CAPÍTULO 4º #2
Cuando llegan a la vivienda del gondolero, amarran en la fachada. Observan que en el muelle interior está la góndola, pisan la calle empedrada y llaman a la puerta dos veces, pero no hay respuesta. De otra casa en la misma calle sale una mujer; Lorena se acerca a ella.
—Perdón, señora, ¿sabe si Flavio, su vecino, está en casa?
—Creo que no; desde que tiene novia viene poco.
—Gracias.
—¿Quieres que abra y echamos un vistazo?
—Tengo otra idea: vamos a la jefatura, pedimos una orden al juez para formalizar las escuchas, cogemos unos micrófonos y los instalamos; también pondremos vigilancia.
Los detectives vuelven a su despacho, organizan los turnos de vigilancia y escuchas; seguidamente, regresan a la casa de Flavio, entran forzando la puerta con una ganzúa eléctrica y colocan los micros en diferentes lugares.
—Con esto tendremos controlados a Flavio y a su novia; tengo la sensación de que tienen algo turbio en la mente. Mañana nos vamos a Roma.
Como es el Estado quien paga, los inspectores van a la estación de Santa Lucia casi en el centro de Venecia y allí cogen el tren, tres horas y media más tarde llegan a Roma Termini.
Se dirigen a la comisaría central donde les prestan un coche camuflado.
Con él van al aeropuerto de Ciampino donde contactan con la empresa de taxis que habitualmente trabaja con pasajeros de jets privados.
Después de identificarse, hablan con el responsable.
—¿Qué desean? Soy Mattias.
—Hace unos días llegó una pasajera proveniente de Venecia, en un chárter; necesitamos saber adónde la llevaron y si pagó con tarjeta.
El empleado busca en el ordenador.
—De la compañía Chárter en la última semana han venido dos vuelos uno procedente de París y otro Venecia.
—Éste, el de Venecia.
—El pasajero era una mujer, uno de mis compañeros la llevó a Villa Sciarra, un BnB entre Trastevere y Monteverde, son unos apartamentos de lujo. Pagó en efectivo.
—Gracias.
El coche de los detectives entra en los jardines y recorre un amplio camino de tierra hasta llegar a una rotonda frente a un edificio, allí aparcan y entran en el establecimiento.
Se identifican en recepción.
—Dígame, señorita, ¿está hospedada aquí Giulia Contini?
Después de consultar el registro.
—Sí, apartamento 15, en el primer piso.
—¿Sabe si ahora está?
—No está, la he visto salir hace un rato.
—Bien, ni una palabra a nadie; la esperaremos. No se le ocurra avisarla de algún modo; es un asunto policial muy serio. Si no colabora, tendrá consecuencias graves para usted.
—Vamos a poner vigilancia.
—Lorena habla con el comisario jefe y éste le manda un equipo que estará pendiente de los movimientos de la sospechosa.
Los días siguientes, varios equipos de policías se turnan para seguir sus pasos; la fotografían reuniéndose con varios conocidos delincuentes en restaurantes y acude a un bufete de abogados.
Al tercer día, a media mañana, un grito retumba por el establecimiento hotelero.
El policía de guardia, orientándose por el chillido, llega a la puerta del apartamento 15, que está abierta.
Una de las camareras que hacía la habitación está histérica ante la imagen que tiene frente a sus ojos.
El agente llama enseguida a sus compañeros; varios coches de policía se presentan en el BnB, también Lorena y Lucas.
La imagen es estremecedora: el cuerpo de Giulia está en la bañera, degollada, con sangre por todas partes.
—Vaya, esto no me lo esperaba.
—Yo tampoco; se supone que nadie sabía que estaba aquí.
—Vamos a hablar con el vigilante de turno.
—Agente, ¿ha estado aquí toda la noche?
—Sí, la sospechosa llegó a las 19:30 h, en un taxi, subió a su apartamento, ya no salió, no he visto entrar a nadie detrás de ella en toda la noche, ni esta mañana.
—Lucas, que los uniformados revisen todo el establecimiento y las posibles entradas sin pasar por recepción.
Cuando llega el forense, este certifica la muerte por degollamiento, que se produjo alrededor de las 20:00 h. Por la temperatura del hígado, lleva entre doce y catorce horas muerta.
Uno de los carabinieri, en una escalera de servicio, localiza una puerta que da al jardín, forzada.
Al descubrirla, sigue el posible recorrido realizado por el intruso y, efectivamente, ha podido acceder al apartamento.
Al observar con atención la cerradura, se comprueba que también había sido forzada.
—Creo que el asesino entró cuando ella estaba en la bañera y la mató; después abandonó la escena por el mismo sitio por el que había entrado.
—Que busquen huellas y vamos a ver las cámaras de seguridad del establecimiento.
Cuando revisan las grabaciones de las diferentes cámaras, en una grabación realizada en la escalera de servicio, con entrada desde el jardín, se ve claramente a un hombre forzando la puerta y subiendo sin preocuparse de ser grabado, pues desconoce la existencia de cámaras en esta zona.
—Hemos encontrado huellas en la barandilla de la escalera; no hay en ninguna de las otras dos puertas. Al cotejarlas con el registro de la policía, hemos obtenido un nombre y un rostro. El reconocimiento facial coincide: se trata de Mauro Picola, residente en Venecia.
—Este nombre me suena.
—Fíjate, ¿lo conoces?
—Si es el bedel del teatro, Mauro.
—¿Te suena Picola? Es el apellido de la soprano, lo que nos lleva a pensar que Mauro era posiblemente su padre y que ha matado a Giulia para vengarse de haber matado a su hija.
—Pues caso solucionado; ahora, a buscar y detener al bedel.