CAPÍTULO 6º
Han pasado varios días y por fin Lorena y Lucas son citados en el despacho del jefe de la comisaría.
—Ya tenemos los permisos para ir a Suiza, estaréis siempre bajo supervisión de la policía suiza, un helicóptero nuestro os llevará a Bellinzona, son unos trescientos kilómetros, allí os esperarán los suizos y colaboraréis estrechamente con ellos. ¿De acuerdo?
—Si.
—Lucas y tú, preparaos; esta misma tarde os vais.
Ya entrada la noche, el helicóptero italiano toma tierra en el patio de la jefatura de policía de la ciudad de Bellinzona. Son recibidos por el jefe suizo, quien les emplaza para iniciar la operación al día siguiente.
Después de pasar la noche en un albergue de la policía, Lorena y Lucas se reúnen con los efectivos suizos.
—Buenos días, soy el teniente Carlo, mis hombres y yo llevaremos la detención de su sospechoso, ustedes son espectadores, sabemos que el individuo que buscan está en una granja a unos quince kilómetros a las afueras de la ciudad en dirección Este, iremos con tres vehículos todo terreno, pónganse los chalecos, los pinganillos, el casco con la cámara adosada, no llevarán armas.
—Teniente, tenga en cuenta que se trata de un tipo peligroso. Es posible que esté armado.
—No se preocupe, conocemos los riesgos.
Justo a la salida del sol, la caravana de tres autos enfila la carretera, sale de la población y sigue hasta un cruce.
Allí se desvían por una calzada más estrecha de tierra batida hasta llegar a un promontorio desde donde se ve una granja, una construcción de madera típica de la región.
Los vehículos se acercan y se detienen en una explanada frente a la entrada de la casa.
Los agentes bajan de sus todoterrenos y avanzan hacia la puerta.
De repente se oye un disparo y uno de los policías cae mortalmente herido, antes de reaccionar otro disparo que impacta en otro policía pero en el chaleco, otro disparo y Lucas cae con una herida en el cuello, todos retroceden y se refugian detrás de los coches, Lorena intenta arrastrar a su compañero y ponerlo a cubierto pero sola no puede, es ayudada por otro de los agentes que antes de poder refugiarse es herido en una pierna.
—Poneos a cubierto, pedid refuerzos, ¿alguien ha visto de dónde salen los disparos?
—De una de las ventanas del primer piso. Teniente, deme un arma.
—Tome mi pistola.
—Abra fuego sobre las ventanas de la fachada en el primer piso; cúbrame.
Los agentes disparan a discreción, Lorena aprovecha para correr y acercarse a la puerta, dispara a la cerradura, abre y entra en la vivienda, se coloca detrás de una pared, valora la situación y con precaución y sin hacer ruido sube por una escalera, sabe que el tirador está en el primer piso, agachada se desliza por el rellano y observa la primera habitación que encuentra, está vacía, la segunda también, al asomarse en la tercera ve a Mauro agazapado detrás de la ventana con un rifle de precisión pendiente de los movimientos de los recién llegados.
—Mauro, tira el arma; estás detenido.
El bedel se gira dispuesto a disparar, pero no ve a Lorena, que está tendida en el suelo; ella le dispara en la frente y cae abatido y muerto.
Al salir de la granja, el teniente la felicita.
—Gracias, es usted muy valiente. Siento lo de su compañero.
—Gracias, yo siento lo de sus agentes.
El lugar se llena de más policías, ambulancias, el forense y el juez de guardia.
Ya de regreso a la jefatura de Bellinzona, el jefe de policía les recibe.
—Teniente, espero su informe, la operación ha sido un fracaso total, dos agentes muertos y dos heridos y no hemos tenido más bajas porque la agente italiana se ha jugado la vida para salvar a su equipo.
Cuando lea su informe y vea las imágenes de las cámaras, tomaré una decisión.
Agente Gianotti también quiero su informe y sus imágenes, siento lo de su compañero.
Dos días más tarde, después de estudiar los informes y las imágenes, el comité considera que no ha habido negligencia por parte de los agentes, aunque sí considera que hubo un exceso de confianza ante un peligro anunciado. Se felicita a la agente italiana por su valor y poder resolutivo.
Aquel mismo día por la tarde, con un helicóptero de transporte del ejército italiano, Lorena regresa a Venecia y se repatría el féretro del agente Lucas Santos muerto en acto de servicio.
Cuando llegan al aeropuerto de Venecia Lido, su jefe la está esperando. Cuando baja del transporte, se abrazan.
—Lorena, ¿cómo estás?
—Bien, necesito descansar.
—Por supuesto, nos cuidamos de Lucas y te avisamos.
Han pasado dos días, el jefe de policía, la inspectora Lorena, su familia, un grupo de amigos y compañeros de Lucas, se reúnen en la Isla de los Muertos, Sant Michele, es el cementerio de la ciudad, su historia comienza en 1804, por orden de Napoleón Bonaparte se prohibía los enterramientos en la ciudad, en 1836 se amplía anexionando la vecina isla de Sant Cristóforo della Pace, rellenando el canal que las separaba, es un lugar de paz y de belleza, aunque con una reputación oscura y tenebrosa, un reducido pero selecto número de personas se congregan para despedir a Lucas, ya que las normas impiden un adiós masivo.
Durante el responso, Lorena se fija en que, a cierta distancia de donde se celebra el acto, un hombre joven participa en la ceremonia. Con actitud respetuosa y afligida, reza en silencio mientras algunas lágrimas se deslizan por sus mejillas.
Al finalizar, la inspectora se acerca al desconocido, que, al darse cuenta de que se acerca a él, se marcha en dirección al vaporetto.
—Espere.
El hombre se gira.
—Perdone, ¿era usted amigo o familiar de Lucas?
—Sé quién eres, Lorena, la compañera y amiga de Lucas; él me hablaba mucho de ti.
—Pero ¿y tú quién eres?
—Soy Leonardo, era la pareja de Lucas.
—Nunca me habló de ti.
—Ya, siempre fue muy prudente con nuestra relación; ahora ya no importa.
—¿Puedo ayudarte en algo?
—Gracias. La vida y la muerte hay que aceptarlas como vienen; recemos por él. Quizás, pasado un tiempo, te llame. Ahora no puedo hablar.
—Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.
Lorena queda pensativa, mientras el joven sube al vaporetto y éste emprende el regreso a la ciudad. La agente se reúne con su grupo y con la embarcación de la policía que los ha traído a la isla, también regresan a Venecia. Al amarrar frente a la comisaría, Lorena se despide de todos.
—¿Estás bien?
—Si jefe no se preocupe, necesito un par de días y volveré al trabajo.
—Bien, tengo algunas cosas que comentarte.
Ya empieza a oscurecer cuando Lorena, después de vagar por serpenteantes calles de la ciudad, llama a la puerta del palacete de Pietro.
Cuando este abre la puerta, se abrazan y Lorena no puede contener el llanto, algo que no había sucedido en todo el tiempo.
—Pasa, ¿cómo estás?
—Mal, ¿me invitas a cenar?
—Por supuesto, ¿unos fetuchinis con gambas?
—Me vale.
Mientras Pietro cocina, ella saborea una copa de vino y contempla el atardecer a través del ventanal de la cocina; él respeta su silencio.
Al final de la cena, sentados en el sofá del salón, saborean un Bellini, un cóctel veneciano perfectamente elaborado por Pietro.
—¿Tienes unos días de permiso?
—Sí, pero necesito ir a trabajar para no pensar.
—¿Quieres quedarte aquí conmigo esta noche?
—Sí, necesito sentirme arropada, deseada y querida.
Sus labios se juntan, como preludio de una noche de amor.
La luz penetra por los ventanales del salón, Pietro está en la cocina preparando café, cuando Lorena irrumpe en la estancia, se abraza a él.
—He dormido estupendamente.
—¿Café?
—Sí, por favor.
—Tengo algo que enseñarte. Desde el último día que nos vimos, mis investigaciones sobre los documentos que confiscasteis han descubierto cosas nuevas. Vamos a mi rincón.
—¿Ya sabes dónde encontrar los ducados venecianos?
—Aún no he encontrado un mapa, escrito o relato de la ubicación del escondite del tesoro, pero he descubierto que la Orden Verde de Venecia, cuya cabeza visible era Lucio Recci, y la Orden del Dragón de la Laguna, cuya jefatura la tenía Giulia Contini, ambas tenían por encima de ellas unos personajes que aparecen como los Reyes de Venecia y representan la continuidad no oficial de los Dux de antaño, que, con los años, han ido cambiando, elegidos entre los miembros de ambas sociedades.
Actualmente, sus nombres aparecen como Flavio Rossi y Amanda Pochy.
Ellos son los auténticos jefes de la organización, los Grandes Maeses; además, creen que son los legítimos dueños del tesoro, si lo encuentran.
—Estos nombres me suenan, Flavio es el supuesto gondolero que se acercó a nosotros y nos reveló el lugar donde encontramos los archivos y Amanda es la mujer que se presentó en comisaría reclamando las pertenencias de su supuesto marido Lucio, en realidad estaban intentando averiguar qué sabíamos y espiándonos.
—Están buscando el tesoro. Pensaron que, entregando los documentos a la policía, un experto estudiaría los papeles y luego ellos se harían con el botín.
—Lo último que recuerdo es que fuimos a casa de Flavio, no estaba, una vecina nos comentó que desde que tenía novia iba menos por la casa, aprovechamos para poner unos micrófonos, cuando vaya a trabajar preguntaré a mi jefe.
Pasados dos días en compañía de Pietro, toca volver al trabajo.
Cuando llega a su despacho, al ver una parte de la mesa vacía, un sentimiento de tristeza invade su corazón. Una lágrima se desliza por sus mejillas, pero la llamada del comisario jefe la devuelve a la realidad. Va a reunirse con él.
—Dígame.
—Con las directrices que nos ha dado Pietro, estos días atrás hemos estado arrestando a miembros de las organizaciones, guiándonos por los escritos y actas de reuniones que incautamos en los registros, puedo decirte que prácticamente hemos desmantelado las Órdenes criminales, pero no hemos encontrado ni a Flavio, ni a Amanda, que al parecer son los cabecillas reales de ambas organizaciones, los micrófonos que instalasteis no han dado resultado, o los descubrieron o no han ido por la casa.
—¿Quiere que me centre en la búsqueda del gondolero y la mujer?
—Creo que no. Probablemente han abandonado la ciudad o incluso el país. De todas maneras, considero el caso cerrado.
Entonces suena el teléfono de la inspectora, en la pantalla aparece el nombre del historiador.
—Perdón, tengo que contestar.
—Sí, sí, ya hablaremos.
Lorena sale del despacho y se dirige a su mesa.
—Dime.
—Necesito que vengas cuando puedas.
—¿Esta tarde, cuando termine de trabajar?
—Me vale, ¿qué quieres cenar?
—Lo que tú quieras.
—Te haré una pizza veneciana con pollo, salsa blanca, eneldo fresco y todo mi cariño.
Cuando Lorena llega al palacete, encuentra a Pietro alterado, como nervioso.
—No quería decírtelo por teléfono. Lo he encontrado: entre todo lo que incautamos había un libro del siglo XIII.
Lo he abierto. Se trata de un libro forrado con terciopelo rojo veneciano.
Tengo que estudiarlo, pero creo que es la clave.
Costará descifrarlo; está escrito en antiguo latín veneciano, pero estoy seguro de que es lo que buscábamos.
Así, por encima, he visto un itinerario de lugares, acertijos, una relación de entregas, al parecer de monedas.
—¿Puedes leerlo?
—Sin problemas.
—Pues haz la cena, después nos acurrucamos y mañana empezamos.