Complot en la laguna de Venecia CAPÍTULO 2º #2
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CAPÍTULO 2º #2

—¿Pero los dibujos pueden llevar siglos?

—Puede, he podido encontrar un escrito que habla del auge de construcción que tuvo, el centro histórico, en los siglos XV, XVI, XVII y la edificación del Teatro La Fenice en el siglo XVIII, en el escrito se habla de pasadizos secretos que unen varios edificios y que servían para que hombres ilustres y clérigos visitaran los burdeles sin ser vistos.

—Por lo que cuentas, deberíamos investigar si realmente estas organizaciones siguen actuando.

—¿Habéis encontrado algo en la vivienda de Fanny?

—No, hemos registrado todo, es un apartamento típico para una persona o una pareja, no hemos hallado nada fuera de lo usual. Solo una foto con un hombre, que podría ser su pareja, la pasaremos por reconocimiento facial.

—¿No habéis pensado, ahora que os he explicado todo el historial de rituales y asesinatos, que la muerte de la soprano tenga algo de ritual o de orgía? Los dos sospechosos, por sus tatuajes, podrían ser miembros de estas organizaciones.

Se acerca un policía uniformado a la mesa donde están reunidos los inspectores con el historiador.

—Perdón, el capitán me dice que les informe de que una patrulla ha rescatado del Gran Canal un cadáver flotando cerca de Ca’ Dario y que vayan a investigar.

—Lo que os comentaba: actualmente aún se realizan rituales satánicos.

—No adelantemos acontecimientos, vamos a ver.

Los tres se acercan al lugar con una lancha de la policía, cuando llegan, sus compañeros uniformados están buscando pruebas, han sacado del agua el cuerpo que está tendido y tapado en el suelo. Los inspectores enseñan sus placas.

—Agente, enséñenos el cadáver.

El policía descubre el cuerpo, se trata de un varón de unos cuarenta años, está desnudo, presenta varias puñaladas y algo que no esperaban tiene tatuado en el tórax la cabeza de un león verde. En aquel momento llega también el forense.

—Doctor, necesitamos huellas, pues nadie sabe quién es, y ADN.

—Os daré el informe de la autopsia en un par de días.

—Lorena, ¿qué estás pensando?

—¿No crees que se parece al hombre de la foto que hemos encontrado en casa de la soprano? Tengo la sensación de que podría ser el padre del feto de Fanny.

Los inspectores y el historiador regresan a la Jefatura, dispuestos a investigar a fondo las sociedades, quienes son sus cabecillas, cuales son sus actividades actuales y la posible relación con la soprano.

—¿Has pasado la foto por reconocimiento facial?

—Sí, según los datos del documento de identidad se trata de Lucio Recci, nacido aquí en Venecia, de cuarenta y cuatro años, empresario, vivía en una casa palaciega en Ponte de la Piscina con Río Barcaroli.

—Esperaremos confirmación del forense con sus huellas y el ADN. A ver si coinciden con el muerto que han encontrado.

—Podemos pedir una orden para registrar su casa.

—Ya puestos, pide también una orden para registrar Ca’ Dario.

—De la que no sabemos nada es de la mujer. Solo tenemos el ADN que sacamos del tapón, pero, sin rostro ni huellas, no nos sirve de nada.

—Sigamos. Tengo un informe de crímenes no esclarecidos: solo en los dos últimos años se han encontrado flotando en los canales cerca de Ca’ Dario siete cadáveres; cerca de la isla San Michele, cuatro; en el Campo de Santa Margarita, dos, y en el Campo de Santa Bárbara, otros dos.

—Estos lugares son los que se considera que aún tienen actividad con ritos satánicos.

—¿Tenemos algún informe de actividades de la Orden del Dragón de la Laguna o de la Orden Verde de Venecia?

—Ninguno, parece como si no existieran para la policía.

Pietro comenta:

—Yo me voy, mañana nos vemos. Adiós.

—Vamos a descansar; mañana tendremos las órdenes del juez y, a lo mejor, el informe forense.

Pero cuando los inspectores estaban a punto de marcharse, un uniformado se les acerca.

—Perdonen, pero el capitán dice que vayan al Teatro La Fenice. Ha llamado Mauro, que ha encontrado muerto al director.

Cuando llegan al teatro, el bedel los está esperando en el embarcadero. Inmediatamente los acompaña al despacho y allí, tendido en el suelo, con un gran charco de sangre, está el cuerpo sin vida del gerente Jean Carlo. La estancia presenta evidencias de lucha.

—No ha tocado nada, ¿verdad?

—No, señora. He abierto la puerta, como hago siempre, para asegurar que todo está bien, pues ya me iba. Entonces lo he visto, he cerrado y los he llamado.

—¿Ha tenido alguna visita esta tarde?

—No, señora, no he visto a nadie.

—Lucas, revisa toda la habitación; yo revisaré el cuerpo.

El cadáver presenta un cuchillo clavado en el cuello, además de otras heridas defensivas. El forense ratifica los hechos.

La mesa está toda revuelta, con papeles por el piso; la silla, tumbada en el suelo; la lámpara de sobremesa, rota.

—Es evidente que aquí ha habido una pelea.

—Lorena, mira, en esta esquina de la mesa hay sangre. Podría ser del asesino; las heridas defensivas no dejan tanta cantidad y la del cuello está toda en el suelo.

—Llama a la científica; que cojan muestras de sangre del suelo y de la mesa, huellas de toda la habitación y del cuchillo.

La inspectora se agacha y registra minuciosamente los bolsillos del cadáver.

—¿Qué haces?

—Busco el teléfono de Jean Carlo. Mira, aquí lo tenemos, en el bolsillo. Que los técnicos saquen todo lo que hay.

Después de asegurar las órdenes a sus compañeros, los dos inspectores se retiran.