Complot en la laguna de Venecia CAPÍTULO 1º
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CAPÍTULO 1º

En Venecia, la tarde llegaba a su fin, los rayos de sol apenas se reflejaban en las aguas del canal de la Veste, en la plaza frente al teatro La Fenice, se iban congregando bastantes personas, ataviadas con sus mejores vestimentas, unas llegaban andando después de serpentear por las estrechas callejuelas de la ciudad, otras en góndolas, en lanchas privadas o en vaporettos, que amarraban por unos instantes en el apeadero para que bajaran los viajeros.

La platea, con sus butacas rojas fileteadas en dorado, se iba llenando, al igual que los palcos con relieves áureos esculpidos que cubrían los laterales.

Un murmullo llenaba la sala junto con alguna nota musical, producto de la orquesta que estaba afinando sus instrumentos, situada en el foso, pero, cuando todos los asistentes ocuparon sus localidades, se produjo un silencio sepulcral: la representación iba a empezar.

Pasaron unos minutos. No ocurrió nada: ni se abrió el telón ni se cerraron las luces. La orquesta, que había estado afinando, dejó de hacerlo; sin embargo, no iniciaba la obertura.

Pasaron más minutos y empezó tímidamente un nuevo murmullo que fue incrementándose al mismo tiempo que aumentaba la inquietud de los asistentes, que se miraban unos a otros intentando saber qué pasaba.

Un empleado del teatro aparece por uno de los laterales del escenario; se produce un nuevo silencio.

—Señoras y señores, la dirección del teatro lamenta comunicar la suspensión de la obra como consecuencia de un hecho que se ha producido.

Hemos encontrado muerta en su camerino a la soprano, la señorita Fanny Picola, por causas desconocidas.

La policía ha sido avisada; ruego vayan abandonando la sala.

Lo que en principio era un ligero murmullo en espera de las explicaciones de la empresa, se convirtió en un griterío, exigiendo más explicaciones, pero los espectadores fueron saliendo, en el exterior, la policía tomaba la filiación a todos ellos para descartar su posible implicación en los hechos, lo que generó airadas protestas.

Tres lanchas de la policía habían amarrado en el apeadero, una embarcación ambulancia con un médico forense y, como siempre en estos casos, una góndola que llevaba al juez de guardia.

El grupo policial estaba formado por diez agentes uniformados y dos jóvenes inspectores, Lorena Gianotti y Lucas Santos. Todos entraron en el vestíbulo del teatro; allí estaba esperándoles el gerente.

—Buenas noches. Soy el apoderado, Jean Carlo. Les he llamado porque hemos encontrado muerta en su camerino a la soprano. Síganme, por favor.

Los recién llegados, siguen al personaje que los ha recibido, entran por uno de los pasillos laterales del gran salón hasta llegar a la parte de atrás del escenario donde se hallan los camerinos, en ellos están recluidos todos los actores que participan en la ópera, nadie se ha marchado.

El gestor se detiene en una de las puertas que tiene tres estrellas, la abre e invita a pasar a los inspectores.

—Pasen, por favor.

La habitación es amplia, a la derecha, tiene un tocador grande bien iluminado, casi cubierto por botellines de perfumes, botellas de líquidos para desmaquillar, tarros con cremas de maquillaje, pinceles de goupillon para el rímel, tubos de pinta labios, cajitas con polvos, varios pinceles de diferente tamaño y consistencia, cajas de pañuelos de papel, copos de algodón, peines, cepillos de pelo, clips, fijador y algún que otro artilugio difícil de adivinar su función.

Frente al mueble descrito, una silla, en el centro de la estancia, dos butacas, una mesita de centro de dos niveles, en el superior restos de algún líquido, en el inferior unos botellines de agua, una cubitera con hielo, una botella de champán abierta, unos vasos y dos copas de espumoso con signos de haberse usado, una Cheslong en la que está tumbado el cuerpo sin vida de la soprano, con la señal inequívoca en su frente, un disparo, en la pared opuesta al tocador detrás del tresillo un imponente armario ropero.

La inspectora se acerca al féretro y lo observa.

—¿Alguien ha entrado aquí desde que se descubrió el cadáver?

—No, señorita, la descubrió el regidor que vino para avisarla de que debía salir a escena, me avisó a mí, cerramos la puerta y les llamamos.

Ahora es el inspector quien pregunta.

—¿A qué hora había llegado?

—A media tarde.

—¿Acompañada?

—No, señor, sola. Entró en el camerino y no volvió a salir; prepararse, vestirse y maquillarse lleva tiempo.

—¿La ayudaba alguien?

—No, señor.

—¿Recibió alguna visita en este tiempo?

—No. Preguntemos al bedel; él controla la entrada.

—Mauro, ¿alguien ha venido acompañando a la señorita Fanny esta tarde o la ha visitado en su camerino?

—No, señor. La señorita Fanny siempre viene sola.

—¿Ni de los otros actores? El tenor, el barítono, algún tramoyista, un admirador.

—No, señor, Fanny no se hablaba con nadie, algo corriente entre actores líricos.

—Lucas, dejemos trabajar al forense; echemos un vistazo a la estancia. Dígame, Jean Carlo, ¿qué es este armario?

—La ropa. La figurinista coloca en cada representación la ropa que usará en cada escena la soprano; cada camerino tiene uno.

El forense observa el cuerpo, mientras los inspectores registran toda la habitación.

—Bueno, está claro: le dispararon en la cabeza, no observo traumas, murió hace un par de horas. Cuando la tenga en la morgue y haga las analíticas, podré decirles si había tomado alguna sustancia o si hay algo más.

—Gracias, doctor. Cuando pueda, mándenos el informe.

—En un par de días lo tendrá.

El juez hace el levantamiento del cadáver y los empleados del anatómico forense retiran el féretro.

Cuando los dos policías se quedan solos, intensifican el registro.

—¿No te parece raro que alguien le pegue un tiro y nadie hable de haber oído el ruido del disparo ni una posible discusión, y que nadie haya entrado?

—Interroguemos a los demás actores.

Cuando los dos policías hablan con los otros intérpretes, no llegan a ninguna conclusión: nadie ha oído nada ni ha visto nada; ninguna visita.

—Jean Carlo, ¿puede hacernos una visita guiada por todo el teatro?

—Claro, síganme. Empezaremos por el gran salón, la platea; a los laterales, los palcos, a los que accederemos por las dos escalinatas del recibidor y los pasillos laterales.

Los de la planta baja son estos que hemos usado para llegar a la parte de atrás, donde tenemos los camerinos.

Entre estos y la platea está el backstage o entre bambalinas.

Detrás de las escaleras principales hay otra que conduce a los sótanos, que son el almacén de los tramoyistas, donde guardan, crean y mantienen los decorados de cada función.

En las buhardillas están los despachos de la empresa, el mío y el de algún representante.

—¿No hay puertas traseras ni laterales?

—No, el teatro se inauguró en 1774, se quemó y se reinauguró en 1792, en 1836 se incendia de nuevo y se repara en 1887, en 1996 se vuelve a quemar y se reconstruye en 2003, que es el actual.

Por todo ello su estructura ha sufrido numerosos cambios, no sé si antes había otras entradas, ahora solo tenemos la principal.

—Queremos ver de nuevo el camerino.

Lorena y Lucas revisan y registran de nuevo el espacio.

—¿Te has fijado en el líquido derramado en la mesita?

Lucas moja uno de sus dedos, huele y se lo pone en los labios.

—Yo diría que es champán. Debajo hay dos copas con restos; podemos pensar que aquí había dos personas tomando unas copas para celebrar el estreno. Nos las llevaremos; quizás tengan huellas.

—Pero no han visto entrar ni salir a nadie.

En un momento dado, Lorena abre el armario ropero, observa los trajes, los descuelga todos y los deposita en los sillones. Por pura curiosidad intuitiva, golpea con los nudillos la madera; uno de los plafones del fondo del armario suena a hueco.

—Lucas, ¿qué te parece este ruido?

—Parece hueco, pero…

La inspectora golpea más partes, en uno de los laterales hay una barra metálica para colgar, pañuelos, corbatas o similares, la empuja en diferentes direcciones y cuando la empuja hacia abajo la barra cede y se abre uno de los paneles del fondo del mueble, es una puerta que da paso a un pasadizo oscuro.

Los dos inspectores encienden las linternas de sus móviles y entran en el pasillo recién descubierto, es estrecho pero alto lo que permite andar con cierta comodidad, van progresando, el piso es liso, las paredes son de obra, en algunos lugares hay humedades e incluso agua en el suelo lo que indicaría que quizás en marea alta se produce alguna inundación.

—Lucas, fíjate: aquí en la pared hay un dibujo.

—Si es un león alado con un círculo en su parte inferior, parece el símbolo de Venecia, pero el círculo no sé qué representa.

Siguen avanzando.

—Esto se alarga; deberíamos regresar y volver en condiciones de explorarlo.

—Mira, aquí hay otro símbolo, pero debajo hay un triángulo.

—Regresemos. Ya sabemos por dónde entró y salió el asesino de la cantante.

Cuando vuelven al camerino, llaman a los agentes que aún estaban en el teatro y les ordenan sellar y precintar el camerino, recoger las copas, la cubitera y la botella de champán, para mandarlo todo al laboratorio, encontrar huellas y analizar el contenido líquido.

Después todos vuelven a la comisaría excepto un retén que permanece en el local.

Al día siguiente, cuando Lucas llega a su mesa en la jefatura de policía, que comparte con Lorena, esta ya está trabajando.

—Buenos días, he estado buscando un experto, un historiador, que nos pueda explicar los símbolos de la ciudad y nos pueda revelar los secretos de los posibles pasadizos que al parecer hay en Venecia, ¿qué te parece?

—Bien, ¿lo has encontrado?

—Pietro Latte tiene un doctorado en historia y arte veneciano, ha escrito varios libros y artículos sobre la ciudad, su familia perteneció a la élite de los gobernantes durante varias generaciones, vive en una casa al lado del Palacio de los Cuatro Evangelistas en el canal Río de la Pérgola, lo he llamado y he quedado a las doce en su casa.