegar a la Basílica de Santa María y San Donato que se encuentra en la margen izquierda justo al lado del agua con amarre propio.

Se trata de un edificio de ladrillo rojo en forma de cruz, se cree anterior al siglo IX, su interior está decorado con suelos de mosaicos de diferente temática religiosa, destaca el mosaico del ábside con la Virgen María, aunque lo que más agrada es el exterior del ábside por su combinación de arcos, columnas y ladrillos de diferentes colores.

—¿Sabes dónde están los huesos del dragón?

—Sí, detrás del altar, están a la vista, ven.

La pareja recorre la iglesia hasta el altar y se sitúa enfrente. Detrás de la mesa del altar hay una estructura sepulcral que alberga el sagrario, un retablo del siglo XII, encima del cual está, en una vitrina, el cuerpo de San Donato, coronado por una columnata y dos esculturas a ambos lados.

Al rodear el conjunto, colgados de la bóveda del ábside están los huesos del dragón: dos costillas y un diente.

—¿Tú sabes qué buscamos aquí?

—Exactamente no, pero algo relacionado con los huesos.

—Las costillas son lisas, sin nada que ocultar; miremos el diente.

—¿Y cómo? Está muy alto.

—Puedes subir por la parte de atrás de la estructura de la sepultura del santo. Hay que mirar si el hueco del diente contiene algo; el libro mencionaba los huesos.

Lorena, ayudada por Pietro, sube como escalando, consigue llegar cerca del diente, pone la mano en la oquedad y, en su interior, por tacto, descubre otra llave.

—Ya la tengo. Ayúdame a bajar. —Una voz a sus espaldas—

—Señorita, ¿qué hace?

—Hola, padre, quería ver los restos del dragón de cerca.

Saludan al cura, se sitúan de nuevo delante del altar, hacen una genuflexión y abandonan la iglesia por el pasillo central.

A medio pasillo, Lorena da un codazo a Pietro: mira, en uno de los bancos de la iglesia, arrodillada, está la mujer con las gafas de sol que el día anterior los estaba siguiendo.

Al salir de la Basílica suben a la lancha y emprenden el viaje de regreso a la ciudad.

—La mujer que estaba arrodillada era la misma que nos siguió ayer; no puede ser casualidad.

—Ya tenemos tres llaves; vamos a casa a ver qué dice el libro y dónde nos lleva. Tienen que servir para algo.

El atardecer de Venecia después de un día soleado es algo de una belleza inigualable, Lorena y Pietro, sentados en el salón del palacete, contemplan la puesta del sol, mientras sus paladares saborean un Spritz veneciano.

—Habrá que pensar en la cena.

—Tengo buen marisco.

—Me vale.

—Después repasamos de nuevo el libro.

—Tengo otra idea para ti.